DEVA NANDINY

Marta escuchó la llamada y vio que era de su amiga Clara, pero estaba en el sofá medio adormilada y estuvo casi a punto de no descolgar. «Ya volverá a llamar», pensó en un principio. La chica estaba malacostumbrada a ser siempre el centro de atención.

—Hola, Clara —dijo cuando ya estaba a punto de cortarse la llamada.

—¿Qué tal estás, Marta?

—Bien, aquí estoy aletargada en el sofá. Con el calor que hace, lo único que apetece es quedarse adormilada en casa, sin hacer nada.

—De eso precisamente quería hablarte. No sé si ya tienes planes para el fin de semana.

—No —negó quedándose durante unos breves segundos en suspenso—. Bueno, ya sabes… lo de siempre. Salir el sábado de fiesta hasta que el cuerpo aguante. ¿Y tú?

—Lo mismo, más o menos. Por eso te llamaba, para preguntarte si te apetece venir el fin de semana a mi casa. El sábado por la noche, cuando terminemos la fiesta, mi padre podría ir a buscarnos al centro. El domingo no trabaja y los sábados se suele acostar muy tarde, viendo alguna serie.

Marta se quedó pensativa, normalmente Clara cogía un taxi para regresar a casa los sábados por la noche. Sin embargo, no le dio demasiada importancia.

—Vale, pues entonces estupendo. Así podremos tomar el sol y bañarnos en la piscina. Es mejor plan, que permanecer todo el día frente al ventilador desparramada por el sofá.

—Ya verás… lo pasaremos genial, como la última vez.

—¿Qué tal el sábado? —interpeló Marta, recordando que no se habían visto.

—Bien, fue el cumpleaños de papá e hicimos una fiesta en el jardín. Me lo pasé genial. La verdad es que me acordé mucho de ti —expresó riéndose ostentosamente.

—¿Y eso? —interrogó Marta, curiosa.

—Papá estaba muy guapo.

Entonces Marta recordó el flirteo que había tenido con él, en la piscina.

—Sin duda lo es. Como ya te dije el otro día, y espero que no te lo tomes a mal, tu padre me resulta un hombre muy interesante.

Clara notó entonces una punzada en la boca del estómago, no pudiendo evitar sentirse celosa. Sin duda, todo estaba saliendo como lo había planeado. Marta era una chica con un físico espectacular, pero la inteligencia de Clara estaba muy por encima. Pero, a pesar de que todo iba según había previsto, la chica sentía amenazada la especial relación que mantenía con su padre.

—No me lo tomo a mal, todo lo contrario. Me gusta que tengamos ese tipo de confianza.

—No es que busque tener nada con tu padre, entiéndeme. Os respeto mucho, tanto a ti como a tu madre. Únicamente digo, que si no fuera tu padre… —indico, deteniéndose unos breves segundos, tratando de buscar las palabras adecuadas—. No me importaría liarme con él. Ya me entiendes…

—Te entiendo Marta, y te aseguro que no me incomoda. Todo lo contrario, reconozco que desde que mantuvimos la conversación el otro día en la piscina, me pica la curiosidad de saber, si serías capaz de seducir a papá —contraatacó Clara, la cual había planeado perfectamente como tenía que decírselo.

La chica sabía que Marta era de sangre caliente, y entraba como un toro de Miura al capote, si sabías lanzarle un reto. Su autoestima era demasiado alta, para que alguien pudiera poner en entredicho o en duda, su capacidad de seducción. Marta se tomaba eso como una provocación o un insulto.

—¿Acaso lo dudas? ¿No viste, cómo me miraba? Solo le faltó babear —expresó riéndose abiertamente—. Todos los hombres son iguales, y los maduros son aún más salidos. Si yo te contara…

Clara se sintió dolida de que hablara de esa forma de su padre. Para ella, David era casi perfecto. Sin embargo, si quería realizar bien el encargo que le había hecho su padre, tenía que disimular.

—La noche de la fiesta, acabé liándome con el mejor amigo de mi papá —soltó la bomba por fin.

—¿En serio? —interpeló, poniendo verdadero énfasis a la pregunta.

—Se llama Víctor, siempre me ha gustado. Estudió con mi padre en la Universidad.

