BELLA PERRIX

Me llamo Bella. Desde hace tres años vivo en Barcelona, y me encanta la ciudad. Tengo 37 años, y trabajo de enfermera en un conocido hospital. Esta historia no ha ocurrido (aún), pero es una fantasía que me contó una vez un novio y que ahora me obsesiona. El relato lo pensamos juntos, pero refleja exactamente lo que piensa la parte más desatada de mí. Esa que sólo sale de vez en cuando, que me libera totalmente y que hace que me sienta maravillosamente femenina.

Espero poder hacerla realidad (ya sea con chicos o con chicas, si os soy sincera) algún día, pero de momento me conformo con compartirla, que es algo que ya de por sí me excita mucho.

Para que me podáis imaginar mejor, me describiré (aunque me ayudó mi chico, os prometo que lo hizo sin mentir ni un poquito) como una chica que siempre ha resultado muy atractiva, de piel oscura, ojos marrones (heredados de mi madre, que es del norte de España) y cabello moreno, largo y rizado. Tengo un tipo muy bueno.

Tengo la tripa firme, soy delgada, de pechos normales y un culo prominente. Me da un poco de vergüenza describirme con esta chulería, pero mi novio insistió en que me imaginéis, y si olvido la falsa modestia sé que soy muy afortunada con mi físico.

Me encantaría que me escribierais para comentarme si os gusta o no el relato. No os cortéis con las críticas porque nos encantó escribirlo y me gustaría mejorar y escribir muchos más. Además, si alguna chica o algún chico cree que puede estar dispuesta/o a ayudarnos a cumplir la fantasía del relato, mandadme un e-mail, por favor (si es con foto mejor). La dirección es: bellaperrix+relatos@gmail.com

Gracias a todos. Espero que no os parezca demasiado largo. Allá vamos.

En el verano del año 2020, ya hacía un mes que mi novio se encontraba en otra ciudad por razones laborales. Sabía que su ausencia era temporal, pero aún así los días sin verle se podían hacer muy largos. Para sobrellevar la ausencia, a veces haciamos videollamadas nocturnas muy calientes. En ellas me decía las ganas que tenía de follarme, y yo le sugería divertida que se masturbara para calmar su ansiedad. Él me respondía que ya lo hacía, pero que necesitaba inspirarse, por lo que me pedía que inventara historias en las que la protagonista era una versión de mí misma pero con la personalidad –y las vivencias- del personaje más excitante de cualquier película porno. Al principio mi timidez me lo impedía, pero poco a poco accedí a sus deseos. Tanto le gustaba a mi chico que le relatara las experiencias indecentes que figuradamente tenía en su ausencia que muchas veces, mientras nos llamabamos por teléfono, se masturbaba hasta el orgasmo. 

En una de esas largas llamadas me pidió que, para calentar sus noches de soledad, me hiciera sacar fotos desnuda por alguna amiga con una cámara de fotos (o incluso un video en el que se viera cómo me masturbaba). A él, claro está, no sólo le excitaría ver las imágenes, sino también imaginarse a una amiga mía (preferiblemente a una que estuviera bien buena) sacándome fotos eróticas. En ese momento estábamos masturbándonos al teléfono y, como estaba muy cachonda, acepté la propuesta, aunque después de hablar con él (y, sobretodo, después de correrme intensamente) me di cuenta de que era una locura, pues me daba vergüenza pedirle a cualquier amiga que me sacara ese tipo de fotos. 

A la mañana del sábado siguiente, me fui a comprar a las tiendas del Barrio Gótico. Está siempre plagado de guiris, pero ese sábado por fin libraba y me apetecía estar rodeada de gente. Casualmente me encontré con un ex-compañero de trabajo (en realidad un antiguo cardiólogo residente) que era fotógrafo aficionado y que, de hecho, me había llegado a regalar alguna foto que creía que me podía gustar.

