BELLA PERRIX

Café sin leche, por favor.

Hace tres semanas que cerró el restaurante donde suelo ir a comer. Hace tres días que los nuevos dueños han reabierto y hoy, ya me he quedado sin mesa, por primera vez en tres años. Seguramente todos vosotros, al igual que yo, os preguntaréis la razón de semejante éxito: la nueva cocinera, diréis algunos. La materia prima utilizada. Los nuevos precios. El nuevo color de las paredes… todos os equivocáis, excepto a los que señaléis a la nueva camarera: un bombón de 25 añitos, pelo largo castaño y cuerpo de ninfa. Y no por que sea buena sirviendo, ni rápida, que también lo es. Todo es por sus pechos firmes y redondos como un melocotón, una cintura de avispa, un trasero perfecto, una piel tostada, unos hombros lisos y finos… Cristina, así se llama.

Caí en que la razón era ella, el día que me di cuenta que yo era la única mujer del restaurante, a excepción de ella y que también era la única que no la miraba cuando se acercaba para servirme, ni cuando me daba la espalda para volver a la barra. O si la miraba, yo era la única que lo hacía por encima de su barbilla.

Especialmente me partí de risa un día que llevaba unos pantalones piratas de algodón de color blanco… y un tanga. Los glúteos y la raja que los separaba se marcaban en ellos con claridad… como si fueran una segunda piel. Todos, y no exagero, TODOS los clientes le miraban dos veces para comprobar esa primera impresión captada de reojo: unos bufaban abriendo los ojos, otros parpadeaban o se fregaban los ojos. Otros lo comentaban entre ellos, divertidos.

Y todo esto, que era lo que más me jodía en el fondo, desde una naturalidad absoluta. No hacía nada especial para encender al personal: ni se insinuaba, ni seguía la corriente de los que sí lo hacían, ni vestía de forma exageradamente provocativa. No enseñaba las bragas por detrás de los pantalones, ni siquiera se le veían las cintas del sujetador: era irritantemente perfecta. Solía llevar ropa ajustadita, pero como yo y cualquier mujer que pueda permitírselo.

Todo empezó un día que bajé a media tarde a tomar un café después de una jornada infernal en el despacho. En el bar no había nadie. Saqué la cabeza para mirar dentro de la cocina, detrás de la barra, pero nada. Al final no tuve más opción que gritar un «holaaaa?” interrogativo.

Supuse que habría ido a comprar algo y que volvería enseguida, así que me senté en una mesa a esperar. El culo casi no había tocado asiento cuando la puerta del baño se abrió, tras la que salió Cristina, alisándose el cabello y colocándose la camiseta.

Sonreí y le pedí un café con leche. –»Pobre chica- pensé- no le dejamos ni mear».

-«Leche caliente o natural?.

-«Caliente», le contesté en el mismo momento que volvía a abrirse la puerta de los aseos. Apareció un chico rubio que llevaba dibujada en la cara una sonrisa de oreja a oreja.

Le seguí con la mirada hasta la puerta. Cuando se despidió con un aséptico «adiós» mis ojos se fijaron en ella. Ni se inmutó. Ni levantó la mirada. Fue extrañamente fría mientras servía mi leche. Al acercarse a mí tampoco me miró. Claramente, estaba incómoda. Lo capté al instante con mi sexto sentido femenino, pero no le di más importancia, me bebí el café y me dispuse a cumplir con los efectos que suele tener sobre el cuerpo humano.

Fui al baño.

Cristina me miraba con cara rara. El apretón no me dejaba tiempo para fijarme demasiado. Abrí la puerta rápidamente, me metí en el aseo de mujeres y… salí por piernas del bar. Ni miradas ni despedidas: en el suelo del baño había una corrida del tamaño de un estanque.

Mientras subía corriendo las escaleras de la oficina, ya que mi vientre no entendía de historias con los suelos de los baños. Primero pensé: ya me habían visto suficiente en ese restaurante pero, ya sentada en la taza del WC y un poco más tranquila, mi cabeza empezó a ponerse en funcionamiento:

-¿Sería su novio?- No creo, con semejante despedida.