—Cuenta, cuenta… ¿Está bueno?

—Está para comérselo… —expresó riéndose—. Tenías razón, los hombres maduros tienen otro punto. Besarme con él, no tuvo nada que ver, a cuando lo hacía con Javi —indicó haciendo referencia a su exnovio.

Marta se sintió por primera vez que no era el centro de atención, siempre era ella la alocada y atrevida muchachita, a la que le sucedían este tipo de cosas.

—¿Únicamente os besasteis? —preguntó, intentando quitarle importancia al hecho.

—Me comió las tetas y yo le toqué la polla.

—¿No intentó follarte?

—Con las ganas se quedó, el pobre. No te imaginas lo dura que la tenía por mi culpa —Expresó, deteniéndose en ese punto, para que Marta captara perfectamente el mensaje. Ella había sido capaz de excitar al mejor amigo de su padre—. Fue durante la fiesta y había demasiada gente. Por lo tanto, nos ocultamos en la zona de atrás de la casa. No estuvimos mucho rato allí. Mamá estaba todo el rato pendiente de mí. Pero tengo su teléfono, lo cogí de la agenda de papá.

—¿De verdad? —preguntó con tono de admiración— ¿Le has mandado algún mensaje?

—No, prefiero enviárselo cuando tú estés conmigo. Tienes más experiencia para este tipo de cosas y creo que sabrás guiarme mejor.

Cuando las chicas colgaron, Clara se quedó pensativa. Quería a David, estaba enamorada hasta los huesos de su padre. Sin embargo, lo que no llegaba a comprender, era ese impulso irrefrenable de tener que complacerlo en todo. Esa mezcla entre la necesidad y el deseo de tener que agradarlo siempre, buscando incluso servirlo, con el único objetivo de poder sentir el orgullo paterno reflejado en sus ojos.

Entonces bajó al piso de abajo. Su padre estaba sentado en el sofá del salón viendo en la televisión las noticias, mientras tomaba un café con hielo, antes de regresar de nuevo al despacho. Ella supuso que su madre había ido a echarse un rato a su dormitorio, últimamente le gustaba acostarse una pequeña siesta, después de comer.

Clara tan solo llevaba una cómoda camiseta de algodón, lo suficientemente larga, para que tapara unos dedos por debajo su tanga. La misma ropa con la que solía estar en su cuarto. Como siempre, iba descalza por la casa. Por lo tanto, apenas hizo ruido cuando bajó de dos en dos, las escaleras de madera que comunican la planta superior donde están los dormitorios, con el piso de abajo.

—Hola, papá —dijo cuando llegó ante él, sentándose directamente en su regazo.

Él la acogió gustoso sobre sus rodillas. Normalmente, cuando Carmen estaba en casa, David se mostraba distante con su hija, pero a esas horas estaba seguro de que su esposa estaría dormida.

—¿Qué tal cariño? —preguntó poniendo el vaso de café sobre la pequeña mesita que había justo en frente, posando a continuación sus manos, sobre los redondos y macizos muslos de su hija.

Sentir el calor de las manos de su padre sobre sus piernas, la hicieron percibir un escalofrío. Adoraba cuando él la acariciaba.

—He estado hablando con Marta en mi cuarto. Ya he quedado con ella para que venga el fin de semana a casa, —informó girándose, mirando directamente a los ojos de su padre.

David no pudo evitar sonreír. Esa muestra de felicidad, hizo que Clara volviera a sentir la misma punzada que un rato antes en la boca del estómago. Sentía celos por Marta, por su madre, o por cualquier mujer que pudiera despertar el interés de su padre. Pero su impulso por complacerlo en todo, era mucho más fuerte que la desazón que sentía.

—Eres la mejor —dijo besando la boca de su hija.

Ella entreabrió sus labios y cuando sintió la punta de la lengua de su padre acceder a su boca, se olvidó de los celos, de Marta, de su madre, del mundo…

Estuvieron besándose un buen rato de forma apasionada. A David le encantaba la boca de su hija, la suavidad y humedad de sus labios, el contacto de su exquisita y juguetona lengua. Ni tan siquiera Rosa, la mujer por la que más delirio y frenesí había sentido en toda su vida, lo besaba de esa forma.

