C.VELARDE


26. TENTACIONES 

JORGE SOTO

Viernes 16 de diciembre

8:45 hrs.

—¿Otra vez andas inspeccionando mis cosas, Jorge? —se sorprendió Livia cuando le pregunté sobre el mensaje recibido por el “número desconocido.”

Estábamos en la cafetería de la Sede desayunando, pues se nos había hecho tarde en casa. Lo bueno que teníamos el volvo, o con el pollo habríamos llegado más tarde. 

—Ya te dije que lo vi accidentalmente —me excusé encogiéndome de hombros. 

—¡Revisándome el bolso! Vaya accidente.

—Sólo vibró y quise ver si era algo importante, Livy. Pero como ahora le has puesto clave al teléfono pues…

Livia bebió un trago a su chocolate espumoso y respondió un tanto fría:

—Ahora tengo información confidencial dentro de mi móvil, Jorge, y no lo puedo tener así nada más arriesgándome a que lo vea cualquiera. 

—¿Con “cualquiera” también te refieres a tu novio?

Puso los ojos en blanco.

—Ya te hablé sobre el contrato de confidencialidad que hice con Valentino, así que no me vengas con que me refiero a ti como un “cualquiera”. No me cuido de ti, faltaba más, sino que es una manera de proteger mi información por si un día se me pierde y cae en manos de alguien que no debe.

—Bueno, está bien, no te enojes —dije, mordiendo un trozo de pan—. No es para que te enfades, Livy, sólo se me hizo raro que don “número desconocido” te llamara “preciosa” y estuviera enterado sobre “el chocolate de tu noviecito.”

Livia me miró con una sonrisa que me pareció forzara y respondió:

—Ya sabes cómo es Leila. Se compró un nuevo celular y de tan atareada olvidé registrarlo.

La miré con desconfianza y ella lo notó.

—¿Quieres revisar mi celular para que leas mis conversaciones con ella, Jorgito?

—No, sabes que no —dije suspirando—, pero igual se me hace raro que te diga “preciosa” y no “mi amoraaa” —simulé el estúpido tonito de voz que hacía esa Campamocha y continué—: y por favor no me digas “Jorgito”, que me recuerdas a Aníbal cuando intenta minimizarme.

—Ya, pues como quieras, Jorjote —dio otro trago al chocolate y añadió—; por cierto, el sábado quiero que vayamos a comprar los regalos de navidad. Aníbal nos ha invitado para la cena de nochebuena en su casa y se me ha apetecido regalarle algo. Aunque no sé que le podría regalar a un millonario para impresionarlo, si, realmente, lo tiene todo. Ah, bueno, sí, también un regalo para Raquel. Con suerte y me la gano esta vez.

La cabeza se me puso caliente en seguida. 

—Espera, espera, Livy, ¿cómo se te ocurre que iremos a la cena de navidad con Aníbal y mi hermana? —me mosqueé—, ¿ya se te olvidó la escenita que por poco arma Raquel la última vez que nos reunimos con ella?

—Mira, Jorge, ya estuvo bueno de rehuirle a la realidad. El año entrante nos vamos a casar, y ya va siendo hora de que mi cuñadita lo acepte sí o sí, de lo contrario será peor para ella. Además, en otro momento me habría asustado tener que ir a una cena en su casa como antes, sobre todo sabiendo que su hobby favorito es humillarme; pero ahora que Aníbal me defiende ante ella, cosa que tú nunca hiciste en cinco años, pues me siento con más confianza de ir.

—Mucha confianza le has tomado a Aníbal últimamente, ¿eh, Livy? ¿Es porque te obsequió un volvo?

—No, es porque él me defiende ante Raquel y tú no —dicho esto se levantó de la silla, dejó la taza de chocolate sin terminar e hizo miras de irse—; por lo pronto me voy, que ya van hacer las nueve y no me gusta hacer esperar a Valentino.