-¿Quizás habían discutido?- La mancha del suelo no indicaba eso precisamente.

-¿Un calentón repentino?- Muy grande ha de ser para dejar el bar solo y arriesgarse a que te pillen.

Pero un calentón es un calentón.

¿Y si se conocen de hace tiempo y se han encontrado en el bar y han cometido una locura?.

Desnuda de cintura para abajo mi entrepierna empieza a palpitar, ajena a la poco excitante tarea en la que me veo sumida. Sobre la entrepierna manda mi mente, no mi culo.

Ya en mi puesto de trabajo me sigo notando inquieta. La barriga me ha dado un respiro, pero no así mi sexo. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de la camarera con las manos apoyadas contra la pared y, detrás de ella, el rubio desconocido empalándola una y otra vez sin parar. Los pantalones y la ropa interior de ambos arrugados en sus tobillos. La corbata de él yendo y viniendo. La americana cubriendo su desnudo culo que se abre y se cierra cada vez que se la mete hasta el fondo…

Miro a mi alrededor y no paro de ver corbatas y americanas… uuuf.

Entonces intento reconstruir la historia dentro de mi mente: me veo a mí misma entrando y gritando «hola», interrumpiendo, en el momento justo, el acto animal. 

Casi puedo ver a Cristina apartándose de un golpe al macho follador y éste maldiciéndome mientras su polla escupe en el suelo su espeso contenido mientras ella pugna por subirse la bragas y recomponer su perfecta fachada de niña buena.

Seguro que ha pasado eso.

Consigo olvidarme de lo del bar pero, al llegar a casa, descubro que tengo las bragas empapadas. Casi se me caen solas.

Entonces, por casualidad, tres días después bajo a la misma hora, para encontrarme con lo mismo: un bar solitario, un «hola» lanzado al vacío y la puerta del baño abriéndose dejando paso a Cristina. Las únicas diferencias son, el tío que sale después del baño no es el del otro día. Es un treintañero con más pelo en su barba que en la cabeza y que Cristina se dirige a la barra, recoge una taza y se mete en la cocina, para luego salir y preguntarme «¿que te pongo?» con una sonrisa espectacular.

-«un café con leche» le respondo mientras corro al baño, abro las puertas y lo inspecciono todo. Nada en el de mujeres. Tampoco en el de hombres… ¿les habré interrumpido?… Entonces no sonreirían tanto. 

Nada. 

Había conseguido olvidarme, pero esto me huele a chamusquina. Mi sentido femenino del cotilleo se agudiza hasta doler.

Ni siquiera un simple condón en el cubo de higiene personal del baño de señoras. Seguro que por eso ha ido a la cocina a tirarlo a la basura.

Extrañada vuelvo afuera. No me importa que folle en el baño de su bar, ella sabrá. Pero me reconcome el «no saber», el tener esa sensación de ver todas las piezas del puzzle ante mis ojos y ser incapaz de ponerlas en orden.

Cristina bebe de una taza. La deja y me pregunta: «leche natural o caliente».

-«Caliente», le respondo automáticamente. Me fijo en ella, en todos sus movimientos, pero nada indica lo que puede haber pasado en el baño.

Sólo bebe y bebe de esa taza. Yo me fijo en su entrepierna buscando signos de humedad, en su caminar, en su peinado… De nuevo nada. Todo perfecto, como siempre.

Le pago y vuelvo al trabajo. Sigo inquieta pero más tranquila que el otro día. Hoy ni siquiera logro imaginarme nada. De hecho no tengo pruebas de nada. Igual estaban haciendo pis o evacuando los dos… Pero algo en mi interior me dice que no, que algo pasa ahí… ¡¡¡Y debo saber que es!!!.

