TANATOS 12

CAPÍTULO 5

Le expliqué a María dónde estaba pasando las noches mientras miraba su gesto dulce, atento y extrañado. Y en aquel momento solo tenía ganas de decirle que la quería y que nos marchásemos de allí, los dos…

—¿Y estás durmiendo allí con Begoña? —me interrumpió, seria, devolviéndome al mundo real, un mundo en el que había muchas cosas que aclarar, seguramente con muchos reproches por medio.

—No, no. Para nada. No la he vuelto a ver.

María torció el gesto, como si no me acabara de creer. Y prosiguió:

—¿Y te parece normal irte así?

Dudé un instante; sin duda prefería ese cambio de tema a que se enredase a hablar de su rival del despacho.

—Bueno, creo que en la conversación quedaba claro.

—¿Qué conversación?

—Pues la última que tuvimos, por teléfo…

—Ah, ya —de nuevo me interrumpió — aquella en la que de golpe me dices que se acabó y que ya está y que no hay más que hablar.

—Yo no lo recuerdo así, María. Más bien fue al revés.

—¿Cómo que al revés? Me viniste con… “esto se acabó” tal cual, ¿qué querías que te dijera?

—Te repito que yo recuerdo más bien al contrario, María —quise suavizar el tono.

Se hizo un silencio. María resopló y yo miré hacia atrás. Quería que Edu se demorase lo máximo posible.

—Mira, Pablo… —suspiró, mostrando cierta desesperación —es que no consigo enfadarme contigo ni queriendo. Hasta anoche, que espero no te hayas creído las locuras que me escribí con Edu… quería… pues… que… te pareciera mal… fastidiarte… ver si tenías sangre… y hasta me estaba odiando a mí misma por hacerlo. Y de Begoña tenemos que hablar.

—Lo de Begoña fue una… No sé. No fue nada.

—Yo no diría que no fue nada… la verdad. En fin. Esta noche, o mañana…

—¿Qué? —interrumpí, también algo encendido.

—Pues que no veo normal que estés durmiendo y viviendo no sé sabe dónde.

—A lo mejor si me cogieras el teléfono… —me atreví a decir—. Y yo qué sé, además… tampoco entiendo, por ejemplo, esta noche… ¿cual era vuestro… plan para hoy? ¿Y si no aparezco? ¿Cenar aquí y qué?

—Pues cenar aquí y ya. Él y yo también teníamos que hablar.

Iba a preguntar qué era aquello de lo que tenían que hablar, pero supe, por el gesto de María, que Edu se acercaba.

La alegría porque nuestra relación estuviera más o menos a salvo era inmensa. Pero aún así no llegaba a sentir realmente júbilo. No hasta saber si había condiciones o qué iba a pasar a partir de aquel momento, pues sabía qué quería Edu, pero no sabía qué quería María.

Edu se sentó, bebió de su copa y no dijo nada. Me atreví a mirarle y recapitulé que Edu me necesitaba a mí si quería tener sexo con ESA María que solo salía a la luz en un contexto en el que debía estar yo, pero no sabía si la propia María era consciente de su dualidad, y de si ella me necesitaba o no… Necesitaba urgentemente hablarlo con ella.

Sí tenía claro que yo quería acariciarla, abrazarla, besarla. Reconciliarnos de verdad, como una pareja normal, no sentados a la mesa con el causante, por mi culpa en gran medida, de que fuéramos más un trío que una pareja.

—¿Y ahora qué? —me pregunté, e iba a decirlo en voz alta cuando apareció nuevamente aquel camarero que ellos conocían, y preguntó si queríamos algo más.

Edu pidió otra ginebra. María dudó. Y a mí me quedaba más de la mitad. Me fijé por primera vez en él, en pantalón negro y camiseta negra, grande, fornido, más parecía de seguridad que camarero, con los ojos claros, la cabeza rapada y una barba frondosa. De una edad difícil de determinar, quizás algo más joven que nosotros.

Edu le dijo algo que yo no entendí y él sonrió, formándose unos hoyuelos en su mejilla, que parecieron suaves y afables en contraposición con su físico ciertamente agresivo. Y entonces, el tal Rubén, dijo distendido:

—Ya sabía yo que acabaríais juntos.

María alzó la mirada, pero Edu fue más rápido.

—¿Nosotros? Y eso?