—¿Y mi beso? —le dije cuando ya se iba por el pasillo haciendo sonar tus tacones.

—Te lo debo, cielo, en serio, ya voy tarde.

Y Livia se marchó.

Sentí un nudo en la garganta. “Número desconocido”, ¿en serio era un nuevo teléfono de Leila?

Si no continué discutiendo con Livia fue porque temí que se volviera a alterar. No sabía manejar este tipo de situaciones, nunca había podido. No me gustaba. Si algo había aprendido de las crisis nerviosas de Raquel era evitar enfrentamientos. Yo no estaba preparado para gritos, ni psiquiatras, chantajes, golpes… amenazas de suicidios, etcétera.

 Además ya no era un chiquillo. Ya no me podía encerrar en el baño para huir de las histerias de Raquel: de los lloriqueos de las asustadas gemelas, de Aníbal protegiendo a las niñas, de Lola hablando a la ambulancia cuando Lola se hería la piel… de la servidumbre limpiando la sangre… ¡Del mundo entero hundiéndose en mi cabeza!

Pero también sabía que ya no podía continuar rehuyendo a mis traumas. No obstante, era difícil. Odiaba ver a la gente llorar, abominaba la sangre, ¡odiaba los gritos! Me provocaban pánico y migraña. Y Livia lo sabía, no obstante, ya no le importaba si me gritaba o no. 

No obstante, ahora era un hombre, y tenía que actuar como tal, hacer frente a mis problemas.

Cuando llegué a mi oficina Fede y Paco estaban peleando (amistosamente) como era costumbre. Los tres teníamos trabajo; yo continuar descargando formatos de gobierno (e investigando como joder la campaña de Aníbal), Fede cifrando las nuevas computadoras donde mi cuñado guardaría en secreto sus propuestas de campaña (y asuntos turbios), y Pato preparando los informes sobre los nuevos recursos económicos que Lola le había pedido.

Aproveché un rato de conversación casual con mis amigos para preguntarle entre líneas a Fede si era cierto que su noviecita tenía un nuevo celular y, como era de esperarse, me dijo que no. Su respuesta me dejó intranquilo y barajando la posibilidad de pedirle que me ayudara a intervenir el teléfono de mi novia. Aunque no sabía cómo hacerlo sin que él sospechara que… yo desconfiaba de Livia. A pesar de todo, me preocupaba su reputación, su dignidad como mujer.

—Pelirrojo —me dijo Pato a la hora de la comida, sentado frente a mí en la cafetería. Fede se había ido con Leila y mi novia… ni siquiera me había respondido mis últimos mensajes—. Te adelantaré tu navidad; toma —me extendió una tarjeta de gym—; a partir del primero de enero vendrás conmigo saliendo de la Sede, un rato. Y no pongas esa cara, cabrón, que ya te digo que te servirá. Además, te he inscrito a una beca para que el año entrante curses una maestría.

Me tomó desprevenido todo aquello.

—¿Y eso, Pato?

—La formación ofrece seguridad al hombre, Jorge. Quiero ayudarte a que seas un hombre chingón, más de lo que ya eres. A veces nos faltan herramientas para la vida… y yo te las estoy ofreciendo.

—Carajo, Pato, gracias —me emocioné.

Nos quedamos un momento en silencio y vi que Pato estaba un poco tenso. Iba a preguntarle sobre lo que le pasaba, pero él se me adelantó:

—Por cierto, Jorge, dime… Si tú… si tú supieras que Mirta o Valeria me engañan con otro… ¿me lo dirías?

Su pregunta me dejó perplejo.

—¡No mames, Pato, ¿ellas te han…?!

—No, no, pelirrojo, te lo pregunto como una suposición.

Continué un poco extrañado.

—Ah, bueno, pues sí, claro. Te lo diría, ¿por qué?

Sus ojos no me daban la cara, pero me respondió:

—Y tú… Jorge… si me dijeras que ellas me engañan, ¿querrías que te creyera?

