MARCELA VARGAS

Crecer con las palabras

En la entrada al Museo de Periodismo, desde lejos, resaltaban dos grandes pilares y los trabajadores de medios de comunicación provenientes de ciudades lindantes, dado que la institución se ubicaba casi en las afueras de la urbe. La mañana del martes era clara, así que Rebeca pudo divisar a varios excompañeros de trabajo. Se apresuró para llegar a las acreditaciones y se unió al grupo, que minutos más tarde ingresó al lugar para rodear a representantes políticos que daban apertura al acto por la Semana del Periodismo. La jornada había llevado a la joven al citado lugar porque debía armar una crónica alusiva para Periociudad Cultural, el suplemento del domingo, que estaría dedicado al tema, según acordó con sus colegas (quienes también aportaban en el ejemplar).

Los periodistas, incluida la chica de 20 años, seguían a los políticos en su recorrido por el sitio y, cuando estos se detenían, los primeros se apiñaban a su alrededor para obtener declaraciones. Los más expertos preguntaban cosas rápidamente; en este sentido, ella se sentía inferior por su falta de experiencia en ese tipo de eventos, por lo cual se limitaba a grabar las voces. Había preparado unas preguntas, pero debido a que nunca cubrió actos en los que participaran políticos, se sentía torpe y con pocas luces. Asimismo, se dio cuenta de que muchas interrogantes ya las habían hecho los colegas y, además, que en las respuestas obtenidas estaban respondidas dichas preguntas, por lo cual su labor ahí se redujo a escuchar y recolectar información; aunque también se le había encargado tomar fotografías.

Después de que se hubieran dispersado, anduvo por el resto del museo, en el que se exhibían elementos históricos como máquinas de escribir, ejemplares de diarios y otras publicaciones, imágenes de la evolución del trabajo –tanto en la gráfica como en la radio y en la televisión- y recuerdos de referentes, tales como fotografías, citas de sus libros y trabajos investigativos. La muchacha pensó que, visto así, era todo muy bonito. Se preguntó por qué tuvo que nacer en la era digital y no le tocó una época antigua, bella para hacer periodismo. Todos esos objetos y la labor de esas personas le causaban un efecto tal, que parecía tener recuerdos de esos hechos, remembranzas que no le pertenecían pero que tenían el poder de hacerle sentir nostalgia. ¡Qué locura! Si ni siquiera en su familia había alguien que se dedicara a la profesión antes que ella como para decir que le hacía recordar a su padre, su madre, sus abuelos, etcétera. “Al parecer, a veces, te toca un familiar con un trabajo poco común que te dice cómo tiene que ser el profesional de ese rubro y, a veces, te toca a vos ser ese familiar”, dijo en su interior.

Rebeca continuó caminando y al mirar los cuadros sobre la evolución del trabajo se acordó de sus primeras experiencias en Periociudad, “el único de la ciudad”, como era su frase distintiva desde los inicios. En específico, le trajo a la memoria la estampilla enmarcada del filatelista Miguel, a quien había entrevistado para la primera nota de su autoría publicada en el suplemento cultural. Un sello con la ilustración de un barco rectangular cubierto por olas, que para él representaba la determinación a pesar de los vaivenes de la vida. También rememoró el centro de jubilados y pensionados que visitó posteriormente, donde entendió que hay que ser curiosa, cuestionar, investigar y no dar todo por hecho. En tanto, ganó una gran amiga –Graciela, de su misma edad- tras el trabajo vinculado con la leyenda guaraní del hombre-luciérnaga.

Todo esto le condujo a reflexionar sobre los cambios que pueden provocar las publicaciones en la realidad y los contactos que se van obteniendo. En esta parte, sin querer, pensó en Arturo, un joven de 22 años que, a sus grandes ojos marrones, destacaba por la altura, el cabello y los ojos renegridos, a quien había conocido hacía una semana y dos días cuando fue al teatro comunitario con Graciela. Trabajaba en un estudio contable y participaba en el taller artístico dos veces por semana, desde hacía dos años, para superar la timidez. Ella lo había entrevistado sobre el tema y cuando se difundió la nota el domingo pasado, él le escribió por mensajería para decirle que le había gustado su forma de redactar.