—He quedado con Marta en que el sábado, cuando salgamos de fiesta, tú nos irás a recoger con el coche al centro, —indicó Clara, cuando su padre dejó de besarla.

—Veo que mi princesita ha pensado en todo —respondió David, metiendo sus manos por debajo de la camiseta de su hija.

—Marta cuando sale de fiesta se desinhibe bastante, quizás ese sea el mejor momento para que intentes acercarte a ella. Yo te habré ido abonando el terreno.

—Pero tú estarás en el coche, no creo que ella acceda a liarse conmigo si tú estás allí.

—Confía en mí, papá —respondió la chica notando como las manos de su padre la agarraba por los pechos—. He pensado, que sobre las dos y media de la mañana, cuando ella ya esté animada y contenta, tú podrías aparcar el coche en el parking de la Alameda. Yo te enviaré algún mensaje para que sepas en qué bar de esa zona estamos. Cuando nos veas, dirás que te apetecía tomar algo mientras esperabas la llamada para pasar a recogernos, y que has entrado allí casualmente. De esa forma, podrás tomarte algo con nosotras.

—Mi pequeña arpía. Veo que eres tan lista como tu padre —expresó David con orgullo—. Tienes unas tetas enormes, incluso creo que más grandes y consistentes que las de tu madre.

Ella siempre había odiado tener tanta talla de pecho. Por lo tanto, ese soez y ordinario comentario, le hubiera molestado en boca de otro hombre, pero escuchárselo decir a su padre le encantó. Se retorció de placer sintiendo como David pellizcaba sus pezones.

—¡Ah, papá! Cómo me gusta que me toques. Dime que soy tuya —expresó la chica.

—Eres mía cariño, incluso cuando tengas novio o te cases, seguirás siendo únicamente mía. Eso tienes que tenerlo claro siempre.

—Ya tengo novio —expresó ella.

—Ah, ¿sí? Eso no se lo habías contado a papá. ¿Quién es el afortunado? —preguntó David sonriendo.

A Clara le molestó la burda sonrisa de su padre. Le hubiera gustado percibir celos de él, del mismo modo, que ella los sentía por Marta o por su propia madre.

—Tú. Tú eres mi novio.

David lanzó una estruendosa carcajada, al tiempo que seguía manoseando sus voluminosos y pesados pechos.

—Nosotros tenemos un vínculo mucho más fuerte, cariño Con un novio o un esposo, podrás romper la unión en cualquier momento. Pero un padre y una hija están unidos eternamente. Tú siempre vas a ser la putita de papá, recuérdalo. No me importa que te eches novio, o incluso que te cases y tengas hijos. Eso algo natural que todo el mundo termina haciendo. Lo que quiero que me digas ahora, es que, aunque estes casada y seas una excelente mamá, cuando papá te ponga la mano aquí —dijo llevando su mano hasta la entrepierna de su hija—. Tú, ¿qué harás?

—¡Ah…! —Exclamó ella al sentir, la palma de la mano de su padre, palpando su sexo a través de la fina tela de sus bragas—. Abrirme de piernas, papá. Pase lo que pase, te juro que siempre las tendré abiertas para ti. Te lo prometo.

David sonrió de nuevo complacido. Sin duda, su hija había expresado a la perfección lo que él, quería escuchar de ella.

—Cuéntame como le entregaste tus pechos a Víctor, el día de mi cumpleaños.

Ella se movió sobre el regazo de su padre, intentando percibir sobre sus bragas, la erección de David.

—¿Otra vez, papá? —Preguntó riéndose— Ya te lo he contado mil veces —añadió protestando como una niña perezosa.

Pero David no se daba por vencido tan fácilmente, y menos con una chica tan dócil y obediente como su hija.

—¡Vamos, zorrita! Cuéntamelo otra vez. —reiteró, pellizcando esta vez sus oscuros pezones con más fuerza.

—¡Ah, papá! ¡Me haces daño! —protestó— Víctor me las trató con más cariño de lo que lo haces tú —bromeó, restregando su voluminoso culo sobre la bragueta de su padre—Ya sabes cómo pasó, yo estaba apoyada en la pared, mientras nos besábamos y me desabrochaba la camisa. A tu amigo, se le habían ido los ojos a mi escote durante toda la noche.

