TANATOS 12

CAPÍTULO 4

Sin duda yo no era la misma persona que un año o año y medio atrás: la noche de la boda, con Edu, cuando creí desmayarme al ver que la penetraba… después lo de Álvaro y Guille, que llegué casi a vomitar de los nervios… pero sintiéndome aún así un poco más entero. Después hasta podría enorgullecerme de haber resistido a la violencia tácita de Roberto. Y, lo de dos semanas atrás, lo del aparcamiento… en donde me fui dolido, pero después de haberlo visto ya todo…

Concluía mi repaso diciéndome que el primer Pablo no habría resistido ni tres minutos de lo sucedido en aquella explanada.

Enfocaba aquel asalto a su cena romántica, o lo que fuera que fuera aquello, como un reto. Y, además, quería demostrárselo a los dos.

Los nervios eran innegables, y ojalá disimulables; pero yo no rehuía de aquel sentimiento, pues me hacía sentir más vivo que cualquier otra cosa en el mundo. De lo que tenía que escapar era de aquella energía negativa que me convertía en una persona apocada y timorata, pues aquella persona no era yo. O al menos ya no.

Seguía sin entender aquel chat de tres. No entendía qué conseguía Edu con ello y sobre todo María. Pero pensaba que si querían jugar, jugaríamos. Yo contaba con el factor sorpresa, aunque tenía dos temores: que María se marchara al verme y que Edu pretendiera echarme.

Apenas conseguí cenar algo en el apartamento un poco antes de las nueve. Me puse un pantalón de vestir y una camisa azul. La noche, de mediados de junio, era ya calurosa, y no necesitaría chaqueta. Intentaba no pensar en nada, y cuando los nervios me asaltaban con más fuerza, me repetía a mí mismo que no me merecía aquello, que no me merecía lo que me estaban haciendo, y de ese razonamiento aparecía un orgullo que me hacía henchir el pecho y soterraba en cierta medida mi nerviosismo.

Conduje, de nuevo intentando no pensar en nada, durante algo más de media hora. Después, nada más llegar, vi los coches aparcados, él de Edu y el de María, por lo que supe que no habían llegado juntos, y me alegré de una forma quizás algo absurda. El restaurante estaba situado frente a la playa. Casi sobre el paseo marítimo. No parecía mal sitio para que alguien de nuestra ciudad se citase furtivamente con su amante.

Exploré, desde la distancia, y vi bombillas colgadas de vigas de madera, mesas altas con taburetes, mucho mimbre, bastante verde y música tranquila. La estética llamaba a foto para redes sociales, y contenía un equilibro perfecto entre espacio abierto y a la vez resguardado. Había bastantes parejas y cierto nivel en todos los sentidos.

Y la vi.

Sentada en un taburete, frente a él, a unos veinte metros de mí. Llevaba un vestido como ibicenco de gasa sedosa, muy ligero, con la espalda al descubierto y anudado en la nuca, de tonos verdosos. No lo conocía. Me impactó, pues durante un segundo la vi como si no fuera mi novia, como si fuera una mujer, guapa, en una cita, en este caso con un hombre que vestía parecido a mí, pero con camisa blanca, muy remangada, algo suelta, con aquel toque desenfadado que él conseguía darle a vestimentas más bien creadas para ir arreglado.

Uno frente al otro. Yo observaba agazapado y descubría que aún estaban con los platos de la cena. Parecía una charla normal, distendida pero sin acercamientos. Mi corazón bombeaba sangre produciéndome una incomodidad difícil de gestionar. Temía ser descubierto a la vez que quería ver.

Pasé un tiempo tan indeterminado y eterno como angustioso, esperando, hasta que un camarero posó dos copas que parecían ser de ginebra sobre su mesa.

Entonces me armé de valor, cogí aire, fui a la barra, y le dije a uno de los camareros que yo conocía a aquella pareja, que señalé con disimulo, y que me quería unir a ellos, por lo que necesitaba otra copa y otro taburete.

Con su “en seguida” comenzaba mi camino hacia ellos.

Apenas inicié mi trayecto y María me impactó. De nuevo como si no fuera mi novia, ni la conociera, durante una fracción de segundo: su espalda al aire, su melena castaña, larga y espesa; y veía, de lado, de perfil, como su pecho desbordaba mínimamente hacia los lados de su torso, exigiendo a aquella tela sedosa y veraniega. Aquel vestido incitaba a los demás comensales a que descubrieran que allí no había sujetador, pero la mirada debía ser fugaz, para volver inmediatamente después a su respectiva cita, cita que a partir de aquel momento sería peor.