Arturo:

Buenas tardes, Rebeca. ¿Cómo estás? Leí la nota de Periociudad Cultural y me dejó realmente sorprendido. Sos muy cuidadosa con las palabras y la lectura se disfruta un montón. Mis compañeros me transmitieron el agradecimiento por haberte interesado en la temática y por la difusión. Por cualquier cosa, no dudes en contactarnos, estaremos encantados de volver a hablar con vos.

Rebeca:

Hola, Arturo. Acabo de leer el mensaje. Me complace que les haya gustado el texto y espero que continúen con la labor. Les deseo el mayor de los éxitos y gracias a ustedes por su buena predisposición. Saludos a todos.

Arturo:

Serán dados : )

Rebeca:

: )

Arturo:

¿Hoy también trabajás?

Rebeca:

No, es mi día de franco.

Arturo:

¿Y qué hace una periodista genial en sus días libres?

De esta forma, avanzó la conversación, en la que hablaron de sus respectivos trabajos, sus estudios, sus gustos literarios y sobre lo que ocurría en la ciudad. Y antes de despedirse, Arturo le preguntó si podían ser amigos, recibiendo una respuesta positiva.

Ante la evocación, la joven sintió calor en el rostro y se apresuró a desvanecerlo colocando su cabello ondulado y castaño sobre el hombro izquierdo. Pensó que, “por suerte”, no se sonrojaba como Omar, el antiguo compañero de trabajo que era hijo de su jefa Valeria (de 50 años), ambos, pelirrojos. El joven treintañero que se prevalía de su posición para delegarle todos sus deberes y hacerla salir tarde de Periociudad porque ella nunca se quejaba hasta que dijo basta, lo descubrió frente a su madre y él terminó por dejar la empresa. Pensar en Omar ruborizado le causó una breve sonrisa a la muchacha que no acostumbraba a burlarse de los demás.

En el salón de eventos del lugar hubo charlas y se proyectó un mini documental sobre la historia del periodismo. Los expositores presentaron fragmentos de sus trabajos de investigación y opinaron sobre la tarea en cuestión. Mencionaron situaciones que, efectivamente, a ella también le habían ocurrido y fue entonces que conectó con la teoría que había aprendido en la facultad. Asimismo, dijeron cómo debía ser el periodista y el modo en que tenía que proceder. Y se comparó con ese modelo, en el cual le parecía no encajar. “Pero, ¿realmente hay un tipo especial de periodista?”, se interrogó.

Luego, introdujeron una breve pausa, en la cual la joven pensó que Periociudad siempre le llamó la atención desde que comenzó a estudiar la carrera. Martina, su tía materna, quien era licenciada en Letras y la crio tras el abandono de sus padres, era suscriptora, solo por la sección de Cultura. ¡Quién iba a pensar que luego, la moza terminaría trabajando allí! “Cuando elegí Periodismo, lo hice porque siempre me gustó escribir aunque no sabía bien qué hacer con eso. Pero mi idea siempre fue que mi redacción fuera de utilidad de alguna forma.

En la facultad, es todo ideal. Luego, vas a los medios y te das cuenta de que pueden pasar cosas en cualquier momento, debés mentalizarte para eso. De hecho, todavía me cuesta adaptarme a los imprevistos. Supongo que hay que valorar la teoría, que te otorga guías para actuar en esas situaciones”, caviló. Al principio, Rebeca anuló su propio yo para afrontar el estudio y las prácticas, y así actuó siempre. En su casa había entrenado para eso: la forma fría en que la trataba su tía, que no mostraba emoción alguna ante sus logros, ya fueran académicos o de otro tipo, le hizo ver que jamás había que darle importancia a semejantes cosas, que había que cumplir con las tareas, que eso era lo que correspondía hacer.

