DEVA NANDINY

Clara permanecía frente al espejo probándose vestidos, quería encontrar el adecuado que le permitieran lucir su cuerpo con todo su esplendor y sensualidad. Su padre le había dicho que anhelaba observar como otros hombres la deseaban, en especial su mejor amigo Víctor. «Quiero que me hagas sentir orgulloso», y Clara, lo último que pretendía, era decepcionar a su padre.

«Me aplasta el pecho», reflexionó sacándose un vestido negro que acaba de probarse. De repente, escuchó como se abría la puerta de su dormitorio. Ella iba a gritar que estaba desnuda, pero no le dio tiempo. Odiaba que entraran a su cuarto sin avisar, ya no era una niña y necesitaba tener su propio espacio. Entonces vio a su padre con una sonrisa en los labios. «Está muy guapo», pensó cuando lo vio con uno de sus trajes veraniegos.

—¿Qué hace mi princesita? —preguntó acercándose hasta ella.

—No sé cuál de ellos ponerme —indicó Clara con tono exasperado, señalando el montón de ropa que se amontonaba sobre de su cama—. Con ninguno de ellos me veo bien —añadió, sintiendo la mano de su padre posada sobre sus glúteos.

—Podías bajar así, únicamente con el tanga puesto, de ese modo todos podrían admirar el precioso culo que tiene mi niña. Estás maravillosa —indicó sobándola—. Estoy seguro de que con cualquiera de ellos estarás preciosa —comentó, acercando su boca a la de su hija.

Ella abrió los labios y advirtió la humedad de la lengua de David, rozando la suya.

—¿Dónde está mamá? —preguntó la chica, cuando su padre liberó su boca. Un tanto extrañada, pues cuando su madre estaba en casa, él se comportaba de modo frío y distante con ella.

—Estaba esperando a que entrara en la ducha para venir a verte. Deseaba estar a solas unos minutos antes de la fiesta, con mi princesita. ¿Vas a hacer que me sienta orgulloso de ti esta noche?

—Lo voy a intentar, papá. Te lo prometo —respondió, sintiendo de nuevo los labios de su padre sobre los suyos.

—¿De quién eres? —preguntó él, sin apartar su boca de la de ella.

—Tuya. Únicamente tuya, papá —respondió al instante, sintiendo como su sexo comenzaba a humedecerse.

—¿Vas a ser obediente? —Interpeló, palpando con fuerza las redondas y gordas nalgas de la chica.

—¡Ay! —Exclamó ella ambiguamente, entre el placer y el dolor— ¡Pero qué bruto eres, papá! Ya sabes que siempre hago lo que tú quieres.

—Ah, ¿sí? ¿Siempre vas a ser así de servicial y complaciente con papá? —preguntó, sacando la estrecha cita de tela del tanga, de entre sus nalgas.

—Por supuesto —respondió ella cada vez más excitada— Ya sabes cuanto te quiero

—¿Qué harías, si te dijera que quiero follarte?

Ella dudó un instante, disfrutando enormemente de ese momento.

—Abrirme de piernas para ti. Lo haría cada vez que me lo pidieras.

—Eres una puta —expresó él, subiendo el tono de tal forma, que sonó como algo peyorativo—. Quiero que lo repitas.

—Soy una puta, papá.

Entonces él volvió a besarla, esta vez de forma más tierna que apasionada. Luego se separó de ella.

—Tu madre debe de estar al salir de la ducha —comentó encaminándose hasta la puerta sin dejar de admirar el rollizo y redondo cuerpo de hija—. Ponte un buen escote, en el que puedas lucir esas hermosas y grandes tetas que tienes —añadió, abandonando la estancia y dejándola enormemente excitada.

Clara no entendía qué es lo que le pasaba con su padre. Ella siempre había mostrado un fuerte carácter. Aunque, a decir verdad, desde pequeña se había mostrado como una niña responsable y obediente. Se preguntó, desde cuando había sentido esa necesidad de complacer a su padre, se trataba de una insana imposición hacia sí misma, por complacerlo en todo y notar en los ojos de su progenitor, su constante aprobación.

Se quitó el diminuto tanga y lo arrojó al suelo, estaba totalmente empapado. En una hora comenzarían a llegar los primeros invitados, seguramente los más cercanos a la familia, entre los que estaría Víctor, el mejor amigo de su padre. El hombre que ella tendría que tratar de seducir o, por lo menos, intentar excitar aquella noche.

Pese a que acababa de cumplir la mayoría de edad, Clara sabía que tenía que hacer para conseguir llamar la atención de un hombre, aunque no estaba acostumbrada a coquetear hombres maduros. Su padre le había dado la clave: «Tengo que sobresaltar y lucir mis pechos», pensó palpándoselos.

Siempre había tenido complejo de tenerlos excesivamente grandes, hubiera deseado tener un par de tallas menos. Siendo adolescente, había comenzado a desarrollarse más deprisa que el resto de chicas de su clase, cuando aún muchas de sus amigas lucían unos senos pequeños, casi imperceptibles, ella se veía obligada a usar sostén.

Pero por primera vez estaba contenta y orgullosa de sus tetas, sin duda eran el arma que precisaba para llamar la atención de Víctor. «Conseguiré que papá esté contento conmigo» Expresó para sí, tocándose frente al espejo.

Carmen cogió el corto vestido que había comprado con Víctor esa misma tarde. A ella le había encantado salir de compras con él, y más teniendo en cuenta, el morbo añadido de que Víctor le hiciera probar varios vestidos. Vestirse y desnudarse ante la atenta mirada de su amante, había sido enormemente gratificante para ella. Carmen pensó, que él acabaría follándosela en el probador de la última tienda, justo donde habían adquirido el vestido que luciría esa noche en la fiesta de cumpleaños de su esposo. A ella le hubiera encantado sentirse forzada a apoyarse frente al espejo, deseaba a cada momento abrir sus piernas para él.

Hacerlo en un probador siempre había sido una de sus fantasías cuando se masturbaba en la soledad de su dormitorio. Sin embargo, Víctor se limitó en mirar a Carmen de arriba abajo con el corto vestido color burdeos puesto.

—¡Víctor! Este no es apropiado. Es demasiado corto para una cena —explicó ella intentando ajustarse un poco al protocolo. No puedo ir así vestida, David se va a escandalizar —protestó, imaginándose la cara de desaprobación de su marido.

—Quítate el sostén. ¿Quiero ver como te queda sin él?

—¡Eso sí que no! —exclamó temerosa de que le pidiera ir de ese modo. Sin embargo, obedeció al instante. Desabrochándoselo por la espalda, lo sacó por la el escote. Sus grandes pechos cayeron a plomo libres y orgullosos.

—¡Preciosa! —la piropeó Víctor— Ahora sí me dan ganas de follarte.

Varias horas más tarde, en la intimidad de su dormitorio, Carmen se miraba al espejo con mirada inquisidora. Sabía de sobra que no llevar sostén con aquel escote, haría que sus pechos se movieran dentro del vestido como dos enormes flanes. Intentó colocar sus pechos, subir el vestido… El roce del tejido sobre sus senos, hizo que sus pezones se mostraran duros y turgentes como dos pequeños garbanzos, indicando acusadores lo que había bajo la tela.

Ella siempre había sido una mujer muy elegante, totalmente contraria a llevar ese tipo de ordinarieces. La forma en la que su sátiro amante la incitaba a vestir, era totalmente contraria a ella.

Al final, dándose por vencida, miró la hora en el reloj de oro de su muñeca. «Las ocho y media», se dijo nerviosa, acercándose a su mesilla para coger un tanga de color negro. Carmen nunca había usado ese tipo de ropa interior, siempre había pensado que tenía que ser incómodo, eso de llevar un trozo de tela entre sus nalgas. Pero Víctor le había regalado uno en su segunda cita. Desde entonces, ella nunca había vuelto a usar bragas.