—Esas cosas se notan —aseveró— Que hay mucha bandeja, pero también mucho cotilleo. Aunque tú tenías novio, ¿no? —le preguntó a María, indiscretísimo, y siempre como si yo no existiera.

Mi novia, con gesto contrariado, e incómoda, iba a poner la verdad sobre la mesa, pero Edu la solapó, en tono más alto.

—No, no. Quiero decir. No estamos juntos. Ves demasiadas cosas. De hecho… está libre —dijo incitante, provocando, con dos o tres segundos de retraso, una risa nerviosa ciertamente desagradable de Rubén.

—Bueno, te traigo otra entonces —dijo el camarero al fin, y sin haberse repuesto de aquella invitación expresa. Y yo me fijé en su boca grande y en sus dientes, que guardaban una separación curiosa entre sus incisivos, pero lo cierto era que dicho rasgo no acababa de perjudicarle.

Apenas se alejó un poco y Edu dijo:

—Pídele el número cuando vuelva.

—No seas cabrón —respondió María. Seria. Y yo no entendía si se refería a que no fuera cabrón con Rubén o con ella.

Yo era consciente de que apenas había pronunciado palabra. Cogí mi copa, bebí y miré hacia ella: su cuello y su escote expuesto, sus pechos marcando el vestido con sugerencia pero a la vez con contundencia… y busqué sus pezones… y los encontré, con dificultad, pero localizables. Con la mirada encendida por el alcohol y con aquel gesto de falsa seguridad que siempre tenía en presencia de Edu. Un Edu, que, contenido pero a la vez pletórico, sabedor de que tenía las mejores cartas, sacudía el fondo de su copa, haciendo sonar los hielos; un Edu que se la había follado en aquella lejana boda, y también quince días atrás, en aquel aparcamiento y después en su casa. Le había echado, según su confesión, cuatro polvos a mi novia, dos conmigo presente y dos en la intimidad, y allí me tenía, a su merced, y lo que era peor: yo no sabía si María era completamente libre o si estaba enganchada a él.

Rubén llegó con la copa y Edu no le dio tregua:

—¿A qué hora sales hoy?

—¿Perdona?

—Hoy. Esta noche. ¿A qué hora sales? —insistió mientras María pegaba otro trago, refugiándose en su ginebra.

—Ah, pues… —dudó mientras miraba su reloj —yo creo que hoy a la una… una y media… me escapo.

Se quedó allí plantado unos segundos, quizás esperando algo más. Mientras tanto, yo saqué mi teléfono del bolsillo y lo posé sobre la mesa y miré la hora: pasaban unos minutos de las doce. Finalmente nadie dijo nada y él volvió a retirarse.

Inmediatamente después, y ahora sí, sin demasiada pausa, Edu soltó:

—Bueno… ¿No os vais a reconciliar?

—Ya lo hemos hecho —respondí yo, sabedor de que tenía que hacerme valer cuanto antes.

—¿Ah, sí? Qué rápidos.

—¿Te importa? —dijo María, retadora.

—Vaya si me importa. Pablo lo sabe bien.

María me miró algo extrañada, y Edu insistió:

—¿Ni un beso ni nada de reconciliación?

—¿Puedes dejar de putear? —respondió María, más ágil que yo.

Edu dejó el juego para volver a expresar aquel gesto serio, pero de control total. Volvió a su copa. Volvió al silencio. El ambiente era irrespirable. Yo no tenía ni idea de cómo acabaría la noche. Como siempre, por un lado lo quería todo y por otro no quería nada; nada era irme con María, a mi casa, a nuestra casa… besarla, abrazarla… reconciliarnos de verdad… Pero… también quería todo, y todo era Edu, quizás Rubén… lo que fuera… Sabía que solo de imaginarlo mi polla se encendería y mi corazón palpitaría…

—Parece que nos faltan bastantes… tablas, estando los tres —dijo Edu, refiriéndose a nuestros silencios.

María ladeó la cabeza, indicando reprobación, casi siempre mostrando que ni siquiera le caía bien. Y entonces, viendo que su copa estaba acabada, levantó la mano.

Rubén llegó en seguida y María le dijo:

—¿Me pones otra?

—Sí, claro.

—¿Te puedo pedir algo más?

—Mmm. Claro.

—¿Me das tu número?

—¿Mi número?

—Sí… tu número de teléfono.

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