—¡Qué bonita eres, cariño! —Indicó David, gozoso de su hija.

—Creo que estaba muy nervioso, aunque reconozco que yo también lo estaba. Incluso tuve que ayudarlo para que fuera capaz de abrirme los botones de mi camisa, ya que le temblaban las manos. Entonces, cuando me vio las tetas, me dijo que estaba muy buena.

—Claro que lo está, mi vida. Eres una reina. Sigue, por favor.

—Entonces no sé cómo me atreví, pero el caso es que lo miré a los ojos y le pregunté directamente si le gustaban mis tetitas. Recuerdo que él se rio, indicándome que no eran precisamente pequeñas. Luego, me reconoció que le encantaría follárselas. ¿Papá, te gustaría que él se corriera en mis tetas? —preguntó quitándose la camiseta.

—Estoy deseando que lo haga —reconoció, dándolo por hecho. Intentando inútilmente abarcarlas.

—¿Ya tienes el pito duro, papá?

—Me pones muy cachondo, cariño.

—¿Quieres que te la chupe? —preguntó incorporándose, con intención de arrodillarse en el regazo de su padre.

Pero David la sujetó por las caderas, permaneciendo ella de pies y el sentado. Quedándose observando el pequeño tanga de su hija, clavado entre sus redondas y apetitosas nalgas.

—¡Quítate las bragas! —Manifestó autoritario.

Ella agarró el elástico de su diminuto tanga y se lo sacó, dejándolo abandonado en el suelo

—¿No quieres que vayamos fuera? —preguntó, girando la cara para ver la expresión de su padre

David no respondió, y abrió soezmente las nalgas de su hija, dejando totalmente expuesto su ano. Ella se sintió incómoda. Pero supo permanecer quieta.

—¿Tu novio intentó alguna vez, joderte el culo?

—¡No! —exclamó ella, como si aquello que su padre le había preguntado le resultara repulsivo y repugnante.

—Mejor —respondió su padre—. Él se lo perdió.

Ella se quedó pensando que querría decir con aquello. Entonces David, chupó uno de sus dedos, intentando lubricarlo. Luego lo llevó hasta el ano de su pequeña, y comenzó a presionar.

—¡Eso no me gusta, papá! ¡Me haces daño! —protestó, sintiendo el dedo de David, intentando entrar en su lugar más sagrado.

—Recuerda que eres mía, cielo. Y a papá le encanta joderse un buen culo.

—¡No, papá! Eso tiene que doler mucho. Además, me parece algo asqueroso.

David se rio.

—Será delicioso. Solo te dolerá al principio, después te encantará. Confía en mí.

 —¿Mamá y tú lo hacéis? —preguntó, girando el cuello de nuevo, para mirar directamente a su padre.

—¿Quieres saber, si le doy por el culo a tu madre?

Ella movía afirmativamente la cabeza.

—¿No le duele?

—A tu madre nunca le han gustado estas cosas. Ella no es ninguna puta, cariño.

—Yo tampoco lo soy —protestó ella un tanto enojada por el comentario—. Saca el dedo, me haces daño.

Pero David, hizo como si no escuchara los ruegos de su hija, y siguió metiendo el dedo, que poco a poco iba desapareciendo en su interior.

—¿Le has sido infiel alguna vez a mamá? —le preguntó sin poder aguantarse más.

—¿Infiel? Qué palabra más fea, cariño. Pero si nos atenemos a su significado, ahora mismo lo estoy siendo. ¿No lo crees?

—Conmigo no cuenta, papá.

—Ah, ¿no? Espero que le expliques eso a tu madre, si un día nos pillan juntos —respondió David riéndose.

—Yo soy tu hija. Además, tú eres más mío, incluso que de mamá. —Respondió ella, sintiendo como el dedo de su padre permanecía quieto en el interior de su culo.

—¿Y qué me folle a tu amiga Marta, cuenta?

—Con ella te dejo follar, sé que te gusta antes de que tú y yo…

En ese momento ambos percibieron el ruido, al cerrarse en el piso superior una puerta. Era Carmen. David miró aterrado el cuerpo desnudo de su hija, sacando por fin el dedo de su culo. A continuación, le hizo un imperioso gesto, para que se pusiera la camiseta. Ella tardó un par de segundos en reaccionar, que a él, se le hicieron eternos. Ambos estaban muy nerviosos, cuando escucharon el ruido de las escaleras.

