PENÉLOPE

Para entender mi presente, hay que conocer mi pasado, y de eso se trata mi problema, como fue mi vida y como fue mi primera vez.

Mis padres profesan la religión testigos de Jehová, y eso fue lo que me marcó desde que tuve conciencia de mi existencia.

Hija menor, y única mujer entre cuatro hermanos, siempre fui la niña mimada de papá y la hermanita celada por los mayores.

Papá trabajaba en un frigorífico depostando carne, en esos días no había tanta tecnología y todos los cortes vacunos se hacían a mano. Siempre recordaré los atardeceres cuando caía el sol, él llegaba con un olor horrible impregnado en sus ropas, podía adivinar su llegada antes que tocara la puerta.

Esa era su vida y así ponía el pan sobre la mesa.

Pero los domingos era diferente, se transformaba, papá es un hombre de gran contextura y usa unos bigotes afilados, solía mirarlo como se los acomodaba pacientemente, como se ponía su impecable camisa blanca y su corbata negra, perfecto, se perfumaba y salíamos de puerta en puerta a predicar la palabra del Señor.

Salíamos con otras familias y los hombres solían ir por su lado, él iba con mis tres hermanos, tan impecables como él, a mí me tocaba acompañar a mamá y las otras chicas, todas con faldas largas casi hasta el suelo, aunque fuéramos pequeñas.

Y vivimos miles de historias y tengo miles de anécdotas.

A los quince años ya era toda una señorita, recuerdo que mamá me compraba ropas holgadas para disimular mis pechos y mis caderas, puesto que ya era bastante llamativa en comparación con las chicas de mi edad y papá se mostraba especialmente celoso por su pequeña.

Francisco era uno de los tantos chicos del culto, a quien conocía de peque, apenas un año mayor, pero en esos días de juventud, con la excusa de la amistad con mis hermanos él empezó a visitarme casi a diario y pronto se hizo evidente cuales eran sus intenciones.

Papá estaba feliz con Francisco, un chico educado, trabajador, estudioso, y lo más importante, también era testigo.

Aun no cumplía los diecisiete cuando contrajimos matrimonio, había sido mi único novio y como correspondía habíamos llegado vírgenes a nuestra noche de bodas.

Empezamos nuestra convivencia y dos años más tarde le surgió una oportunidad laboral en otro sitio, muy al norte, a unos quinientos quilómetros de distancia de nuestro hogar.

Salvo la distancia, todo era perfecto, y partimos con nuestras ilusiones.

Empezamos nuestra nueva vida y las cosas cambiarían rápidamente, Francisco cambió, los aires del norte parecieron afectarle, se mostró distante, reacio, empezamos a discutir por pavadas y empezaron las críticas sobre nuestra sexualidad, me tildaba de ‘desabrida’ puesto que yo no lo complacía como él deseaba, empezó a renegar de Jehová y ya no quiso salir a predicar y todo se fue convirtiendo en una imparable bola de nieve.

Yo no podía, o no quería entender que sucedía, seguro el entorno laboral, había empezado a salir con amigos y a regresar tarde, con olor a alcohol.

Tenía veintidós recién cumplidos cuando el me dejó por otra, solo me dijo ‘que ya no me amaba y a la mierda con la puta religión, que había encontrado una verdadera mujer’, Francisco preparó su maleta, cerró la puerta y jamás lo volví a ver.

Me quedé sola en un lugar lejano, la primera opción era volver a mi tierra, pero eso implicaba estar otra vez bajo el ala de papá, y en ese momento yo estaba muy molesta, sentía que toda mi vida había sido una farsa, que mi Dios me había fallado y ya no quería más de lo mismo, basta de tratar de convencer a las demás personas de algo que yo misma ya no creía.

Me decidí por la segunda opción, borrón y cuenta nueva, a empezar de nuevo, una segunda oportunidad.

También tuve que asumir una cosa, acostumbrada a que papá o Francisco trajeran el dinero a casa, al igual que mamá solo había aprendido a ser ama de casa, siempre de la puerta hacia adentro.

