C.VELARDE
20. PERVERTIR A LIVIA
Jorge Soto
1 de octubre
23:39
—Mueve las nalgas y las caderas —pedí a mi novia en un susurro en la oreja cuando el Bisonte rapado pasó por nuestro lado con la actitud de un cabrón que piensa que el suelo no lo merece.
Lo había descubierto mirando el culo de mi novia disimuladamente y ahora que pasaba no iba a perder la oportunidad de restregarle en la cara que esa chica hermosa que tantas miradas le había arrancado sólo era mía. Únicamente mía.
—Vamos, Livy, mueve las nalgas y las cadenas.
—Pues las estoy moviendo —me dijo ella cuyos mojitos, su nueva bebida favorita, la había desinhibido un poco.
—Muévelo más —insistí.
A Valentino lo acompañaba un hombre moreno muy alto que no conocía de nada, llevando de su brazo a dos mujeres con cuerpos bastante protuberantes.
—¿Para qué?
—Nos están viendo, Livy.
—¿Quiénes nos están viendo?
—Bueno, te están viendo a ti. A decir verdad, lo que los tiene apendejados es tu culo. Muévelo.
—No inventes, Jorge, ¿me están viendo el culo y tú no les dices nada?
Sonreí. ¿Cómo iba a decirles algo si era exactamente lo que quería? Porque sí, Valentino no era el único baboso al que la baba le escurría.
—Tú mueve las caderas y deja que me envidien —sonreí, en tanto la música sonaba más alto.
Toda esa bola de machitos mediocres solían regodearse de las impresionantes mujeres con las que ligaban o se tiraban los fines de semana, alabándose entre sí por tener tanta suerte. Se envidiaban entre ellos y hasta se elogiaban unos a otros por la calidad de hembra en cuestión.
Y yo era el único imbécil al que nunca habían dicho un solo halago sobre Livia. Ya fuera porque era mi novia o simplemente no les llamaba la atención su forma de ser o de vestir.
Tampoco es como si me hubiera gustado que la halagaran. No, no, pero al menos por una noche, quería ser la envidia de toda la jauría de machos de la Sede. Que el lunes hablaran de mí, de lo buenaza que estaba mi chica, y de lo hermosa que era a comparación de las suyas.
Livy se separó un poco de mí, justo cuando las puertas del ascensor se cerraban, desapareciendo por ahí el musculitos, el moreno gigante y sus dos acompañantes.
—Un hombre normal le daría un puñetazo al tipo que se le quedara viendo a las nalgas de su mujer —razonó.
—No me compares con otros mi lo digas en ese forma porque me haces sentir mal, Livia “un hombre normal”, ¿pues yo qué soy? —le reclamé—, ¿un hombre de plastilina?
—Yo solo digo que no me gusta sentir que me utilizas para fines macabros.
Suspiré.
—Vamos a sentarnos —le dije. Al menos ya mi propósito lo había cumplido.
—¿No querías que moviera las caderas y las nalgas? —dijo, separándose de mí para girar bruscamente.
—Basta, Livia, que tus comentarios despectivos me encabronan.
—¿Comentarios despectivos? ¿Yo?
—¡Me encabrona que me compares!
—Ah, ya. Así como ayer te pusiste furioso cuando… ya mejor no digo nada.
Nos quedamos callados, pero entendí su referencia.
—Dilo —le pedí disgustado—, cuando sugeriste que el paquete de ese chulito era más duro y grande que el mío.
—Tus cambios de humor me tienen hastiada, Jorge.
—¿Cambios de humor?
—Te molestas conmigo cuando no eres capaz de sobrellevar tus propios jueguitos. Quieres que les mueva el culo a tus amigos y ahora que lo estoy moviendo así —dijo, contoneándose de forma grotesca—, te pones odioso.