Después se sentó en la cama y se puso unos elegantes zapatos de tacón, que también estrenaba esa noche.

—¿Ya estás lista, cariño? —preguntó David asomándose a la puerta de su dormitorio.

—Sí, cielo. En un par de minutos habré acabado —dijo un tanto azorada, porque él notara su escandaloso escote.

—Bien, te espero abajo. Los primeros invitados deben de estar al llegar. Estás muy guapa —dijo sin apenas mirarla.

Carmen se quedó reflexionando un instante. Estaba segura de que si en esos momentos le preguntaran a su esposo por el color de su vestido, él no sabría ni responder.

Habían encargado la cena a una empresa de catering. El cumpleaños de David era todos los años más un acto social, que una celebración íntima o familiar. Además de algunos amigos, prácticamente casi todos los invitados eran de su círculo laboral. Los socios y trabajadores del bufete, algunos de los mejores clientes y un par de funcionarios del juzgado. Todos ellos, con sus parejas, reunía una lista de una treintena de personas.

David estaba muy nervioso, pero con el paso de los años había aprendido a disimularlo. En esos momentos echó de menos encender un cigarro, hacía años que tanto él como su esposa habían dejado el vicio, ignorando que Carmen fumaba a escondidas.

Los camareros del catering habían extendido las mesas y sillas a lo largo del jardín. Junto a dos grandes bafles, habían improvisado una pequeña pista de baile y una pequeña barra de bar.

Desde el encuentro con su hija, David permanecía excitado «Qué tetas tiene la niña», dijo para sí. Llevándose incontenidamente, en un feo y ordinario gesto, una de sus manos a la entrepierna. Aún estaba empalmando.

Entonces pensó en Rosa, su amante. «¿Con qué tipo de ropa acudiría a la cena?» Fantaseo imaginándosela. No había podido follársela desde hacía algunos días. Rubén, el molesto novio de la chica, estaba de vacaciones, y ella había pedido salir un poco antes por las tardes. No entendía que hacía una chica como Rosa, con un chico así… Si ella acudiera sola a la fiesta, él tendría ocasión de tener algún breve acercamiento con ella. «Aunque nada más fuera poder intercambiar un par de frases calientes, un roce, una cómplice mirada…».

En ese momento vio salir al jardín a Clara. Llevaba una corta minifalda negra y una ajustada camisa blanca que, abotonada, conseguía contener a duras penas sus grandes pechos. Se percibía claramente que la chica no estaba acostumbrada a caminar con tacones, doblando las rodillas más de lo habitual.

Ella se acercó sonriendo hasta su padre, David pudo comprobar, como uno de los camareros que estaban afanados en tener todo a punto, la miró deseoso el culo desde atrás. Sentir como otro hombre observaba de ese modo a su hija, lo hizo sentirse complacido y orgulloso de Clara.

—¿Te gusta, papá? —preguntó la muchacha, dando una vuelta de trescientos sesenta grados alrededor de su padre.

—¡Pareces una puta! Si no logras que Víctor quiera metértela así vestida, no lo hará nunca —. Expresó con rudeza.

Clara miró avergonzada al suelo, no se esperaba para nada unas palabras tan crueles por parte de su padre. Ella había obedecido, únicamente había tratado de complacerlo.

Estaba buscando que responderle, cuando la gobernanta del catering llamó a su padre para hacerle alguna consulta sobre la cena.

—¿Puedes venir un momento, David? Necesitamos saber si hay algún celiaco o alérgico alimenticio entre los invitados.

Justo en ese instante salió de la casa Carmen. Clara miró a su madre un tanto sorprendida. Nunca se la hubiera imaginado vestida de una forma tan atrevida. La encontró más guapa y joven que nunca. En un principio se alegró por ella, pero unos segundos más tarde sintió unos inapropiados celos. «Papá únicamente tendrá ojos para ella», murmuró para sí misma.

Quería a su madre, siempre había tenido mejor entendimiento con ella que con su padre. En realidad, Carmen se había ocupado siempre de todo cuando ella era pequeña, cuidándola cuando estaba enferma, la había acompañado al colegio, se había preocupado cuando necesitaba ropa, era la encargada de ir a reuniones para hablar con sus profesores… Pero ahora no podía evitar verla como a una rival, una competidora, una pertinaz adversaria con la que tenía que pugnar por la admiración de su padre…

—¡Qué guapa estás, mamá! —simuló sus pensamientos acercándose hasta ella.

Carmen la sonrió complacida, no estaba acostumbrada a que Clara se mostrara tan aduladora con ella. A veces, era una chica demasiado introvertida.

—Tú sí que estás preciosa. ¿No te ibas a poner el vestido negro? —preguntó extrañada, pues una hora antes Clara se lo había comentado.

—Me queda algo estrecho de pecho, debo de haber engordado —mintió Clara.

Carmen se quedó callada, sabía los problemas de peso y complejos que había tenido su hija desde pequeña. Desde niña, ella la había llevado a los mejores endocrinos y dietistas. Había sido un auténtico calvario para ambas, viviendo episodios de bulimia y anorexia En la actualidad Clara se encontraba bien, aunque para mucha gente tal vez le sobraran tres o cuatro kilos. Ella, por muy delgada que estuviera, nunca tendría el cuerpo esbelto de su amiga Marta.

—Así estás muy guapa. Mejor que con el vestido —intentó halagarla Carmen.

Cinco minutos más tarde, cruzaron directamente por la puerta del jardín los primeros invitados. Primero entró un matrimonio de avanzada edad que Clara no había visto en su vida, por lo que dedujo, que seguramente sería algún cliente del bufete de su padre. Madre e hija se mantenían expectantes, deseando ver cruzar la puerta de jardín a Víctor. Ignorando la una, las ansias de la otra.

Cuando Rosa entró agarrada de su novio, Carmen no pudo menos que sentir una especie de patada en el estómago. Conocía y toleraba la infidelidad de su esposo con la joven muchacha. Incluso en parte lo agradecía, de esa forma, ella no se sentía tan culpable por ser la amante del mejor amigo de su marido. Pero verla de frente, además en su propia casa y fingir que no pasaba nada, era demasiado hipócrita incluso para ella.

—Hola, Carmen. Me encanta el color de tu vestido, te queda muy bien —dijo con su dulce y melosa voz.

—Gracias, Rosa —respondió secamente sin devolverle el cumplido.

—Este es Rubén, mi novio. Vivimos juntos desde hace tres años.

«Bienvenido al club de los cornudos», pensó Carmen, antes de darle dos besos a cada uno, con una sonrisa que le costó mantener sujeta en el rostro.

El vestido de Rosa le pareció un vulgar trapo de mercadillo. Pero el frágil y esbelto cuerpo de la chica, hacía que cualquier cosa le sentara como un guante. Casi ni reparó en Rubén, él tan solo era un crío lleno de tatuajes que, al lado de su novia, resultaba casi invisible. «Está demasiado delgada, no tiene apenas pecho», pensó Carmen, comparándose con la muchacha a la que le sacaba veinte años.

—Hola, Clara. Me alegro de volver a verte —saludó Rosa, dirigiéndose ahora a su hija.

La chica se quedó pensando unos segundos, por un momento no la reconoció. Luego se dio cuenta de que era una de las secretarias del bufete de su padre. Únicamente la había visto un par de veces, y en ese momento no podía ni tan siquiera recordar su nombre.

