GAMBITO DANÉS

Niño Burbuja

Tenía semanas de edad cuando fui diagnosticado: síndrome de inmunodeficiencia combinada grave. Un trastorno englobado en las siglas ADA-SCID. En mi caso único, ya que no se conocía ninguna mutación genética exactamente igual a la mía. Para la gente menos forzadamente versada en medicina lo que soy es un niño burbuja. Un capricho genético, el único de mi familia. Ni siquiera mi hermana melliza Sara heredó mi problema linfocitario.

Mi primer año de vida, dicen, lo pasé aislado en una habitación plastificada de hospital. Luego, gracias a una familia entregada, tuve una vida medianamente cómoda. Mi padre, arquitecto, construyó una casa habilitada en el campo, cerca de la ciudad donde pasaba la vida trabajando para poder costearme los mejores tratamientos. Una casa preciosa en la que estaba mi habitación, perfectamente aislada y ventilada, espaciosa casi como un pequeño apartamento y con una pared entera de cristal para que pudiera ver la naturaleza.

Viví sin apenas contacto físico con mi familia. Los tratamientos con inmunoglobulina, me daban un cierto grado de defensa contra patógenos externos, y eso me permitía pasear por nuestro terreno de vez en cuando. Siempre con mascarilla, evitando cruzarme con nadie que no fuera de mi familia o incluso algún animal. Los escasos abrazos que recibí en mi vida temprana, siempre programados y controlados, fueron para mí auténticos regalos. Incluso debía mantener la distancia de mi profesora particular, de las pocas autorizadas a entrar en mi habitáculo. Desinfectada, con un traje especial, los dos con mascarilla, guardando las distancias y lo mínimo posible.

Pasé la vida entre libros, cine y sueños. Las conversaciones con mi familia solían ser a través del cristal y con walkie talkie, más rápido y cómodo que usar el móvil. Sin amigos excepto los de internet, era la mía una historia llena de limitaciones, pero con mucho amor. La complicidad con mi hermana Sara era algo indestructible a pesar de nuestra distancia corporal, teniendo nuestra propia frecuencia para hablar.

Entrando en mi preadolescencia, los tratamientos mejoraron, dándome algo más de autonomía. No me permitieron en un primer momento descubrir mundo, pero sí muchas sensaciones enterradas.

I

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que me fijé en mi madre de otra manera. Tenía yo una edad probablemente inconfesable y bajábamos por un caminito de tierra de nuestra propiedad soportando el sofocante calor veraniego. Disfrutando de la naturaleza sin mascarilla ni precauciones, me comía una piruleta en exterior por primera vez en mi vida. Mi madre vestía como tantas mujeres jóvenes en julio, con una camiseta de tirantes azul y un pantalón short blanco. Me di cuenta, a pesar de mi corta edad, de que no se sentía cómoda con el pantalón, pareciéndole, probablemente, demasiado corto.

Andaba y se lo recolocaba constantemente, agarrándolo de la culera y tirándolo para abajo intentando tapar su sugerente anatomía. Yo la observaba de reojo, como si aquella persona que andaba a mi lado no fuera mi madre, sino simplemente una deseable mujer. Extrañado de mí mismo por mis sentimientos.

Siguió el camino hacia el estanque artificial sin que mis ojos dejaran de explorarla. Su busto era generoso, marcado sobre el top incluso sin que fuera este demasiado ajustado, sus piernas largas y torneadas me parecían perfectas, ni excesivamente delgadas ni rollizas y su trasero, apenas cubierto por el pantaloncito, era simplemente espectacular.

Parecía haber encontrado el paso perfecto, la carencia necesaria para sentirse algo más cómoda, agarrándose la prenda cada cinco pasos y tirando hacia abajo. Seguí sin quitarle ojo de encima, chupando la piruleta compulsivamente, nervioso. Durante décimas de segundos parecía asomarse la nalga por el final de la pequeña pernera, momento justo en la que ella recolocaba de nuevo el pantalón. Sentí entonces esa extraña congoja en la entrepierna, ese misterioso apéndice crecer dentro de la bragadura. De fondo oía su voz preguntándome algo, pero era incapaz de comprender el significado de las palabras.

