C.VELARDE

19. LA FIESTA

VALENTINO RUSSO

Sábado 1 de Octubre

23:17

Desde el primer momento que la vi de espaldas la imaginé a cuatro patas como perra en celo sobre mi cama, con el culo en pompa, separándose ella sola sus grandes carnes con el propósito de enseñarme ese coñito que, por su color de piel, debía de ser sonrosado, el cual ansiaba acariciar.

Ya lo había notado desde antes, que esa chica tenía buenos atributos, aunque no fue hasta que implementé el nuevo código de vestimenta en las secretarias de mi departamento que confirmé mis sospechas cuando comenzó a llevar faldas y blusas más ajustadas. Esa hembra era una diosa. Menos mal que la tal Leila había hecho caso a mis recomendaciones a la hora de solicitarle… ciertos tipos de faldas y prendas para su amiguita.

“Ufff. Estás riquísima” dije para mis adentros.

No había forma de concentrarme desde que aquella tetonuda y culoncita se hubiera presentado ante nosotros hacía un buen rato ya.

Mis ojos la acechaban entre el gentío a donde quiera que se desplazaba del brazo de aquél cuello de ganso que no parecía asumir que por una puta vez en su vida estaba siendo la envidia de muchos hombres, pues fuera de su novia, el pobre diablo no tenía una sola cosa de la cual jactarse. 

  Aunque en aquél coctel del lunes me dije que no me interesaría tener nada fuera de lo laboral con aquella muchacha aburrida e inocentona aun si lucía divina, esta noche cambié de parecer.

Es de sabios cambiar de opinión.

En la fiesta de Aníbal, mientras observaba a esa nalgona con cara de niña buena, ideé mil formas de arrancarle el vestidito y las minúsculas bragas que debía de estar portando, para después ponerla contra la pared, separar sus piernas con mis rodillas y entreabrir sus dos nalgas a fin de enterrar mi polla muy dentro de su útero, hasta hacerla gritar de placer y pronunciar mi nombre entre jadeos y soplidos una y otra vez.

¿Cómo mierdas había hecho el lerdo de su novio para conseguir una hembra como esa? Por como todos los hombres la miraban a su paso, deduje que yo no era el único imbécil asombrado con su belleza y curvas. Y ella actuaba con inocencia, nerviosa, como si no se diera cuenta del impacto que estaba causando en las pollas de los comensales.

Mientras conversaba con Heinrich, no pude dejar de mirarla a hurtadillas, fantaseando con lo que sería encajar mi cabeza entre su majestuoso culo, ¡venerable y señor culo!, al tiempo que ella me aplastaba la cara con sus nalgas y yo me comía un chocho que, aun sin conocerlo, pude imaginarlo acuoso, carnudo, caliente y encharcado.

Y estrechito, claro que sí, muy estrechito, pues nadie con el cuerpo, personalidad y cara de ese pobre Ganso podía tener una polla capaz de reventarle el coño a su novia con las perforadas que merecía. No, no. Así que deduje que el coñito de esa niña debía de estar cerradito, listo para desvirgarlo de verdad.

Apenas bebí unos cuantos tequilas pues quería estar en mis cinco sentidos cuando tuviera que negociar con Heinrich respecto al financiamiento que estábamos pidiéndole para la campaña. Era mi oportunidad para demostrarle a Aníbal que no se había equivocado al elegirme como prospecto a jefe de su campaña una vez que saliera victorioso en las elecciones internas del partido.

Rato después vi bailando a la culoncita de mi secretaria con el torpe de su Ganso pelirrojo (éste último con sus dos pies izquierdos). La dulzura que ella esparcía al mirar y sonreír, corrompía mis pensamientos de manera infame y ruin, impulsándome ideas enfermas con las que podía pervertirla hasta convertirla en mi zorra personal.

Mis fantasías sexuales para con ella se activaron de inmediato y consistieron en lo que sería verla usando provocativa lencería de encajes, sostenes que apenas le cubrieran sus pezones, permitiendo que sus esféricos melones carnosos se desbordaran por su minúscula tela.