David miró al suelo y vio el tanga de Clara allí tirado, se agachó y lo cogió con un rápido gesto, ocultándolo debajo de uno de los cojines del sofá, justo a tiempo.

—¿Todavía estás aquí? —preguntó Carmen a su esposo apoyada en el marco de la puerta, extrañada porque su marido no se hubiera marchado aún a trabajar.

—Me voy ya. Estaba hablando con Clara. Me estaba pidiendo permiso para que una de sus amigas venga a pasar el fin de semana a casa.

«¿Desde cuándo Clara habla con su padre sobre esas cosas?», se preguntó Carmen, sorprendida. Desde siempre la chica había contado con su madre para todo tipo de situaciones.

—Voy a beber agua a la cocina —respondió Carmen, abandonando la puerta del salón— Con este calor no hay quien descanse, —añadió alejándose de allí. Olvidándose al instante del inusual comentario de su esposo. Al mismo tiempo que su cabeza volvía a estar ocupada, por la conversación, a través de videollamada que acaba de mantener con su amante.

David cogió el tanga de su hija de debajo del cojín y se lo entregó a Clara.

—Tenemos que tener cuidado con esto —comentó David nervioso y enojado consigo mismo, por haberse dejado llevar por ese momento.

—Lo siento —indicó ella, como si fuera la única culpable de haberse mostrado de un modo tan irresponsable, estando su madre en casa. —Mamá, no ha notado nada —añadió intentando tranquilizar a su padre, mientras se ponía el tanga, ante su atenta mirada.

—Será mejor que me marche. Es tarde y he quedado con un cliente —indicó dándole un beso en los labios a su hija.

Dos minutos más tarde, David estaba en su coche de camino al despacho. Estaba muy excitado, y no podía sacarse de la cabeza el recuerdo del hermoso culo de su hija. Siempre había deseado practicar el sexo anal. Para él, había sido siempre una recurrente fantasía a la hora de masturbarse.

Pero había sido precisamente Rosa, justo tres meses antes, la encargada de que él cumpliera dicho deseo. Desde ese día, ella le había dejado en dos ocasiones más, que la penetrara por el culo.

La primera vez había ocurrido en el Hamilton, un hotel de cinco estrellas. David había descubierto que, a ella, le excitaban especialmente las cosas caras. Cuando la notaba algo más distante o fría, él se rascaba el bolsillo y terminaba comprándole un buen regalo.

Aquella primera vez en el Hamilton, ambos habían cenado en el restaurante. Fue precisamente después de los postres, cuando él le regaló un elegante reloj de pulsera de oro.

Los ojos de Rosa centelleaban de alegría, mientras David, no pudo evitar pensar, que jamás le había regalado algo tan caro a su esposa. Aunque, a decir verdad, ella tampoco se lo hubiera permitido. Carmen era todo lo contrario a Rosa, ella estaba acostumbrada a vivir desahogadamente desde niña, pero no le gustaba ni el derroche ni la ostentación.

Aquella noche durmió con Rosa, fue la primera que pasaron juntos. David le había indicado a su esposa, que tenía que viajar a Madrid a ver a un cliente. Algo que ocurría tan a menudo, que ni siquiera le tuvo que dar demasiadas explicaciones.

Una vez que llegaron arriba, ambos comenzaron a besarse en el hall de la entrada de la suite.

—Estás preciosa con ese vestido rojo —indicó, mirándola con deseo. Sin ni siquiera plantearse, de como una chica como ella, con un sueldo de secretaria que él conocía perfectamente, podía comprarse un vestido tan glamuroso.

—¿Te gusta? —preguntó ella con picardía—. Me lo ha regalado un buen amigo.

Esa fue la primera vez que David desconfió de que Rosa, no se entregaba a él como amante en exclusividad. Pero estaba tan enganchado a la joven que ni siquiera se atrevió a decir nada. Prefirió fingir no haberlo oído nunca.

Él levantó su elegante vestido.