—¡Hijo! —exclamó ella al fin al ver que no le hacía caso, sacándome abruptamente de mi ensimismamiento.

Aquel corto camino fue solo el principio de un conjunto de sensaciones nuevas para mí.

II

Con casi dieciséis años ya era consciente de todas mis rarezas. Tenía una personalidad muy distinta a los chicos de mi edad, era un dato puramente estadístico. Más interesado en los libros que en la televisión, en la poesía que en el thriller, en la filosofía que en el deporte, en la música clásica que el reguetón, sensible cuando tocaba ser varonil, sincero en vez de fanfarrón y con ciertas dificultades a la hora de filtrar mis emociones que, por suerte, solía compensar con timidez y prudencia autoimpuesta.

La terapia genética había obrado el milagro sin necesidad de un dudoso trasplante de médula ósea. Mi sistema inmune existía, y se fortalecía cada día a pesar de ser joven e inexperto. El COVID fue un mazazo para nosotros, especialmente cuando parecía que veíamos la luz al final del túnel. Mi burbuja se extendió alcanzando a mi madre y mi hermana, confinándonos durante meses en aquella casa y sus alrededores. Mi padre, sin poder dejar de trabajar, alquiló un pequeño apartamento en la ciudad condenándose a no poder volver a casa con nosotros. Solo necesitábamos un poco de paciencia, hacerme fuerte mientras el virus se debilitaba, pero no sabíamos que la amenaza duraría tanto tiempo.

Mi hermana y yo teníamos una relación muy especial. Decidimos mantener algunas viejas costumbres, como nuestras habituales llamadas por walkie talkie a pesar de poder estar en la misma estancia. No sé por qué, pero tumbado en mi habituación recordé aquel paseo con mi madre, sus shorts, sus piernas, mi… mis sensaciones. Tragué saliva y seguí recordando el camino hacia el estanque. Quizás fue el calor que me llevó de nuevo a ese día, ya que no había vuelto a sentir nada parecido por mi madre en los años siguientes.

Mi respiración se aceleró y sentí el bulto de mi pantaloncito crecer. Adentré, casi por instinto, mi mano por dentro de la ropa y me acaricié suavemente. Tenía los ojos cerrados, pero los abrí de golpe al oír una voz entre una ligera interferencia.

“¡Cerdo!”

Al girar la cabeza vi a mi hermana observándome a través del cristal y maldije no haber cerrado las persianas, olvidando que, reminiscencias del pasado, mi habitación seguía siendo un pequeño Gran Hermano. Sara sonreía con el walkie aún en la boca. Agarré el mío que reposaba sobre la mesilla de noche y lo puse en mi oreja.

SARA: ¡Cerdo!

YO: ¿Qué?

SARA: ¿Qué hacías, cerdo?

Su cara era burlona no enfada, y la mía supongo que sería un auténtico poema.

YO: ¿Yo? Nada.

SARA: ¿Te he visto eh?

YO: ¡¿Qué dices?!

SARA: Nada hombre, nada, no te enfades. Que es normal eh.

Supongo que masturbarse era normal, lo que no lo era tanto es ser sorprendido por tu propia hermana en un momento temprano de la ejecución, y menos la persona motivo de los tocamientos. Al final, sin contar doctoras y enfermeras, mi madre, Sara y mi tutora de estudios eran casi las únicas mujeres con las que había tenido contacto cercano.

YO: Pues si es normal déjame en paz.

Me supe pillado y desistí de disimular.

SARA: Si yo te dejo, pero dime, ¿en qué pensabas?

YO: ¡Cállate!

Ella seguía al otro lado del cristal, vestida con un bañador, con la toalla sobre el hombro y descalza sobre el césped, era fácil adivinar que venía de la piscina.

SARA: Vamos pillín, ¿te has bajado vídeos por internet?

YO: No, hace tiempo que pasé esa fase.

Mi respuesta era completamente honesta, el aislamiento o simplemente la extravagancia hacían que me costara saber cuando se podía decir la verdad y cuando era mejor no hacerlo. Era un problema menor que normalmente me surgía en forma de “brotes”. Coloquialmente hablando: me metía en un jardín y acababa haciendo la pelota mucho más grande.