En aquella culoncita idealicé a una mujer lujuriosa, pervertida, adicta al sexo, traviesa, juguetona, que cachondeara con otros, que los excitara y que quisiera coger con ellos en cualquier momento y lugar que yo dispusiera.

Esa niña tenía una carita inocente que me ideaba mil formas para deformar. Y su boquita, ¡pfff! Con esos labios tan carnudos y esponjosos que sin duda debían de chupar la verga de manera gloriosa.

Sí, aunque la novia del Ganso ese (a pesar de llevar puesto ese minúsculo vestido negro) exudaba decencia, castidad e ingenuidad, algo dentro de mí me decía que con un empujoncito podría convertirse en una mujer lasciva, sucia y adicta al sexo.

—Se te salen los ojos, Lobo —me dijo Aníbal que llegó por mi costado derecho interrumpiendo de esa forma mis fantasías sexuales para con esa culoncita, justo después de que Heinrich se hiciera a un lado a fin de recibir a dos preciosuras que uno de sus hombres le había llevado esa noche bajo estrictos códigos de seguridad, ya que la presencia de Heinrich Miller en esa mansión era un secreto.

Todos los presentes sabían que estaba prohibido tomar fotografías dentro de la mansión (aunque ellos atribuían el motivo a cuestiones de seguridad para la propia familia Abascal).  

—Lo que se me va a salir es la verga si no dejo de mirarla —le confesé, tragando saliva—. ¿Por qué no me habías dicho que esta diosa tan buena era tu concuña? Por un momento olvidé que el Ganso, quiero decir, el novio, era hermano de tu esposa.

Aníbal volvió sus ojos hasta donde estaba aquella mujer bailando con el Ganso, y pude notar la extraña forma en que la visualizaba: no supe describir si la miraba con lasciva o admiración

—Porque ni siquiera yo lo sabía —aseveró, bebiéndose un trago de tequila sin dejar de observarla. Luego apartó la copa unos centímetros de sus labios y relamió los bordes con su lengua—. Pero no puedo negar que… es… fascinantemente adorable y hermosa. 

Asentí con la cabeza, dándole la razón.

—Lástima que sea tu concuña —me burlé, sabiendo lo prohibido que aquella mujer era para él.

—Pues también es una lástima que sea tu secretaria y la futura esposa de mi cuñadito —me contraatacó él, riéndose.

No es que hiciera falta verla desnuda para saber la clase de potra que era, pues tenerla allí, bamboleando esas ubres y nalgas mientras bailaba, bastó para fantasear con lo que sería tenerla empalada, con sus dos grandes nalgas rebotándome en los huevos.

—¿Qué quieres decir con eso, Aníbal? —le pregunté asombrado por lo raro que se me hizo su comentario, pues lo sentí como si implícitamente me estuviese pidiendo que pusiera tierra de por medio entre ella y yo—. Te recuerdo que tú mismo me la has impuesto como mi asistenta, cargo que tomará en un par de días. 

—Sí, lo hice —reconoció bebiéndose otro trago—, pero… tú sabes, yo no sabía cómo era ella. Es decir, conociendo al cachorrito me imaginé que su novia sería tipo Betty la fea. No obstante, mira la sorpresa que me he venido a llevar.

—Pues sigo sin entender tus advertencias, macho —insistí, perdiendo la paciencia.

—No hay mucho que entender, mi querido Lobo; a esa dama la dejas fuera de tus garras.

Así que esas teníamos, ¿eh?

—¿La quieres para ti? —fui directo, fingiendo serenidad—, ¿y no la quieres compartir conmigo?

—No se trata de eso, Lobo. Ya sabes que incluso nos hemos prestado a nuestras “amiguitas” en común. El problema es que ella es la novia del cachorrito, y no quiero problemas de faldas en la familia.

Aníbal continuó observando a la culoncita con verdadera expectación y yo resoplé. De momento no insistiría. Mandé llamar a Joaco, un rubito de mi estatura y edad que hacía las veces de mi amigo, chofer y guarura, y lo envié al aparcadero por los documentos que firmaría Heinrich en nuestra negociación.