Para David fue morboso ver a su hija hablando con su amante. No pudo menos que comparar físicamente a ambas, tan diferentes como la noche y el día. Rosa era alta y desgarbada, sobrepasaba en altura a muchos hombres. La chica no tenía demasiadas curvas, y en su apariencia modosa y tímida, para nada se podía intuir una personalidad totalmente dominante y perversa. En ese momento deseo a Rosa con todas sus fuerzas, se la imaginó encima de él, cabalgando como una auténtica amazona. Mientras se acercaban al centro del jardín, David miró con desdén al chico. Lo odiaba cuando iba a buscar a Rosa al bufete o cuando la veía hablar con él por teléfono. En su opinión, aquel niñato no merecía tener una hembra semejante como pareja.

Rubén observó a David y no pudo menos que sentir como su polla comenzaba a crecer casi de inmediato. Le gustaba ser el cornudo de la fiesta. Rosa le contaba cada uno de los encuentros que ella tenía con otros hombres, y él deseaba fervientemente a todos los amantes de su novia. David tan solo era uno más de esa larga lista, la única diferencia, era que además era su jefe.

—¿Has visto cómo me mira? Ni siquiera es capaz de disimular estando su esposa y su hija al lado. Solo piensa en follarme —comentó Rosa a su novio en un leve murmullo, mientras ambos se acercaban a felicitar y darle un regalo a David.

—Estás muy guapa —indicó David, intentando que sus palabras sonaran como un mero formalismo.

—Tú también lo estás —respondió ella dándole dos besos cerca de la comisura de los labios.

David se quedó cortado. Aunque sospechaba que Rubén, a pesar de los tatuajes y un aspecto de chulo de barrio, para estar con una arpía como Rosa, debería de ser bastante dócil y manejable. No le cabía duda sobre quien de los dos dominaba la pareja.

—Hola Rubén, me alegro de veros. Gracias por venir a mi fiesta —saludó, extendiéndole la mano sin demasiada contundencia.

—Felicidades, David. Rosa me ha dicho que es tu cumpleaños.

Mientras tanto, seguían desfilando incesantemente algunos de los invitados. Clara cada vez estaba más nerviosa esperando de un momento a otro la llegada de Víctor, que según tal y como era su costumbre, acudiría sin acompañante.

«¿Me gusta Víctor como hombre? O, ¿Únicamente hago esto por complacer a papá?», se preguntaba una y otra vez cada vez más inquieta. «Está claro que no me desagrada, es un hombre atractivo. Pero en realidad, nunca haría algo así, si papá no me lo hubiera pedido».

Justo en ese momento hizo su aparición Víctor. A Carmen casi le dio una taquicardia cuando lo vio con un elegante esmoquin. Inmediatamente, fantaseó en cuanto le hubiera gustado cogerlo de la mano y llevárselo hasta su dormitorio, a la vista de todo el mundo. «Es mi hombre», se repetía incesantemente.

—Estaba deseando verte —lo saludó anticipándose hasta la entrada.

—Tenías razón, el vestido no es apropiado para la cena de cumpleaños de tu esposo. Se te van a salir las tetas del escote —respondió socarronamente, dándole dos besos—. Solo verte de frente, ya se me ha puesto dura.

Ella sonrió satisfecha, le encantaba sentirse deseada por su amante. Estaba loca por él, no recordaba haber deseado nunca de esa forma tan salvaje y desenfrenada a David. Unos meses antes, Víctor le había preguntado qué haría ella, si un día le pidiera que dejara a su marido para irse con él

—Lo sabes de sobra… —Le respondió Carmen agachando la cabeza—. Haría cualquier cosa para poder estar contigo. Te amo.

Víctor sonrió, le encantaba tenerla tan sometida. Carmen siempre había sido una mujer muy cerebral, con mucho genio y carácter. Demasiado seria y racional para su gusto.

—Nunca te pediré que dejes a David —dijo empujándola contra la pared, al mismo tiempo que levantaba su falda desde atrás—. Creo que, si no estuvieras casada con él, no me daría tanto morbo follarte —Añadió arrancándole las bragas.

Desde entonces, Carmen tenía claro que lo único que sentía Víctor por ella, era tan solo eso. Un deseo morboso por poseerla. Al principio le dolió, ya que ella estaba locamente enamorada. Como a todo el mundo, a Carmen también le hubiera encantado sentirse correspondida, se moría por percibir algún tipo de sentimiento hacia ella. Pero al final terminó aceptando que tal vez eso sería lo mejor para todos. Únicamente serían amantes.

—Ha venido la puta esa… —Comentó Carmen, mientras ambos avanzaban por el jardín uniéndose al resto de invitados.

—Te refieres a Rosa —preguntó Víctor divertido—. No podía faltar, recuerda que es la novia de tu esposo. Reconozco que pese a estar tan delgada tiene su punto —reconoció mirando hasta ella.

Carmen lo miró con un gesto de reproche.

—Encima, la muy zorra tiene la desfachatez de presentarse con su novio.

—¿El chico ese de los tatuajes es su novio? —preguntó sorprendido.

Clara vio entonces a Víctor hablando con su madre y decidió acercarse hasta él. Sentía la necesidad de observar su cara cuando la viera. Por un momento pensó en esperar a que estuviera solo, pero su madre no se iba nunca y ella no pudo aguantar por más tiempo.

—Hola —saludó sonriendo.

—¡Clara! Estás preciosa —respondió Víctor, sujetándola por los hombros y dándole dos besos.

Madre e hija se miraron un instante, y sin comprender muy bien la razón, ambas sintieron de nuevo esa insana rivalidad que brotaba entre ellas.

—Carmen, ven un momento. Quiero presentarte a Don Alfredo, uno de nuestros mejores clientes —Intervino David, rápidamente al quite. Intentando dejar a Clara unos minutos a solas con su mejor amigo.

«Te adoro, papá», pensó en ese momento Clara sonriendo.

—Te noto diferente —comentó Víctor mirando directamente la desabotonada camisa de la chica—. Es como si en las pocas semanas que no nos hemos visto, hubieras cambiado.

—Ah, ¿sí? No sé, yo me veo como siempre —respondió haciéndose la ingenua.

Él no dudó en recorrer de arriba abajo el cuerpo de la joven. La encontró irresistiblemente hermosa.

—Supongo que ya tendrás novio. Seguro que los chicos de tu instituto, harán cola para intentar quedar contigo.

Clara lo miró, él no podía despegar sus ojos de su atrevido escote.

—He tenido novio, pero lo he dejado hace unos días.

—¿Y eso? ¿No te trataba bien? —Interpeló Víctor.

—No me interesan los chicos de mi edad, ya que son demasiado críos para mí. Me llaman más la atención, los hombres maduros.

—¿De verdad? —preguntó mirándola a la cara y descubriendo la morbosa sonrisa de ella—. No quiero que me malinterpretes, pero envidio al afortunado que pueda disfrutar de una chica como tú. Una lástima ser tan mayor para ti.

—Tampoco eres tan mayor… —Respondió ella al instante.

—Si no recuerdo mal, te saco más de veinte años. Eso es más del doble de la edad que tienes actualmente. Seguramente me verás como a un viejo.

—Para nada, yo te encuentro muy atractivo —se atrevió a decir sin poder aguantarle la mirada—. Ya te he dicho antes, que los muchachos de mi edad no me gustan. Prefiero estar con hombres más maduros

—Me halaga escucharte ¿Has estado alguna vez con un hombre de mi edad?

Clara dudó un instante, era cierto que relaciones sexuales completas únicamente había tenido con su exnovio Javi. Pero recordó las cosas que había hecho con su padre, que era justo de la misma edad que Víctor. Por lo tanto, no mentiría si respondía afirmativamente.

—Sí, me he besado con un hombre más o menos de tu edad.

—¿De verdad? —preguntó sorprendido— No me extraña, tienes unos labios preciosos.