—Hombre, estás medio raro, ¿qué tienes?

—Dame la respuesta, ¿esperarías que te creyera?

—Los amigos se dicen la verdad, Pato, es obvio que esperaría que te creyera —entonces me dio un salto el corazón—: No me digas… que… se trata de… ¿Leila… está engañando a Fede?

Pato medio sonrió: dio un trago a la botella de agua y me dijo.

—Bueno, en algún momento lo hará; le pondrá los cuernos, y bien puestos —suspiró hondo, casi resignado. Miró hacia su plato y dijo, para cambiar de tema—: Por cierto, Jorge, ¿dónde está Livia? Ya van días que no come con nosotros.

Ufff. Ese era un tema que me tenía seco.

LIVIA ALDAMA

TIEMPO INDETERMINADO

A veces ni la ducha podía calmar mi calentura, ese furor uterino cuya intensidad y quemazón casi detonaba mis entrañas hasta hacerme chorrear.

Todavía recuerdo cuando todo me era ajeno: cuando mi despertar sexual se volvía intenso e irrefrenable y no sabía cómo proceder. Cuando comencé a navegar en diversas páginas femeninas eróticas hasta que encontré una que se ajustó a lo que estaba buscando, sobre sexualidad femenina, y secciones donde aparecían hombres semidesnudos, técnicas de masturbación y relatos de confesiones de chicas de todo tipo en los que me entretenía leyéndolos. Admito que más de algún relato me puso bastante cachonda: prefería aquellos cuya protagonista era una joven secretaria que, a base de constantes insinuaciones por parte de su jefe, al final terminaba revolcándose con él en su oficina, sobre el escritorio, sobre los sofás, en la alfombra e incluso en el auto.

Recuerdo haberme preguntado qué tan ciertas o fantasiosas eran aquellas descripciones respecto a cómo un hombre como el que describían era capaz de hacerlas sentir así, con esas sensaciones de fuego en el cuerpo que las desbordaba por dentro, sus transformaciones de mujeres inocentes y sensatas a auténticas zorras sin control, como ellas mismas se definían. No entendía por qué, pero aquello me generaba bastante dudas y morbo.

¿En serio había mujeres que podían volverse locas de placer a base de simples penetraciones?, de ser así, ¿por qué yo nunca había tenido esa sensación tan apoteósica que describían? No quiero decir que mi intimidad con Jorge no hubiera sido satisfactoria; porque durante mucho tiempo me sentí plena y satisfecha con lo que me ofrecía.

… hasta que descubres que en el mundo hay una vida más.

Las palabras obscenas como “polla” y “verga” comenzaron a integrarse en mi mente, y aunque los primeros días me seguían pareciendo vulgares, al momento de leerlas me excitaban. En concreto; no había día en que no terminara inundaba pensando en fantasías sexuales que guardaba en lo más profundo de mi corazón.  

Fantasías que… poco a poco, quería realizar…

Un día, leyendo uno de los tantos relatos, hice lo impensable: llevaba tanta calentura encima que extraje mi teléfono de mi bolso (guiada por un artículo sobre masturbación femenina que había leído en la misma página días atrás), lo introduje con cuidado dentro de un condón muy elástico que por poco se rompe en el intento, y luego metí la parte inferior del móvil en el borde de mis labios menores y la uretra en modo vibrador y lo dejé actuar.

Mientras mi teléfono vibraba yo lo removía con esmero desde el introito vaginal hasta mi clítoris, produciéndome un intenso hormigueo y espasmos nunca antes experimentados, obligándome a dar grititos involuntarios procedentes de lo más hondo de mis inmorales utopías.  

Cuando me cansaba de estirar mi brazo con el teléfono vibrante sobre mi sexo, lo llevaba a la punta de mis pezones, en tanto la vibración me arrancaba tremendas olas de placer.