Otra cosa curiosa es que cuando me decidía al fin por mentir, o decía algo absurdo o era casi peor la mentira que lo acontecido en realidad.

SARA: ¿Pues en qué o quién pensabas, Burbujo?

Burbujo, un apoco coloquial que me puso cuando éramos niños.

YO: En Trini.

Trini era mi tutora desde siempre, una mujer de unos cincuenta años y no especialmente agraciada.

SARA: ¿En Trini? ¿Pero tu estás demente o qué?

No sabía que responder, de nuevo, peor el remedio que la enfermedad.

YO: ¿Es que ves a muchas otras mujeres por aquí?

Sara se quedó mirándome fijamente, por un momento pareció que el cristal no existiera. Se alejó el walkie de la cara y salió del rango de visión de la pared acristalada de mi habitación. Iba a dar el tema por zanjado cuando la puerta de mi dormitorio se abrió y apareció.

—Pero Trini no hombre, no seas desesperado —me increpó medio en serio medio en broma tumbándose seguidamente en la cama conmigo.

—Sara, aún estás mojada —le dije al notar la humedad de su cuerpo.

—Tu sí que estás mojado…por Trini —dijo entre carcajadas.

—Te odio —respondí mirando al techo con desdén.

Me mantuve en silencio esperando que terminasen sus risas y añadí:

—¿Te puedes ir? Lo estás dejando todo perdido. Casi me arrepiento de que podáis entrar aquí.

—Sí hombre sí, ya me voy. Eso sí, recuerda bajar las persianas para la próxima paja, eh.

—Vete al infierno.

Se levantó, me revolvió el pelo para molestarme un poco más y se dirigió a la puerta, pero, antes de salir, añadió:

—No desesperes, que pronto conocerás a gente. Ni tu enfermedad ha durado eternamente ni lo hará la pandemia

III

Días después los dos estábamos en la piscina, no sin muchas objeciones por parte de mi protectora madre, recibiendo yo mi primera clase de natación. Era maravilloso, sentir la ingravidez, el poder del agua, algo absolutamente nuevo para mí. Sara sostenía mi cuerpo y yo practicaba la flotación mientras movía patosamente, pero con esmero, brazos y piernas.

—Burbujo, que te emocionas y es peor, despacio.

Entre las lecciones y las constantes visitas de mi madre advirtiéndome que no estuviera demasiado tiempo en remojo me di cuenta de que mi hermana ya era toda una mujer. Había elegido de nuevo un bañador en vez de un bikini, pero eso no la hacía menos atractiva. Con el pelo castaño claro cortado algo corto, sus ojos verdes como los de mamá y un cuerpo no especialmente delgado pero firme, con senos y generosas nalgas. Mi entrepierna se rozó tan solo dos veces con su trasero, pero fue suficiente para que reaccionara.

—Vamos, sube el culo —me ordenaba mientras me sostenía en posición horizontal por el vientre.

Reconozco que mi fascinación por el agua había pasado en segundo término, embelesado ahora con las curvas de Sara.

—Tienes que perderle el miedo al agua —afirmó sumergiéndome a traición.

La sensación de sentir el líquido metiéndose por mi nariz y mis orejas me gustó menos, consiguiendo salir a la superficie algo aturdido.

—Te odio —insistí.

—Sí, lo sé.

Entramos entonces en una batalla igualada de ahogadillas, aprovechándome yo de mi superioridad física y ella de su conocimiento del medio, pero lejos de que hubiera un ganador para lo que sirvió fue para que el volcán de mi entrepierna empezara a ser demasiado obvio. Entre forcejeos mi miembro se restregó por sus glúteos, su vientre y sus piernas, hasta que finalmente se detuvo consciente de lo que estaba pasando. Se retiró el agua de los ojos, se tiró el pelo hacia atrás y se me quedó mirando.

Yo no dije nada. Ella miró hacia abajo, como indicando que sabía lo que el agua tapaba bajo de mi cintura.

—Burbujo, que yo no soy Trini.

No supe que decir, sentí el frío en todo mi cuerpo y no debido a la temperatura de la piscina. Por un momento temí que pudiera ver a través de mí, mi alma, mis más secretos y oscuros pensamientos, y nuevamente metí la pata:

—El otro día no pensaba en Trini, sino en ti.