—Gracias —respondió ella sonriendo aún con mayor intensidad

Entonces Víctor no se lo pensó dos veces, miró de frente y vio a David y a Carmen conversando distraídos con un hombre bastante mayor. Llevó un dedo hasta los labios de la joven, y comenzó a recorrerlos lenta y sensualmente. Ella entreabrió la boca, totalmente derretida por el contacto de ese dedo, lo besó y comenzó chuparlo sutilmente con la punta de la lengua.

—Sublime —expresó él, al mismo tiempo que sacaba con pesar el dedo de la boca de la joven, totalmente ensalivado, luego se lo llevó a la suya, intentando averiguar el sabor que tanto deseaba —Sabes de forma deliciosa. Besarte debe de ser toda una exquisitez —dijo al fin.

Víctor volvió a mirar su cuerpo con total descaro y detenimiento. «¿Sería capaz de follármela?», se preguntó dudando un instante. Conocía a Clara desde el mismo día en el que había nacido, para él siempre había sido como alguien de su propia familia. Le había hecho reglaos cada navidad, cada cumpleaños… habiendo estado presente siempre en todos los acontecimientos más importantes de la joven. Entonces miró a Carmen y se sintió profundamente culpable.

—¿Pasa algo? —preguntó un tanto confusa Clara, que percibió al instante como de repente Víctor, parecía arrepentirse y retrocedía ante ella.

—Lo siento. Tengo que ir a felicitar a tu padre —se excusó, alejándose de la chica.

Intentó así huir de la tentación, ya que la situación se estaba poniendo demasiado peligrosa. Clara había conseguido excitarlo, y eso le estaba llevando a decir y hacer cosas cada vez más atrevidas.

—¡Felicidades! Cada día estás más viejo —bromeó, Víctor dándole un abrazo a su amigo.

Carmen los miró, ellos eran amigos desde antes de que ella apareciera en sus vidas. Durante muchos años, a Carmen no le había hecho ninguna gracia esa estrecha relación de amistad que ambos mantenían. Víctor siempre le había parecido una mala influencia para su esposo. Pero con el tiempo, no le había quedado más remedio que irla aceptando.

—Te vi entrar, hace un rato. Me fijé que estabas hablando con Clarita —expresó David, empleando el diminutivo con el que a veces llamaba a su hija.

—Así es, la pobre está algo nerviosa porque en septiembre comienza la universidad —mintió—. Físicamente cada vez se parece más a ti —añadió, dirigiéndose a Carmen.

Ella no supo cómo debía de tomarse aquel comentario. Intuía que Víctor había observado a Clara por primera vez, más como a una mujer que como a esa niña que él había visto crecer. Por su parte, Víctor no podía quitarse de la cabeza la imagen de la morbosa sonrisa de Clara, la textura de sus labios, la candidez de sus palabras… Estaba excitado, la deseaba por encima de todas las cosas, incluso de Carmen.

La cena transcurrió con relativa calma. Después de los postres, David pronunció unas breves palabras agradeciendo a todos los invitados su asistencia. Un rato más tarde, algunos se fueron marchando, y de alguna forma, únicamente fueron quedando los más allegados a la familia. Carmen buscó obsesiva y constantemente la mirada y la complicidad de su amante, tal y como hacían siempre en este tipo de eventos. Sin embargo, era como si la cabeza de Víctor estuviera en otra parte. «Se había puesto aquel ridículo vestido de veinteañera para él, y ahora ni tan siquiera se dignaba a mirarla».

—¿Sabes que estás jugando con fuego? ¿Verdad?

Clara se quedó perpleja al escuchar tras ella la voz de Víctor. Ella se había acercado a la barra del improvisado bar, a pedir un refresco.

—Me gusta el riesgo —se atrevió a responder, un poco confusa. No entendiendo, en realidad, el significado de la pregunta.

—No soy un chico de tu instituto, al que puedas calentar como si tal cosa —expresó Víctor, directamente.

—¿Me estás reconociendo que te has puesto cachondo conmigo? —interpeló riéndose con descaro.

—Me gustaría besarte. Sé que no está bien… no eres más que una chiquilla. Pero desde que hace un rato estuvimos hablando, no logró sacarte de mis pensamientos.

—Te equivocas, no soy una chiquilla. ¿Es que acaso no lo ves? —Interpeló con un ligero contoneo de su cuerpo.

—Es muy arriesgado que tú y yo hablemos de estas cosas. Pero la verdad es que estoy loco por besar tus labios. Tu padre nunca me perdonaría si supiera lo que acabo de decirte.

Clara se rio para sus adentros, «Papá es el principal instigador para que yo me esté comportando como una auténtica zorra contigo», dijo para sí misma. Mirando de soslayo a su padre, que en esos momentos estaba hablando con la flacucha y sosa chica de contabilidad.

—¿Quieres besarme? —preguntó, mostrando la punta de su lengua entres sus labios.

La lujuria que desprendía la muchacha enloqueció aún más a Víctor, que automáticamente comenzó a experimentar una nueva erección.

—Eres perversa —respondió mirándola a los ojos— ¿Has besado a muchos chicos?

—Te aseguro que he hecho más cosas, además de besarlos —aseguró orgullosa— Ya te he contado antes que he tenido novio.

—Vaya… veo que has sabido aprovechar el tiempo. Me gustan las mujeres que pisan fuerte y hablan directamente, cogiendo a su paso lo que desean.

—No te lo volveré a preguntar ¿Quieres besarme?

Él la miró un tanto impresionado por el descaro y el desparpajo de Clara. Siempre había pensado que la chica había heredado el carácter prudente y juicioso de su madre, para nada se esperaba esa frescura.

«Clara es una de esas mujeres ardientes y peligrosas, que únicamente con un movimiento de pestañas, consiguen que un hombre se obsesione por ellas», reflexionó Víctor. «Ante esa apariencia inocente e ingenua, se escondía una auténtica arpía. Una niña insolente y caprichosa, capaz de poner su tranquilo mundo patas arriba. Pero, ¿quién podía ser capaz a negarse a probar un manjar delicioso?»

—Quiero probar tu boca —soltó al fin.

—Sígueme —dijo escuetamente Clara, encaminándose hasta la casa.

Víctor miró al resto de los invitados. Carmen hablaba distendidamente con la esposa de unos de los socios de su marido, mientras David, únicamente tenía ojos para su joven amante.

Con disimulo fue tras la joven, su corazón latía con fuerza, temeroso y asustado. Los andares inseguros y forzados de Clara, con los tacones, dejaba percibir que no era la mujer tan segura de sí misma, que intentaba aparentar. Sin embargo, el deseo por la chica era mucho más fuerte que todo lo demás.

Clara bordeó el edificio y se detuvo justo en la parte opuesta de la casa. Allí, el jardín era muy estrecho y todo estaba más oscuro. El bullicio de la fiesta tan solo se percibía como un lejano eco al fondo. Cuando llegó al lugar que ella pensó que sería el más discreto, se detuvo pegando su espalda contra la pared, deseosa de comprobar que Víctor seguía sus pasos como un fiel corderito.

Él caminaba unos metros por detrás, cuando llegó se detuvo frente a ella. Mirándola un instante, como si quisiera cerciorarse que aquella mujer tan deseable, era efectivamente Clara.

Entonces pegó sus labios a los de la chica y comenzó a besarla. Ella cerró los ojos en cuanto percibió la punta de la lengua de él, invadir en su boca. No pudo evitar fantasear con su padre incluso en esos momentos.

 «Víctor me está besando», dijo para sí, intentando volver a la realidad.

Él besó a la muchacha con una pasión inusitada. Como si quisiera llevarse la humedad y la descarada juventud de ella, como si tratara de robar su femenina esencia. Estaba nervioso, pensando que en cualquier momento podría aparecer Carmen tras ellos, alarmando a todo el mundo, gritando y maldiciéndolo. Víctor llevaba toda la noche sintiéndose acosado y perseguido por ella, allá donde miraba, se encontraba con los ojos de Carmen. Le había costado encontrar el valor y el momento para acercarse a la chica, algo que deseaba fervientemente desde que la había visto esa noche.