Pero en Periociudad aprendió que hay que tener cuidado con eso. “No vayas a convertirte en un robot sin sentimientos, tal como me veía Omar, que usó eso para su ventaja”, pensó. Ella sabía que el periodismo, en sí, no tenía horarios, que “las cosas no te van a pedir permiso para pasar y vos tenés que prepararte para eso. Pero una cosa es eso y otra olvidar que, ante todo, somos seres humanos”.

El jueves al anochecer, su teléfono celular recibió otro mensaje de Arturo. Así fueron los días pasados, en los cuales los textos del joven eran variantes de “Buenas noches, Rebeca. Espero que hayas tenido una gran jornada” y ella no respondía siempre porque llegaba a su casa con los ojos cansados de las pantallas. A veces, solo echaba un vistazo rápido a la aplicación de mensajería, lo cual bastaba para generarle sonrisas genuinas. Y le contestaba recién a la mañana siguiente, para luego sumergirse nuevamente en la rutina laboral que le hacía olvidar todo. Ese jueves, el mensaje incluía: “El domingo habrá otra obra del grupo y pensé en invitarte a verla. ¿Querrías que nos encontremos en el teatro cerca de las 18:00?”. Ella se llenó de incertidumbre, su mente empezó a poner mil excusas para no ir, hasta que le contestó: “Sí, me encantaría” y él respondió a los pocos segundos: “¡Perfecto! Nos vemos, entonces”.

El domingo, cerca de las 13:30, Graciela pasó a visitarla y se quedaron varias horas charlando.

—¿Cómo va el trabajo? —le preguntó a Rebeca.

—Bien, supongo. Muy tranquilo desde que se fue Omar, al menos por ahora. Por supuesto que surgen imprevistos, pero los vamos solucionando. Aunque el suplemento cultural ya no sería semanal, sino que saldría cada dos semanas. Al parecer es porque hay problemas económicos, pero son rumores.

—Bueno, hay que ver el lado positivo: ese pseudoperiodista no te molestará más y tendrás más tiempo para descansar —dijo Graciela mientras se recogía los copiosos rulos marrones en una cola de caballo. —Aunque es hijo de Valeria, yo no estaría tan segura de que no volverá a la empresa.

—Es que el cambio implicaría recortes. Además,  puede ser que empiecen por ahí y sigan por otras secciones. Justo que ya me estaba acostumbrando al periodismo.

—No te preocupes, si Valeria prefirió castigar a su hijo que hacerte a un lado, no te van a echar. Y eso es porque sos un gran recurso. En última instancia, si te echaran, sería justamente por motivos económicos, pero no creo que pase eso: Periociudad es un medio tradicional, todos sabemos que superó muchas crisis. Además, supongo que hay un mundo de posibilidades en cuanto a lo laboral. De hecho, ese día que me llamaste por teléfono, me habías dicho que querías dejar de trabajar ahí. Por supuesto que estabas muy mal por lo de tus hermanos, quizá fue por eso. Pero pensaste en otras opciones —Graciela se refería a que hacía varios días, Rebeca intentó contactarse por redes sociales con sus dos hermanos mayores para conocerlos, pero estos no le mostraron interés. En esa oportunidad, cuando ella volvió a su casa del trabajo, no aguantó el desconsuelo y la llamó por la madrugada para desahogarse.

—Sí, te dije eso porque… Es que hacía años que no lloraba y tenía la idea errónea de que un periodista debía aguantar todo, debía ser de acero. Por eso, antes de entrar a Periociudad, había veces en que no me consideraba apta para hacer periodismo porque ocurrían imprevistos y hechos sumamente negativos, y yo no sentía fuerza para lidiar con todo. Por eso no permanecía mucho tiempo en otros medios: renunciaba a cada trabajo y buscaba otro en el que creía que no ocurriría lo mismo. Periociudad era mi último intento por encajar, así me lo había impuesto, por lo cual me propuse permanecer la mayor cantidad de tiempo posible allí. Cuando llegué y a medida que pasaban las semanas y los trabajos, sobre todo relacionados con el suplemento cultural, aprendí muchas cosas y vi bondad y esperanza en las personas. Y me di cuenta de que eso debía alimentar mi trabajo, además de las felicitaciones, por supuesto. (¿A quién no le gusta que le feliciten? Pues a mí siempre me gustó, pero para saber que lo que yo hacía era útil a los demás).