—¡No me he puesto odioso porque muevas el culo a esos cabrones presumidos, sino porque…
Me quedé callado cuando vi que Lola y mi hermana Raquel se acercaban a nosotros. Venían acompañadas por otras tres mujeres de su misma edad que desbordaban elegancia. Lola lucía un vestido color petróleo hasta los pies, con un bonito moño en la parte posterior de la cabeza y su maquillaje resaltaba su preciosa carita. Raquel, mi hermana llevaba sus cabellos rojos ondulados y un maquillaje igual de tenue que el de su amiga. Puesto que era un poco más embarnecida, solía usar siempre vestidos negros. Las otras tres mujeres lucían vestidos a las rodillas con colores granates.
Raquel dejó a sus amigas detrás de sí y se acercó a mí para abrazarme, empujando a Livia de mi lado en un aparente movimiento accidental. Después me tomó de la mano y me llevó hasta las tres mujeres de color granate, pasando totalmente de Livia.
Lola estaba un poco nerviosa y a la expectativa de lo que pudiera pasar; sabía que las reacciones de mi hermana eran impredecibles y que solía explotar de un momento a otro si algo le parecía mal.
—Queridas, él es mi hermano Jorge Enrique Soto, ¿no está hecho un pincel? —me presentó a las mujeres de color granate con orgullo. Ellas me saludaron con dos besos en las mejillas—: Jorge, ella es Maricarmen Buendía, señora de don Gilberto Estrada, director general del Hospital Santa María —extendí mi mano a la más gordita—. Esta otra es Margarita de Altamira, dueña de la multinacional “Margaalt”, una marca de alta costura líder en toda América y quien ha diseñado nuestros vestidos para esta noche. —Hice lo propio con la mujer más alta—. Y esta de acá es Priscila de la Olla, señora de Valdez, el dueño de la farmaceuta Valadez y cuya hija menor continúa enamorada de ti.
Sentí una punzada en el pecho y miré de reojo a Livia para estudiar su reacción. Estaba serena, pero con los dientes apretados.
—Y bueno, ni para qué presentarte a Lola si ella ha sido como nuestra hermana desde hace mil años.
De todos modos extendí mi mano para saludarla. Segundos después, cogí del brazo a mi novia y la atraje hacia a mí, al tiempo que Raquel (que la había dejado desplazada), la observaba con desdén:
—Bueno, queridas, ella es Livia Aldama —dijo Raquel bruscamente, señalándola con la mirada, sonriendo con falsedad—: pero no crean que de las Aldama de Mansiones del Pedregal o Aldama de alguna familia de alta sociedad. No, no. Ella más bien procede de una familia de bajos recursos, de allá por la zona del bajío, cuya madre y tías al parecer se dedican a la costura, pero desde luego que no de la alta costura como tú, Margarita, que vistes estrellas y mujeres de clase. Las tías y madre de Livia más bien visten a la plebe, por eso no se me hace raro que la señorita mi cuñadita traiga puesto este vestidito tan corrientito y bastante vulgarcillo. Pero no se lo echemos en cara, queridas mías, que a lo mejor mi cuñadita se confundió y le dijeron que la fiesta se llevaría a cabo en un burdel y no en una casa decente.
Sentí que los pelos se me erizaban en la nuca y que un frío muy helado surgía en mi vientre. Sujeté más fuerte el brazo de Livy para mostrarle mi apoyo moral, mientras estudiaba su avergonzada expresión y mirada de humillación.
—Raquel, por favor —susurró Lola a mi hermana mirando a Livia con verdadera pena.
—Tranquila, Lola, que la muchacha no se avergüenza de sus humildes orígenes, ¿verdad? —dijo Raquel a Livia con la misma sonrisa falsa.
—Por supuesto que no —respondió Livia con las lágrimas en el borde de sus ojos—: yo no me avergüenzo de mis “humildes orígenes”. Yo más bien me avergonzaría de ser una clasista hipócrita doble moral que ante las cámaras clama igualdad y por las sombras se regodea de su mezquindad.
—¿Cómo has dicho? —apagó la sonrisa mi hermana abruptamente, irguiendo la espalda.
Miré con terror a Lola para pedirle que se la llevara. Ambos sabíamos que Raquel era una bomba de tiempo y que podría explotar en cualquier momento.
—Vámonos, Jorge —me dijo Livia con la voz casi destruida. Por supuesto que era hora de irnos.