Creo que cuando trabajábamos juntos él se sentía atraído por mí, pero nunca pasamos del tonteo (y no porque él no fuera atractivo, sino porque yo estaba muy enamorada del que ya entonces era mi novio). Andrés, que así se llamaba mi ex-compañero, me contó que su novia estaba trabajando en Madrid, y que ahora compartía un piso en el centro con Silvio, un amigo gay que teníamos en común y que era profesor de educación física y entrenador personal en mi gimnasio (el gimnasio estaba al lado del hospital donde trabajo, así que cuando Andrés estaba haciendo la residencia tanto él como yo solíamos ir allí, que es donde conocimos a Silvio). Yo estaba vestida con unos shorts vaqueros bien apretados con los que lucía bien mi culo y mis piernas, y llevaba una camiseta ceñida que a mi novio le encantaba. Noté que Andrés me admiraba de reojo, pero era un chico muy correcto y nunca me hizo sentir incómoda. 

Como hacía tiempo que no nos veíamos, fuimos a tomar unas cervezas, y antes de que me diera cuenta, llevábamos dos horas bebiendo y estábamos bastante borrachos. La conversación derivó hacia las fantasías sexuales típicas de los  hombres y de las mujeres. Andrés, desinhibido por el alcohol, me contó que siempre se había imaginado teniendo relaciones sexuales con dos chicas a la vez. Me reí y le dije que era demasiado tópico, y entonces él me preguntó que si era tan lista le contara cuáles eran las mías. Yo estaba muy cortada para contarle ninguna fantasía propia, así que me escabullí y le conté la fantasía-favor que hace unos días me contó mi novio por teléfono, preguntándole en broma si estaría dispuesto a tomarme las fotografías desnuda él mismo. 

Sorprendentemente, en vez de seguir tonteando en broma, me contestó muy seriamente que no era la primera vez que se lo pedían. Le había hecho el favor a un par de amigas suyas, y había quedado muy bien. Yo le miré incrédula, pero él me dijo que si quería podía contar con él, prometiéndome con una sonrisa que era un profesional y que nunca me incomodaría ni me pediría hacer nada que no quisiera. Le contesté enseguida que ni hablar. A mí me daría demasiada vergüenza y mi novio no lo aprobaría. Entonces él me contestó que podíamos hacer fotos muy suaves, solo con lencería, sin llegar a estar desnuda en ningún momento, y no pasar de ahí. «Es como verte en biquini, mujer», me dijo. La verdad es que Andrés es un tipo muy legal, con mucha elegancia y saber estar, y siempre me había inspirado un sentimiento de mucha confianza. En aquel momento, quizá embriagada por el alcohol, la idea me pareció aceptable, y él me acabó de convencer al decirme que así las fotos tendrían más clase. Me tiré a la piscina pensando en lo contento que estaría mi novio, y quedamos en preparar la sesión (light, eso sí) para esa misma tarde. Me despedí emocionada, con una mezcla de excitación por la sesión de fotos, anticipando la reacción de mi novio, y al mismo tiempo un poco asustada por la vergüenza que me podría dar que Andrés viera aunque solo fuera en ropa interior.

Lo que quedaba de día lo pasé depilándome completamente (sí, completamente) y comprando nuevas piezas de lencería (monísimas, os lo aseguro), que luciría en la sesión de fotos programada para las 20:30 de esa misma tarde.

Al llegar a casa el efecto de las cervezas se había diluido completamente, y pensé en que quizá estaba cometiendo una locura. Lo cierto es que me planteé anularlo todo.

Me embargaban sentimientos muy profundos de miedo, pero también de emocionante excitación. Me preguntaba qué pasaría cuando estuviera en lencería ante Andrés. ¿Cómo reaccionaría él? ¿Cómo me sentiría yo desnuda ante un hombre atractivo y posiblemente excitado? ¿Era cruzar una línea que mi novio jamás aceptaría? 

