LLUN ROC

Confesiones del diario de Clara (¿y 5?): Reencuentro

Con el tiempo lo acabé aceptando. Ponerle nombre fue el primer paso y a partir de ahí, vino todo lo demás. Yo nunca he sido muy de moverme por internet, escribir en foros y esas cosas… siempre me ha parecido muy de frikis. Pero llegó un punto, cuando ya tenía gastadísimo el vídeo de Enrico, que me dio por buscar más vídeos similares. Es increíble la cantidad de gente a quien le gusta esto mismo y lo bien montado que lo tienen. ¡Hay hasta bases de datos con escenas de películas y series en las que pegan a algún tío en los huevos! Fue ahí donde descubrí a Leo Lauren, el actor que más golpes en las pelotas ha recibido en películas y series. De hecho, hay una escena de su última película, ‘La protectora’, en la que una actriz muy conocida la agarra de los huevos en medio de una discoteca, que he visto ya cientos de veces. Esto me ha permitido además conocer gente, chicas con el mismo fetiche que yo y a tíos a quienes les gusta. Algunos de lo más raros, pero no sé si de eso me apetecerá escribir algún día.

No voy a negar que me lo he pasado muy bien con algunos de esos tíos y me he puesto muy cachonda, pero hay algo que no me termina de convencer. Sé que es horrible decirlo, pero siento que cuando estamos los dos solos en una habitación, pierde algo de morbo. Recuerdo las caras de sorpresa y de absoluto horror de los tíos a quienes he visto ser golpeados a lo largo de mi vida… pero también las risas y el gesto de sorpresa de la gente que estaba delante. Ahora pienso que las dos cosas son necesarias para que me excite con esto. Pero la forma en que lo descubrí fue de lo más curiosa…

Fue hace solo unas pocas semanas, una de mis amigas se acababa de independizar y nos invitó a ver su nueva casa. Su novio había invitado también a unos amigos suyos… y a uno de ellos lo reconocí al momento. Era quien más destacaba del grupo. Alto, atlético, con esos ojos azules tan bonitos que recordaba… era Diego. No fue solo uno de los primeros chicos que me gustaron, fue sobre todo el chico con quien descubrí mi fetiche. Había pensado en él tantas veces… y ahí le tenía. Tampoco estaba muy cambiado. Bastante más alto, con más cuerpo, rasgos más duros, pero nada más. Siempre me había preguntado cómo le habría afectado aquello, pero parecía un tío bastante seguro y estaba muy bueno. En tantos años, jamás me lo había vuelto a encontrar y no podía dejar pasar esa ocasión.

Me lo quedé mirando mientras los demás charlaban, me di cuenta de que él también me miró, pero es imposible que me reconociera. Él no debía ni fijarse en mí por aquella época, pero a diferencia de él, yo sí había cambiado. Nunca he sido muy alta, pero me gusta cuidarme y creo que ahora tengo un buen cuerpo. Además, muchos tíos dicen que les gusta mi sonrisa, aunque mi lo que más me gusta de mi físico es el contraste de mi piel clara y mi pelo oscuro. No me suele ir mal con los tíos, así que sabía que si quería, no sería difícil conseguir que se fijara en mí. ¿Qué era lo que pretendía con ello? Pues la verdad es que ni yo lo tenía muy claro, pero me excitaba mucho el juego de saber lo que le había pasado en el instituto pero que él no supiera que yo lo sabía.

Íbamos a pedir cena a domicilio y alguien propuso empezar a ver una peli mientras llegaba. El novio de mi amiga empezó a mirar el catálogo de una plataforma de streaming a la que estaban suscritos y a mí se me ocurrió una idea… entre las novedades tenían ‘La protectora’, así que sin dudar les propuse verla. Como nadie estaba demasiado convencido, les pareció bien. Sabía de sobra que no la veríamos entera, como pasa siempre que nos ponemos a ver pelis con grupos de amigos, pero esperaba que al menos llegásemos a cierta escena…

Procuré sentarme al lado de Diego y el chico pareció cómodo con aquella situación… por las miradas que me lanzaba, ya estaban claras sus intenciones. Me empezó a hacer las preguntas típicas, dónde vivía, a qué me dedicaba… Yo le dije que era actriz… bueno, en aquel momento no era verdad del todo, pero me pareció mejor que decir que no me había ido tan bien como esperaba con la fotografía y que estaba currando de cajera en un supermercado.