Tragué saliva. La sangre corría por mis venas como la de un animal que afronta un peligro de muerte. Los diez metros eran eternos, y Edu me vio, y yo le vi, con aquellos ojos azules, su barba cuidada, su pelo algo largo, pero esta vez más ordenado. Moreno. Con mejor cara que la última vez. Como si follarse a María, o sospechar estar a punto de hacerlo, pudiera renovar sus energías.

Llegué. Y me embriagó un olor, el olor de María, una mezcla entre su perfume y ella misma. Y ese olor me hizo sentir una mezcla de cosas tan brutal que no podía ordenarlo, solo podía sentir. Y María me miró entonces. Y me quedé sin respiración. Clavó sus ojos en los míos y una sensación de amor casi me hace desfallecer. De golpe. De la nada. Un “qué nos hemos hecho” retumbó en mi cabeza. No reaccionó. No dijo nada. Ni un gesto que me diera pistas de nada. Y cogió su copa, y sorbió de la pajita, y, acercando su mentón a su cuello y alzando los ojos hacia Edu, le miró. Y no lo entendí. Y posó su copa sobre la mesa de madera, y su mano temblaba, y me alegré de que no solo yo fuera humano.

Cinco, diez, quince segundos en el más absoluto silencio. Yo de pie. Ellos sentados, pero más o menos a mi altura, por las banquetas altas.

—Voy al baño un momento —dijo entonces ella, y yo sentía que llevaba un minuto sin respirar.

No la miré mientras nos abandonaba. Alcé la mirada para ver a Edu. Que no decía nada. Y llegó el camarero con un taburete. Me subí y esperé pacientemente, en silencio, a que me trajera una copa que llegó en seguida. Tan pronto esa ginebra tocó la mesa, Edu dijo:

—Tenemos que hablar.

—¿Por qué? —pregunté fingiendo seguridad.

—Porque te necesito —respondió.

Comencé a articular mi réplica cuando él me interrumpió, apenas tras yo pronunciar dos sílabas.

—Vamos a ver. No tengo tiempo. María volverá en seguida. Te voy a contar lo que hay —me espetó, hablando rápido y serio, y no me atreví a coger mi copa, pues me arriesgaba a que mi pulso fuera diez veces más errático que el de María.

—Las cosas están así —prosiguió— Voy a remontarme a bastante atrás, pero en seguida llegaremos al ahora. No sé cuando, hace unas meses, vosotros habíais estado en Madrid y yo hablé con Marcos y le dije a María lo que tenía pasar. Al final, porque ella es así de… divina… acabó con todo el lío ese del tal Roberto. Vale. Después de eso, la semana siguiente, vino conmigo a mi casa para reprocharme. Bueno. Claro. Antes de eso le dije, ya lo sabes, que tú habías contactado conmigo para tu juego de cornudo mirón, ¿no? Bueno, y se enfadó y vino a mi casa. Esto creo que ya lo hemos hablado hace dos semanas, en el coche, cuando después nos la follamos Carlos y yo, ¿no?

—Sí… —respondí, intentando seguirle, e intentando que mi palabra sonara fuerte y segura. Cuando la verdad era que una gota de sudor recorría toda mi espalda, por mi columna vertebral, seguro marcando mi camisa azul.

—Pues vino a mi casa, a abroncarme o lo que fuera —continuaba Edu, con voz grave y dándole a su narración, que a mí me infartaba, una solemnidad pesada y densa —y… bueno… empezamos a discutir y, mira, te podría decir que me la follé, de hecho te lo dejé caer, creo, pero lo que sucedió fue que le fui a la boca directamente y nos enrollamos. No te diré que llevé su mano a mi polla para que no te empalmes aquí. Que nos conocemos. Pero lo importante es que yo, en ese beso, supe que mis sospechas que tuve casi desde el principio estaban bien fundadas.

Edu alzó la mirada, para ver si María volvía, y prosiguió:

—No te cuento esto porque a partir de ahora vayamos a ser… amiguitos. Sino porque… si no habláis vosotros dos no me queda otra que hacerlo yo.

Le miraba a sus ojos azules y no podía contenerle demasiado la mirada, ni tampoco acudir a mi copa. Sus dientes blancos, su tez morena, su complexión delgada pero a la vez atlética… Otra vez comprendía las sucesivas caídas de María, a pesar de ser un hombre que siempre dejaba un poso, un embrujo, una actitud desagradable y que despertaba una desconfianza tremenda. El contraste del blanco de su camisa y del moreno de su piel me tele transportó a la noche de la boda y tragué saliva al venir a mí aquella imagen.

—Nos liamos, besos, y supe que la cosa no iba —continuaba él—. Y, como yo ya lo sospechaba, le hablé de ti. Le dije algo así como que ojalá tú estuvieras viendo que nos enrollábamos. Busqué encenderla así. Pero ocurrió lo contrario. Ella se fue. Sí, te lo digo así aunque me joda. Me dejó allí plantado, y entonces supe claramente que ella y yo, sin ti, estábamos jodidos. Y lo estamos. Como suena.