Para darme valor me bebí lentamente casi media botella de vino mientras hablaba por teléfono con él. Le conté que me había encontrado con Andrés, y le expliqué detalladamente en lo que habíamos quedado. Él supuso que era simplemente una historia, quizá más light de lo habitual, que yo estaba inventando para ponérsela dura, pero le puso tan cachondo (seguramente porque le parecía más probable que las inmoralidades que se me ocurrían en otras ocasiones) que se corrió dos veces durante la conversación.

De nuevo afectada por el alcohol y excitada por la conversación, me reafirmé en la decisión de llevar a cabo la sesión.

Andrés llegó puntualmente a mi piso, y al abrir la puerta me sorprendió muchísimo ver a Silvio, el entrenador personal gay amigo nuestro, con él. Andrés vio en mi mirada que estaba a punto de echarme atrás, y me explicó rápidamente que era necesario que alguien hiciera las medidas de luz mientras él tomaba las fotos, porque sino quedarían oscuras y con un aire amateur muy cutre. Silvio tiene algo menos de 30 años, es muy atractivo y de un cuerpazo moreno y musculoso. Aunque no tiene nada de pluma, sabemos que es gay porque una tarde nos presentó a su novio, un escritor francés 20 años mayor que él. Antes de que pudiera contestar a Andrés, Silvio me saludó con un beso en la mejilla y entró en el salón. Estuve a punto de echarles de casa desbordada por la nueva situación, pero se me ocurrió que como Silvio era gay no solo no se alteraría durante la sesión (que además, insisto, iba a ser muy suave eróticamente hablando), sino que seguramente su presencia mantendría a raya a Andrés si las cosas se iban de madre. 

Mientras preparaba su cámara y su ordenador portátil, Andrés me dijo que su experiencia le había enseñado que era habitual que una chica en ropa interior se sintiera incómoda o avergonzada al verse observada por un hombre vestido (ya no digamos por dos). Me dijo que si ellos se quedaban también en ropa interior, el ambiente se relajaría mucho. La verdad es que sí estaba muy nerviosa y me pareció una buena idea, así que me tranquilicé bastante cuando ellos se quitaron el calzado, las camisetas y los vaqueros. Silvio tenía un cuerpo de escándalo y Andrés, aunque basaba su encanto en su seguridad, su clase y su elegancia, no estaba nada mal. Al verlos a ambos en unos atractivos slips negros bastante ceñidos, sentí un ligero cosquilleo.

Mientras yo también me quedaba en un sugerente conjunto de lencería rosa, traté de sustraerme a mi incipiente excitación explicándoles que quería una sesión de fotos con gusto y, aunque excitantes, alejadas de pretensiones pornográficas. Quedamos en que las fotos no serían de desnudos totales sino de posados sugerentes en braguitas y sujetador. Me quedé en ropa interior y empecé a posar para ellos.

En la primera foto aparecía recostada sobre mi cama en actitud recatada exhibiendo mis piernas. En otra me senté de tal forma que quedaba a la vista una ligera parte de mi tanga rosa de encaje. En otra me levanté y me puse de espaldas, girando mi cabeza de forma sugerente mientras enseñaba mi culito y mi espalda. Andrés me retrataba en diferentes posturas pero siempre con mucha clase. Cuando acabó la tanda de fotos, me quedé asombrada cuando me las enseñó. Parecían de una revista de moda de altos vuelos. Aparecía guapísima, seductora, sofisticada, sexy… me encantaba el resultado.

Fui al baño a ponerme otro conjunto (un picardías de noche de color oscuro muy insinuante). Todo estaba yendo bien. Andrés era un sol, igual que Silvio. Y además yo también les estaba viendo semidesnudos, lo que cada vez me gustaba más.