—¡No llevas bragas! —Indicó con sorpresa, ya que antes de entrar al restaurante del Hamilton, él la había recogido en el Parking del sótano. Durante unos segundos la había besado en el ascensor, al tiempo que introducía una de sus manos debajo del vestido. Entonces, él había percibido, claramente, el tacto aterciopelado y caliente de la ropa interior de Rosa. Ahora estaba excitado por esa mezcla de elegancia y de ordinariez, que ella siempre irradiaba. Él acarició su espesa mata de vello púbico, que cubría todo su sexo como una cortina densa y negra.

—Las regalé —respondió ella con naturalidad.

David se quedó reflexionando un instante. Eso era imposible, él no se había separado de su amante en toda la noche.

—¿Cuándo te las has quitado? —preguntó confuso.

—¿Te fijaste en el gordito que había en la mesa de la izquierda? —preguntó ella riéndose alegremente.

—¿Él que estaba acompañado con una mujer rubia, con un vestido negro?

Ella movió la cabeza de modo afirmativo.

—El muy cabrón, se ha puesto morado. Le llevó mostrando el coño toda la noche. Me he puesto muy cachonda.

—¿En serio? —preguntó David, pensando que tal vez estaba bromeando.

—Antes de los postres fui al baño, sabía que el muy cerdo me seguiría hasta allí. Llevaba exhibiéndome para él, desde que empezamos a cenar. Tal como esperaba, el aseo estaba vacío, entonces esperé unos segundos a que él entrara. Nada más verme me sonrió. Creo que debió de creer que era su noche de suerte — comentó riéndose con cierto desdén hacia el pobre incauto.

—¿Y qué hiciste? —preguntó David, mitad celoso, mitad excitado. Sin llegar a creérselo del todo.

—Pues hice lo que había ido a hacer. Abrí la puerta de uno de los inodoros, me subí el vestido y me bajé las bragas hasta los tobillos. A continuación, me puse a mear en cuclillas.

—¿En serio? ¿Measte delante de él? —interpeló David cada vez más nervioso.

Ella se rio, percibiendo la falta de experiencia sobre ese tipo de juego que tenía David. De los cuatro amantes que tenía en esos momentos, todos ellos hombres maduros y casados. Además de poseer una envidiable situación económica. Sin duda, David era el más inocente de todos.

—Te sorprendería lo cachondos que se ponen algunos hombres, cuando ven mear a una mujer. Sois unos auténticos cerdos —añadió con mofa.

—¿Te comentaría algo? —preguntó David, cada vez más fascinado por las palabras de Rosa.

—Solo miraba con enorme interés, no se perdía detalle. Cuando terminé de hacer pis, se sacó del bolsillo un elegante pañuelo de caballero, y me secó el coño con suma delicadeza. Mientras yo me subía las bragas y me bajaba el vestido, el muy puerco volvió a guardar el pañuelo en el bolsillo delantero de su chaqueta.

—¡No puedo creérmelo! —Indicó David, sintiendo una montaña rusa de sentimientos encontrados. Estaba loco por Rosa, y que hubiera mostrado su sexo a otro hombre, le dolía en el alma. Sin embargo, había algo en ella que lo excitaba ante cualquier situación morbosa que provocase.

—A continuación, él se retiró hacia un lado para dejarme salir. Yo me acerqué hasta los lavabos de enfrente, con la intención de asearme las manos. Ya sabes que soy toda una señorita.

—Pero su esposa estaba fuera. Ni ella ni yo nos percatamos de vuestros morbosos juegos.

—Mientas me lavaba las manos, sentí como me levantaba el vestido por detrás. Me gustó observar su cara de atontado reflejada en el espejo. Luego sentí sus manos acariciando mis nalgas.

—¿Le dejaste que te tocara? —Preguntó con tono de reproche. David sentía que Rosa, a pesar de tener novio, le pertenecía a él. Pero entonces, ella le explicó que en realidad las mujeres nunca tienen dueño.

