LLUN ROC

La vez que pegué por accidente a un profesor

Estaba yo en el último curso del instituto y a la clase de inglés vino un estudiante de prácticas nativo. Se llamaba Ton, el primer día nos explicó que realmente era holandés, pero que había vivido toda su vida en Inglaterra. Estaba en aquel momento estudiando en España para ser profesor de idiomas y las prácticas las hizo en mi insti. Era bastante joven, de unos veintipocos. Casi todos los años venía algún profe de prácticas para alguna asignatura y era algo que en general nos gustaba porque así se salía un poco de la monotonía de las clases… pero el día que vimos entrar a Ton por la puerta, todas las tías nos quedamos flipando porque estaba buenísimo. De hecho, diría que uno de los tíos más guapos que he visto en mi vida. Era altísimo, con media melena de un color rubio dorado que le llegaba casi hasta los hombros, unas cejas espesas un poco más oscuras y la piel bronceada, como los surfistas de las películas. La barbilla cuadrada y la nariz grande le daban un aspecto muy masculino, aunque al mismo tiempo tenía unos labios gorditos y unos ojos claros que lo hacían muy dulce. Solía llevar casi siempre camisas bastante abiertas, que dejaban ver parte de su pecho bronceado y sin un solo pelo. Y también solía llevar unos vaqueros muy ajustados que le marcaban el culo… y lo que no es el culo. A mí me daba mucha vergüenza, pero tenía que hacer verdaderos esfuerzos para que no se me fuesen los ojos a cierto sitio.

Como estaba en prácticas, le acompañaba siempre nuestra profesora, aunque alguna vez daba él las clases y, sobre todo, como era nativo, practicábamos conversación con él. En la clase éramos más chicas que chicos, y nos quedábamos todas embobadas cuando las clases las daba él. Recuerdo que mi amiga Lucía y yo nos mirábamos todo rato y hacía comentarios por lo bajinis. Y eso sí, como Ton alguna vez nos preguntase algo, nos poníamos todas rojas. Los días que él no daba clase, se sentaba en una silla al fondo, así que estábamos volviéndonos todo el rato para mirarle. La profesora, que se daba cuenta, se desesperaba y nos llamaba la atención, lo que daba más vergüenza todavía. La profe de inglés se llamaba Charo, era una señora gordita muy simpática, pero aun así estábamos deseando todos los días que la clase la diera Ton en vez de ella, y así podíamos quedarnos empanadas mirándole. 

Un día, la profe tuvo que salir un momento de clase y le pidió a Ton que mientras nos fuera repartiendo unas fotocopias para un ejercicio que teníamos que hacer. Antes de irse, Charo dijo que nos portásemos bien con Ton mientras ella estaba fuera, y algunos se rieron porque en cursos ya tan avanzados en raro que haya problemas de comportamiento. Mientras él iba repartiendo las fotocopias, muchas chicas le sonreían y le daban las gracias exageradamente amables, como intentando coquetear. Él debía ser totalmente consciente del efecto que provocaba y le debía hacer gracia, porque les respondía con una sonrisa mientras recorría las mesas y no parecía nada incómodo con la situación. Yo la verdad es que era bastante cortada para eso y muchas veces, al entrar o salir de la clase, ni le miraba al saludarle.

Ton empezó a repartir las fotocopias desde las mesas del final de la clase, y desde ahí fue avanzando hacia delante. Yo estaba sentada en una de las primeras filas, así que tardó en llegar, porque se fue entreteniendo con compañeros que le preguntaban alguna duda o con chicas que le decían alguna tontería. Al principio estuve girada en la silla, mirándole, igual que Lucía, pero cuando ya empezó a estar más cerca, me dio vergüenza que él se diera cuenta así que me senté bien y me quedé un poco distraída. En un momento me fijé en que ni siquiera había llegado a sacar el estuche de la mochila, que tenía colgada en el respaldo de la silla, así que me giré rápidamente para sacarlo antes de que Ton llegase. No me había dado cuenta de que le tenía ya detrás, ¡así que al girarme le di con el codo en todo el paquete!

Fue todo tan rápido que me costó unos segundos darme cuenta de lo que había pasado. Ton se inclinó un poco hacia delante y soltó un quejido, no supe muy bien si de sorpresa o de dolor. Yo de momento me quedé muy cortada, visto ahora supongo que lo normal hubiera sido disculparme, pero no supe reaccionar y me quedé paralizada. Él se incorporó al instante y trató de hacer como si nada. Mi amiga Lucía, que estaba sentada justo en la mesa de al lado, lo vio todo y en cuanto Ton siguió avanzando, me miró boquiabierta. Creo que fue al ver su cara de sorpresa cuando asimilé lo que acababa de pasar. Ton terminó de repartir las últimas fotocopias a los de la primera fila y fue hasta la mesa del profesor. Lucía y yo nos dimos cuenta de que andaba raro nos miramos… ¡tuvimos que hacer esfuerzos contener la risa! Nos dimos cuenta de que oyeron algunas risas y algunos cuchicheos. ¿Y cómo nos iban a oír, si todas las chicas le estaban siempre mirando? ¡Se debieron dar cuenta de todo!

Yo estaba que me moría de vergüenza y de incredulidad… ¿sería posible que anduviera así por mí?, ¿de verdad le había llegado a hacer daño? Apenas me atrevía a admitirlo, pero sabía que sí. Había notado perfectamente el contacto con algo blandito chocar contra el codo. No podía creer que fuera su… ¡es que ni me atrevía a pensarlo! En aquel momento yo apenas me relacionaba con chicos y, por supuesto, era totalmente virgen. Ni siquiera había llegado a besar a ningún chico, y menos aún a tocarle sus partes. Ahora lo pienso y tiene gracia que el primer paquete que toqué en mi vida fue nada menos que el del tío más bueno que he conocido, que en aquel momento me sacaba varios años y que además era mi profesor… ciertamente no sé hasta qué punto se puede considerar eso “tocar”, pero desde luego hubo contacto. Y es muy vergonzoso admitirlo, pero aquella misma noche y muchas noches más me toqué pensando en el tacto de aquel bulto blando. Trataba de recordar esa sensación al impactar contra mi codo. Es posible que lo fuese exagerando con el tiempo al pensar en ello, pero diría que llegué a sentir cómo se me hundía un poco el codo ahí.