En la segunda tanda me animé con posturas un poco más atrevidas. Estaba un poco borracha y había perdido el miedo inicial, por lo que me atrevía a ponerme a cuatro patas, abría un poco más las piernas, me inclinaba hacia delante para que se me viera el escote…A veces me colocaba como una putita y miraba a la cámara, excitándome al pensar lo caliente que pondría a mi novio y, no podía negarlo, al pensar en lo que estaría sintiendo Andrés. Silvio me dio una rosa que me había enviado mi novio, para que jugara con ella pasando los pétalos por mi cuerpo. Andrés hacía fotos sin parar, y cada cinco o seis fotos Silvio se acercaba a mí para medir la luz. Estaban los dos casi desnudos y yo cambiaba de una postura sugerente a otra. La verdad es que me estaba poniendo cachonda. Cada vez les miraba el paquete con menos disimulo (sobretodo a Silvio), y me daba la sensación de que se estaban dando cuenta.

Cuando estábamos a punto de acabar la segunda tanda de fotos, Andrés me propuso que me quitara la parte de arriba del picardías y me quedara en top-less . Era un paso que en principio no quería dar, pero antes de que le contestase me dijo que me podría tapar los pezones con las manos. Ese tipo de fotos aparecía hasta en las revistas femeninas más lights, así que, quizá afectada por mi excitación y por el vino, no le dije nada y me quité el top de seda. Rápidamente me cogí los pechos con las manos para ocultar mis pezones, aunque les había dado tiempo de sobras de verlo todo, lo que sorprendentemente me gustó imaginar. En las siguientes fotos a veces les daba la espalda y a veces me tapaba las tetas con las manos, aunque otras veces dejaba que se viera un poco una aureola para resultar más excitante. Andrés sonrió al verlo, pero siguió haciendo fotos como si nada. En cualquier caso mi técnica estaba provocando un potente efecto secundario; me encanta que me soben las tetas, y la ligera presión de mis manos sobre mis pezones hizo que empezara a mojar mis braguitas…

Estaba realmente caliente cuando Andrés sugirió que acabáramos la tanda y me cambiara de conjunto. Me levanté con las piernas temblando y le dije que ok. Aquello estaba empezando a írseme de las manos, así que le propuse que la tercera tanda de fotos fuera la última. «Como tú quieras», me dijo, sin sonar convencido.

Al entrar en el baño me miré al espejo. Estaba espléndida. Me puse cachonda otra vez sólo al darme cuenta de todo lo que estaba haciendo. Pensé en masturbarme rápidamente antes de volver a salir, pero en ese momento vi en el reflejo del espejo que la puerta del baño se había quedado mal cerrada. Me quedé con la boca abierta al ver como Andrés y Silvio estaban embobados mirando las fotos de la última tanda, sobándose la polla dentro de su slip al verme en la pantalla del portátil de Andrés. La sensación que tuve fue indescriptible. Silvio, al que creía hasta ahora estrictamente homosexual, se bajó un poco el slip y sacó una polla enorme, depilada y completamente empinada. Pensando que desde dentro del baño no podía verle, empezó a pajearse compulsivamente observando mis fotos.

Aquello me puso tan cachonda que, sin dejar de mirarle, empecé a acariciarme el coño. La polla de Silvio estaba brillante, y palpitaba con cada sacudida de su mano. Me aparté las braguitas y me metí un dedo susurrando de placer, temerosa de que se dieran cuenta de que les estaba observando. «¡Qué buena está, joder!», le oí jadear justo antes de correrme. Una convulsión recorrió todo mi cuerpo mientras me mordía el labio para no gemir. Me apoyé en la pared para no derrumbarme en el suelo, mirando todo el tiempo el pollón de Silvio. Le observé unos segundos más y vi que, como estaba a punto de correrse él también, bajaba el ritmo de su masturbación.