—Es admirable que, después de todo lo que pasaste, veas lo positivo de las personas.

—Creo que es más admirable lo que se aprende de las personas en esta profesión, de cómo eso les motiva a seguir adelante o a ayudar a otros. Como lo hiciste vos, por ejemplo, con la investigación del Isondú. Se evitó la tala indiscriminada en tu barrio y eso fue porque te preocupaste y decidiste hacer algo al respecto. En resumen, al ver todo eso, decidí seguir la carrera, continuar aprendiendo de la gente.

Graciela le sonrió, emocionada.

—Lo logré con tu ayuda. Desde entonces, somos amigas. Pero bueno, lo económico es importante también. Y tu salud integral. No te olvides de pensar en vos, aunque debo decir que, desde que te conocí, cambiaste bastante. En concreto, a partir de lo que pasó con lo de tus hermanos. Dicho sea de paso, ¿supiste algo más?

—No creo que vuelva a saber de ellos. La verdad es que su indiferencia fue dolorosa. Y, si me pongo a pensar en eso, vuelve a doler. Creo que eso no va a cambiar. Sin embargo, me sirvió para cerrar esa parte de mi vida.

“Así es, Graciela. No todas las historias de abandono familiar terminan con padres que retornan arrepentidos o con hermanos desconocidos que de pronto se hacen amigos tuyos. Y hay que aprender a vivir con eso.

—Pero es tu familia y sos muy joven. Creo que, más adelante, alguno de ellos se podría poner en contacto con vos.

—Puede ser, pero no quiero enfocarme en eso. Además, sí tengo familia: mi tía. A su manera, ella siempre procuró por mi bienestar y yo no puedo ser desagradecida.

—Claro. Pero no olvides que tu tía te contó una versión de la historia. Ellos deben tener la suya. ¿Antes de que ella se mudara al extranjero, dejó documentaciones de tu nacimiento? ¿Tenés fotos de tus abuelos y tus padres? ¿Viven tus abuelos, tenés otros tíos y primos a quienes consultar? Así podrías ir reconstruyendo tu historia, por supuesto, cuando estés preparada.

 A Rebeca le asombró la ocurrencia de su amiga. Calló unos minutos y luego, dijo:

—Hablaste como periodista.

—Dejé la carrera pero hay cosas que no olvido. En fin. Por cómo sigue la economía, hasta voy a tener que dejar Letras. Necesito un trabajo de medio tiempo, pero lo único que se consigue en esta ciudad es a tiempo completo.

—¿De verdad? —Rebeca se quedó pensativa. —Quizá te pueda ayudar con eso. Sin presiones. —Se levantó del sillón y se dirigió al pasillo. —¿Podrías venir?

Graciela la siguió hasta un local comercial que lucía limpio y ordenado.

—¿Tenías una librería? ¡No me había dado cuenta!

—Era de mi tía. Ella ya no quiere saber nada de ventas. Siempre me dice por teléfono o por cartas que es muy feliz con su nuevo trabajo, que al fin la valoran “como es debido”.

—¡Adoro las librerías!

—Como toda estudiante de Letras que se precie, diría la tía —citó Rebeca y ambas rieron. —Se me ocurre, si no te parece descabellado, que trabajes aquí. Podemos ajustar los horarios a tus estudios, al menos hasta que consigas un trabajo mejor o hasta que decidas no venir más. Podrías atender y yo te ayudaría de vez en cuando. Si fuera necesario, conseguiríamos a otra persona que también trabaje aquí. Lo bueno es que hasta hace poco más de dos meses teníamos clientes fijos. De más está decir que las ganancias serían tuyas.