—Cariño, no solo le dejé manosearme, incluso me abrí de piernas para él. Mientras me secaba tranquilamente las manos, el muy cabrón me bajó las bragas. Yo levanté un pie para que pudiera sacármelas, pero estas se quedaron enganchadas en un tacón, y tuve que agacharme para quitármelas sin caerme. Enseguida pude sentir, como sus gordos y torpes dedos, recorrían mi vulva. En ese momento dejé escapar intencionadamente un leve y corto gemido. Fue justo ahí, cuando intentaban abrirse paso sobre la entrada de mi coño, cuando terminé de secarme las manos. Entonces me bajé el vestido y salí de allí con mucha dignidad. Dejándolo solo en el baño de señoras. Intuyo, que por el tiempo que tardó en regresar a la mesa junto a su querida esposa, el muy cerdo, se debió de hacer una paja con mis bragas.

—Me encantas —dijo David extasiado, abrazándola por detrás

—Lo sé —respondió ella acariciando su bragueta.

—Me tienes loco. Adoro todo de ti, me fascina tu culo —dijo acariciando sus pequeñas y huesudas nalgas.

—Te gustaría jodértelo, ¿verdad, cabrón?

—Sí —Bramó él como un toro embravecido—. Siempre ha sido una de mis fantasías —reconoció fuera de sí.

—¿Tu fantasía? ¿Qué pasa, que tu mujercita no deja que le metas tu gordo rabo por el culo? Preguntó riéndose a carcajadas.

David tardó en contestar. Le molestaba cuando Rosa hablaba de esa forma de Carmen. No entendía por qué siempre trataba de ridiculizarla. Pero sentía tal necesidad por la chica, que terminó aceptando su nocivo y pernicioso juego.

—A Carmen no le gustan esas cosas. Ella es una mujer, demasiado convencional, —expresó.

—Y yo, ¿cómo soy? —interrogó Rosa con un tono de arrogancia en su voz.

—Tú eres una mujer maravillosa, eres perfecta. Por eso estoy prendado y tan chiflado por ti. Amo tu culo.

—Todos queréis follároslo —indicó ella riéndose—, Pero si quieres meterla ahí, antes tendrás que ganártelo, cariño.

—Dime qué tengo hacer y te juro que lo haré, —respondió de inmediato. Indicando que estaría dispuesto, casi a cualquier cosa.

—Quiero sentir primero tu aliento y tus babas, pegadas a mi culo. Si quieres follártelo, antes tendrás que besarlo y lamerlo; honrarlo y venerarlo como se merece. Quiero que me demuestres lo cerdo, que puedes llegar a ser.

Ella permanecía de pies, apoyada contra la pared, con el vestido subido hasta la cadera. Entonces ella abrió sus nalgas con ambas manos, separándolas una a cada lado, mostrando obscenamente su orificio más íntimo.

David dudó, un instante, él nunca había realizado algo parecido, ni tan siquiera jamás lo hubiera pensado. Pero aceptó sus soeces y groseros requerimientos. Poniéndose de rodillas detrás de la joven, acercó su boca y comenzó a besar su ano.

—¡Ah…! —Estalló ella chillando incontroladamente de gusto—. Así, cabrón, comételo. Quiero notar tu lengua —¡Ah…! —gritaba escandalosamente, totalmente poseída por las caricias que la lengua de David, procesaba directamente sobre su esfínter. A continuación, acercó una de sus manos hacia delante y comenzó a masturbarse. —No pares, cabrón. Si te detienes ahora, te juro que no volverás a meterme tu picha en tu puta vida.

Para David, escuchar su amenaza, lo llevó a devorar su culo con mucho más ímpetu y dedicación. «La necesito, la necesito… La adoro, ella es la mujer de mi vida», pensaba para sí mismo, intentando saciar el sadismo de la joven. Que disfrutaba doblemente, al mantener doblegado a su jefe de rodillas, besando su ano.

Un rato más tarde, justo después de que ella alcanzara su segundo orgasmo. Rosa lo apartó con la mano. Entonces se quitó por fin el elegante vestido rojo.

David contempló fascinado su desnudez, cuando ella caminaba lenta y sensualmente hasta la cama. Su cuerpo era delegado, seguramente en exceso. Observó sus diminutos pechos, sus piernas largas y nervudas, las costillas marcadas en su espalda…

Su cuerpo carecía de femeninas curvas, pero lo compensaba sobradamente, irradiando una misteriosa y salvaje sexualidad. David se preguntaba con un cuerpo que aparentemente podía percibirse como frágil y quebradizo, podía desprender una fuerza de un calibre tan indómito.

