BETO BROM & MARÍA DE LOS ÁNGELES ROCCATO

SEGUNDO ACTO
  
 
Se enciende un cenital que apunta sólo a la mesa siete, el resto en penumbra. Por ello se deduce han pasado algunas horas, ha cesado la lluvia y algunas estrellas se reflejan en el ventanal y se perpetúan en las botellas.

  
 Ambos, Georgetta y don Volf muestran algarabía aunque el rimmel de ella denota el  paso de las horas y seguramente algún recuerdo contado  bañó con agua salobre a sus mejillas.
  
    -Menos mal que se me ocurrió irme y volver, pues esto me dió la oportunidad de que aclaramos y que nuestras conciencias quedaran tranquilas- Dice la mujer con evidente alivio.
  

El escenario ya está a plena luz y muestra algunos clientes en espera de ser atendidos.    -Debo atender a mis parroquianos, con gusto continuaría conversando, siempre queda algo por conocer de su persona, en cualquier momentito libre me acerco, sepa disculpar…- Le regala una pronunciada sonrisa y sin esperar acuso de recibo enfila para el mostrador.                                                                                            

Georgetta va a sacar la cámara cuando se le acerca Juan, un argentino también frecuente del lugar; hombre de mediana edad y con típico andar y decir de su país. Con un gesto grandilocuente, le acerca un pimpollo envuelto en celofán, sacándose el sombrero expresa:

  
    -Buenas noches pebeta ¿Que ha pasado que andás tan tarde por aquí? ¿O es  que acaso ha quedado abierto el portal del cielo y una bella virgen ha salido a ver a los mortales?- Lo dice entre galante y sobrador.
  
Georgetta sorprendida, toma la flor, la huele y sin saber que decir, hace un gesto invitándolo a sentarse.  Está confundida, ha sido un largo día y aún no ha podido crear nada y además deseaba partir. Ya sentado, el hombre sigue su pretendido avance tarareando un tango casi en susurro y con evidente accionar de conquista.
  
Don Volf advierte la situación.
  
A los escasos minutos, el servicial dueño de casa, se presenta frente a la mesa en cuestión, y, mientras deja una taza sobre ella, dice:
  
    -Aquí le traigo lo que pidió señorita- Y encarando bien de cerca al fulano, agrega:
  

     -Y vos, Juan Tenorio, que haces a estas altas horas de la noche por aquí, otra vez tu señora te puso  de patitas en la calle, ¿eh?- Y antes que el acusado alcance a abrir la boca para contestar, le pone una mano sobre el hombro como ayudándolo a levantarse, y medio sonriendo, medio ofuscado continúa:

  
    -¡Vamos!, dejemos de molestar a la señorita, acompañáme al mostrador y allí me cuentas sobre tus rencillas matrimoniales, siempre me gusta escucharlas, son muy graciosas, vamos…- Y casi empujándolo lo lleva para el estrado.
  
 
  
Georgetta, con premura y con gesto evidente de alivio, acerca la taza humeante, sumerge la cuchara y con calma empieza a enfriar el líquido, exhalando lentamente, termina de aflojarse y se dice -Menos mal que esta pesadilla terminó pronto, además -ya con una sonrisa completa -No sabía los pormenores de la vida de este sujeto, bueno siempre se aprende algo nuevo.
  
De inmediato saca el blog de apuntes y empieza a bosquejar lo que acaba de vivir.
  
 
  
Es posible apreciar y por supuesto escuchar, desde todo el recinto del Bar, en que forma el dueño del lugar discute acaloradamente con Juan; en un momento, entre las acusaciones del primero y las disculpas del segundo, don Volf se dirige hasta la puerta del Bar, que da hacia el exterior, la abre bruscamente de par en par, levanta una mano indicando la calle, y con su vozarrón dictamina:
  
 
  
    -¡Fuera de mi Bar, Juan! y espero no verte por mucho tiempo por aquí, hasta tanto no sepas comportarte como un hombre respetuoso,¡¡¡YA MISMO!!! 
  

De más está decir, que el susodicho, con la cabeza  media gacha, como escondiéndola entre sus hombros, sale apresurado, para evitar una segunda invitación del enervado patrón. Todos los presentes, sin excepción, quedan asombrados por el suceso, se escuchan murmuraciones entre ellos, dentro de un impuesto silencio general.