Iba a despegar sus labios de la venenosa boca de la muchacha, cuando sintió la mano de Clara palpando su entrepierna.

—¿Qué haces? —preguntó cada vez más asustado cuando sintió como la mano de ella bajaba la cremallera de su pantalón.

—Tranquilo —expresó ella introduciendo su mano dentro— ¿Te crees que es la primera polla que toco? —preguntó riéndose.

Entonces sorteó sus calzoncillos, y consiguió sacársela para fuera.

—¡Estás loca! — Exclamó cuando la mano de la chica comenzaba a masturbarlo.

—¿No te gusta? —preguntó sonriendo— La tienes muy dura.

Él no lo dudo y desabrochó con dificultad los botones de la ajustada camisa de ella, abriéndola completamente. Sus pechos salieron entonces desparramados hacia afuera.

—Estás tremendamente buena —aseguró comenzando a besar sus deseados senos.

—¿Te gustan mis tetitas? —preguntó ella sonriendo, sintiendo el aliento de Víctor en medio de ellas.

—¿Llamas a esto tetitas? —interpeló Víctor riendo.

—Dímelo —pidió ella.

—¿Qué es lo que quieras que te diga? —preguntó rozando de nuevo su boca con la suya.

—Qué quieres follártelas.

Entonces pensó en Carmen, en el montón de veces que había eyaculado sobre sus grandes pechos. Ahora su propia hija le pedía que hiciera lo mismo, la situación le dio morbo.

—Me encantaría meter mi polla entre tus enormes tetas y correrme sobre ellas.

Entonces Clara, sin dejar de mirar el desencajado y excitado rostro de él en la penumbra, soltó su verga, y empujándolo hacía un lado, comenzó abotonarse la camisa. Como dando a entender que el espectáculo había terminado.

—Dejaré que te corras en ellas. Pero ahora tengo que regresar a la fiesta. Papá y mamá deben de estar preguntándose donde estoy. Dijo emprendiendo el camino de regreso hacia la otra zona del jardín.

—¿Me vas a dejar así? —preguntó apuntando a su polla, que asomaba soezmente fuera de su pantalón.

—Puedes terminarte la paja tú mismo —respondió sonriendo.

—¿Cuándo? ¿Cuándo podremos vernos? —preguntó elevando el tono para que ella pudiera escucharlo, al tiempo que guardaba su empalmada polla dentro de la bragueta.

—Te avisaré —indicó Clara justo antes de doblar la esquina de la casa.

—Pero, ¿cómo? No tienes mi número de teléfono —declaró él, siendo consciente de que ella ya no podía escucharlo.

Clara se unió a la fiesta y buscó a sus padres. David estaba al lado de la barra hablando con uno de los socios del bufete. En cambio, no pudo ver donde estaba su madre. Pensó que tal vez estaría en el baño.

—Papá —dijo interrumpiendo la conversación que su padre mantenía con Emilio—. Me voy a mi habitación, estoy algo cansada. Díselo a mamá cuando la veas.

—Hola, Clara —saludó Emilio, mirándola sin disimulo de arriba abajo— Supongo que estarás aburrida con tanto vejestorio. Intuyo que, a tu edad, preferirás acudir a otro tipo de fiestas —intentó conversar.

Clara percibió como los ojos de Emilio recorrían su cuerpo, deteniéndose fijamente en el generoso escote que asomaba por la camisa. Sintió un profundo rechazo, le desagradaba profundamente Emilio. Le daba asco el modo en el que observaba a todas las mujeres, sus comentarios machistas y retrógrados. Su clasismo exacerbado, la forma de mirar a todo el mundo por encima de su hombro. Su enorme barriga saliente, varios palmos de la cintura; su desagradable y aguardentosa voz… Sin embargo, trató de disimular su desprecio. Sabía que a su padre le complacía, que la desearan, y estaba allí justo a su lado. Por lo tanto, simuló una de sus mejores y sensuales sonrisas.

—Para nada, lo que ocurre es que estoy agotada. Los chicos de mi edad me aburren con sus tonterías.

—Clara es una chica muy madura para su edad —terció David, mirando orgulloso a su pequeña—. Aunque me pese decirlo, tengo que reconocer que ya es toda una mujer. Ahora en cuando termine de hablar con Emilio, me paso por tu habitación a darte el beso de buenas noches.

La chica notó entonces un fuerte latido sobre su sexo. «Papá vendrá a mi dormitorio», Pesó Clara satisfecha, internándose en la casa.

Carmen vio llegar en ese momento a Víctor, llevaba un buen rato buscándolo nerviosa. Incluso durante unos segundos que no pudo distinguir a Rosa, pensó horrorizada que podrían estar juntos. Se imaginó a su amante follándose a la muchacha en uno de los baños. Le pareció extraño verlo doblar la esquina de la casa, sin duda venía de la zona más apartada del jardín.

Él la vio de frente, e inmediatamente se puso a buscar una excusa. Temía que Carmen hubiera visto también venir de esa parte del jardín a Clara. Sin duda, aquello había sido una locura, se había arriesgado más de la cuenta. Pero entonces recordó el exquisito sabor de los labios de la chica, y se convenció de que había merecido la pena. Deseaba volver a besarla, únicamente podía pensar en eso. Al llegar a la altura de Carmen sonrió de modo altanero y socarrón, tal y como acostumbraba. Aunque en el fondo, estaba muy nervioso a la vez que excitado.

—Me encontraba un poco mareado y decidí alejarme un poco del ruido de la música y de las conversaciones de la gente. Creo que el alcohol ya no me sienta tan bien como antes.

Ella aceptó su mentira, encontrándolo en ese instante el hombre más atractivo del mundo.

—Cariño, nunca te ha sentado bien. No me has mirado en toda la noche —se quejó ella simulando estar enfadada.

—Eso no es cierto. Se te ocurre un sitió donde podamos estar solos. —Indicó Víctor, necesitando aliviarse Aún podía sentir la mano de la chica tocando su verga.

Ella se quedó pensativa un momento, totalmente ilusionada por sentirse deseada por su cliente y seductor amante.

—Aquí en casa es imposible. Pero tal vez, si alegas haber bebido demasiado, yo podría acercarte a tu casa en mi coche. Ya sabes que yo no bebo, siempre he odiado el alcohol. David está tan ocupado con los invitados y con la zorra esa, que creo que nos daría tiempo para que me hicieras el amor en tu casa.

—Tu esposo dirá que lo más normal es que me coja un taxi, como hace todo el mundo.

—No si yo hablo yo antes con él, y le explico que estás empeñado en conducir y que te he convencido para llevarte yo a tu casa.

Víctor asintió con la cabeza, la idea no era mala y él deseaba correrse. «Si no podía estar con Clara, usaría a su madre».

David subió las escaleras de dos en dos. Deseaba hablar cuanto antes con su hija, y no quería dejar al puñado de invitados que aún permanecían dispersos por el jardín, demasiado tiempo solos.

No tocó la puerta y abrió el dormitorio de Clara. La chica estaba acostada mirando el móvil. Sin duda esperando la visita de su padre. Cuando lo vio sonrió sin ningún tipo de disimulo. Estaba solo con las braguitas puestas y totalmente destapada.

—¿Qué tal está mi princesita? —preguntó David, sentándose al borde de la cama y dándole un fugaz beso en los labios.

Ella sabía que no disponían de mucho tiempo, por lo tanto, fue directa al grano. Deseaba complacer a su padre

—Nos hemos besado y le he tocado la polla —soltó con una inocente sonrisa.