Rosa se subió a la cama. Pese a su juventud, sabía de sobra el efecto que su cuerpo, sus movimientos y su forma de ser, causaba en hombres como David, a los que dominaba y trataba a su antojo. Tenía bastante claro que, cuanto más despótica y tirana se mostrara con ellos, más se encaprichaban de ella.

Desde muy joven había aprendido como debía manejarlos. Su padre, había abandonado a su madre y a ella hacía muchos años. Pese a que su madre aceptaba todo tipo de trabajos, fueron unos años muy duros, en los que ambas pasaron verdaderas penurias económicas.

Al final, su madre conoció a un hombre veinticinco años mayor que ella. Él los acogió en su casa, y desde ese momento la madre de Rosa no tuvo que preocuparse, nunca más, de volver a trabajar.

Emilio era un viejo viudo y sin hijos, y aunque ya estaba jubilado desde hacía muchos años, había trabajado como Ingeniero de Caminos, recorriendo medio mundo. Rosa era consciente de la repulsión física que sentía su madre por Emilio, pero aprendió a convivir con ello.

La casa era pequeña, y algunas noches Rosa escuchaba cuando ambos tenían relaciones sexuales. Un día los ruidos eran más elevados de lo habitual, motivo que llamó la atención de Rosa. La chica se levantó sigilosa y se acercó a hurtadillas hasta el dormitorio, que su madre compartía con aquel viejo.

Esa imagen quedaría grabada en su retina para siempre. Su madre, únicamente vestida con unos zapatos de tacón y unas medias negras, cabalgaba con una enorme autoridad sobre aquel hombre que tanto detestaba. Por primera vez su madre dejó de parecerle una mujer débil, y comenzó a sentir una verdadera admiración por ella. Dándose cuenta, de la enorme fortaleza que aquella imagen irradiaba.

Pero ahora, en aquella lujosa suite, unos años más tarde. Rosa se dejaba caer de rodillas sobre la cama, apoyándose con la palma de las manos hacia delante. David la contempló sin atreverse ni tan siquiera a moverse. Solo entonces es cuando ella lo invitó con un gesto cargado de arrogancia para que se acercara. Por fin, él iba a cumplir una de sus más fervientes fantasías.

—Te adoro —indicó él quitándose los pantalones y mostrando su gruesa verga empalmada.

—¡Vamos, cabrón! Déjate de lindezas. Ahora es tu momento, no hagas que me arrepienta, te lo has ganado. Métemela en el culo.

David se situó detrás de ella, y sujetando aquel delgado cuerpo por las caderas, rozó por primera vez el ano de ella con su glande. Lubricado son su saliva y dilatado con sus caricias, con su lengua, con sus besos y sus dedos. Entonces comenzó a empujar.

—Si te hago daño me lo dices —indicó, intentando ser empático con Rosa.

—Vamos, empuja y métemela. Sé un hombre de verdad, por una vez en tu puta vida. Te aseguro que no me voy a romper.

David notó como su polla comenzaba a entrar y a deslizarse por su caliente y estrecho culo. Ni siquiera se puso un condón aquella noche.

Entonces comenzó a follársela, con rabia. Recordando como Rosa lo había humillado un rato antes con aquel gordo en el baño, mirando de reojo el vestido que permanecía tirado como un despojo en el suelo. Intuyendo, que sería el regalo de uno de sus generosos y agradecidos amantes.

Empujó y se la folló con enorme inquina, acordándose de la mentira que, por su culpa, él le había proferido a su esposa, viniendo a su mente el carísimo reloj de pulsera. La folló con ira, con enorme furia y determinación. «Te voy a romper el culo, por puta», pensaba lleno de cólera. Pero ella ni siquiera se inmutó. No se quejaba, pero tampoco gemía. Era como si no sintiera placer, ni tampoco dolor. Permaneciendo como una perra, entregándole su premio.

En esos momentos Rosa se acordó de su madre. «Qué fácil resulta manejar a un hombre». Pensó sonriendo, mirando de reojo el reloj de oro que lucía en su muñeca

—¡Ah, me corro! ¡Me corro…! ¡Me corro…! —Anunció dos minutos más tarde David. Mientras descargaba una abundante eyaculación, en las entrañas de la chica.

Deva Nandiny                                     (Continuará)

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