—A juzgar por cómo la mira, al parecer nuestro querido Heinrich también está muy interesado en la mujer de tu cuñado —advertí a Aníbal riéndome, observando cómo el mafioso afroamericano de vez en cuando repasaba el culo de mi secretaria mientras daba indicaciones en inglés a su lugarteniente sobre algo.

—Y no lo culpo —reconoció Aníbal—: Una mujer así no pasa desapercibida ante nadie. No puedo creer que semejante mujerón sea novia de Jorge.

—Tuvo suerte —dije entre dientes.

“O mala suerte” pensé en mi fuero interno con una nueva sonrisa maliciosa.

Permanecí en mi sitio notando cómo la culoncita de vez en cuando miraba hacia donde yo me hallaba. Como estaba de perfil, no estuve seguro de si me estaba mirando a mí, a Aníbal o a ninguno de los dos, pero de que notaba que su cabeza constantemente giraba hacia nuestra zona sí que era verdad.

Cuando invité a Leila y a la culoncita para que aceptaran ser mis madrinas en mi próxima carrera de autos el 31 de diciembre en el evento anual “Fire Car Monterrey”, lo hice por el simple hecho de romper el hielo en lo que se había convertido en una aburrida reunión de trabajo en un ordinario Starbucks, después de que ese par de chicas se la hubieran pasado por horas renovando sus guardarropas.

Cada cierto tiempo se organizaban carreras clandestinas de “rally” en alta velocidad donde, además de la adrenalina y diversión que implicaba dicho evento, estaban en juego miles de dólares. Mi pasión eran las carreras de autos, en las que había ganado un chingamadral de dinero durante los últimos años, ya fuera apostando o como piloto, y se había convertido en una tradición que cada piloto fuera acompañado durante la competición por dos madrinas, que se sabía, fuera cual fuera el resultado, terminarían follando con él en un glorioso trío durante la fiesta posterior que se organizaba en la mansión de Tiberio Lugo, el organizador del evento.

A veces, incluso, las cosas se salían de control por el consumo de las drogas y el alcohol, y pilotos y madrinas terminaban dando rienda suelta en brutales bukkakes, orgías y hasta ganb bang donde las mujeres eran las grandes protagonistas. 

Mis dos secretarias apenas si sabían lo que implicaría asumir el honor de acompañarme en las carreras en caso de aceptar, y eso era lo que me daba aún más morbo. Únicamente me limité a ofrecerles mil dólares por su compañía esa noche si aceptaban las dos. “O las dos o ninguna” les dije.

Puteila aceptó de inmediato, pero la Culoncita tuvo el puto orgullo de pedirme tiempo para pensárselo. Me quedó claro que ninguna de las dos no tenían idea de lo famoso que yo era en ese tipo de competiciones, pero si aceptaban, estuve seguro que terminarían asombradas del religioso trato que mis colegas y admiradores me darían.

Generalmente las madrinas solían ser mujeres del mismo ambiente, amantes de las carreras y admiradoras de pilotos. Aunque uno podía conseguirlas de la forma que hiciera falta, todo valía. Por ejemplo, frecuentemente yo había apostado con colegas o amigos a sus propias hermanas, novias o esposas: si yo perdía (que era muy raro) les daba una cantidad de dinero previamente acordada; en cambio, si yo ganaba, ellos tenían que ofrecerme a sus mujeres como mis madrinas en las próximas carreras que se organizaran, sabiendo que cuando el evento terminara ellas terminarían siendo mis putas personales por una noche entera.

Pfff. Miré hacia donde estaba la Culoncita y advertí que estaba susurrándole algo a Puteila.

Leila  era una muchacha poseedora de un rostro brutal. Sus ojos verdes solían devorarme con la mirada ignorando que yo me daba cuenta; su expresión coqueta, seductora e insinuante me la ponía dura, ¿y qué decir de su exquisito cuerpo?, que aun si no era de muchas carnes, no tenía desperdicio. Constantemente entraba a mi despacho bajo cualquier pretexto por más absurdo que este fuera, contoneando sus nalguitas o acomodándose las tetas en mi delante para deslumbrarme.