La película trataba sobre una dura exmilitar que tiene que hacer de escolta para una joven heredera. Es una peli de acción malilla y mis amigas no le estaban haciendo mucho caso, hasta que llegó la escena. Era casi al principio, la chica joven estaba de fiesta, un tío baboso pero que está bastante bueno se le acerca y la empieza a magrear, entonces llega la escolta, empieza a hacer como que quiere bailar con él y cuando no se lo espera, le agarra de todo el paquete y lo saca de allí arrastras mientras él gime. Una de mis amigas soltó una carcajada y todos los chicos pusieron cara de dolor e hicieron algún comentario gracioso. Yo lo que quería era ver la reacción de Diego, pero él en cambio ni se inmutó…

Al poco rato llegó la cena y paramos la película, que ya no terminaríamos de ver. Mientras cenábamos, intenté aprovechar para sacar el tema, diciendo algo en plan, “Vaya cara habéis puesto todos en la escena esa de la discoteca”. Ellos hicieron algunos comentarios como que vaya tía y que eso le quita el calentón a cualquiera… Diego, de nuevo, mudo. Mis amigas también se sumaron al cachondeo diciendo que qué exagerados son los tíos y que no será para tanto. Ya estaba, era justo lo que necesitaba. Habían mordido el anzuelo… ¡la conversación se estaba empezando a centrar en justo el tema que quería! Así que llegados a ese punto, pregunté si alguna vez les había pasado algo parecido… la expresión de sorpresa que puso Diego creo que les pasó desapercibida a todos menos a mí. Los demás contestaron con naturalidad que no, que como mucho algún golpe ahí jugando al fútbol. Tampoco podía forzar mucho las cosas para no delatarme, así que no quise insistir preguntando directamente a Diego… en lugar de eso, tiré de anécdota. Les conté lo que mis amigas y yo habíamos visto el verano anterior en el vestuario del parque acuático, las dos estaban allí delante y pudieron confirmar la historia. Lo contamos con todo detallismo que pudimos. Ellos escucharon muy serios y muy atentos. Al final uno de ellos dijo algo tipo “Pobre chaval, la verdad. Tiene que ser súper humillante, sobre todo por estar rodeado de tanta gente…”

Aquello fue perfecto, ¡lo mejor que nadie podría hacer dicho! Miré a Diego y vi que ni se inmutaba. Los demás no se daban cuenta, pero era el único que no metía baza. Traté de seguir dándole vueltas al tema. La conversación quizá se había vuelto demasiado seria con aquella anécdota, así que pregunté a mis amigas si alguna vez habían tenido que pegar a algún tío en los huevos para defenderse… todas dijeron que no. Vaya, aquello igual iba a ir tan bien como pensaba… pero entonces intervino mi amiga Sonia, que estaba ya con el puntillo porque es muy bajita y el alcohol le sube enseguida. Dijo que ella para defenderse no, pero que hacía unos días le había dado un codazo sin querer a un chico muy alto que tenía detrás en el metro. ¡Eso hizo que todas nos riéramos! Al ver que nos había hecho tanta gracia, continuó encogiéndose de hombros y diciendo, “Sé que no es culpa suya ser tan alto, pero tampoco es culpa mía que sus huevos estén al nivel de mi codo”. Ahí ya el cachondeo fue general, los chicos también se rieron, a una de mis amigas se le saltaron las lágrimas, otras le dieron la razón, en que efectivamente no era culpa suya.

Otra de mis amigas levantó el pulgar con aprobación y dijo “Al menos ahora sabe que no debe acercar tanto sus huevos a una persona bajita”, algo en lo que todas parecieron estar de acuerdo. En aquel momento Diego ya parecía estar visiblemente incómodo, pero nadie parecía darse cuenta.  

La cosa se fue animando… no falla, el tema de los golpes en los huevos siempre da juego en reuniones de amigos. A las chicas les divierte y a los chicos les incomoda, lo cual es todavía más divertido. Otra de mis amigas intervino diciendo que tenía un amigo muy alto en el instituto y que siempre era golpeado en los huevos cuando jugaban al balón prisionero porque su entrepierna estaba a la altura de donde estarían los estómagos de los demás. Risas de nuevo… menos de Diego. Verle cada vez más nervioso hacía que me fuese poniendo cada vez más cachonda. Por favor, que aquello no parase…

Sonia estaba cada vez más achispada y se fue viniendo arriba, se puso a decir que a ella los tíos altos siempre le había caído mal porque se metían con ella en el instituto, que odiaba cuando le quitaban algo y estiraban el brazo para que no lo pudiera coger, “Os lo juro, es que era como… tío, ¿me meto yo contigo por ser alto? Te agarro los huevos y acabamos a la misma altura”. Carcajada general. Y mis amigas en plan, “Me estás alegrando el día”, “tía, estás hoy sembrada”. Lo mejor era que el novio de mi amiga y los demás chicos también se estaban riendo. Diego era con diferencia el más alto de los que estábamos allí, y continuó en silencio.