Livia Aldama

Tiempo atrás

Lunes 26 de noviembre

17:54 hrs.

—¿Te estás tocando? —me preguntó el asqueroso viejo por teléfono, en un susurro que me hizo temblar. 

—Sí —contesté en un débil susurro, sometida a lo que me provocaba su voz.

—¿Estás mojadita de tu panochita?

—Sí…

—¿Dónde estás ahora, mamacita?

—En el baño…

—¿Y qué estás haciendo…?

—Tocándome…

—¿Pensando en mí?

—No…

—¿Entonces en quién?

—En nadie.

Una risa bestial. Un nuevo susurro:

—¿Estás caliente?

—Sí.

—Dime que estás caliente y síguete dedeando para mí…

—Estoy… ca…liente…

Los furiosos chapoteos procedentes de mis dedos mientras frotaba mi hinchado y aguanoso clítoris eran casi tan intensos como mis gemiditos.

Estaba encerrada en el baño, contra el retrete, con la falda subida a la altura de mi vientre, mis pantimedias de seda beige enrolladas en mis rodillas, y mis abrasadores pechos fuera de mi blusa y sostén, bamboleándose sobre las costuras de mi blusa mientras la picazón y cosquilleo enfervorizado de mi vagina me dominaban con un tórrido calor.

¿Por qué respondía a sus llamadas, si tanta repulsión me causaba? ¿Por qué carajos cedía a sus insinuaciones, si cuando me corría masturbándome para él y me encontraba de nuevo con la realidad, me sentía vacía, descorazonada, llena de vergüenza, y con un sentimiento que me hacía sentir la peor zorra y la mujer más sucia del mundo?

No sé cómo ocurrió, pero me daba morbo conversar con él. Al menos por teléfono, eso no hacía daño a nadie. No hacía daño a Jorge. No me hacía daño a mí. No pensé que sus mensajes volvieran. Lo había bloqueado de un número, luego del otro, y al paso de los días volvió a mandarme mensajes, justo una noche en que Jorge y yo habíamos terminado de hacer el amor y él dormía. Fueron mensajes intensos, cargados de impudicia, una invitación para que “dejara de hacerme la santa” y me convirtiera “en la verdadera puta que era”.

Me sentí ofendida por sus palabras, pero también me excitó. Recuerdo haberle respondido una letanía de insultos antes de bloquearlo una vez más. Al día siguiente le dije a Jorge que cambiaría mi teléfono celular, pues estaba recibiendo a diario publicidad comercial que me tenía hastiada.

Ese día, incluso antes de salir de la oficina directo a una tienda de celulares, recibí una llamada que resultó ser de él.

“Espera, mamacita, no cuelgues, y no me digas nada, que al menos quiero jalármela mientras escucho tu respiración.”

Quise colgarle, pero en seguida me poseyó la sensación de un intenso hormigueo como respuesta sensorial al escuchar su voz. Estímulo ASMR, le llaman. Y cedí. Nunca le dije nada, al menos no al principio, sólo me contentaba con oírle hablar. El hormigueo me recorría por las orejas, el cuero cabelludo, el cuello mismo, y finalmente descendía lentamente por mi médula espinal, hasta llegar a mi vulva, donde me humedecía.

Lo había visto una sola vez en mi vida, únicamente en ese bar, donde, después de susurrarme en el oído “¿cuánto cobras, preciosa?” me la había restregado por atrás. Quizá pensó que mi silencio era una invitación para que continuara apretándose contra mis nalgas, y no se le ocurrió que si me había quedado callada había sido por miedo.

El repugnante viejo llamado Felipe era un hombre enorme, fornido, barbudo, incluso mayor que Aníbal, cuya mayor característica era su osadía, seguridad y descaro.  No sé cuándo dejé de ver mal que Felipe me llamara y yo aceptara sus llamadas aún si me quedaba callada, dejándome llevar sólo por sus susurros… si cuando me envió una fotografía de su peludo falo, o cuando me instó a que me masturbara y yo acepté. 