Yo me alegré al escuchar eso. Resoplé, intentando que no se notara, y miré hacia atrás, y vi a María, que nos daba una prórroga, pues estaba cerca de la barra, hablando con un camarero.

—Y, después, lo de la otra noche con Carlos, que creo que no sabes absolutamente nada, porque no sé por qué coño no habláis… Después de que te fueras, Carlos también se fue, porque parece que el señorito tiene que ser el centro o no le vale, y me fui con María a mi apartamento, y follamos, y si quieres hasta te lo podría contar, aunque supongo que preferirás que te lo cuente ella, pero no fue lo mismo. No tiene nada que ver cuando ella siente que son cuernos de verdad, a cuando estás tu presente o tú lo consientes. Follamos un par de veces, sí, pero no es esa María que es un zorrón a la vez que una sumisa, no sé si me explico. Está claro que necesita que tú lo veas o… lo valides… —sonrió de forma extraña —no sé como decirlo. De hecho cuando te llamó y dijo que iba a pasar el fin de semana conmigo yo ni me lo esperaba. No sé por qué te dijo eso, me da igual, pero de hecho no follamos más y la noche del sábado ya no estuvimos juntos, y no volvimos a vernos hasta esta noche.

—¿Y lo del chat? Lo habéis hecho en mi casa, está claro —pregunté sin pensar.

—Qué va. Lo del grupo lo creé porque… obviamente, la conclusión clara es que te necesito cerca. Es más, necesito… que… cuánto mejor estéis… mejor. Si estáis enamoradísimos hasta mejor para mí. Creé el grupo y anoche empecé a moverlo sin ninguna fe, y María me siguió el rollo, pero ni sé por qué. Bueno, supongo que para darte celos o joderte directamente. Ahí ya no me meto. Le he preguntado durante la cena cómo estáis, no porque me importe una mierda, sino porque sé en qué situación la necesito a ella. Pero no me ha aclarado mucho.

Yo sentía que se me abría el cielo con aquella confesión suya.

—¿Y lo del juego del que hablabas en el chat?

—Ya lo sabes. Quiero tu… rol. Quiero esa mierda de decirle a quién quiero que se folle. Pero es jodida la cabrona. Con Víctor imposible, con Marcos casi… Con Carlos porque me planté yo allí… Que, por cierto, el juego con Carlos de no tocar, me pareció también cojonudo. Bastante paciencia tuvo el hombre.

—Sí. Bueno. El premio era muy goloso —dije serio, intentando estar a su altura, pero me sonó ciertamente desagradable, dejando a María como si fuera un objeto.

Se hizo un silencio. Su confesión nos acercaba hasta casi producirse un compadreo. Vivíamos una calma tensa que al menos me daba algo de aire. Pero nunca se sabía por dónde iba a salir, y, justo antes de que María volviese a la mesa, me espetó:

—Vamos ver. Yo podría ser ese amante que me la follase mientras miras. Llego aquí los sábados, o los viernes como hoy, me la follo, tú miras, y hasta la semana que viene, pero si hago eso… al quinto polvo me voy aburrir… Así que necesito enredarlo todo un poco, para alargado, y además cuando está cabreada está hasta más buena… y folla mejor.

Dejó aquello para el final, no permitiendo que me quedara con un buen sabor de boca. Y, sin tiempo a digerir todo su discurso, María apareció, y me atreví por fin a coger mi copa, aunque lo hice, disimuladamente, y con las dos manos.

—Está Rubén ahí —dijo ella —. Ya ves tú la búsqueda de discreción.

—¿Quién? —preguntó Edu.

—Rubén, el de la cafetería de abajo del despacho.

—Ah, joder, pues sí —respondió Edu llevando la vista hacia la barra.

Se hizo un silencio eterno. Me atreví a mirar a María. Que parecía más calmada, como si se hubiera serenado.

Entonces Edu nos socorrió. Ausentándose, con ganas o sin ellas, para ir al servicio. Mostrando, como tantas otras veces, su fluctuación, de macabro a compasivo.

Cuando se alejó lo suficiente, susurré:

—María…

—Cállate —me interrumpió— Y, cuando yo esperaba un enfadado “¿Qué haces aquí?” o un “¿Qué pintas aquí?”, dijo, en un tono afable, protector y hasta cariñoso:

—¿Estás loco o qué… ? ¿Dónde estás viviendo?

Mostrando, con aquellas dos simples preguntas, toda la preocupación y amparo que yo llevaba quince días demandando.

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