Reponiéndome de mi orgasmo, tuve una idea irresistible. Observándoles por el reflejo del espejo, hice un pequeño ruido fingiendo que cerraba mi estuche de maquillaje. Como esperaba, lo oyeron perfectamente y vi como sus cabezas se giraban hacia el baño. En ese momento aparté mi mirada rápidamente y llevé la vista al frente como si nada. El corazón me latía a mil por hora; Estaba completamente segura de que ahora me estaban observando los dos, recreándose en mi minúsculo tanga y pensando que yo no sabía que podían verme. Evitando la tentación de descubrirme mirando hacia su reflejo, me incliné hacia delante y empecé a bajarme lentamente las bragas. Mientras el tanga, empapado por mi orgasmo, se deslizaba entre mis rodillas, pensé en la imagen que les estaba ofreciendo. Mi coñito totalmente depilado y mi culito virgen apuntaban directamente hacia ellos, mientras que en el espejo podían ver reflejadas mis tetas, que se balanceaban al estar yo arqueada hacia delante. Cachonda de nuevo, me vestí lentamente con unas braguitas blancas, un conjunto de medias y liguero del mismo color y una minifalda de colegiala por encima. Decidí seguir sin sujetador. Les dejé claro que iba a salir del baño apagando la luz con tiempo y mirando hacia otro lado al salir. Cuando les observé hicieron como si nada hubiera pasado, como sospechaba. Silvio, que fingía observar el suelo para evitar cruzarse con mi mirada, volvía a tener la polla en los calzoncillos, pero el bulto que se veía debajo delataba su excitación. A Andrés le pasaba igual, pero se limitó a decirme que podíamos seguir. Mientras tanto, yo ya no hacía ningún esfuerzo por cubrirme las tetas. Estaba casi desnuda delante de los dos como si nada, y aunque ellos no hicieron ningún comentario, cada dos por tres sus miradas se dirigían a mis pechos sin que pudieran evitarlo. Me encantaba.

Empecé a posar como una profesional. Me puse a cuatro patas y me levanté la minifalda, mirando traviesa a la cámara. Cuando Silvio se acercaba a medir la luz, podía ver perfectamente la forma de su dura polla debajo de su ropa interior, a escasos centímetros de mí. Me estaba poniendo a cien otra vez. «¿Por qué no simulas que te acaricias un poco por encima de las braguitas?», me dijo de repente Andrés. 

Me quedé cortada. Hasta ahora todo había sido un divertimento muy excitante, pero ahora estaba jugando con fuego y corría riesgo de quemarme. «¿Eso os gusta a los tíos?», pregunté como una tontita para ganar tiempo. «Nos encanta. Seguro que a tu novio le vuelve loco». No me lo tuve que pensar mucho. Le dije que fingiría que lo hacía y empecé a tocarme ligeramente. Los ocasionales temblores de mis piernas debían delatar que mi masturbación no era del todo simulada, pero intentaba controlarme lo mejor que podía.

En ese momento la dinámica empezó a cambiar. Andrés dejó de hacerme sugerencias, y empezó a darme órdenes. Me decía que separara las piernas, que me sobara las tetas, que abriera la boca, que me chupara un dedo mirando a la cámara… y que no dejara de tocarme. Yo empecé a obedecerle sin rechistar, mientras Silvio lo miraba todo con el slip a punto de reventar.

«Quítate las bragas» me dijo entonces en un tono serio, grave, imperativo. Yo me quedé mirándole, pero estaba claro que era una orden, así que me las empecé a quitar. «Así no», me dijo. «Despacio, sonriendo a la cámara». Lo hice como me ordenaba. «Ahora date la vuelta y deja caer tus bragas hasta las rodillas. Inclínate enseñándome el culo y acaríciate el ano». Le obedecí sin rechistar, no fuera que se enfadara. «Bien», me dijo mientras tomaba fotos sin parar.

De repente apartó la cámara y empezó a quitarse los calzoncillos. Le miré con los ojos como platos, y me dijo que si me desnudaba yo lo mejor era que se desnudaran todos, para que no estuviera incómoda. Tenía la polla totalmente empinada, y unas gotitas de líquido preseminal le resbalaban por el prepucio. Sin embargo, hizo como si todo fuera muy normal y volvió a coger la cámara para seguir tomando fotos. 

«Voy a proponerte unas situaciones para que te metas en el papel», me dijo entonces, mientras yo intentaba disimular mi propia excitación. «Quiero que te imagines que estás en esas situaciones, y así podrás actuar ante la cámara y las fotos saldrán mejor, pero mientras tanto es importante que no dejes de tocarte si no te lo digo, ¿de acuerdo?». Me limité a asentir con la cabeza.