Solía eludirme temas sexuales constantemente, buscando que yo le siguiera el juego quizás para llevármela a la cama.

Con su fama de putona no me habría costado ningún trabajo romperle el culo a la primera oportunidad. Ella quería que me la cogiera y casi casi sólo le faltaba decírmelo a la cara como último recurso para yo acceder. Pero, la verdad, es que yo prefería cogerme a mujeres que me implicaran desafíos y morbo. Encima, Leila tenía una forma de actuar demasiado indiscreta, sin contar con lo rimbombante y cansino de su forma de hablar.

Sí, estaba buena y me gustaba, pero yo prefería un tipo de mujer mucho más interesante que ella.

En cambio la Culoncita, aun si me parecía aburrida a primera instancia, no parecía ser tan predecible como la otra. Y ahora que la veía mejor, pude comprobar que su educación era delicada y distinguida. Incluso en la forma de mover sus brazos al hacer un movimiento corporal era refinado. Y a mí me enloquecía el refinamiento de las mujeres, pues en cierto modo me recordaba un poco a mi joven madre que murió en un accidente aéreo cuando iba a encontrarse con mi padre, el general Valentín Russo, que en ese momento se encontraba en un viaje de Estado.

Fui criado bajo estrictos códigos morales en un colegio militar que dirigía mi padre y donde intentaron erigirme como un hombre digno a base de palizas y malos tratos. Esa puta crianza la mandé a la mierda cuando me vi incapacitado para competir contra mi hermano mayor, que era el favorito de mi padre porque el pendejo, a diferencia de mí, nunca tuvo personalidad y siempre fue un títere sin mando de mi progenitor, por eso siempre rivalicé con él.

Pero bueno, esa ya es otra historia.

Llegado el momento organizamos mi encuentro a solas con míster Miller para negociar los puntos fuertes de nuestro contrato de financiación, por lo que Aníbal mandó llamar a don Cornudo, el esposo de Lola, para que nos escoltara hasta su despacho. Ezequiel estaba en una esquina mirando con cautela hacia los cuatro puntos cardinales; siempre severo, discreto, enigmático, silencioso pero atento a todo. ¿De veras no sabía que Aníbal se cogía a su mujer casi en sus putas narices? A veces lo dudaba, y no era la primera vez que desconfiaba de su lealtad “incondicional” hacia Aníbal.

“Un día este cabrón te va a traicionar, Aníbal” solía decirle a don Bravucón, aunque él era escéptico a mis sospechas. Abascal era muy diestro, inteligente y astuto para unas cosas, pero muy pendejo para otras.

—Ezequiel —le dijo al gorila cuando éste se presentó ante nosotros—, en cinco minutos míster Miller y Valentino negociarán en mi despacho. Asegúrate de que todo sea discreto y luego te quedas afuera por si el Lobo necesito algo de ti.

—Sí, señor —dijo el gorila con un asentimiento, observándome con desdén. No era un secreto para nadie que don Cornudo no me tragaba ni siquiera con dulce. Pobre imbécil, como si me importara. 

—Prefiero que Joaquín se quede afuera —le dije a Aníbal. Prefería tener a mi amigo Joaco cuidándome los flancos que a don Cornudo. 

—Como quieras, Lobo —me concedió—. Ah, Ezequiel, también hazme el favor de adelantarte al despacho y de quitar todas las fotografías donde aparezcan Roxana y Vanessa,  que no quiero que ese puto negro las morbosee ni siquiera por un instante con la mirada.

Aníbal tenía tapizado su despacho personal y su oficina en La Sede con retratos de sus preciosas gemelas. Él nunca lo expresaba, pero todos sabíamos que las echaba en falta desde que las hubiera enviado a Inglaterra a estudiar la universidad. Pero era inevitable. La política es una mierda, y con tal de debilitar a un opositor pueden incluso atentar contra tu familia.

Aunque Aníbal me tenía cierto cariño, no me podía imaginar lo que pasaría si un día se enteraba que me había follado a sus dos gemelitas días antes de que se marcharan… Pfff.