Es curioso, antes de verbalizarlo me parecía la mejor de las ideas decirle eso, todo me sonaba mejor que el que averiguara que era mi madre la musa de mis fantasías, pero una vez expresado quise morirme por cualquier virus o bacteria a los que aún era vulnerable.

Ella se quedó sin palabras también, algo muy difícil de que pasara.

—Lo siento —dije con voz apesadumbrada.

Ella parecía no reaccionar, pero finalmente dijo:

—No pasa nada, solo Dios sabe que se siente al vivir encerrado entre cuatro paredes durante dieciséis años.

Me había dado una salida digna, pero el “brote” ya se había activado.

—¿Eres virgen? —pregunté.

—¿Qué? —dijo ella sorprendida pero no en exceso.

—Representa que nos lo contamos todo, pero nunca me hablas de chicos.

—Bueno, queda claro que todo no nos lo contamos, ¿no crees? —respondió ella haciendo alusión a lo que acababa de confesarle.

—Lo he hecho ahora —me defendí.

—Bueno —empezó a decir mientras se dirigía a la escalera para salir de la piscina—. Paso a paso. Primero déjame asimilar que te tocas pensando en mí y luego ya veremos si te hablo de mi vida sexual.

IV

Sara, mi madre y yo celebrábamos nuestro cumpleaños en la intimidad del hogar, sin mi padre, que seguía viviendo solo en la ciudad. Nos había tenido con veinte años, terminando con ciertos apuros la carrera de turismo y dedicándose mi padre a trabajar en cuerpo y alma para sacar la familia adelante. Desde luego, mi enfermedad no había ayudado a lo contrario.

—Es un muchacho excelente, es un muchacho excelente… —cantaba ella acercándose con el pastel.

Ese día Sara había dicho que quería que solo fuera mi cumpleaños. Aun siendo mellizos, decía que ella siempre había podido celebrar su aniversario, no como yo que era la primera vez que lo podía hacer fuera de mi cárcel de plástico. El trato era que fuera mi día, y ella buscaría otro de verano para celebrar el suyo.

Mi madre estaba preciosa, deslumbrante. Aunque su look solía ser informal, rozando lo hippie, para mí, era como si se acercase una princesa con sus mejores galas. El calor, de nuevo, la obligaba a ir ligera de ropa, luciendo un fino y estampado pantalón tailandés y una camiseta de tirantes ajustada y corta que mostraba su vientre al completo. En las partes donde no había ropa se apreciaban los detalles, un piercing en el ombligo en forma de sol, una pulsera de colores en el tobillo derecho. Sus pies estaban descalzos, sin lucir pinturas en las uñas, y en el escote asomaba el tatuaje de su pecho, una luna. Había eclipsado por completo a mi hermana, que había pasado de la generosidad al ostracismo.

—¡Y siempre lo será! —concluyó depositando el pastel frente a mí e invitándome a soplar las velas.

—¿Qué deseo has pedido? —me interrogó entre aplausos.

—Eso no se cuenta —dije yo haciéndome el interesante.

—Vamos…no seas aburrido.

—Eli, no —advertí.

—Eli, aún no me acostumbro. Prefería mamá —se quejó sentándose a mi lado.

—Vamos Burbujo, ¿cuéntanos qué has pedido? —se unió mi hermana.

Llevaba el pelo suelto, castaño y ondulado, terminado irregularmente por encima de los hombros. Me quedé mirándole los preciosos ojos verdes, su fina nariz, los labios…Pronto bajé la mirada y me centré en su escote, con aquel tatuaje que no se veía entero y los pezones marcados en la tela. Sí, era uno de esos días en los que no llevaba sujetador.

—Vamos, dime que has pedido, déjate de misterios y supersticiones.

—De ninguna manera.

—Estas muy adolescente —bromeó—. Aún estoy esperando que me digas que regalo quieres de cumpleaños, a este paso se juntará con navidad. Entre tú que no quieres nada y tu hermana que se ha cambiado el día de cumpleaños, me tenéis frita.

—Soy insoportable —afirmé.

—¡Pues sí! —secundó levantándose para sentarse entonces en mi regazo.