—Bueno, sí, tenemos que retirarnos, señoras —dije apenado con una sonrisa nebulosa—, un place…
—¡Repite lo que has dicho, Livita, que no escuché! —exclamó Raquel deformándosele la cara. Livia también se irguió pero miró hacia otro lado—. Te estoy hablando, malcriada.
—Raquel, ven querida, que tu marido te está llamando —dijo Lola asustada, arrastrándola hacia ella.
Las mujeres de vestidos granate se miraron entre sí con vergüenza ajena, e intentaron sonreír, mientras Lola se llevaba a Raquel con Aníbal, que estaba muy cerca de nosotros conversando con el coronel Russo y su familia. Las mujeres las siguieron.
—Livia… perdónala, no sabe lo que dice —le dije, con la vergüenza pintada en mi cara.
—Lo sé —respondió ella por fin con una lágrima en sus mejillas—, pero es que no me acostumbro a que me humille de esta manera y que tú ni siquiera me des mi lugar.
—Entiéndeme, Livy, ella está enferma de los nervios; además padece distimia.
—No inventes, Jorge, que yo soy tu prometida; prácticamente tu mujer, porque ya vivimos juntos. Creo que merezco respeto y que tú…
—¿Todo bien? —preguntó Aníbal acercándose a nosotros, con un gesto severo y de furia contenida. Al parecer Lola lo había informado de cómo Raquel había tratado a Livia y venía para asegurarse que todo estuviera bien—. Señorita Aldama, le ofrezco la mayor de las disculpas si acaso mi esposa la ofendió. Tenga la seguridad de que será la última vez. De nuevo, en su nombre me disculpo.
—No pasa nada —Livy intentó sonreír, aclarándose la garganta—, en verdad, señor Abascal… Es mi culpa, por venir y…
—La culpa es mía —dijo Aníbal, recogiendo las manos de mi novia con las suyas y mirándola a los ojos con extraña atención—, por no haberla protegido de las descortesías de Raquel, pero descuide, que ya la he reprendido. Le prometo que no volverá a ocurrir algo parecido nunca más. La mansión Abascal estará siempre abierta para usted. Jorge le dará mi número personal y esperaría que me llamara cuando necesite cualquier cosa en que considere que yo la puedo ayudar. Y entienda bien cuando le digo que estoy a su entera disposición.
Livia, asombrada por las galantes atenciones de mi cuñado, no pudo sino atinar a sonreír con verdadero agradecimiento. Por impulso mi novia se puso de puntas para darle un beso en la mejilla. El corazón me saltó de repente pero lo vi normal. Incluso Aníbal pareció sorprendido por el gesto de Livy, pero sonrió complacido. Yo también agradecí el gesto de Aníbal y nos despedimos de él.
Leila se acercó con Livia para informarla que se quedaría con Fede, cosa que me desagradó. Al poco rato se acercó mi amigo y me lo dijo también:
—Jorge, ella me ha dicho que pasará la noche conmigo —me susurró con una cara roja de incredulidad. Su gran sonrisa me enterneció, pues parecía no caber de la felicidad—. ¡Creo que estoy soñando! ¿Te das cuenta? ¡Leila quiere que la lleve a casa y me ha dicho que me quede con ella!
Le di unas palmadas al mi amigo y se fue de nuevo con Leila, que seguía susurrándole cosas a Livia. Pato se acercó a mí y me dijo, meneando la cabeza en forma de desaprobación.
—Esa Leila se la ha pasado restregándome el culo toda la noche en la entrepierna mientras bailamos, cuando Fede no la ve o Mirta y Valeria van al tocador. ¡Me ha estado coqueteándome todo el puto rato y ahora resulta que se va con Fede! ¿Qué clase de pinches vieja es esa? Lo hablaré con Fede.
—No, no —lo detuve—, mírale la cara, el pobre nunca estuvo tan feliz. Déjalo que se vaya con ella y a lo mejor… pues… se acuesta con él y Fede cumple su sueño.