—Míster Miller, sígueme, por favor —dije a Heinrich en inglés minutos después. Joaco ya se había ido a arreglar los asuntos del despacho en compañía de don Cornudo.

Con sus hermosas putonas en sus costados, el imponente mafioso de poco más de dos metros estatura me siguió detrás de mí.

 Mi padre Valentín Russo, un general de la milicia jubilado, (que era un fiel admirador de las políticas conservadoras de Aníbal), tenía de su brazo a mi joven madrastra llamada Amatista, que lucía un impresionante vestido tinto y largo que le marcaba sus curvas. Estaba conversando con tres regidores de la actual administración cerca de una barra donde ofrecían frutas con chocolate fundido.

Mi hermano mayor Horacio y su esposa Sofía estaban en su costado, como dos estúpidas macetas de corredor que sólo sirven para adorno.  Al pasar junto a ellos, ni mi padre, ni mi hermano ni mucho menos mi cuñada Sofía me saludaron, aun si me habían visto desde lejos.

Entonces recordé las palabras que mi padre me había expresado la noche anterior, durante la cena familiar en que conmemorábamos el aniversario luctuoso de  mi madre, cuando le comuniqué con orgullo que Aníbal me había propuesto como su jefe de campaña:

“No esperes que te felicite, Valentino: mejor demuéstrame que vales la pena y hazme el chingado favor de hacerme sentir orgulloso por una puta vez en la vida. Dios quiera un día aprendas algo de la astucia de tu hermano y merezcas mi respeto…  porque ahora mismo lo único que me provocas es vergüenza.”

Apreté los dientes, rabioso, y pasé de largo junto a ellos percibiendo al menos la inclinación de cabeza de la mujer de mi padre. Si algo aprendí de él es que nunca se le debe de negar una sonrisa a quien te saluda: mucho menos si es una mujer a quien has rellenado por todos su agujeros. Por eso sonreí a mi madrastra con un discreto y cómplice asentimiento.

En el camino mis ojos tropezaron también con la hermosa Culoncita, cuya mirada apenas pudo sostener la mía por dos segundos, casi al tiempo que tres pares de ojos hostiles y retadores procedentes del imbécil del Ganso (que a mi paso rodeó de la cintura a su mujercita) del paquidermo de Fede (¿Leila estaba de su brazo? ja, ja, ja), y de Patricio Bernal (acompañado de sus dos putitas, perdón, noviecitas) cuyo estilo lo hacía parecer un pordiosero de mierda.

Hice todo lo posible por caminar junto a esos tres fracasados con un gesto despreciativo, sobre todo a mi querido y antiguo amigo “Pato” con quien tenía una historia del pasado bastante engorrosa que aún estaba sin saldar.

Cuando míster Heinrich y yo entramos al ascensor, ambos volvimos a clavar la mirada en la Culoncita, que meneaba el culo con mayor ímpetu.

Y encima ahí estaba el Ganso regodeándose de tener a la mujer más hermosa y buena de la fiesta. De vez en cuando el idiota tenía el valor de mirarme burlón, moviendo sus caderas de pollo mojado como un perfecto imbécil, sin son ni cadencia “ridículo”, mientras Heinrich y yo aguardábamos a que se cerrara el ascensor cuyas puertas últimamente habían dado demasiados problemas a Aníbal.

Mientras esperábamos que se cerraran, el Ganso dijo algo al oído a la Culoncita, e hizo un movimiento con ella que me permitió tener las mejores vistas de su culo, mientras lo contoneaba con impetuosidad, brío y atrevimiento. La verga se me puso dura al imaginármela follando, en tanto el Ganso me observaba disimuladamente con una sonrisita babosa en que me restregaba a la cara el cuerpo de su novia, insinuándome que era suya y que no había nada que yo pudiera hacer al respecto.

“Pobre pendejo, si supieras que si yo quisiera no sólo sería capaz de quitártela, sino de hacerla mi puta y de la de mis colegas.”

No pude evitar sonreír mientras las puertas del ascensor se cerraban y mis ojos daban una última repasada a las enormes nalgas de una Livia que, si me daba la gana, pronto rebotarían sobre mis huevos.

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