—¿De verdad? ¿Él te ha tocado?

—Me desabrochó la camisa y me besó las tetas. Tenía el pito muy duro, papá.

Él la beso de nuevo, esta vez de forma más apasionada y larga. Ella disfrutó de ese beso como si fuera el premio que llevara toda la noche esperando. Solamente por ese instante, se sintió recompensada por haberse dejado besar por Víctor.

—¿Estabas cachonda? —preguntó lamiendo los erguidos pezones de su hija.

—Sí, un poco. Pero ahora lo estoy mucho más, papá. La verdad es que estaba muy nerviosa.

—Tengo que irme, mis invitados me están esperando. ¿Te lo vas follas?

—Tú quieres que lo haga, ¿verdad? —Preguntó ella conociendo de sobra la respuesta.

—Sí, quiero que le entregues este coñito tan precioso que tienes —dijo bajando sus bragas de un fuerte tirón. Ella abrió las piernas y sintió los dedos de su padre recorriendo su vulva.

—¡Ah! —Exclamó retorciéndose de placer— Haré todo lo que tú quieras, papá.

Él asintió orgulloso de su obediente hija, y la recompensó introduciendo dos dedos en el interior de su húmeda y caliente vagina.

—Me la pone tremendamente dura, tener una hija tan puta. Pero tengo que irme —Dijo levantándose de la cama, abriendo la puerta del dormitorio.

—¡Papá! —Exclamó Clara para llamar su atención— Cuando puedas, me mandas un mensaje con el número de teléfono de Víctor —añadió sonriendo angelicalmente.

—Víctor acaba de irse, tu madre ha tenido que llevarlo a su casa. Había bebido más de la cuenta y estaba empeñado en conducir. Siempre ha sido un irresponsable. Hasta mañana, cariño. Que tengas dulces sueños —indicó David cerrando la puerta.

Clara se quedó un tanto sorprendida, para nada le había parecido que Víctor hubiera bebido demasiado.

Mientras tanto, Carmen conducía más rápido de lo habitual. Deseaba llegar a casa de su amante cuanto antes, tenían muy poco tiempo y Víctor vivía en un piso en cuya zona a veces era imposible encontrar aparcamiento. Él se pasó todo el trayecto manoseando sus muslos.

—¿Sabes lo que me daría morbo?

—Sorpréndeme —respondió Carmen, mirándolo unos segundos a la cara.

—Ir a un club de esos liberales. Ya sabes, esos de intercambio de parejas.

Ella se quedó en silencio, Víctor nunca dejaba de sorprenderla.

—Pero para ir a uno de esos lugares antes tendrías que echarte novia. Creo entender que se trata, precisamente de eso, de cederle tu pareja a otra persona, para que tú puedas estar con la otra parte.  

—Ya tengo compañera —alegó sonriendo—. Podrías acompañarme tú. Únicamente le tendrías que decir a tu marido, que has quedado para salir un sábado con tu amiga Elena. Sería divertido.

Carmen sintió unos profundos celos de que Víctor deseara estar con otra mujer, sin importarle en absoluto de que, a cambio, ella tendría que permitir que otro hombre la tocase. La idea le pareció totalmente aberrante e indecente.

—¿Tú te estás escuchando? Quieres que me deje follar por otro tío, para que tú puedas joder con otra. ¿Tan poco te importo? —imploró ella casi gritando.

—No tiene nada de malo. Además, tú siempre te quejas de que has tenido una vida demasiado tradicional y aburrida.

—Y según tú, para que mi vida resulte más divertida, tengo que abrirme de piernas para que tú puedas follarte a otras. Se lo preguntaré a mi marido, fijo que a él no le parecerá tan distendido como a ti —indicó cargada de ironía.

—¿No te apetece probar con otros? Un día me aseguraste que tan solo habías estado conmigo y con tu esposo.

Ella se quedó en silencio. No sabía que le dolía más, que a él no le importara que ella estuviera con otros hombres, o que deseara follarse a otras.

—¿Qué es lo que yo soy para ti? ¿Una puta que puedas intercambiar? —preguntó desbordada, casi a punto de echarse a llorar.

—Claro que me importas. Lo pasamos muy bien juntos. Nunca pensé que fueras tan cachonda —dijo palpando la tela de sus bragas—. Coge ese desvió de la derecha.

Ella obedeció sin dudarlo, sintiéndose ridícula como una quinceañera enamorada de su profesor.

—Pero yo te quiero —clamó sollozando—. Estoy loca por ti.

—Si me quisieras tanto como dices, confiarías más en mí y harías cualquier cosa para hacerme feliz. ¿Acaso no es eso el amor? ¿Hacer incondicionalmente cosas, para contentar a la otra parte? Tampoco he dicho que vayamos a follar con otras personas. Simplemente, podemos ir a tomar una copa como dos personas adultas. Sal por ese camino de ahí —indicó señalando con la mano.

—Está bien, si tantas ganas tienes de ir a un sitio de esos… Podríamos hablarlo. Pero te aseguro que no voy a follar con otros hombres. Tú puedes hacer lo que quieras… —Expresó Carmen, adentrándose en un camino de tierra, rodeado de altos pinos a ambos lados. Ella ni tan siquiera sabía dónde estaba.

—Detente ahí mismo —ordenó apuntando un pequeño claro a la derecha—. Ahora sal del coche —añadió cuando Carmen detuvo el motor.

—Hagámoslo aquí dentro. Fuera podría ser peligroso, esto está muy alejado y me da miedo.

—¿Es que vas a rebatirme cada cosa que te pida? Sal del coche —dijo endureciendo el tono de voz.

—Está bien, no te enfades, cariño. Solo digo, que fuera podría haber algún pirado observándonos.

—Lo sé —dijo mirándola directamente— He oído hablar de este sitio. Por lo visto por la noche vienen parejas, a las que les gusta sentirse observadas. Por lo tanto, el sitio está plagado de pajeros y mirones.

—Vayamos a tu casa, por favor —respondió ella muerta de miedo.

Él abrió la puerta y salió fuera. Era una de esas noches de verano plagada de estrellas, que iluminan en tonos plateados el monte, aportando alargadas sombras de las altas y abundantes coníferas. Resignadamente, Carmen abrió la puerta del coche e imitó a Víctor. Que la miraba impaciente.

—Quítate el vestido y ven. Voy a follarte contra el capó de tu coche.

—Vámonos, por favor. Tengo que volver a casa. Es tarde ya y David…—trató de convencerlo para escapar de aquel lugar cuanto antes.

—Si nos vamos ahora, te juro que no volveré a meterla nunca más. Quizás no seas el tipo de mujer que yo deseo como amante.

Ella lo miró «No podía perderlo, su vida dejaría de tener sentido», pensó mientras comenzaba a quitarse el vestido, arrojándolo dentro del coche.

—¿Estás contento? —preguntó irritada y temerosa— ¿Qué pretendes, que otros me vean desnuda?

—Ven, aquí Voy a follarte. Estás preciosa con esas sandalias de tacón y tu diminuto y casi imperceptible tanga.

Ella se acercó lentamente. El terreno era demasiado irregular para caminar con tacones. Deseaba a Víctor cada día más, sentía una enorme calentura en su sexo. Intentó besarlo, llevaba toda la noche deseando hacerlo. Pero él la esquivó, y de un rápido movimiento le dio la vuelta haciéndola girar.

—Ten cuidado —dijo ella sintiendo la excesiva agresividad de él—. Casi me caes —intentó protestar.

Entonces Víctor la empujó con determinación contra el vehículo, y ella sintió el calor del motor sobre sus grandes pechos, aplastados contra el capó del coche. Abrió las piernas. Olvidándose justo en ese instante, de que alguien podría estar observándolos.

