TANATOS 12

CAPÍTULO 3

Me asaltaron tantas preguntas que no alcanzaba a configurar ni a verbalizar ninguna concreta. Mi corazón bombeaba sangre con una intensidad similar a la vehemencia con la que mi cerebro buscaba respuestas a aquel bombardeo de incertidumbre.

Intenté tranquilizarme: ¿Por qué? ¿Para qué? Y, sobre todo, cuánto había de Edu y cuánto había de María. ¿Qué era aquello? ¿Venganza? ¿Consenso?

Ni parpadeaba, en la penumbra de aquel dormitorio, esperando a que alguien escribiese. Yo, desde luego, descartaba ser el primero en participar de su seguro malintencionado experimento.

No había foto en el chat, y su denominación consistía en un compendio de letras que no formaban palabra alguna. No había pistas de nada y, mientras pasaban los minutos, concluía que deseaba que al menos María no estuviera al tanto de aquello, que no lo aceptase, que no participase, pues, de lo contrario, ella se encontraría, de forma confirmada y comprobada, más cerca de él que de mí.

Más y más minutos y caí rendido, dormido, agarrado a mi teléfono móvil.

Me desperté multitud de veces, y siempre acudía inmediatamente a aquella pantalla en busca de noticias de aquella estrategia que yo solo entendía como macabra; pero no hubo novedad en toda la noche.

Al día siguiente nada. Ni al siguiente. Intenté refugiarme en amigos, en conocidos, en lo que fuera. Cada vez miraba el teléfono con menos frecuencia, llegando a pensar que quizás aquel chat había sido un simple arrebato de Edu y que nunca se usaría.

Le escribía a María, casi cada noche, y, curiosamente, presentaba en mis textos más entereza de la que había realmente. Sobre todo expresaba que no creía merecer aquel castigo. Nunca le mencionaba aquel chat. Y acabó sucediendo que dejó de aparecerme la señal que indicaba que al menos ella leía los mensajes.

En un ataque de desesperación, el lunes, le escribí a Begoña, sugiriéndole tomar algo. Yo no sabía muy bien para qué, y ella aceptó. Pero al rato lo canceló por algún imprevisto de última hora. Y lo cierto es que no me importó demasiado y que la creí.

No había una mañana, una tarde o una noche en la que no me plantease ir al día siguiente al despacho de María, pero seguía doliéndome sobremanera que tuviera que rebajarme al asalto, que ella no mostrase un ápice de comprensión. La idea de que sí era posible que la hubiera perdido iba ganando fuerza día a día.

Y fue el jueves por la noche, mientras caminaba hacia mi apartamento después de haber cenado con un compañero de trabajo, cuando el chat creado por Edu cobró vida.

Me detuve en el medio de la acera, petrificado, y un peatón chocó conmigo, pero no sentí nada de su contacto y todo de la frase recién escrita por Edu:

—Quedamos para cenar mañana entonces.

No sabía qué sucedería. Sentí angustia. Comencé a caminar rápido. María no respondía. Abrí la puerta del portal, temblando, temeroso de la respuesta de María y siendo consciente de que aun sin participar en la conversación, la conversación era un regalo envenenado para mí.

Entré en el espacioso e impersonal salón al tiempo que María respondía:

—Sí.

Me senté en el sofá y comencé a descalzarme, dudando de si aquello quedaría así, si solo era un toque de atención, ahora ya claramente de los dos, hacia mí… Aunque no alcanzaba a descifrar exactamente el propósito.

Pero la siguiente frase, de María, me reveló que mi tortura solo acababa de empezar:

—¿Qué me pongo? —le preguntó.

Solté el teléfono. Me puse en pie. Un calor asfixiante me abofeteó de repente. Me quité la chaqueta. Le di la espalda a aquella confabulación siniestra, lo que pude, pues en seguida me volteé, y el móvil se iluminó y casi corrí hacia él.

—No lo sé. Tengo que pensarlo. Pero tus pantalones agujereados los deberíamos dejar descansar —escribió Edu.

—Sí, mejor —respondía inmediatamente María, exteriorizando una cierta confianza o trato que me mataba.

Pero entonces ella quiso zanjar:

—Bueno, hasta mañana.

—¿Te despides así? —preguntó él y yo no podía creerme que yo fuera testigo de aquello y que ellos jugasen a que yo lo fuera.

María respondió con un emoticono que mostraba un encogimiento de hombros.

—¿No me has echado de menos esta semana? ¿A mí o alguna parte de mí? —atacaba él, de repente, y yo resoplé.

—Puede ser —me destrozó María.

—¿A alguna parte de mí? —repitió.

—Puede ser —insistió ella también.

—Vale, entiendo que pensaste en esa parte durante estos días. ¿Y se portó bien? ¿Satisfecha?

—Sí. Bastante.

—Te quedaste satisfecha y relajada entonces.

—Muy relajada —escribía María confesándole, confesándome, que se había masturbado pensando en su polla muy recientemente. Mi dolor era inenarrable.

—Yo también tuve un ratillo para imaginar —quiso él seguir jugando.

—¿Y bien?

—Era imaginación mezclada con algunas ideas que tengo.