A la tarde siguiente fui un poco antes. Sin decir nada me colé en los baños. Los dos tenían las puertas cerradas y no hice nada para abrirlas, sólo me limité a escuchar. Nada. No podía ser. Nadie folla tan en silencio. Aunque sea el ruido de las carnes al chocar o el piqueteo de una hebilla de cinturón rozando el suelo, o un gemido. Nada. Y entonces sí lo oí. Un gruñido de hombre. Un «Dios» gritado con ansia orgásmica. Pero ni rastro de un gemido femenino… Salí con el mismo silencio con el que había entrado y ocupé la mesa de siempre.

Cristina no tardó en salir. Me vio y, de nuevo sin abrir boca se fue a la barra, cogió una taza y se metió en la cocina.

El hombre que salió ese día era de unos 40, pelo canoso y, como todos, se fue sin pedir ni pagar nada, pero me di cuenta de algo… salía con una pequeña taza roja en su mano. Cristina volvió con su propia taza en la mano y repetimos lo de cada día: -«que te pongo?»- 

-«un café con leche»- 

-«leche natural o caliente»-

-«Caliente»-

Me lo sirvió y volvió a sorber de su inseparable taza.

De nuevo volví al baño y salí con el mismo resultado del día anterior: nada.

Esa noche no pude más. Mi mente necesitaba pensar en lo que pasaba en esos baños y volví a imaginarme a Cristina sentada sobre el regazo del desconocido, cabalgándolo, moviendo sus caderas de adelante a atrás… Y a él tapándole la boca para apagar sus gritos y ella chupando esos dedos desesperada mientras la polla se hunde en su coño una y otra vez hasta correrse dentro.

De nuevo llego a casa con unas bragas que van directas a la lavadora. Esa noche no puedo evitar tocarme, meterme los dedos con desesperación hasta correrme pensando en Cristina y sus clientes. Y me sorprendo imaginando que soy yo la que cabalga a ese morboso cuarentón, la que se baja las bragas para permitirle colarse entre mis piernas con su descomunal polla… ¡¡¡Diosss como me corro pensando en eso!!!.

Dos días después no puedo más y me espero en la calle, observando lo que pasa en el bar. Cristina limpia y ordena sin descanso. Por detrás de mí pasa un hombre con una taza roja en la mano. No me fijo en él ni en la taza hasta que entra en el bar. 

Veo como deja la taza en la barra. Cristina sonríe y mira al exterior mientras seca un vaso con un trapo. Sus ojos se dirigen al fondo del bar y su sonrisa se amplía. Él sigue sus indicaciones y se mete en los baños. Sin perder ni un segundo me meto en el bar.

-«Un café con leche»- le digo. 

Ella intenta decir algo pero ni la miro y, sin darle tiempo a más, me meto en el baño.

El de hombres está ocupado así que ocupo el que me toca por naturaleza.

Lo primero que veo es el aparato del papel higiénico en el suelo y, lo segundo… Ayyy lo segundo.

Ahí está, perpendicular a la pared y repleta de venas, una pieza de 15cm dura, reluciente… En mi mente el puzzle se dibuja al instante… La señal es la taza. El examen es oral. Cada día uno diferente, el que recibe la taza del tío del día anterior…

Me siento en la taza. La «pieza del puzzle» está a escasos centímetros de mi cara. Casi puedo olerla.

Sonrío. ¡¡¡Qué plan tan perfecto!!!. Cada día uno diferente. Es como un virus que se va extendiendo y acaba siempre volviendo. 

Y, hoy, el virus me ha tocado a mi…. y el virus no sabe quién soy… qué anónima oportunidad se me presenta…

Bajo mis pantalones y bragas. Mi mano derecha cae entre mis piernas. Mi cara se ladea hacia la pared y mi boca se abre…

Diez minutos mas tarde me siento en un taburete de la barra.

-«¿leche natural o caliente?».

Le hago callar con un gesto de mi mano mientras una desconocida voz masculina se despide.

Nuestras miradas se cruzan.

Ella sonríe.

Yo no puedo. Aún no.

Cojo la taza con café y vacío el contenido de mi boca en ella. El denso fluido cae junto a mi saliva.

Cuando puedo le contesto: -«caliente, siempre caliente».

BellaPerrix ❤️

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