Recordé de nuevo aquella mañana años atrás, la piruleta, el pantalón, las miradas… Sentada sobre mí tenía aún más cerca su poco cubierto busto y sus pezones me parecían ser más puntiagudos.

—No me obligues a hacerte cosquillas —amenazó.

El contacto de su trasero sobre mi entrepierna, con la fina tela de nuestra ropa solo como separación, era tan evidente para mí como de difícil abstracción.

—¡Venga! —dijo mientras me atacaba ambas axilas.

El movimiento de evasión no ayudó a que me olvidara de sus nalgas, que se revolvieron sobre mi bragadura con crueldad.

—Eli, no quieres saberlo.

—Pol —respondió irónicamente —sí quiero. Soy tu madre y una cotilla, por ese orden.

—Vamos Pol, anima el día con una de tus confesiones —intervino Sara.

Fue entonces cuando ocurrió el mayor de mis cortocircuitos, un arranque de salvaje y descriptiva sinceridad:

—Hace tiempo que estoy enamorado de ti. Que te quiero mucho más allá de lo que un hijo debería querer a una madre. Que te amo y te deseo como mujer. Y no, no es una confusión pasajera debido a la edad, ni un exceso de hormonas juvenil. Tampoco un trauma por la soledad de mi cautiverio. Es amor en toda su amplia expresión.

Ella me miró confundida, pero si albergaba dudas, la confesión se sincronizó perfectamente con una poco elegante pero vigorosa erección, tan poderosa que consiguió molestar sus glúteos acomodados en mis muslos. Se levantó algo desorientada y volvió a sentarse en su silla sin dejar de mirarme.

—Toooma yaa —dijo mi hermana entre dientes.

—Lo siento Eli, sé que es algo que a ninguna madre le gustaría oír, pero no puedo esconder un sentimiento como este, siento que te engaño. Y quiero que sepas que soy consciente de que no es algo normal ni, probablemente, aceptable. Y que no te pido nada, pero entenderás que no pueda decirte lo que he deseado. No es superstición.

Bebió un poco de agua, analizándome perpleja con sus preciosos ojos, pero incapaz de articular palabra. Yo, le mantuve la mirada unos segundos, pero finalmente la bajé hacia el pastel diciendo:

—Tiene muy buena pinta.

V

Al día siguiente me pudo la pereza, librarme de las garras de Morfeo, y me levanté de la cama que eran casi las once de la mañana. Fui a la cocina a desayunar y allí me encontré con mi madre. Su cara era incluso más somnolienta que la mía, de recién levantada. Se estaba preparando unas tostadas sobre la encimera, de pie, con la misma ropa con la que había dormido. El atuendo consistía en una camiseta ancha de color blanco que hacía a la vez de vestidito, pero no lo suficientemente largo como para que no se asomasen, con los movimientos, sus braguitas negras.

Iba descalza y se le veían las piernas largas y torneadas, sensuales y deseables.

—¿Y Sara? —pregunté.

—Ha ido a pasar unos días a casa de una amiga, se han hecho todos test, PCR’s, y de todo, y hará lo mismo antes de volver. No sé si es un riesgo, pero no la podía retener durante tanto tiempo, cuando vuelva se aislará una semana antes de verte.

—Vale —respondí algo confuso, pensando que mi confesión quizás había tenido algo que ver. Sorprendido de que no me hubiera dicho nada ella misma.

—Menuda nochecita he pasado —dijo—. El calor era insoportable.

—Tu habitación es más caliente que la mía —respondí sin demasiada gracia.

—¿Te preparo unas tostadas? —preguntó.

—Si insistes… —respondí irónicamente.

Sentado en la mesita de la cocina donde solíamos desayunar últimamente seguí estudiándola, consciente de que desde mi cumpleaños llevaba dos de dos. Dos días dos restregones, madre e hija. Madre y hermana. El bulto de mi pijama empezó a crecer y decidí cruzar las piernas en busca de algo de decoro. Intenté concentrarme en otra cosa, pero mi mirada estaba demasiado obcecada con su figura. Terminó de preparar el desayuno y vino hacia mí, sentándose a mi lado y dándome mi plato con las dos generosas tostadas.