Víctor agarró sus bragas, y se las bajó hasta los tobillos.

—Levanta un pie, voy a sacártelas —indicó poniéndose en cuclillas.

Carmen obedeció, doblando la rodilla, elevó un pie. Repitiendo a continuación el mismo gesto con el otro.

Víctor comprobó que estaban empapadas, y entonces las arrojó al suelo. Dejándolas abandonadas como una especie de fetiche, para alguno de los mirones que observaban escondidos entre las sombras. Vio acercarse a un hombre, iba vestido con un deslavado y desfasado chándal del Barcelona. «Las bragas ya tienen dueño». Pensó.

Entonces palpó su coño, acercando al mismo tiempo la punta de su polla a la entrada de su vagina. Ella permanecía expectante y deseosa de poder recibirlo. Echando el culo hacia atrás, para facilitarle ansiosa la operación. En ese momento, Víctor dio un fuerte golpe de cadera insertándosela hasta el fondo.

—¡Ah…! —chilló ella, escuchándose fuertemente el eco de su gemido a muchos metros de distancia.

Víctor comenzó a moverse dentro de ella, dándole fuertes empujones. Sus pechos rebotaban contra el brillante capó del coche, sonando como una especie de rítmica percusión.

—Mira a tu derecha —comentó él, murmurando cerca de su oído.

Ella obedeció, y descubrió a ese grotesco hombre que los miraba a dos metros de distancia. En ese momento, mientras Víctor la follaba, el salido mirón se agachaba a recoger sus bragas abandonadas en el suelo.

Carmen contemplaba la escena, estaba anonada de que algo tan bizarro y grotesco, pudiera excitarla. El desconocido del chándal olía descaradamente sus bragas, las besaba y las lamía, al tiempo que sacaba su polla y comenzaba a masturbarse.

—¡Ah! —Expresaba ella sin poder contenerse en cada una de las embestidas que Víctor le proporcionaba.

—¿Te gusta, puta? ¿Esto es lo que llevabas toda la noche buscando? ¿Tenías ganas de rabo? —preguntaba él, empleando todo tipo de improperios y palabras soeces.

—Sí, —chillaba enloquecida, dejándose llevar por su enorme calentura—. Me moría de ganas de que me follaras.

La intensidad con la que Víctor la penetraba la volvía completamente loca.

—¿Quieres que le dé permiso para que te toque? —interpeló, refiriéndose al desconocido que no dejaba de observar la escena, con sus bragas en una mano y la verga en la otra. Ella tardó en responder, en realidad no comprendía que es lo que le estaba preguntando su morboso amante—. ¿Quieres que te toque las tetas? —Víctor la agarró entonces fuertemente del pelo, y tiró de ella sin ninguna delicadeza hacia atrás, obligándola así a incorporarse del capó del coche, dejando sus frondosos pechos a la vista. Recibiendo y sintiendo la polla, a causa de la postura, aún con mayor intensidad.

Estaba concentrada, casi a punto de llegar al orgasmo. Justo en ese instante miró al desconocido, estaba a su lado. Observándola con detenimiento, esperando cualquier tipo de invitación para poder participar. Sin duda esa noche había tenido suerte.

Carmen lo miró espantada, imaginándose esas toscas manos, acariciando sus pechos, chupando sus pezones.

—¡No! —Bramó—. No me importa que mire, pero no quiero que me toque nadie más que tú, cariño. Me molesta, incluso cuando lo hace mi marido. Únicamente quiero ser tu hembra.

—Lo siento —se disculpó Víctor ante el intruso, alzando la voz—. Esta zorra nos ha salido muy refinada.

A Joseba no le importó demasiado. Lo que más le gustaba en este mundo era ver parejas haciendo sexo. La mayoría de las veces, se mantenía discreto junto al tronco de un árbol. Sin embargo, hoy había tenido suerte y había podido disfrutar estando muy cerca. Tan solo un par de días antes, una chica muy joven se la había chupado delante de su novio, a él y otro hombre de los que deambulaban como mirones por ese paraje. Pero normalmente se conformaba con masturbarse. Estaba casado y tenía dos hijos, nadie de su entorno jamás hubiera sospechado de su segunda vida. Su esposa no le atraía en absoluto, ya no despertaba en él, ningún tipo de interés. Habían sido demasiados años de mal sexo, sin duda se arrepentía de haber desperdiciado su juventud junto a ella. Pero a estas alturas de su vida, ya no había vuelta atrás, y ahora se conformaba con poder disfrutar de esos pequeños momentos de placer y morbo. A veces pasaban semanas, e incluso algunos meses, sin mantener relaciones con ella. Pero por encima de todo, aparentaban ser felices ante todo el mundo, eso era lo único que importaba, las apariencias.

Todo había empezado porque una vez había leído en Internet, que había un monte cercano a la ciudad donde acudían parejas para ser observadas por desconocidos. Desde entonces, no había podido quitárselo de la cabeza. La primera vez que se atrevió a subir, estaba lloviendo y pensó que no había nadie, únicamente quería conocer el lugar. Pero enseguida encontró a un hombre que le explicó más o menos como funcionaba aquello.

 —Los viernes y los sábados, es cuando más parejas vienen. Pero también cuando más competencia hay. A las parejas no les gusta sentirse acosadas, y a veces cuando somos demasiados, acaban marchándose.

Jamás podría olvidar la sensación de la primera vez. Fue una pareja de unos treinta años. Él estaba sentado en el asiento trasero, mientras ella cabalgaba completamente desnuda, sus pechos botaban en un loco vaivén desenfrenado. La mujer fue la primera en verlo, le sonrió y le dijo a su pareja algo que Joseba no pudo escuchar. A continuación, hizo un gesto con la mano invitándolo a que se acercara. Fue una de las mejores sensaciones en el terreno sexual, que él había experimentado nunca. Mientras montaba a su esposo, sacó una mano y acarició su polla, entonces comenzó a masturbarlo.

 Hacía muchos años que Joseba no se excitaba de esa forma. Sin duda, fue uno de los orgasmos más intensos de su vida. Desde ese día, acudía dos o tres noches por semana. Aunque alguna vez se marchaba decepcionado a casa, sin haber visto nada reseñable. Su esposa, mientras tanto, veía la televisión totalmente ajena a lo que él hacía. En realidad, pensaba que estaba con unos compañeros de trabajo jugando a las cartas.

Los gemidos de Carmen cada vez eran más seguidos. Respiraba con dificultad, y tenía el maquillaje totalmente corrido. Sudaba, mantenía el rostro colorado y contraído. Joseba pensó, que era una de esas señoras con clase.

—¡Me corro! ¡Me corro! ¡Dame, dame más, cariño! ¡Fóllame como tú sabes! —Chillaba incontenidamente. Sin dejar de observar como el desconocido, a tan solo un metro de distancia, aumentaba el ritmo de su muñeca. Ahora estaba tan cerca, que incluso podía distinguir su rostro. El hombre debería de tener unos sesenta años, calculó ella mentalmente.

Cuando cesó su brutal y largo orgasmo, se dejó caer a plomo sobre el capó del coche, era como si sus piernas no pudieran sostenerla

—Toma, puta. Toma mi leche —gritó Víctor, eyaculando en el interior del coño de su amante. Pensando que era Clara la que estaba allí totalmente entregada a él. «Voy a follarme a la golfa de tu hija», gritó para sí.

Cuando terminó de correrse y abandonó su vagina, ella vio alejarse al mirón. Llevaba sus bragas en la mano como si fueran un deseado premio. Joseba tenía ya la experiencia suficiente para saber que, una vez que se corrían, aquellas zorras volvían a la realidad como si despertaran de un húmedo sueño y la presencia de él, las incomodaba.