Empecé a buscar alguna carrera para estudiar, de corto alcance para tener alguna salida laboral, pero también debía ganarme unas monedas para mantenerme. Así fue que hice lo que mejor sabía hacer, personal doméstico, encontré algunas oportunidades casuales y entre ellas conocería a mi mentor, Agustín P.

Agustín era un tipo que pisaba los cincuenta, bien conservado, con algunas canas que ya marcaban su edad, un bohemio, mujeriego, jamás había tenido una pareja estable, decía que con tantas mujeres bonitas no veía el motivo para atarse a ninguna. Era un busca vidas, se levantaba a media mañana y se iba al café de la esquina, ‘a buscar pichones’ como el mismo decía, solo buscaba personas inocentes para hacer negocios y era muy hábil en ello.

Yo iba dos o tres veces por semana a ordenar su desorden, era un tipo muy des prolijo y el solía observarme como yo hacía los quehaceres, decía que tanta pulcritud le crispaban los nervios.

Pero esa convivencia laboral y las charlas de por medio nos llevó a conocernos, y como yo conocí su vida, él supo todo sobre la mía, yo le mencionaba de lo desordenado que era y él me mencionaba sobre el culo que tenía, yo le preguntaba por su anciana madre y el me preguntaba cómo era en la cama, yo observaba los cuadros que pintaba y el me observaba las tetas, le hablaba de Jehová y él me hablaba de lo puta que me haría.

Así fueron esos días y el empezó a meterme en la cabeza sus ideas, que él tenía polla, y que las mujeres estábamos diseñadas para complacerlos, era nuestro único objetivo, ser mariquita sumisa, a voluntad de un buen macho, para satisfacer todos sus deseos, sin reparos, sin protestas.

Me dijo que el me haría una buena mariquita y solo me preparó para hacerme a su medida. No fue de un día para el otro, pero llegó el momento en que Agustín se había apoderado de lo más peligroso que podía apoderarse, de mi voluntad, porque llegó la noche en que yo ya no tenía poder de decisión sobre mí misma, yo haría lo que él quisiera que hiciese.

Aclaro que mi transformación no fue un abrir y cerrar de ojos, ocurrió paso a paso, pero cuando había llegado el momento, yo era otra mujer y él lo había hecho posible.

Fui temprano a su casa, según me lo había indicado, sería una noche de paseo, cine y cena, según me había adelantado, solo que yo sería su mariquita obediente y mi única satisfacción sería consentirlo en todos sus deseos.

Honestamente tenía mucha curiosidad y Agustín se había transformado para mí en mi nuevo Mesías, como el mismo solía decir.

Fuimos a su cuarto, sobre la cama había un vestido de licra, en negro profundo, era muy bonito, pero no era para mí, nunca me había puesto nada igual, sin embargo, Agustín me dijo que saldríamos y que yo usaría ‘eso’, y además levantó la apuesta, ‘sin ropa interior’, yo intenté protestar, pero rápidamente me hizo comprender que yo sería su puta mariquita y eso es lo que él quería

Le hice caso, dejé mi ropa interior a un lado, y me puse dentro de ese diminuto vestido, se había pegado a mi piel en una forma increíble, no tenía brete les por lo que mis pechos eran el único sostén, y era demasiado corto por lo que apenas me llegaba a la línea donde terminan los glúteos y empiezan las piernas.

Me miré frente al espejo de su habitación, me veía una puta, era la primera vez que no usaba un vestido hasta los pies, mis piernas resultaban atractivas, descubrí con asombro el llamativo culo que tenía y la forma en que se marcaban mis tetas.

Mis pechos parecían querer escapar por lo que subí un poco el vestido, pero entonces noté que se desnudaban parte de mis nalgas, era un juego macabro, era menos que justo y solo recordar que estaba desnuda por abajo solo hacía que me excitara imaginando.

Es que notaba como se marcaban los pezones y como mi sexo supuraba humedad, y cuánto más trataba de evitarlo peor era.