—Me parece demasiado, no quiero aprovecharme.

—¿Aprovecharte? Si ganarías con tu propio trabajo. Además, ¿qué otro destino le podría dar a la mercadería? Las polillas acechan.

—¡Gracias! ¡Me salvaste las papas! —se conmovió Graciela y la abrazó fuertemente.

Luego, se separaron, y la primera comenzó a recorrer y mirar el local, planificando mentalmente las actividades que harían falta realizar para trabajar allí. Cuando volvió la vista a Rebeca para hablarle al respecto, la sorprendió leyendo el teléfono celular. Los grandes ojos marrones le brillaban, tanto así que se le formaron dos halos dorados que adornaban sus irises pardos.

La explicación era que Arturo le había enviado un mensaje que decía: “Te espero esta tarde”.

—¿Pasó algo? —le preguntó Graciela.

—Nada, todo bien —Rebeca salió de su ensimismamiento.

—Te pusiste colorada.

Los espectadores ingresaban al teatro comunitario desde la puerta ubicada al costado derecho de los asientos. Rebeca, que había arribado minutos antes, los observaba desde allí, hasta que sintió que alguien le tocó el hombro izquierdo y la llamó por el nombre. Era Arturo, que luego se sentó a su lado.

—¡Viniste! — dijo, regocijado.

—Hola, sí —le contestó, torpemente, intimidada porque el joven estaba demasiado cerca.

Arturo puso la mano sobre la de ella y se aproximó todavía más para besarle delicadamente la mejilla. Rápidamente, ambos miraron hacia otro lado con un poco de vergüenza, pero él no soltó su mano. Permanecieron de esa forma durante varios segundos, hasta que el mozo volvió a mirarla.

—Tengo que ir con mis compañeros, en unos minutos empezamos la función —le dijo y luego le invitó a la cena que habría tras la obra, pensada como agradecimiento por el constante apoyo del público.

Debido a los nervios, inicialmente, la chica no podía probar bocado y el joven apenas lo hacía. El silencio entre ambos tampoco contribuía a la calma. Hasta que ella le comentó que en el escenario parecía otra persona y, entonces, comenzaron a hablar entusiasmadamente de la actuación, de las obras originales del mencionado teatro, de quiénes las escribían y por qué. De esta forma, actor y redactora se enfrascaron en una extensa conversación que abarcaba todo lo ocurrido en la semana y lo que vendría en la próxima.

El contacto creció así durante unos meses a pesar del escaso tiempo libre con el que ambos contaban. Al principio, Rebeca contestaba brevemente los mensajes de Arturo, así que él decidió llamarle cada tanto y, a veces, también se veían los fines de semana. Pasado ese tiempo, el vínculo, influenciado por un frecuente intercambio de palabras, se convirtió en noviazgo.

La librería empezó a atender al público por las mañanas, de modo que Graciela se abocaba a los estudios por las tardes. Casi sin dificultad, la joven aprendió a dominar lo relacionado con las ventas, y los clientes enseguida le tomaron cariño debido a la gran afición que mostraba por los libros, además de su amabilidad y simpatía.

En Periociudad, los rumores se transformaron en una realidad cuando disminuyó la frecuencia de circulación del suplemento cultural a dos ejemplares por mes, lo cual preocupó a Rebeca pero, a su vez, eso le dejó más tiempo para ayudar a su amiga en la librería. Por otro lado, en la redacción ingresó una pasante para ocupar el lugar de Omar. Valeria solicitó a Rebeca que la supervisara cada cierto tiempo, tarea que ella cumplía gustosa y que permitió a ambas jóvenes avanzar como profesionales de la comunicación. En una oportunidad, Valeria buscaba algo en un cajón del escritorio de su oficina y halló el currículum vitae que le había dejado Rebeca cuando era aspirante al puesto de periodista. Lo observó unos instantes y pensó, con orgullo: “Cuánto creció la sonrisita de robot”.

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