—Mantequilla y mermelada de melocotón, ¿te va bien?

—Sí Eli, gracias.

Dicen que los hombres no podemos hacer dos cosas a la vez, sin embargo, yo fui perfectamente capaz de desayunar sin perder ni un ápice de la calentura que me provocaba el observarla. Apreté los muslos con más fuerza, forzando el cruce de piernas hasta el punto de que incluso se dio cuenta ella.

—¿Tienes pis o qué?

Obvié la pregunta y seguí degustando la tostada. Mi madre hizo lo mismo hasta que me dijo:

—¿Qué te parece si para hacer la relación más equitativa me traes un poco de zumo? Jo, es que me lo he olvidado y de verdad que estoy agotada.

Pensé en la estampa, en levantarme y mostrar la abrumadora protuberancia, y contesté con un simple:

—Claro, ahora voy.

Pasaron no más de dos minutos cuando insistió:

—Y, si es posible su majestad, hoy. Que terminaré de desayunar y aún no tendré mi zumito.

No hice, caso, pero no funcionó.

—¡¿Pol?!

—Eli, ahora no puedo, dame un segundo.

—¿Te encuentras bien? —preguntó extrañada, con cara de preocupación.

—Sí, sí, un momento —contesté cada vez más apurado.

Ella alargó el brazo y me acarició el pelo detrás de la oreja cariñosamente diciéndome:

—Hijo, ¿estás bien? Yo lo estoy, ¿sabes?

Supongo que pensó que me sentía cohibido por lo sucedido el día anterior, poco se imaginaba que estaba delante de otro bochornoso episodio. Me pareció que merecía una respuesta sincera después de sus esfuerzos y comprensión, y así lo hice:

—Me he excitado al verte. No me esperaba encontrarte en la cocina en paños menores, con esta camiseta y en bragas. Evito levantarme para ahorrarnos la vergüenza de que me veas.

Ella me miró algo perpleja, como intentando comprender. Finalmente pude ver como bajaba la mirada hacia mis muslos, entendiendo lo que quería decirle y apartando sus dedos de mi pelo como en un reflejo.

—No te preocupes, iré yo a por el zumo —me dijo mirando hacia el frente, incómoda.

—Y yo aprovecharé para mirarte el culo —dije sin darme cuenta, maldiciendo mi manera de ser.

Ella giró la cabeza de nuevo para examinarme, con rostro indulgente y preocupado.

—Es una fase —fue lo único que alcanzó a decir.

—No Eli, no lo es. Ya no tengo once años, ni soy un redneck que vive solo con su madre y sus hermanas en uno de los aislados lagos de Luisiana. Tampoco soy Nerón o cualquier chico fruto de los abusos infantiles. Esto es diferente.

Mi madre frunció el ceño, un poco desconcertada, supe que no era manera de pagarle su generosidad, pero así era yo, la verdad o nada. Era capaz de disimular, pero no de mentir, no bien por lo menos. Y cuando empezaba a sincerarme me costaba entender dónde estaban los límites.

—Has tenido una vida complicada, eso es todo —dijo.

—No te preocupes —añadí—. Viviré con ello.

Ella no supo que contestar, se levantó de la mesa, recogió ambos platos, y fue a la pila a fregarlos olvidándose definitivamente del zumo.

—No digas nunca más nada como esto delante de Sara — sentenció.

El resto del día transcurrió casi en silencio.

Tres de tres. Tres días, dos confesiones y tres restregones.

VI

El día siguiente empezó igual, con conversaciones triviales y disimulos. Por la tarde me quedé dormido en el sofá leyendo a mi querido Ciorán cuando un ligero golpecito en el muslo me despertó. Abrí los ojos en una ligera neblina y la vi, de pie frente a mí, observándome.

—Basta de hacer el vago, Burbujo —me dijo Sara—. Son las siete, hace menos calor, vámonos de paseo.

La examiné de nuevo, quedándome perplejo con el heterogéneo look elegido: Llevaba uno de esos sujetadores top deportivos de color negro y unas zapatillas de running, pero, en la parte de abajo, había sustituido los habituales leggins por una cortísima falda de crochet blanca, tan vaporosa que podía intuirle las braguitas negras a juego con la parte de arriba. Era una prenda realmente sugerente, la típica que se ponía solo para ir a la playa.