Salí del cuarto para que los ojos de Agustín me devoraran y la situación fue muy caliente, me pidió que me pusiera mis zapatos de tacón altos que me recogiera el cabello, le pregunté si así estaba bien, y también como seguiría el juego, porque hasta aquí mi ex seguía siendo mi único hombre, no había intimado con nadie más, pero era evidente que esta nueva versión de mujer estaba lista para ser una fiel sumisa.

El solo se sonrió y no dio más detalles, fuimos entonces hasta su coche y fue cuando noté que al caminar el vestido se subía por detrás y se bajaba por delante, era una situación desesperadamente incómoda puesto que inconscientemente mis manos se ocupaban de llevar todo a su lugar, una y otra vez. Toda mi crianza había estado de la mano de Dios, y ahora me encaminaba a las puertas del infierno.

Llegamos al paseo de compras, un lugar lujoso, con vidrieras de las mejores y más caras marcas, donde el común de la gente solía disfrutar una salida, un sitio muy familiar donde una chica voluptuosa con un diminuto vestido rayando lo vulgar sería centro de miradas indiscretas, y eso era justamente lo que Agustín estaba buscando.

Y ahí fuimos, con la sensación de que el vestido se subía, o se bajaba, acomodándomelo una y otra vez al borde de la histeria. Lo peor fue subir por las escaleras mecánicas, no tenía ropa interior y eso podía notarlo cualquier persona que naturalmente quedara en un plano inferior, no sabía qué hacer y Agustín se encargó una y otra vez de jugar ese juego, disfrutando especialmente esa situación.

Después de sacarse las ganas de hacerme ver como la puta del lugar, Agustín sacó un par de entradas para una película al azar en el complejo de cines del lugar. Y ahí fuimos, en la zona media de la sala, y pronto comprobaría que era más de los juegos que él tenía en mente, pocos minutos después que las luces se apagaron y las siluetas de los presentes apenas se distinguían por la tenue luminosidad de la pantalla, mi mentor tomó una de mis manos y la llevó sobre su sexo, por sobre el pantalón y me hizo notar que estaba duro como una piedra.

Solo por instinto intenté retirarla, es que, con mis años, Francisco había sido el único hombre en mi vida y esta relación impropia que florecía solo empezaba a poner mi mundo patas para arriba.

Pero pronto comprendería que él era mi nuevo amo, y yo solo su esclava, y pronto comprendería que no había ninguna intención de compartir una película. Agustín había desnudado su polla, me tomó con su mano por la nuca, me llevó a su lado y en un susurro me dijo al oído…

– Vamos a ver qué tan buena mariquita eres…

Y luego, solo me llevó hacia abajo, hizo que metiera su polla en mi boca y empezó a asfixiarme, es que solo no me dejaba hacer, el solo me empujaba la cabeza hacia abajo, con la fuerza de sus brazos y sentí que me asfixiaba, sentí su glande en mi garganta, la tenía tan profundo que con mis labios llegaba a sus testículos, sentí que no podía, sentía arcadas pero el empujaba mas y mas, mis ojos se llenaron de lágrimas y solo estaba entregada a sus juegos.

Mis manos hacían fuerza en sus piernas para poder retirarme, pero él era hombre y yo no podía contra eso, me sentí una sucia perra, entregada y violada.

Estaba totalmente perdida en ese lugar, en ese sitio, no tenía voluntad, yo solo estaba a sus pies, de repente, su semen caliente irrumpió en mi esófago, porque la tenía tan adentro que mucho mas no pude sentir, solo el calor de sus jugos directo a mi estómago, hasta no quedar nada, mientras el aun apretaba mi cabeza hacia abajo.

Solo después me permitió salir y acomodarme, fue cuando tuve unos segundos para tomar dimensión de mi entorno, me sentí avergonzada puesto que, a pesar de la película y la oscuridad, lo cierto es que estaba rodeada de personas. Mis ojos no me permitían ver, inundados en lágrimas y mi boca acalambrada aún tenía mezclas de saliva y semen.

Pero lo más vergonzante para mí fue comprobar lo que a mí misma me sucedía, porque en el fragor del sexo oral no había podido notarlo, es que me noté curiosamente mojada, mis flujos habían chorreado por mis piernas, por el vestido, incluso por la butaca de la sala. Le dije a Agustín que necesitaba pasar al baño, no podía más con todo eso.