—No seas ingenuo, Jorge —me regañó—: esa sólo lo va a utilizar y lo tirará a la mierda. Si nuestro pobre amigo ya estaba enamorado de esa loca, si de verdad Leila se acuesta con él, Fede terminará completamente apendejado y loco por ella.
—Pues ya veremos qué hacer —le pedí—, mientras, creo que debes dejarlo. Lo merece.
Patricio torció un gesto de enfado y me dijo:
—En tu responsabilidad queda cuando esa cabrona le parta el corazón.
Suspiré.
VALENTINO RUSSO
1 de octubre
23:45
Heinrich Miller estaba frente a mí en un amplio sofá. Yo estaba sentado en la poltrona que de Aníbal, y me hizo sentir poderoso por un instante. Con sus putonas en sus costados y una copa del mejor tequila reposado del país, hablé con él abiertamente sobre nuestro interés de que financiara parte de la campaña de Aníbal, a cambio de ofrecerle vía libre de tránsito con sus negocios turbios durante su gestión como presidente de Monterrey en caso de que llegara a ganar.
Le expliqué que no habría reembolso de recursos si perdía las elecciones, pero le aseguré que si eso llegaba a pasar, Aníbal se comprometía a invertir una buena cantidad de mi patrimonio en el negocio que él decidiera.
En la segunda ronda de tequilas, firmamos nuestro contrato de confidencialidad para evitar que nada de lo allí dicho se filtrara fuera del despacho. Hice alarde de mis negocios y los de Aníbal y le dejé claro que no correría ningún tipo de riesgos.
Sin embargo, al poco rato me advirtió con eufemismos sobre las trágicas consecuencias que acaecerían sobre nosotros si jugábamos a doble bando con él y con algún otro grupo de la mafia que pusiera en riesgo sus intereses.
Pensé en el Tártaro y el sanguinario cártel de los Rojos, que sí o sí Aníbal tenía planeado contactar después de Heinrich, y procuré no denotar preocupación en mis expresiones faciales, así que me limité a tomar un largo trago.
Renovando de nuevo mi propuesta para que me financiara la campaña, el enorme negro no puso pegas, sobre todo cuando le leí el listado de la totalidad de beneficios que obtendría de nuestra parte cuando Aníbal tomara la alcaldía.
No obstante, cuando parecía que todo había quedado dicho, me dijo que me pusiera cómodo, pues quería pedirme un favor adicional antes de firmar nuestro convenio final.
Asentí con la cabeza para aceptar su petición y crucé una de mis piernas.
—Pues tú dirás, Heinrich. Sabes que si está en mis manos, con gusto accederé a lo que pidas.
—Estoy seguro que sí estar en tus manos, camarada —sonrió con malicia. Luego comenzó hablarme en inglés—, pero mientras negociamos esto, anda, Pamela, acércate al Lobo, como lo llama Aníbal, y cómele la polla. Y tú, Lucía, cómemela a mí.
No sentí ninguna clase de pudor desabrocharme la bragueta y sacarme el rabo mientras la pelirroja de cuerpo voluptuoso de nombre Pamela se acercaba gateando hasta mi entrepierna. Puesto que había participado en orgías, sexo voyeur, etcétera, estaba habituado a estar desnudo ante otros.
—¿Y bien, Heinrich Miller? —lo insté mientras la jovencita de pechos grandes, cabellos rizados y piel mediterránea llamada Lucia, sacó de la bragueta el tremendo rabo del negro y comenzó a devorarlo como si en ello le fuera la vida.
También entre machos podemos ser capaces de admitir cuando otro tipo tiene unas dimensiones más largas que las tuyas, y mira que mi rabo medía más de 20cms. Pero el de Heinrich era una cosa aparte.
—Quiero a la chica —me dijo en inglés.
—¿Cuál chica?
—A esta chica —dijo, enseñándome desde el sofá donde estaba sentado su teléfono. A pesar de la distancia pude reconocer a esa mujer, ya que aparecía en primer plano sosteniendo el brazo del Ganso: pasó a otros fotos donde había acercamientos de su cara, de su culo, de sus caderas, piernas y, sobre todo, tetas… muchas fotos de sus tetas.