Felipe conocía mi nombre porque lo había visto a través de mi whatsapp; de ahí en más, él no conocía más de mí, ni yo de él. El repugnante rabo verde ignoraba quién era yo y dónde trabajaba. Mucho menos sabía dónde vivía. Nuestra relación (si se podía llamar de alguna forma) estaba limitada  a esporádicas llamadas que a veces sólo duraban dos minutos… o veinte… como esa vez.

Cuando colgaba, tras correrme, me obligaba a convencerme de que esto no era una infidelidad, porque no había nada físico, sólo un juego erótico y mental. Cada cual en su extremo. Cada cual en su mundo. Sólo era un juego inmoral; y quizá esa era la razón por la que yo accedía y lo hacía tan morboso.

Jorge veía porno de manera asidua, aun si sabía lo mal que me sabía que lo hiciera; encima se masturbaba mirando a aquellas actrices guarras que hacían cosas perversas que lo estimulaban. Así que no vi mal compensar la balanza. 

Felipe no me atraía para nada, pues era una antítesis de mi hombre ideal. Más bien era su repugnante voz, su enlodada lascivia, su suciedad mental lo que me inquietaba y me hacía erotizarme. Mi atracción por él era algo más… etéreo; como una irrealidad que sólo existía en mis remotos deseos.

Él era “el porno que veía Jorge” y yo era “la masturbación” que culminaba el placer.

Felipe representaba todos mis miedos,  tentaciones y pecados que no estaba dispuesta a cometer. Ni con él, ni con Valentino… ni con…

Por Dios…

Encima… en esos días mis afectos personales estaban en un momento de implosión. Jorge me controlaba cada vez más, me trataba como una niña de cinco años que no sabe sobre la vida; un novio que odiaba mi ropa, mi forma de caminar, la forma en la que actuaba. Lo peor es que a mí me preocupaba que por mi causa sufriera de migrañas e insomnios que lo estaban consumiendo.

¡No era justo que quien decía amarme intentara minar mi carrera! Me sabía mal: me entristecía y me hacía llorar en silencio. Me negaba a pensar que Jorge odiara mis éxitos profesionales, como decía Leila, y que su intento por debilitar mi carácter tenía como propósito dominarme como antes.

No. Jorge no era así. El me amaba, y muchas noches me dormí aterrorizada abrazándolo fuerte… para evitar caer.

Por eso por las noches me masturbaba en la ducha, en las madrugadas debajo de las sábanas, en el día en los baños de mujeres de La Sede; para desahogarme… para dejarme ser. Los orgasmos me traían paz, sosiego… libertad.

Sí, independencia… cuando me sentía libre me sentía en paz… poderosa, única…

Mi madre seguía sin querer aceptar a Jorge, así como Raquel se negaba aceptarme a mí: la diferencia es que yo ponía por delante a mi novio, le defendía de las groserías de mamá, de los desplantes de mis tías, soportando yo sola las consecuencias de mis posturas:

“Mientras estés de novia con ese pelele indecente tú no vuelves a tener madre nunca más; ah, pero eso sí, Livia, si tantito respeto te queda para mí, no dejes de pagar mis facturas, que con mis costuras no me mantengo. Ya que por tu culpa tu padre nos dejó, ahora tienes el deber moral de hacerte cargo de mí y de tus tías. Por cierto, ya me han llegado rumores de que vistes como una ramera; que eres más presuntuosa y que has dejado de lado los valores cristianos con los que fuiste criada. Y la culpa de todo la tiene ese patán. Quiera Dios un día ese indecente te deje, y entonces, cuando estés sola, te acordarás de mí, y cuando vengas a mi casa sólo encontraras la puerta sobre tu cara… porque a mi casa no hay cabida para ninguna oveja negra…”

Y de nuevo volvía a frotarme mis labios vaginales, a meterme un dedito en mi rajita, luego otro… y otro…; a mordisquearme los labios, a sobarme los pezones, a amasarme los pechos… friccionarme contra la almohada…

…Para olvidar… para olvidar…

“…también soy la oveja negra de la familia …”

“Únete a mi rebaño, entonces, te gustará.”