Me levanté presurosa aprovechando la oscuridad de la sala, y casi mirando al piso y casi corriendo, fui al baño de damas.

La imagen del espejo me devolvió a una puta, mi maquillaje estaba corrido, mi rostro desencajado, aun con dolor en la boca y en lo profundo de mi garganta, pero si esa imagen me sorprendía, pero sería mi asombro al ir a orinar, mi vagina estaba inundada, mojada como nunca y el solo roce de mi clítoris con el papel higiénico me produjeron escalofríos.

Me las arreglé como pude y antes de salir, nuevamente frente al espejo traté de re acomodar el diminuto vestido, tratando de estirarlo más de la cuenta.

Al salir, noté que Agustín me esperaba en la puerta de ingreso, con una sonrisa muy de ganador, aún quedaba media película por delante, pero en verdad a nadie le importaba esa película, fuimos entonces al patio de comidas.

Hubiera esperado que él, por caballerosidad fuera por la comida, pero Agustín se sentó cómodamente en una de las mesas y me indicó que ‘su mariquita’ debía complacerlo, que fuera por unas hamburguesas y, además, que fuera generosa con los movimientos de mi trasero, pues él estaría observando.

Y ahí fui, moviendo mi culo sobre los tacones altos, con el impulso contenido de bajarlo ya que sentía que nuevamente se subía, pero sabía que el me miraba, y nuevamente sentí mojarme, y era una maldición, porque por más que intentaba no pensar en todo eso, pues más me mojaba y nuevamente sentí mis jugos empezar a patinar entre mis piernas.

Otra vez a sentarme, frente a frente, hamburguesas, papas y gaseosas de por medio, y la mirada de Agustín llegando a mi alma, me miraba de una forma provocativa, me miraba las tetas, era directo, sin rodeos, y mi nerviosismo hizo que mis pezones se marcaran más y más.
En un momento, dejó caer intencionalmente un par de papas al suelo, y antes de inclinarse a recogerlas me dijo…

— Abre las piernas, quiero ver tu coño

Fue muy erótico, así que disimuladamente lo hice, él se inclinó y le mostré lo que deseaba ver, yo estaba totalmente fuera de mí, con sentimientos que en mi vida había experimentado.

Se incorporó y me dijo…

— Ahora tócate, metete los dedos y después quiero ver como te los chupas…

Era una locura, había no menos de cincuenta personas en ese lugar, y si bien cada uno hacía su vida ajenos a lo que pasaba en nuestra mesa, lo cierto es que teníamos cero privacidad y eso hacía todo muy loco, además empezaba a entender que ese rol de mariquita, como el me llamaba, me quedaba como anillo al dedo.

Miré el entorno, llevé los dedos lentamente a mi coño, me metí dos dedos en la vagina, los mojé con mis jugos y luego ante la atenta mirada de mi macho empecé a lamerlos, él ordenó entonces…

— Ahora sigue tocándote por debajo de la mesa

Bajé nuevamente mi mano y la colé entre mis piernas, Agustín me clavaba la mirada, pero yo le respondía con la mía de la misma manera, desafiante, mientras acariciaba mi coño, mientras me olvidaba del entorno, mientras mi respiración se agitaba, mientras mis mejillas se ruborizaban.

Sentí unos espasmos muy fuertes, mordí con fuerza mis labios para contener los gemidos, el se reía, y yo me debatía entre el gozo de un orgasmo contenido y un arduo trabajo para pasar desapercibida y lograr que nadie notara lo que estaba sucediendo.

Cuando recobré la cordura, descubrí que había tenido el primer orgasmo de mi vida, uno real, uno enorme, estaba asustada porque eso no lo hablaba la Biblia, ni me lo habían explicado, era pecado tocarme, y con Francisco, mi único hombre, solo cumplía mi rol de mujer.

Estaba emocionada, y terminamos de comer, Agustín no era mucho más que un extraño que sacaba una puta desconocida de mí, que sin intimar me había obligado a chuparle la polla en el cine y me había hecho masturbar en un lugar público, podía esperar algo más?