  
Después de sacar al sujeto, don Volf, cierra la puerta, se encamina hacia su puesto de trabajo, y exclama, en voz alta:
  

     -¡¡Todas las consumiciones a cuenta de la casa!! 

  
El silencio se rompe con un aplauso y risas generalizadas, la tormenta ha pasado y la cordialidad ha regresado. Georgetta se levanta presurosa con su cámara y pide estrepitosamente que le permitan sacar algunas fotos.
  
    -¡Claro, es un momento histórico!- dicen al unísono una pareja de enamorados. Con amabilidad, accede a tomarles una imagen en el momento que se besan apasionadamente.
  
Unos muchachotes, llenos de energía propia de la edad, entusiasmados por la espontánea fiesta,  rodean a don Volf, y piden eufóricos, una foto para la posteridad. 
  
Y allí va la fotógrafa que apresura a captar la naturalidad de la escena.
  

Entra al Bar el viejito del bastón; se nota su lógico asombro ante el bullicio reinante, situación inexplicable pues aquel lugar representa un refugio, para él y para la mayoría de los consecuentes clientes del lugar, allí gozan de paz y tranquilidad, que los aísla de la estremecedora vida exterior con sus estallidos y griteríos propios de la calle.

  
No arriesga pasos y en vez de dirigirse a su mesa habitual, busca cambiar unas palabras con don Volf; éste, muy ocupado en distribuir los pedidos de los clientes, no se percata de su entrada, y menos de que trata de hablar con él; por lo tanto desiste de su propósito y decide retirarse, no se acomoda a esta nueva fisonomía. Antes de salir, y con medio cuerpo ya fuera, entorna la mirada hacia el interior y musita entre dientes -Que lástima, necesitaré buscar otro Bar…
  
Mariquiña, una mozuela española  que de vez en cuando suele darse una vuelta por el lugar, justo va entrando y se percata, por el gesto del personaje saliente, que algo lo ha molestado, detiene su entrada y lo sigue, lo hace motivada por el recuerdo de su abuelo a quien tanto ama. 
  
Adentro el jolgorio se hace más palpable. Pasa un tiempo y deciden entrar, hay luminosidad en ambos integrándose ya sin problemas y se sientan en la mesa veinte, al hacerlo, la niña llama a Georgetta con un gesto y una picara guiñada le dice:
  
    -¡Pues sí, sácanos a ambos festejando este encuentro!, hemos hablado fuera y mira, hemos fraternizado luego de algunos intercambios de palabras y por supuesto le he dado, el «certificado» de abuelo por elección y él me ha recibido como su «nieta» por idéntico motivo, lo vi tan enfadado al salir, que decidí seguirlo para ver qué le pasaba, y bueno este es el resultado- Enfatizando las palabras cuajadas de ternura.
  
Vuelve a su mesa-refugio, se sienta, deja su máquina y toma la carpeta de apuntes. Durante unos minutos, escribe y escribe; queda como aislada de la algarabía reinante. Se levanta, toma la estampadora de imágenes y con pasitos rápidos llega hasta el mostrador; se ve como habla con unos de los muchachos y le entrega la máquina fotográfica; luego llama a don Volf, que se lo ve muy atareado en medio de sus idas y venidas atendiendo a sus clientes.
  
    -Don Volf, ¿me permite molestarlo un segundito?, deseo entregarle esta pequeña nota- y en el momento que pone en su mano un trozo de papel, son sorprendidos por un potente flash.
  
    -Lo logré -, dice con suma satisfacción el joven, convertido en flamante ayudante de fotógrafo.
  
    -Espero que haya salido bien, señorita.
  
    -Yo también así lo espero, tendré una buen recuerdo de una hermosa fiesta y de un caballero de verdad- dice la española.
  
Las luces se van apagando, poco a poco los parroquianos van abandonando el lugar, también la música se va disipando a medida que cae el telón.

/*/*/*/*/*/*/ Actores

Georgetta:   María de los Angeles Roccato (Argentina)

Don Volf:    Beto Brom (Israel)


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*Registrado, Safecreative N° 1305095080265

Un comentario sobre “Café, medialunas y algo más… (2)

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