TANATOS 12

CAPÍTULO 1

Sentía que el proceso de autodestrucción se había culminado. Que había hecho lo posible y lo imposible, durante meses, paso a paso, para destrozarlo todo. La culpa, que en ocasiones creí justa y socorrida compartir con María, la vivía en aquel preciso instante como exclusivamente propia.

Me metí en la ducha como si el agua descendiendo por mi cuerpo pudiera lavar y arramplar con mis maquinaciones y también con mi traición con Begoña; me sentía sucio y único responsable.

Sin embargo, aquel sentimiento de culpa extremo no duraría demasiado, al menos no en su forma más inalienable.

Con un desagradable agujero en el estómago y un punzante dolor en la sien era consciente de que faltaba una sensación más, pero no aparecía; faltaba esa opresión en el pecho por lo ocurrido, por lo visto en aquel aparcamiento y por el destrozo de aquella ruptura: escisión bilateral, más por falta de respuestas que expresa, que se acababa de producir por teléfono.

Y, de nuevo, como tantas y tantas veces durante los últimos meses, salió de mi mente, pero esta vez hasta pronunciado en voz baja, con un timbre que me sonó casi siniestro… una frase que era a la vez mi entierro y mi catarsis… Sí, se oyó bajo el resonante sonido de la ducha un “… y es que no me arrepiento…”

Culpa sin arrepentimiento. Querer ver a María entregada a la vez que morir de celos. Pensar que era el final y a la vez pensar que eso era imposible.

Siempre había pensado que era inherente a mí rehuir el conflicto, hasta que un día descubrí el matiz más preciso, el de la confrontación. Me había atrevido a llamar a María por teléfono, quizás envalentonado por haberlo hecho con Begoña, pero no me veía capaz de recibirla, ni ese día ni el siguiente, en nuestra casa, recién follada múltiples veces, por Edu, y quizás por Carlos, de uno en uno o a la vez… No me veía capaz, además, con una ruptura sobre la mesa.

Era la hora de mi retirada. Indefinida. Busqué hoteles y después apartamentos. Comí algo e intenté no pensar en nada. Y recordé que el bolso de María, con sus llaves, seguía en el coche. El coche… Edu sentado a mi lado, su olor… su intimidación… su envidiable confianza… Seguramente ya sabía mientras jugaba conmigo, con aquellos silencios exasperantes, que se la iba a follar aquella misma noche.

Aun sin cerrar los ojos vi en un destello el momento en el que Edu la penetraba… y ella, sumisa, a cuatro patas, con las rodillas y las manos sobre el barro, le recibía con falsa entereza. Su pollón entrando en su coño hambriento… Y… la cara de María. Siempre era su gesto, su mirada llorosa, de tensión, de decepción consigo misma, y a la vez agradecimiento, lo que era aún más sexual que la propia y cruda penetración… Como si la follada estuviera más en su mente, en su deseo y en su culpa por entregarse así, que en su propio cuerpo.

Un destello y me excité. Un resplandor que me exoneraba de aquella culpa inalienable, alzándola a compartida, pues aquella entrega, suya, había sido tan colosal que desvelaba un deseo soterrado del que yo no me sentía responsable.

Otro destello me llevó a Carlos eyaculando sobre su cara, y mi imaginación quiso volar a cuántas veces podría haberse repetido aquello esa noche y esa mañana… Mi mente dibujaba lo que podía estarse produciendo en aquel preciso instante en el que yo buscaba apartamento en nuestro salón… y tomé la decisión de parar, de no imaginar más, de dejar de darle combustible a mi miembro que palpitaba ya duro, y a mi mente que ni yo mismo podía descifrar.

Reservé una estancia para una semana, aunque sabía que sería más duradera. Bajé al coche, dejé el bolso en casa y llevé las llaves de María a un restaurante cercano. Cogí el teléfono móvil, y, sin detenerme a mirar lo último escrito, le indiqué de forma escueta y seca donde podía encontrar sus llaves.

No esperaba respuesta. Y no la hubo.

Hice la maleta y no sentí pena al irme. Seguía sin creerme que ella hubiera dejado de quererme y pensaba que todo lo demás era superable. Curiosamente lo sucedido con Begoña era lo que me parecía más peligroso y a la vez lo que me había alzado el ego y puesto en valor hasta el punto de tener una extraña confianza. Sabía que aquella sensación quizás no tuviera demasiado sentido pero la sentía así.

Begoña. Recordé que no me había escrito y lo vi lógico. Por un lado pensaba que quizás hubiera cumplido su objetivo, el de apartarme de María, y quizás ya no tuviéramos más trato. Por otro dudé hasta de que Edu estuviera al corriente de todo. Y en último término me casi convencí de que ella era ajena a todo lo capcioso de nuestro triángulo, y de que yo le atraía lo justo y suficiente como para que hubiera pasado lo que había pasado. Seguramente tan justo y suficiente como para no repetirlo.

Me instalé en un apartamento, cerca de mi trabajo, esa tarde. Era espacioso y la luz entraba con la fuerza propia de un recién estrenado mes de junio. Y, cuando cerré la puerta, sentí todo el vacío que no había sentido durante todas las horas anteriores. Y sentí, de una forma increíblemente intensa, vértigo.

Y, como absolutamente siempre, plenamente en las manos de María.

Pero esta vez había algo diferente y consistía en que quizás pudiera volver a salvarme a mí y a nuestra relación, pero de hacerlo estaría renunciando a salvarse a ella misma.

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