Salimos cerca de la una de la mañana, noche de sábado, y nos escabullimos por una de las calles laterales del complejo, y en unos minutos estábamos caminando por unos sitios no tan tranquilos y empecé a ponerme nerviosa.

En una esquina a media luz dimos con unos muchachos que tomaban cerveza, aparentaban mi edad, y empezaron a molestarnos, obviamente, lucía como una puta y él parecía muy mayor a mi lado, ellos reían y decían cosas como ‘que rica está tu hija’ ‘abuelo, se supone que deberías estar durmiendo’ ‘anciano, terrible gato te conseguiste’, entonces Agustín me dijo que esperara a un lado, que tenía que tratar cosas de hombres.

El me dejó a unos diez metros y se fue a hablar con los muchachos, hablaba tan bajo que no podía escuchar nada, solo intuí que yo era centro de esa charla, los chicos ya no parloteaban y miraban de una forma llamativa, si antes estaba nerviosa, ahora temblaba.

Fue cuando vinieron por mí, y en la penumbra, noté en los ojos de Agustín de que se trataba todo esto, casi a la rastra me llevaron a un callejón mal oliente y noté que mis cacos se enterraban en el barro, quise resistirme un poco pero mi hombre me dijo…

— Tranquila mariquita… acuérdate que tu no tienes polla, y tu función en este planeta es satisfacer a los machos. Tu no tienes voluntad y tu placer es complacerlos, así que solo haz tu trabajo

El encendió un cigarro y se retiró a un costado, donde ya no pude verlo, en un abrir y cerrar de ojos estaba de rodillas, sentí el frio fango pegarse en ellas y el aroma de los basureros cercanos me daban nauseas, pero no había tiempo, solo no había tiempo…

Mi vestido estaba enrollado en mi cintura, me lo habían bajado, me lo habían subido, me apretaban las tetas, me daban nalgadas, me decían que era una puta y solo me cogían por la boca, no me dejaban hacer, solo se turnaban para meterme su polla en mi boca, uno a uno, como si yo solo fuera un pedazo de carne.

Alguien me empujó por la espalda, y también mis codos y mis manos terminaron en el barro, quedé en cuatro patas y fue el turno de mi vagina. Empezaron a penetrarme, uno, otro y otro, como Agustín decía, yo no tenía voluntad y mi rol de mariquita era solo dar placer, me mordí los labios cuando uno me la metió por el culo, me estaba ganando el infierno, y solo gemía dejando que ellos hicieran lo que quisieran hacer.

Cuando se saciaron de jugar conmigo vinieron directo sobre mi rostro y apuntaron sobre mi cara, me llenaron de semen el rostro, uno tras otro, mi frente, mis ojos, mi boca, hasta mis cabellos que con tanto esmero cuidaba. Cuando terminaron, guardaron sus armas y le agradecieron al viejo Agustín por el regalo.

Estaba extenuada, no podía más y si el objetivo de ese hombre era quebrar mi voluntad, pues lo había logrado con creces, estaba entregada, me senté en el barro, ya no podía más, toda sucia, con un vestido enrollado en mi vientre, sin ropa interior, humillada, me dolía el coño, había perdido la virginidad de mi culo y mi rostro chorreaba semen de desconocidos.

Agustín se acercó saliendo de la oscuridad, me tiró con desprecio su pañuelo y me dijo que me limpiara un poco, que debíamos volver a casa y que en mi estado ‘mancharía los tapizados de su coche’

Ahí terminaría mi inicio de mariquita, entre un pasado buscando el cielo y un presente que me llevaría de cabeza al infierno, elegí quemarme eternamente, como Eva, había tomado la manzana prohibida y esa manzana sabía deliciosa…

Me quedé con Agustín, me gusta limpiar y ordenar sus cosas, el me mantiene, no me importa decirlo, y mi voluntad es su voluntad, me gusta complacerlo, a él, a sus amigos, a sus hombres, si ellos son felices, pues yo soy feliz.

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