Tragué saliva y luego me eché a reír, mientras la pelirroja comenzaba a comerme el rabo con la maestría que sólo una prostituta puede hacer.
—Imposible, negro. Esa chica no —di el tema por zanjado, pensando en lo que me había dicho Aníbal respecto a que no quería problemas de faldas en su familia.
Una cosa es que la quisiera de madrina en el evento anual de carreras, (que francamente yo aún estaba escéptico de que ella aceptara) y otra muy distinta era entregársela a Heinrich Miller, cuyos fines para tenerla consigo ya eran ligas mayores.
—No es una pregunta, camarada —me dijo inescrutable, mientras cacheteaba con su verga las mejillas delgadas de la mediterránea, a quien le había escuchado acento peninsular y no americano, quien puesta de rodillas sumisamente continuaba como perra delante de él—, es una afirmación. Quiero a esa chica.
La pelirroja comenzó a pajearme el rabo mientras utilizaba su húmeda lengüita para comerme las pelotas.
—Hay miles de chicas en la fiesta entre las que podrías escoger —pensé de inmediato en Leila—, de hecho hay una por ahí que probablemente se ajuste más a tus estándares de putas.
—Quiero a esa —insistió determinante.
Me eché a reír aunque no me daba nada de gracia lo que el negro me estaba pidiendo. No por mí, que podría hacer con la Culoncita lo que le diera su chingada gana. Más bien me preocupaba por Aníbal.
—Pero ¿por qué quieres a esa, cabrón? La que te digo yo es más… suelta, más zorra.
—Precisamente, míster Russo, yo quiero a una niña inocente a la cual depravar. Y esa chica que te digo, tiene cara de niña buena. Me excitan las zorritas que tienen esa carita. Las buenitas son las más perras a la hora de follar.
—Claro, no te quito razón —jadee cuando la puta volvió a devorarse mi gorda polla hasta que mi glande tocó su campanita—, pero mejor elije a la otra que te ofrezco: ya mismo te consigo sus datos, o incluso ahora mismo te la presento y te la llevas. Es que la chica que tú quieres es la prometida del hermano de la esposa de Abascal.
—¿Y? —dijo ahora en español—, no me digas que tú ahora ser moralista, Lobo.
Me carcajeé sin tener un motivo aparente.
—¿So…?
—Aníbal no quiere broncas con la familia, míster Miller.
—Escúchame bien, camarada; yo darte los dólares que tú necesitar para la tuya campaña de míster Abascal, incluso el doble, ¿oyes bien?, el doble. Pero tú quiero que ofrecerme esa linda niña.
Pasé por alto la estúpida estructura que Heinrich tenía para construir frases en castellano y suspiré.
—Déjame pensarlo —preferí responderle en inglés.
—No lo pienses mucho, porque quiero la respuesta ahora —contestó de nuevo en su lengua vernácula—, justo ahora. Piensa si te conviene hacer un esfuerzo para entregármela o prefieres buscar pasta para tu campaña en otro lado.
Maldito negro hijo de puta. Así que ya estaba con chantajitos.
—Está bien —respondí en automático. Para llegar al éxito uno tiene que tener sus prioridades sacrificando lo que hiciera falta—. Di cuándo y dónde la quieres, pero quiero que éste sea un trato entre tú y yo, dejando a Aníbal fuera de esto.
—Palabra de honor —sonrió malignamente.
—Por cierto —le dije—, ella se llama Livia Aldama y te advierto que, por lo que sé, es más santurrona que la madre Teresa de Calculta, así que no accederá bajo ninguna circunstancia ninguna de tus proposiciones. Así que sólo se me ocurre que podríamos drogarla, te la follas y ¡zas! Se acabó el puto problema.
—No, no; tú no entiendes, Lobo. Drogarla sería tanto como quitarle el morbo al asunto. La quiero espabilada, despierta, en sus cinco sentidos, al menos la primera vez. Que ella quiera mi verga, que acceda a que la folle por deseo, en sus cinco sentidos, no estando drogada. Quiero que me suplique que se la retaque por la vagina y el culo.