El novio de mi amiga era más bien bajito, aunque estaba muy en forma, y debió darse por aludido con aquello. Explicó que también se habían metido con él en el instituto por su estatura y que eso le había animado a practicar diferentes tipos de lucha, judo, karate, boxeo… y que por experiencia, los tíos altos son más vulnerables porque sus huevos están más expuestos. “Vamos, yo soy muy pacífico, pero si un día me veo en una pelea con un tío que me saca más de una cabeza, tengo muy claro dónde darle”.

“¡Di que sí!”, dijo Sonia y le chocó la palma. “Los bajitos tenemos esa ventaja. Nunca he entendido qué hace que las personas altas se crean superiores… las personas bajas literalmente pueden golpearlos justo en las pelotas”.

Uno de los chicos, que era más alto que el novio de mi amiga, aunque no tanto como Diego, no estaba de acuerdo, decía que la altura no lo era todo, que también importaba la técnica y un montón de cosas más, y que el golpe en los huevos era efectivo, pero que también había formas de protegerse y tal… el novio de mi amiga le interrumpió y le dijo, “Mira, todo eso no importa, las personas bajitas tenemos menos espacio donde ser golpeados y además a una persona alta le costará más vernos de lo altos que son, así que yo lo tengo claro, en una pelea en la calle, una persona bajita puede usar el escroto de un tío alto como saco de boxeo”. Aquella frase me encantó y me hizo ponerme todavía más cachonda, el descojone (nunca mejor dicho) fue general… y ya las miradas se empezaban a clavar en Diego, porque era raro que no se riera. Era cuestión de tiempo que alguien le dijera algo, y no se hizo mucho esperar…

Mi amiga rodeó a su novio con el brazo, miró a Diego y le preguntó qué opinaba él, siendo el chico más alto que estaba allí. “¿Puedes confirmar lo que dice este sinvergüenza?”, dijo mientras besaba a su novio. El chico se quedó mudo mientras todos le miraban. Yo ya no pude resistirme más y tuve que intervenir. Le miré a los ojos con una sonrisa y le pregunté si alguna vez había aprovechado su ventaja alguien más bajito para atacarle a los huevos. El chico me aguantó la mirada durante unos segundos. Dios… cómo estaba disfrutando con aquello, era lo más parecido que podía imaginar a tenerle cogido por los huevos. Continuó muy serio y finalmente dijo que no. En aquel momento ya no daba la impresión de seguridad de hacía un rato, se le veía totalmente vulnerable.

“Mírale, si seguro que es un buenazo, pues como este se meta contigo me lo dices, eh”, dijo mi amiga mientras se magreaba con su novio. “Eso significa que eres un chico listo, no te acerques buscando problemas a la gente bajita o tus huevos sufrirán”, dijo Sonia entre risas.

Yo estaba excitadísima. Evidentemente Diego no había superado aun lo que le pasó en el insti, una sola alusión a ese tema y supongo que recordaría al momento todo el dolor y la humillación que tuvo que sentir. Así que no pude contenerme y fui a por todas. “Pues yo en el instituto vi cómo a un tío muy alto le agarraba por los huevos una chica de la mitad de su tamaño y el chico se fue literalmente cojeando”, dije. El tema ya se estaba agotando, mi amiga y su novio estaban ya a otra cosa y el resto empezaba ya a hablar de otras cosas… pero mi comentario causó el efecto buscado en Diego. Aquel comentario debió ser para él como un tiro en todas las pelotas. Se puso blanco y tras un momento dudando, se levantó y se metió en el baño.

Nadie pareció ya darse prestar mucha atención, algunas de mis amigas estaban hablando con los chicos y más de una aparte de Sonia estaba ya un poco perjudicada. Así que aproveché para levantarme e ir a la puerta del baño hasta que saliera Diego. Cuando me vio ahí parada, le dediqué una sonrisa, él seguía incómodo. Su orgullo masculino estaba herido, pero yo sabía cómo arreglarlo… no hizo falta insistir mucho para que empezásemos a darnos el lote. Le llevé hasta una de las habitaciones y nos encerramos allí. El tío era bastante brusco, me cogía y me estrujaba con fuerza, casi me hacía daño. Debía ser su forma de volver a sentir que seguía teniendo los cojones en su sitio. Prácticamente me arrancó la ropa hasta dejarme en ropa interior, pero yo mientras le fui desnudando a él, mientras le hacía comentarios sobre lo fuerte que era y lo bueno que estaba. Quería ponerle a cien.