Por otro lado, desde que anduviera con Fede, Leila se había vuelto bastante cansina y empalagosa… sin pasar por alto el día que me intentó besar y me dejó atónita por varios días, distanciándome de ella:

 “era broma, mi amoraaa, por Dios no pongas esa cara ni me rehúyas.”

Y por último Valentino y Aníbal; dos misteriosos y atractivos varones cuyas proposiciones no dejaban de perturbarme.

No obstante, de nuevo, entre tanta podredumbre y vulnerabilidad, allí estaba de nuevo Jorge, mi querido Jorge… mi pequeño niño hombre que me hacía sentir amada y en quien podía refugiarme y poner todos mis temores. Mi novio era el amparo de mis turbaciones; el que sostenía mi alma, mi cuerpo, mis sueños y mi mente. Y yo me sostenía de él; pues sabía que a su lado evitaría caer al precipicio, donde me aguardaba mi infierno personal. Por eso me aferraba a su amor, a todo lo bueno que él representaba. Jorge era mi hombre y  mi bebé, mi angelito pelirrojo; mi compañero y amigo.

Y no lo iba a soltar.

Jorge soto

Viernes 16 de diciembre

22:07 hrs

—¿Ya se te pasó lo corajudo, bebé? No me gusta que te enfades conmigo —me dijo Livia esa noche cuando estábamos en la cama.

—Nunca me enfado contigo, mi ángel —reconocí.

—¿No te gustó la invitación de Aníbal para pasar la nochebuena en su casa? Creí que te gustaría la noticia. Ya sabes, pasar más tiempo con tu hermana y así. 

—No, bueno, la verdad es que a mí Aníbal ni siquiera me ha dicho nada.

—Pero me lo dijo a mí ayer —me comentó, acariciando mis mejillas—. ¿Te molestó eso?

Ambos estábamos acostados de lado, mirándonos frente a frente. A Livia no le había apetecido hacer el amor y a mí me dolía un poco la cabeza.

—No, te digo que no me molestó, sólo que pienso que lo justo sería que decisiones como esas las tomásemos entre los dos, como antes, no de forma unilateral. Yo tenía pensado que la Nochebuena la pasáramos juntos tú y yo, solitos, en una noche romántica. Pero bueno, tampoco es para tanto. En lugar de Nochebuena podemos cambiar esa cenita que tengo preparada para ti para el 31 de diciembre, para recibir el año nuevo haciendo el amor… en un año que pinta de lo mejor porque será cuando nos vamos a casar.

Cuando vi que Livia me observaba con pena y un tanto de rubor en las mejillas, noté que algo iba mal.

—¿Ocurre algo , Livy?

—Bueno sí, bebé; la verdad es que de eso te quería hablar.

—¿De la boda? —me espanté.

—No, no, bobo; de nochevieja.

—¿Qué hay con el 31 de diciembre?

—Esa noche no estaré disponible para ti.

El cuerpo se me puso tenso y se me fue la respiración.

—Estás bromeando, ¿verdad, Livia?

—Qué más quisiera.

—Explícate entonces, mi ángel.

—Se trata de una cena de trabajo —respondió sin más.

—¿En 31 de diciembre? ¡No me jodas, mujer!

Sin querer, había elevado la voz.

—Lo siento, cariño —se excusó—. Piensa que tendremos muchos 31 de diciembre para compartir juntos el resto de nuestra vida, como esposos.

—¡Este será nuestro último 31 de diciembre juntos como novios, Livy! Creí que esta clase de detalles eran importantes para ti.