—¿No estabas en casa de una amiga?

—He vuelto.

—¿Y la cuarentena?

—Vamos, no seas cobardica, me he hecho dos test. Además, mamá no está y tardará bastante en llegar, hagamos algo antes de que me encierre en mi cuarto por tu culpa.

—¿Ahora? —me quejé un poco por vicio, desperezándome.

Poco después, calzado yo también con mis zapatillas, salimos en dirección a nuestros “dominios”. Empezamos andando rápido y poco a poco fue incrementando el ritmo, siguiéndola yo siempre a una distancia prudencial.

—Vamos, por ese camino —anunció ella señalándolo.

Era un sendero algo polvoriento y rodeado de pinos, pero yo poco me fijaba en el entorno, absorto por el movimiento de sus nalgas apenas cubiertas por la escasa prenda de ganchillo.

—¡Más rápido! Que parezco yo la nieta y tu mi abuelo —provocó subiendo la velocidad.

Me sentía de nuevo acalorado a pesar de la hora que era, con la respiración acelerada, pero igualmente embobado mirando su trasero. Se me pasó por la cabeza pensar que era un poco cruel aquella elección de vestimenta después de mi catarsis. Por momentos la falda se levantaba completamente, mostrándome sus bragas y los glúteos.

Salimos del sendero y llegamos a un descampado, localizamos una parte con sombra y nos desplomamos sobre el frondoso césped.

—No ha estado mal para ser un rarito intelectual —me dijo ella apoyando su cabeza en mi vientre.

—Te defiendes para ser una fofisana—respondí marcando cada letra de su nombre irónicamente.

—¿Fofisana yo? ¡¿Tú de qué vas?!

No era cierto, el cuerpo de mi hermana era menos estilizado que el de mi madre, pero proporcionado. Más bajita, algo más ancha, pero con buenas curvas.

Ideas de todo tipo pasaban por mi cabeza. ¿Qué estaría pensando? Mis confesiones, era consciente, podría destruir la mayoría de familias, sin embargo, ella parecía empeñada en que nada cambiase. ¿Era esa la solución? ¿Era esa su intención? En cualquier caso, me reconfortaba su actitud.

Ella se dedicó a arrancar malas hierbas del suelo y tirármelas, revolviendo su cabeza sobre mi panza. Algo tan inocente y aparentemente poco erótico, supongo que también ayudado de la anterior perspectiva de sus posaderas, hizo que mi entrepierna comenzara a reaccionar.

—Te la estás buscando… —advertí.

—¿Sí? ¿Y qué me harás, Burbujo? —siguió ella tirándome un pegajoso brote a la cara.

—¡Tú lo has querido! —anuncié abalanzándome sobre ella, agarrándole de las muñecas y forcejeando teatralmente, rodando incluso por la hierba haciendo de nuestros cuerpos unidos un cilindro.

—¡Bruto! —me increpó siguiéndome el juego.

Entre las belicosas maniobras, nos agarrábamos el uno el otro, nos lanzábamos hierbajos y atacábamos con cosquillas, haciendo un gran escándalo. Terminamos de rodar con ella encima, sujetándome ambas muñecas inmovilizándome, y con la mala suerte de terminar con su entrepierna justo sobre la mía.

La visión de su culo, sentirla encima, la falda de crochet, los forcejeos, era mucho más de lo que yo podía controlar. Se dio cuenta entonces de que estaba apoyada justo encima de una tremenda erección, por segunda vez, podía notar perfectamente mi pétreo miembro apoyado sobre sus braguitas negras, contra su sexo, con la falda desparramada hacia los lados. Me miró, hablando con los ojos, sabedora de que no podía disimular algo así.

—Lo siento, no lo he podido evitar.

Sin decir palabra ella maniobró para salir de la trampa, notando como mi pene estaba tan apretujado contra su cuerpo que parecía seguirle al intentar separarse y provocándome un prohibido placer con el roce.

—Lo siento… —insistí.

Ella se tumbó a mi lado, acomodando su cabeza en mi brazo, me besó en la mejilla y me dijo con voz tierna:

—No pasa nada.