—¿Y se pueden saber las ideas? —preguntaba María, dejándose embaucar y mecer por él.

—Es la idea. Una. Más bien. Y ya la sabes.

—Ah, ya. Ya veo.

—¿Hoy te masturbas pensando en mí? —atacó Edu, y un “joder…” salió de mi boca, y, mi polla, como siempre, reaccionó, delatándome.

—¿Quieres? —preguntó María.

—Sí.

—Vale.

—¿Qué vas a imaginar? —preguntó Edu, humillándome.

—Que me follas.

Tras leer eso de nuevo aparté el móvil de mi vista. No sabía si detenerme, si dejar de leer… o si liberar mi miembro que ya sentía aplastado bajo mi ropa interior y pantalón.

Era tremendamente doloroso. Aquel “que me follas” sonó crudo, bruto, y yo deseaba que constituyera un castigo y no una entrega.

No pude evitar seguir leyendo:

—¿En dónde? —había escrito Edu.

—Pues aquí. En esta cama —escribía ella, seguramente refiriéndose a nuestra cama.

—¿Otra vez ahí? —preguntó él, y un “no puede ser…” emanó de lo más profundo de mi ser.

—Sí —respondió María en lo que era más un asesinato que una contestación.

—Los vecinos van a sospechar que has cambiado de semental. Bueno, de potrillo a semental.

—¿Por qué? —preguntó María y yo temí su respuesta.

—Pues, está claro por qué, ¿gritabas así con él?

—No sé. No creo.

—¿Y qué más? ¿Cómo te follo ahí? ¿Algo especial? —escribía él, buscando más información con la que matarme.

—Pues me imaginaré que me follas con el traje, que estás completamente vestido y solo la polla te sale por el hueco del pantalón.

—Ah, muy bien… ¿Y dónde me corro?

—Donde quieras.

—¿Ah sí? ¿Dónde quiera?

—Sí, e imaginaré que no te cortas en hacer ruido.

—¿Ruido?

—Sí. Me pone que gimas cuando te corres. Me parece… varonil. No sé.

—Entiendo. Oye, me llaman al móvil del trabajo. Hasta mañana —cortaba Edu de forma abrupta.

—Ok… Hasta mañana —cerraba María y yo no podía apartar la mirada de la pantalla.

Revisé la conversación. No sabía si todo era cierto. Si de verdad la había follado en nuestra casa, quizás el fin de semana anterior… O si todo era un plan macabro, de Edu para destruirme y de María para vengarse. A aquellas alturas ya no podía dudar de que ella me culpaba de todo.

Volví a releer y descubrí entonces el drama y por qué habíamos llegado a aquello, y es que sufrí una erección tremenda… No podía evitar excitarme pensando en que María se estaría masturbando en aquel preciso momento pensando en él. No podía evitar excitarme pensando que seguramente se la había follado múltiples veces en los dos últimos fines de semana… Aquella excitación enfermiza era génesis y final de todo.

Esa noche me quedé dormido, iluminado por la pantalla. En ningún momento estuve tentado de escribirle a María de forma individual, pues, en mi montaña rusa de orgullo y entrega, en aquel momento vencía lo primero.

A la mañana siguiente, en el trabajo, estaba pensando en Carlos, en si habría desaparecido completamente de la ecuación o no, cuando vi que Edu volvía a escribir en el chat de tres, proponiendo dos restaurantes diferentes para cenar.

—Ya sabes el que prefiero —le respondió ella, y me dolió la complicidad, y comprendí que evidentemente también se escribían ellos directamente, sin acudir al chat de tres.

Aquello me mataba. Sentía que era demasiado. Y no pude esta vez contenerme más y decidí escribirle a María, aun a riesgo de que ni me leyera, para decirle que no entendía aquella tortura, que no entendía ni aquel chat despiadado y cruel ni su sadismo.

Pero borré antes de enviar nada.

Y después pensé en ir, esta vez sí, al despacho de María aquella tarde. Otra vez mi montaña rusa de orgullo y de entrega.

Pero lo descarté, pues vino a mí, otra vez, mi debate interno entre conflicto y confrontación, y deduje que iba a cambiar, que tenía que cambiar, que mi transformación debía completarse. María era mi novia, así lo veía yo, al menos hasta que no lo hablásemos del todo y como dos adultos; así que me enfrentaría a ella, y a él.

Busqué en internet información sobre ambos restaurantes y descubrí que ninguno de los dos se encontraba en nuestra ciudad, sino en un pueblo de veraneo a unos cuarenta kilómetros. Dejé pasar unas horas, y después de la pausa del trabajo para la comida, llamé primero a uno de los restaurantes, haciéndome pasar por Edu, pero no tenían ninguna reserva a su nombre ni al de María, y después llamé al segundo:

—Sí. Eduardo. Segundo turno. Diez y media. Como mucho se lo puedo mover para las once.

—No. Lo he pensado mejor. Perdone por el mareo. Déjelo así. Diez y media —le dije al empleado del restaurante, y unos nervios, por la confrontación que se avecinaba, recorrían todo mi cuerpo. Pero a la vez sabía que estaba haciendo lo que tenía que hacer.

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