ISA HDEZ

Regresaba en mi vuelo desde Barcelona a Tenerife ensimismada en mis pensamientos, en solitario y con ganas de llegar, cuando oí una voz a mi lado, tenue, pero decidida a perturbar mi paz interior. No sabía bien ella que no me gustaba que me conversaran en el avión, necesitaba estar en mi mundo, conmigo a solas, pero insistió y, sin esperar siquiera mi aprobación comenzó a relatar sus pensamientos. No sé bien si me hablaba de sí misma o de alguna persona allegada. No suelo dar pie a que nadie me cuente su vida porque me sobrecarga de emoción y me lleva a compartir penas ajenas, y en este caso, de una desconocida. Una mujer joven aún, unos cincuenta años, morena con melena oscura lacia, ojos color miel y agraciada; su aspecto era serio, resuelto y hablaba en tono bajo y lineal, parecía una persona con estudios por cómo se expresaba, y bastante educada. Se sentía muy angustiada, ansiosa y sola, me decía. Casi no me daba opción a responderle y cuando paraba me pedía perdón por arruinar mi silencio. Su problema era el intentar quedar bien con la gente que más quería y recibir de ella comprensión, respeto y cariño. Venía dolida porque sus expectativas no habían sido lo que esperaba y siempre se tenía que callar para que reinará la paz y no ser ella, encima, la que provocara malestar, pero eso lo sufría callada para no tener que enfrentarse con sus respuestas y ello le generaba un estado ansioso que a veces le producía un dolor exacerbado que no podía disimular. Y, necesitaba contárselo a alguien, decía. Sin saber el porqué, había visto en mí la persona idónea para que la escuchara y no la juzgara. No podía contárselo a nadie conocido porque no la iban a entender y, además, las personas a las que se lo podía contar eran quienes le habían generado ese estado ansioso. Cuando terminó y se calló, con los ojos acuosos, la miré y le dije lo que pensaba: “su relato era bastante común, nos pasaba a muchas más personas de la que se imaginaba, no valía la pena ni siquiera contarlo, solo bastaría con dejar pasar unos días. A ellos, a las personas que nos causan esa ansiedad, no les afectaba porque ni siquiera eran conscientes de ello, y también les llegaría ese estado de ansiedad en su momento, solo el tiempo dirá cuando, porque la vida es una rueda y lo que hagas te lo devolverá, todo, lo bueno y lo malo”. Me miró a los ojos con la mirada ya más limpia y me dijo: “muchas gracias por escucharme, me ha aliviado el dolor que me oprimía el pecho. Le deseo mucha suerte”.  El avión aterrizó en ese instante en el aeropuerto de Tenerife y al desembarcar me dirigí a la cinta para recoger la maleta. No volví a ver más a la pasajera. ©

2 comentarios sobre “La pasajera

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