—Woow, wooow, tranquilo, negro, tranquilo —bramé, en tanto me retorcía por los fascinantes lengüetazos que me estaba ofreciendo la pelirroja, que seguía en lo suyo en medio de mis piernas.
—Quiero que acceda a que le rompa el coño cuantas veces quiera, míster Russo —me comunicó.
—A ver, Heinrich, que yo creí que la querías para una noche y ya. ¿Pues cuántas culeadas pretendes darle?
—Todas las que me den la gana, hasta que me harte de ella.
Me eché a reír por lo problemático y, a su vez, morboso del asunto.
—Imposible —le fui sincero—, completamente imposible. A una mujer modosita como ella no se le puede emputecer en un par de días, ¡que no son palomitas de maíz, cabrón!
Esta vez fue el Heinrich quien se carcajeó.
—Yo no he dicho que la quiero ahora, Lobo.
Al menos esto me tranquilizaba.
—¿Entonces?
—Estamos a primero de Octubre, Lobo, en poco tiempo volveré a Texas y no volveré a Monterrey hasta abril, y es preciso que para esas fechas esa zorrita esté lista para mí.
Bueno, bueno, bueno. Viéndolo así, no era tan complicado como parecía.
—Defíneme “lista para mí” negro.
—Me llevaré a esa nena un mes entero a Los Ángeles, Lobo.
No supe si el estremeciendo que sentí fue por la mamada que me estaba dando aquella puta, o por lo que implicaba que míster Miller quisiera llevarse a la Culoncita un mes entero sin pensar en las consecuencias de lo que diría Aníbal. Porque sí, un mes entero sí que él se enteraría.
—¿Qué chingados estás diciendo, Heinrich? —dije en español, pues en inglés no hallé las palabras adecuadas para decirle lo que me estaba saliendo de los huevos—. No mames, cabrón, yo pensé que te la querías coger y ya.
—Ya te dije que la culearé hasta que me harte: Me la llevaré un mes convertida en toda una putita. La llenaré de lujos, que eso es lo que les gustan a las putas, y, si se me da la gana, también la prostituiré con mis colegas.
Ni siquiera fue la deliciosa mamada lo que me provocó el tremendo deseo de correrme, sino lo morboso que sonaba que mi querida y virginal secretaria pudiera ser convertida en una tremenda putona, al grado de ser prostituida por Heinrich en Estados Unidos.
—Tienes prácticamente medio año para trabajarla, Lobo: en todo caso, para corromperla, y que acceda a ser mi puta durante un mes entero. Tú sabrás cómo la emputeces (fóllatela, contrátale un gigoló o usa los recursos que necesites) pero en medio año la quiero lista para mí.
—Eres un puto degenerado —le dije al negro incapaz de responderle otra cosa—, pero dinero es dinero, míster Miller —Sonreí.
—Yo a partir de ahora comenzaré a enviarte algunas maletas con fajas de dólares, y así te las haré llegar mensualmente a cambio de que me muestres avances de mi futura putita. Todo es simple, míster Russo, mientras preparas la precampaña, y luego el próximo año la campaña de Abascal, estoy seguro que tendrás tiempo para un trabajo adicional que será el de pasar tus días… pervirtiendo a Livia.
En ese momento cinco potentes chorros de esperma colisionaron en la carita de aquella grandiosa pelirroja mamadora. El morbo de la situación me hizo eyacular con tal fuerza que hasta vi estrellitas y se me estremecieron las piernas.
—Trato hecho —dije a Heinrich intentando coger aliento, manteniendo la cabeza de la pelirroja clavada en mi verga.
—Una última cosa, Lobo —me dijo el negro mientras su españolita se enterraba en su rabo de ébano—, he pedido a tu asistente que me recomiende un buen detective. Estoy buscando a una persona desde hace tiempo. Te dejé con él un folder con sus datos, pues me enteré que está en Monterrey. Si acaso sabes algo sobre ella me lo informas, pues estoy ofreciendo una gran recompensa.
—¿Cómo se llama esa persona, míster Miller?
—Lorna Patricia Beckmann —contestó mientras el culo de la españolita rebotaba sobre sus muslos—, y la quiero encontrar.