—Sí, si pasa. Es una tortura.

—Estás confundido Burbujo, Trini, mamá, yo…

—Lo de Trini fue una mala excusa, ya te lo dije.

—Bueno, vale. Tranquilo, todo pasará —intentó consolarme.

Estuve un rato en silencio y acabé exclamando:

—¡Menuda mierda!

Ella volvió a mirarme con ternura, pareció reflexionar unos instantes y me dijo:

—Sí, soy virgen.

—¿Qué? —dije yo algo sorprendido.

—¿No querías saber esto? Pues eso, que soy virgen. Lo que no significa que no haya hecho nada de nada.

—¿Y qué has hecho? —pregunté realmente interesado.

—De eso nada Burbujo, por hoy ya es suficiente. Para otro día que me metas mano disimuladamente seguimos.

No solo era deseable, sino que su carácter desenfadado era de lo más atrayente, sobre todo comparado con el mío, extraño y antinatural. En un impulso irrefrenable me tumbé sobre ella, aprisionándola entre el césped y mi cuerpo. Mi entrepierna enseguida se acomodó sobre la suya, con mi bulto de nuevo restregándose sobre su anatomía, con la falda mal puesta, presionado directamente sobre sus braguitas.

—Vamos, cuéntame un poco más —supliqué con voz queda, moviendo mis caderas como si no nos separara la ropa.

—¡Burbujo! ¡Que te pierdes!

—Solo un poco más… —imploré.

Me movía con sutileza, pero de manera obvia.

Ella miró incómoda hacia un lado y me dijo:

—Oye, yo paso de que te frotes contra mí pensando en mamá, eh.

—Te aseguro que solo pienso en ti —le aclaré.

—Da igual, sal, anda, sal.

Oí sus palabras, pero fui incapaz de obedecer. Seguí con los placenteros movimientos pélvicos y una de mis manos se aventuró a agarrarle uno de sus turgentes y generosos pechos por encima del top deportivo, para mí, inexperto en chicas, era una sensación mágica. A ella le entró como una pequeña risa nerviosa y me separó la mano de su busto.

—¿Quieres parar? Que se te va la olla.

Las manos privadas de sus senos fueron a su trasero, colándose entre sus nalgas y el suelo y agarrándolas con fuerza, acercando su cuerpo hacia el mío para notar aún más mi erección sobre su sexo.

—¡Mm! Sara…

En esa nueva postura me moví con más rapidez y contundencia, siguiendo con el improvisado petting, sintiendo mi falo erecto tan apretujado contra ella que casi sentía que podía penetrarla.

—¡Mm! ¡Mm!

—Burbujo, ¡Burbujo! Para o no podrás hacerlo —me dijo con bastante calma, incluso creo que desprendiendo algún casi imperceptible gemido entre sus palabras.

—Es que no quiero hacerlo —confirmé subiendo las acometidas contra sus bragas sin dejar de manosearle el culo.

—Para. ¡Para va! —insistió incluso en un conato de forcejeo.

—Vamos Sara, ¿qué te cuesta? No tienes que hacer nada, solo déjame un poco más.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Mm!

Ambos gemimos, esta vez no había lugar a dudas, y aun con mi nula experiencia en mujeres supe que ella también se debatía entre el placer y lo moralmente aceptable, o quizás entre lo correcto y la compasión.

—Pol —susurró con la voz temblorosa.

—Ya está Sara, ya está, no necesito más —dije embistiéndola contra la hierba.

—¡Mm! Pol, no está bien, mm…

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ohh! —gemí llegando al clímax, notando como toda mi leche impulsada por espasmos se estrellaba contra mi calzoncillo, presionando con fuerza la placentera entrepierna de Sara.

—Lo ves hermanita…ya estoy…ya estoy —aseguré saliendo de encima y tumbándome a su lado.

De reojo pude ver que entrecerraba los ojos y se mordisqueaba el labio inferior, juntando las piernas y retorciéndose como una serpiente.

—Eres un capullo —dijo.

Supe entonces que había quedado insatisfecha, pero entre su pudor y mi inexperiencia en el tema no hicimos nada para solucionarlo.

—Te quiero —dije en un absurdo ataque de ternura.

—Eres un guarro —respondió.

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