Tenía unos rasgos muy masculinos y sin ropa se le veían unos abdominales bien definidos, con una línea de vello subiéndole hasta el ombligo. Todo eso sumado a su altura le daba un aspecto bastante imponente. En aquel momento llevaba solo unos boxers blancos bien ajustados que le marcaban todo el paquete, así que empecé a sobárselo, pero él me apartaba la mano. Vaya, vaya… así que no le gusta que le toquen ahí. No pude evitar sonreír al darme cuenta, pero yo seguí insistiendo. Le acaricié la polla y aquello pareció gustarle más, así que metí mi mano en sus boxers sin que él se resistiera. Él mientras había empezado a acariciarme con más suavidad… parecía que ya había conseguido aplacar a la fiera… en cuanto la promesa de sexo le había devuelto su masculinidad.

Una vez tuve la mano dentro, comencé bajarla a lo largo de su polla hasta alcanzarle los huevos desnudos y los rodeé bien con mis dedos. Pude sentir la tensión en todo su cuerpo y él rápidamente intentó apartarme la mano, pero yo no le dejé y hasta empecé a apretar un poco. “¿Qué pasa? ¿es la primera vez que una chica te acaricia así?”, le pregunté con una sonrisa pícara. Él protestó en plan, “Eh, no me gusta eso, para”. Pero yo no le hice ni caso y seguí, mientras le miraba y le sonreía mordiéndome el labio. No quería hacerle daño, solo jugar un poco… y ver hasta dónde llegábamos. Seguí besándole sin soltarle, él seguía muy empalmado, pero insistía en que le dejase los huevos.

Yo quería seguir jugando, “¿Pero por qué no quieres que te agarre de aquí? Con lo blandito y agradable que es… ¿alguna mala experiencia con alguna chica?”, le pregunté mientras le ponía carita de pena en plan burla. Noté que empezaba a ponerse verdaderamente nervioso. “Oye, suéltame ya, ¿vale? Esto no tiene gracia”. La cosa se estaba poniendo seria, pero yo seguí mirándole a los ojos mientras le sonreía y en lugar de soltarle, apreté un poco más.

Él estuvo a punto de gritar, tenía los ojos tan abiertos que parecía que se le fueran a salir… yo ya había hecho suficientes sesiones con tíos como para saber hasta dónde podía llegar y a este no le estaba haciendo daño ni de coña, pero estaba absolutamente acojonado. Noté cómo su polla se estaba desinflando rápidamente, así que se la toqué con la otra mano y solté una risita burlona.

Aquello ya fue suficiente para él. Su cara pasó del nerviosismo a la agresividad, y me gritó, “Suéltame, puta”. Cómo no, el “puta” no podía faltar. Genial, era la excusa que necesitaba, ahí ya sí empecé a apretar con más ganas y el gesto de su cara pasó de la ira al dolor. “¿O qué?”, le pregunté acercando mi cara a la suya, mientras comenzaba a tirar levemente de sus huevos hacia arriba. “No irás a pegarme como a la chica aquella del instituto, ¿verdad? Recuerda lo mal que acabaste aquella vez…” Aquellas palabras le debieron clavar como agujas. Le seguí mirando a los ojos y esta vez su gesto fue de absoluto pánico. En ese momento sentí que le tenía ya totalmente dominado, igual que aquella chica hacía años. Me permití apretar un poco más y seguir estirando hacia arriba, obligándole a ponerse de puntillas, igual que hizo ella. Estaba tan cachonda que podría haberme corrido allí mismo.

“Sí, yo estuve allí… y llevo masturbándome pensando en aquello desde entonces. Ver cómo aquella cría estuvo a punto de arrancarle las pelotas a un tiarrón como tú es una de las cosas más excitantes que he visto en mi vida”. En aquel momento le apreté con todas mis fuerzas hasta el punto de hacerle gritar, pero al momento se derrumbó y empezó a llorar. Lleva años fantaseando con aquello y aunque estaba realmente cachonda, había algo que no era tan excitante como la vez que lo vi. Quizá fuera el hecho de que en esta ocasión no hubiera nadie mirando o tal vez fuera lo rápido que se había rendido. El caso es que en el momento en que empezaron a caerle lágrimas, dejó de resultarme excitante y me pareció patético.