—Vámonos, por favor. Mi marido debe de estar preocupado —dijo sintiéndose de repente, la mujer más puta del mundo—. Estoy loca, esto tiene que acabar ya.

Víctor ni siquiera le contestó, se guardó la polla y se subió la bragueta. Sabía que Carmen tenía que flagelarse mentalmente durante un tiempo. Necesitaba hacerlo cuando aterrizaba de nuevo en la realidad. Era el peaje que ella pagaba por las infidelidades que le profesaba al cornudo de su esposo. Incluso alguna vez, la había visto llorar, arrepentida. Pero sabía que mañana, en cuanto David se marchara de casa, ella le mandaría un mensaje al móvil con una foto suya en actitud sexy y a veces pornográfica. Indicándole así, lo cachonda que estaba y cuanto lo echaba de menos.

Casi no quedaba nadie en la fiesta, mientras los camareros del catering, comenzaban apilar las sillas y las mesas, con la intención de pasar a recogerlas a la mañana siguiente a primera hora.

Rosa estaba sentada junto a su novio en una silla metálica de terraza, David permanecía de pies frente a ellos, con una copa en la mano conversando con la pareja. Rubén apenas hablaba, permaneciendo sentado al lado de su novia.

—Menos mal que mañana no hay que trabajar, lo más probable es que me levante con un horrible dolor de cabeza. Últimamente, las resacas cada vez son más fuertes.

Rosa río a carcajadas. Mientras separaba sus muslos, dejando que su jefe, pudiera contemplar el color de sus bragas.

David tuvo que contenerse, para disimular. Le hubiera encantado meter la cabeza entre sus piernas y comerle el coño. Le encanta hacerla correr de esa forma.

—Yo no suelo nunca tener resaca —respondió Rosa, dejando los muslos completamente separados. Pero cuando salgo de fiesta, a la mañana siguiente me levanto muy cachonda. ¿Verdad, cariño?

Rubén movió afirmativamente la cabeza, algo cortado.

—Por eso yo nunca bebo, luego me toca cumplir —intentó bromear sin ninguna gracia.

—Es hora de irnos, como siempre somos los últimos —terció ella, dándose cuenta de que no quedaba nadie.

—Voy un momento al baño y nos vamos —indicó Rubén, levantándose del asiento.

David esperó unos segundos a que el chico se alejara hasta la casa, era la oportunidad que llevaba buscando toda la noche.

—Me tienes muy cachondo. Te follaría aquí mismo —expresó cuando Rubén se había separado tan solo unos metros.

Ella, mirándolo fijamente, se bajó el pequeño tanga negro hasta las rodillas.

—Está empapado —aseguró con voz menos dulce a la acostumbrada— ¡Joder, que calentura llevo!

Entonces se levantó aún más el vestido, para que David pudiera verle el coño. Distinguiendo perfectamente su oscura y espesa mata de vello púbico.

—¡Joder, Rosa! ¡Cómo me pones! —exclamó David, tocándose el paquete por encima del pantalón.

—¿Te gusta mirar? Cabroncete. ¿Eres de esos tíos babosos que le gusta observar a otras y, en cambio, no soportan que otros hombres miren a sus mujeres?

—No soy celoso, no me importa que otros miren a Carmen o a mi hija —soltó esto último, arrepintiéndose en el acto de mezclar a su hija en aquella caliente conversación. Rosa, sin dejar de sonreír, no pudo evitar poner cara de extrañeza porque le hubiera nombrado a Clara. Nunca lo había hecho.

—Vi a tu hija cuando llegué a tu casa esta tarde. Sin duda es una chica preciosa.

—Es cierto —respondió David con orgullo paterno, que para nada hacía presagiar la auténtica relación que mantenía con la muchacha.

—Supongo, que tendrá un novio distinto cada semana. Recuerdo que yo a su edad hacía lo mismo.

—Salía con un chico, pero han roto la relación hace unos días. Ella es muy madura, dice que los muchachos de su edad, la aburren hablando siempre de lo mismo.

—Entiendo. A mí me ocurre igual —aseguró mirando socarronamente a David— Siempre es mucho más interesante follar con un viejo pervertido como tú.

—Yo no soy ningún viejo —expresó David continuando la chanza.

—Ya… pero seguro que deseas más probar el sabor de mi chochito, que el de tu perfecta y amada esposa. ¿Te comes su coño y su culo como haces conmigo? ¿Eres igual de cerdo con ella?

—Para Carmen el sexo no es importante. Se escandalizaría si pretendiera hacer con ella, las cosas que te hago a ti —respondió cada vez más caliente— Ni siquiera me dejaría meter un dedo en su culo.

—Creo que le caigo mal a tu mujer. A veces pienso, que desconfía que estamos liados.

—Te deseo, necesito que nos veamos esta semana con urgencia —alegó cambiando de tema.

Ella sonrió complacida. Entonces acercó una de sus manos hasta su sexo, e inmediatamente introdujo, muy lentamente, dos de sus dedos en el interior de su vagina.

—¡Ah! —exclamó al sentir como se abría su coño— ¡Qué bien me entran! —expresó, follándose con ellos y sacándolos unos segundos más tarde. Mostrándolos brillantes y mojados, debido a su enorme excitación.

—Eres maravillosa —comentó David, completamente embobado—. Eres mi reina, haría lo que fuera por ti. Si dejaras a tu novio, yo podría alquilar algo para ti, así podríamos vernos cada día.

—Chúpalos —indicó ella de modo autoritario, casi despótico. Mirando a David con cierto desprecio y desdén—. ¡Vamos cabrón, lámelos!

Él miró hacia atrás, comprobando que nadie estuviera observando y, sobre todo, que el cornudo novio de Rosa siguiera dentro de la casa.

Entonces se acercó a ella, y agachándose, chupó y saboreó aquellos pecaminosos dedos con verdadero deleite.

—Más, quiero más. Quiero que vuelvas hacerlo, por favor —rogó como un niño encaprichado con un juguete nuevo, cuando los dedos de Rosa perdieron el aroma y el sabor de su coño.

—Viene Rubén —advirtió ella para que se separara, al tiempo que se subía las bragas—. Estoy deseando llegar a casa para que me folle, estoy muy cachonda.

David sintió una oleada de celos que trató de disimular. Le parecía ridículo mostrarle a Rosa, que le molestaba el simple echo de imaginarse a Rubén encima de ella, fallándosela. No entendía por qué, ella estaba con ese chico.

—Eres una diosa —expresó él, bajando los ojos.

—Lo sé, cabroncete… Lo sé. ¿Pensarás en mí cuando folles dentro de un rato con tu engreída esposa?

A David no le molestó que volviera a nombrar a Carmen. Miró para atrás, observando como Rubén se acercaba a ellos.

—No creo que follemos, ella estará cansada. Pero te aseguro que me haré a una paja en el baño antes de acostarme.

—Así me gusta, cerdito.

Una hora más tarde, Carmen no podía conciliar el sueño. Estaba muy nerviosa y los ronquidos de su esposo aumentaban aún más su ansiedad. Era plenamente consciente de que estaba locamente enamorada de Víctor, como jamás lo había estado por su esposo. Sin embargo, lo que no llegaba a comprender, era la excitación y el morbo que sentía, cuando él la empujaba a hacer actos tan indecorosos, como el que había realizado un rato antes.

«¿Sabes lo que me daría morbo? Ir a un club de esos liberales, de intercambio de parejas», le había indicado él, como una especie de predicción sobre lo que le tocaría hacer, si quería seguir conservando el interés de su amante.

Entonces se imaginó a Víctor besándose con otra mujer. La sensación la desagradó por completo. Luego se imaginó a ella con otro hombre «No quiero hacerlo, no lo haré», trató de convencerse a sí misma, intentando inútilmente conciliar el sueño.

(CONTINUARÁ)

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