Ton se quedó de pie, apoyado en la mesa del profesor. Me di cuenta de que casi nadie estaba prestando atención a los ejercicios que teníamos que hacer, no se paraban de escuchar risitas y cuchicheos, sobre todo entre las chicas. Posiblemente los chicos no se dieran cuenta de lo que había pasado porque se fijaban menos, pero ya tenían curiosidad y alguno andaba preguntando. Ton seguramente se estaría dando cuenta y se le notaba incómodo. Mirando hacia abajo y evitando el contacto visual con cualquiera de la clase. En ningún momento llegó a llamarnos la atención pese a los cuchicheos.

Todo el mundo se calló en cuanto entró Charo por la puerta, tan sonriente como siempre. No se le ocurrió otra cosa a la mujer que preguntar si habíamos tratado bien a Ton… lo decía de broma, por lo que tampoco se extrañó cuando se oyó alguna risita por detrás y mi amiga Lucía tuvo que ponerse la mano en la boca para aguantarse una carcajada. Ton en cambio parecía cada vez más tenso y más incómodo. Pasado un rato, la profesora dijo que mientras terminábamos los ejercicios, iba a preparar un vídeo para ver antes de terminar la clase y le pidió a Ton que cogiese él el proyector porque al ser más alto llegaría mejor. Él pareció dudar un momento, pero cuando fue hacia el armario donde estaba guardado, ¡nos dimos cuenta de que seguía andando raro! Ahí ya sí que se escucharon risas de gente que no se pudo contener… Charo mandó callar y nos miró extrañada. Cuando Ton hubo ya acercado y enchufado el proyector, los que estábamos en las primeras filas pudimos oír que Charo le preguntó bajito si se encontraba bien, que le había parecido verle cojear. Ton se quedó callado, como dudando, pero le oímos decir en voz baja que es que se le había dormido una pierna. En ese momento Lucía estaba que ya no aguantaba más, toda roja y con los ojos cerrados, se tuvo que morder el puño para no romperse a reír… y yo intentaba no mirarla para que no me pasase lo mismo.

Durante los días siguientes mis amigas no paraban de vacilarme con esto en el recreo, porque se daban cuenta de que me ponía roja como un tomate. Unas me decían que qué suerte tenía de haberle tocado la polla a Ton… aunque fuera con el codo y que si me había dado la impresión de ser muy grande. Otra dijo, de broma, que me iba a odiar siempre porque por mi culpa ya no podría tener hijos con él, pero Lucía dijo que eso era ventaja y que le había hecho un favor porque con lo bueno que estaba y lo que debía follar, a partir de ese día se ahorraría una pasta en condones. Ellas sabían lo vergonzosa que yo era con los chicos y por eso lo que me repetían casi todos los días era que vaya mala suerte la mía, que para unos huevos que toco, los chafo. Reconozco que aquello me hacía gracia y por eso estiraron la broma todo lo que pudieron, y de ahí salió el mote con el que me acabó llamando al final todo el mundo durante aquel último curso, la Chafahuevos.

Ton dejó de cojear al siguiente día, pero todavía estuvo tenso un tiempo. A medida que pasaban los días, ya fue estando más normal, aunque diría que nunca volvió a estar tan simpático como al principio, antes de nuestro incidente. Eso sí, de lo que me di cuenta es que conmigo estuvo ya el resto de meses muy distante. Cuando salíamos de clase y nos despedíamos, a mí ni me miraba. Mis amigas se acabaron dando cuenta y también se reían mucho de aquello y me decían que me había cogido miedo. Recuerdo un día que al salir de clase se fue despidiendo de todos, pero a mí me ignoró como siempre, y Lucía me rodeó el hombro con el brazo y me susurró al oído, “le tienes acojonado, tía”, mientras se reía. Por alguna razón se me quedó clavado aquello. Otra de mis amigas decía que era normal que quisiera mantener las distancias conmigo para que no le dejase sin huevos, y todas se reían. Es raro, porque todo aquello en lugar de hacer que me sintiera mal, de alguna manera me hizo sentir más segura todavía. En realidad, no creo que Ton me hubiera cogido miedo ni ninguna de esas tonterías que decían mis amigas, la verdad es que no sabría explicar la actitud del chico, pero me sirvió para no sentir tanta vergüenza como antes cuando estaba delante de él. De hecho, a medida que pasaban los días, al salir de clase me fui atreviendo cada vez más a mirarle directamente y a saludarle, aunque evitase contestarme o lo hiciese sin dirigirme la mirada.

Un día, pasados ya meses, Charo nos dijo que Ton ya había terminado sus prácticas y que aquella sería la última semana que estaría con nosotros. En su último día, al salir la gente se fue despidiendo de él, mientras les dando las gracias a todos muy amable. Yo sabía que a mí me evitaría mirar como de costumbre, así que me paré delante de él muy sonriente y le dije que había sido un placer conocerle… ante una despedida tan directa él no pudo, aunque hubiera querido, hacerse el loco, así se vio obligado a mirarme a la cara y a forzar una sonrisa. Aquel día, por alguna razón que ni siquiera entendía del todo, me fui de clase satisfecha y un poco cachonda. De alguna manera, me sentía poderosa.

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