Le soltó y se dejó caer al suelo, llevándose las manos a los huevos, mientras yo me vestía. Me lo quedé mirando, estaba ahí tirado, prácticamente temblando. Por un momento me dio pena, me sentí mal conmigo misma por lo que había hecho… ¿en qué me estaba convirtiendo? Pero entonces él levantó la cabeza, me miró con rabia y volvió a escupirme la misma palabra, “puta”. Ni siquiera me ofendió, me limité a enseñarle el roto que me había hecho en la camiseta y le dije con mucha calma, “Mira lo que me has hecho al desvestirme antes, idiota. Confórmate con seguir teniendo huevos y lárgate de aquí”. Se puso totalmente pálido, se vistió corriendo y salió de la habitación… cojeando.

Yo me quedé un rato allí, me tumbé en la cama y empecé a tocarme. La sensación fue rara… a veces las cosas son más excitantes cuando se imaginan que cuando se hacen. Aquello no fue exactamente lo que esperaba, pero en mi mente seguía el recuerdo de aquella vez hacía tantos años…  el dolor, el miedo, la humillación en la cara de ese adolescente… ¿qué era exactamente lo que hizo que fuera tan excitante? Seguí tocándome recordando aquella primera vez, cuando me sobresalté al escuchar la puerta abrirse… allí estaba Diego, entrando de nuevo. Reconozco que por un momento me asusté, pero enseguida me di cuenta de que no había vuelto con ganas de vengarse, se acercaba a la cama manso como un corderito. Se tumbó a mi lado y me ayudó a terminar, primero con los dedos y luego con la lengua. Después, sin darme ninguna explicación, me pidió que repitiéramos de nuevo lo de antes. Le pregunté si estaba seguro y él asintió. Antes de empezar, me explicó cómo quería que lo hiciéramos, qué quería que le dijera y qué esperaba que pasase.

Los gritos debieron oírse en toda la casa, todos nuestros amigos entraron corriendo en la habitación, asustados, para ver qué pasaba. Yo le estrujaba los huevos sin piedad y él chillaba como un marrano al que estuvieran capando, mientras yo le insultaba y le amenazaba con arrancarle los cojones si volvía a faltarme al respeto. Nuestros amigos se quedaron helados contemplando la escena. Algunas de mis amigas estaban tan borrachas que no pudieron aguantarse la risa, mientras miraban a su desgraciado colega con gesto de absoluto terror. Finalmente le solté y nos marchamos de allí. Él fue el primero en salir, apartó a sus amigos sin dar explicaciones y se fue del apartamento. Algunas de mis amigas se me acercaron y me preguntaron si estaba bien, si me había hecho daño y si quería llamar a la policía, pero yo les dije que no se preocupasen, que simplemente se había puesto un poco gilipollas y que yo le puse en su sitio. “Lo que decía yo de la altura, ¿eh?”, dijo Sonia, y todas nos reímos. Me despedí de ellas y me fui también lo más rápido que pude. Seguramente los demás se irían poco después, no hay fiesta que sobreviva a un numerito así.

Diego me esperaba en el portal. Le besé, me cogió del hombro y me llevó hasta casa en su coche. No nos hemos planteado empezar nada serio, pero somos buenos amigos. Hemos repetido la escena varias veces desde entonces, siempre en sitios públicos, en cafeterías, en discotecas, en la playa… ¡incluso una vez en una biblioteca! Es arriesgado porque siempre hay algún buen samaritano que llama a la policía o que me preguntan si me maltrata o si intentó agredirme… aunque también le han preguntado a él alguna vez si quería denunciar, pero con decir que no, asunto arreglado.

Además de hacer eso, le he hablado del casting al que me presenté y me está dando muchos ánimos. Dice que puede dar fe de que se me da bien actuar… ¡y tanto! Y se ha ofrecido a acompañarme a Madrid si me cogen para el papel. Es tan mono… pero yo en lo único que pienso ahora es en que me llamen y poder conocer a Leo en persona. Sigo con detalle cada nuevo proyecto que tiene, por pequeño que sea, y en cuanto vi que iba a aparecer en una peli del niño cantante ese y que buscaban una actriz sin experiencia de edad parecida a la mía, ni me lo pensé, cogí el tren y estuve la primera para el casting. Las otras chicas estaban entusiasmadas por trabajar con el protagonista, pero yo pensaba en poder verle a él…

Y si al final no me cogen, tampoco es el fin del mundo. El curro en el supermercado es una mierda, pero me ayuda a pagar el alquiler y con suerte tendré días libres este verano. Me ha dicho mi madre que va a venir unos días la prima Susi. Parece ser que su madre se la quiere quitar de encima un tiempo. Por lo visto se está volviendo una chica un poco problemática, ha tenido no sé qué movida con el hijo de unos vecinos. Conociéndola, me puedo imaginar por dónde irán los tiros… llevo días pensando que lo mejor será escribirle y a ver qué me cuenta…

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