—Claro que lo son, bebé; pero en este caso, primero está mi trabajo antes que…

—¡Pues no lo acepto, Livia! —determiné, con una punzada en la cabeza—. Tú no irás a esa dichosa cena de trabajo, ¿pero tú crees que soy tonto? ¿Quién programa citas de trabajo los 31 de diciembre? ¡Dime una sola empresa que haga algo semejante!

—A Valentino le ha surgido y…

—¡Ese hijo de la chingada se está pasando de listo! ¡Lo está haciendo para fastidiarme, para joderme!

—No es su culpa que los empresarios tomen esa clase de decisiones —respondió Livia con toda la tranquilidad del mundo.

—¡Por supuesto que es su culpa, y no lo voy a permitir! Mañana mismo hablaré con Aníbal sobre esto.

Cuando hice tal comentario, el rostro de mi novia se deformó:

—¡Por favor, Jorge! Si en algo valoras mi dignidad como profesionista te quedas callado y aceptas mi salida esa noche, que aunque no quieras me iré.

¿Pero qué carajos estaba oyendo?

—¡Aníbal es jefe Valentino, y estoy seguro que si se lo pido te dejará libre esa noche, porque no es posible, Livia, no es normal….! ¡No es pinches putas posible que el Bisonte hijo de la chingada ese se quiera robar a mi novia un día tan importante como ese, y que tú lo aceptes así como así, sin poner pegas… sin preocuparte por lo que yo pueda sentir! Claro, como a ese imbécil ni su puta familia lo quiere, piensa que los demás tampoco tenemos compromisos esa noche.

De pronto sentí dos punzadas más en la cabeza y me llevé los dedos a las sienes. Livia se incorporó de prisa y se acercó más hacia mí muy angustiada, tocándome la cabeza.

—A ver, cielo, ¿ves?, tú solito provocas que te den migrañas, por exaltarte así.

—¡Es que Livia, carajo…!

—Está bien, bebé —con sus dedos masajeó mi nuca y mis sienes—, veré que puedo hacer, ¿sí? Por ahora cierra los ojitos, tienes que descansar. Voy a cuidarte. Te daré unos analgésicos para el dolor y así te mejores.

—Livia, Livia… no necesito analgésicos —la cogí del brazo—, sólo prométeme que no me dejarás esa noche aquí, por favor.

—Jorge…

—No me pisotees así, Livy, no me trates de esta manera, me haces daño, ¿acaso… no te inspiro ni siquiera lástima?

—Bebé, aplacemos este tema para otro momento que ahora estás…

—¡No, yo quiero zanjar el tema ahora!¡Así que prométeme de una vez por todas que te quedarás conmigo! ¡Por favor, mi amor! ¡Por favor! ¡Por favor! —Parecía un chiquillo al que no quieren cumplir un capricho. Pero entendí que esa era mi única salida para salirme con la mía al menos por una sola vez—. Es hora de que decidas cuáles son tus prioridades, tu trabajo o yo.

Livia se quedó en silencio, sentada, en tanto acariciaba mi cabeza y suspiraba nerviosa.

—Bueno, Jorge; ya veré cómo hago para quedarme contigo.

Su promesa me regocijó.

—Te joli —dije un poco más tranquilo.

—Lo sé —respondió.

Los días en La Sede pasaron volando aparentemente con tranquilidad, hasta que el día 23 de diciembre corrió el rumor de que una de las intendentas del aseo, había visto por el huequillo inferior de la puerta de uno de los baños para damas del Departamento de Prensa, a una mujer de rodillas, con los tacones apuntando hacia afuera, en medio de las piernas de un hombre, aparentemente haciéndole una mamada.

El problema no sólo era que hubiera ocurrido en los baños del área de mi novia, sino que Fede, mi mejor amigo, estuviera frente a mí, con una monstruosa mirada:

—¿Qué… p…asa? —le pregunté nervioso.

—Jorge… —me respondió a penas con un susurro  

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