«Estás con tu novio. Le han encantado las fotos. Se arrodilla delante de ti y empieza a comerte el coño». Mientras me frotaba ligeramente mi sexo húmedo, ahora totalmente expuesto a sus fotos, no pude evitar gemir ligeramente al oírle. Cerré los ojos mientras me masturbaba imaginando la situación.

<>

«Ahora te pide que le comas la polla. Ponte a cuatro patas y cierra los ojos, imaginando que te coge la cabeza y te folla la boca». Silvio se acercó a medir la luz de nuevo. Él también estaba ya totalmente desnudo, y su enorme pene, completamente duro, quedaba ahora expuesto a escasos centímetros de mí. Yo intentaba no mirarlo, pero no pude evitar notar cómo se movía arriba y abajo mientras se agachaba a mi lado para hacer las medidas. Cerré los ojos de nuevo imaginando la escena que me había relatado Andrés.

<>

Cuando abrí los ojos me sorprendí de nuevo. Andrés hacía fotos con una mano, y con la otra se estaba haciendo una paja como si nada. Inmediatamente miré a Silvio, que se acariciaba la polla con las dos manos mientras me miraba tímidamente. En ese momento me desinhibí y me empecé a masturbar profundamente. Ni siquiera me molesté en no gritar cuando me corrí delante de los dos.

Andrés, sin inmutarse, siguió subiendo de nivel. «Quiero que te imagines que te amenazamos con publicar estas fotos a no ser que nos obedezcas. Quiero que pienses que te ordeno que dejes que te folle Silvio, y que luego te exijo follarte yo. Tú obedeces como una putita, temerosa de que las fotos se hagan públicas». Aquél cabrón consiguió ponerme aún más cachonda. Me retorcía de placer como una poseída mientras observaba como sus manos resbalaban sobre sus penes.

<>

«Eso es. Ahora quiero que te imagines que enseño las fotos en tu trabajo a tus jefes. Ellos te llaman a su despacho, y te obligan a que dejes que te follen allí mismo como la guarra que eres. Tú les suplicas que no lo hagan, pero te empiezan a sobar amenazando con despedirte y con enviar las fotos a todo el mundo si no cooperas».

<>

En ese momento tanto Andrés como Silvio se masturbaban a toda velocidad. Silvio volvió a acercarse para medir la luz, y perdida su timidez no dejó de pajearse mientras estaba junto a mí, jadeando y observando descaradamente como mi dedo entraba y salía de mi coño. La visión de su miembro era intoxicante. Cuando se retiró, su polla me rozó un pecho, y me estremecí de placer. «Métete un dedo en el culo», dijo Andrés. Yo me habría metido un vibrador entero, así que le obedecí complacida. No era más que una actriz porno a su total disposición.

«Eres una puta», susurró. «A partir de ahora podemos hacer contigo lo que queramos. Podemos decirte que te folles a nuestros amigos. Podemos decirte que entres en el vestuario del equipo de fútbol y se la chupes a todo el que te lo pida. Podemos obligarte a convencer a una amiga para que deje que le comas el coño, y para que me la chupéis a la vez y compartáis mi corrida. Podríamos decirte todo eso y obedecerías, porque no te queda otro remedio y, sobretodo, porque en el fondo te gusta ser una guarra», me dijo mientras me metía los dedos a la vez en el coño y en el culito, gimiendo sin ningún recato delante de los dos.

<>

Me corrí por enésima vez imaginando una vida de lujuria interminable. A cuatro patas grité, gemí y me retorcí. Cuando, agotada, abrí los ojos, tanto Silvio como Andrés estaban en frente de mí, masturbándose aún, aunque ahora muy lentamente. Sus pollas casi rozaban mi cara. Andrés seguía con la cámara en la mano, fotografiando la escena. «¿Aquí ha acabado todo?», me pregunté. «La verdad es que ha sido increíblemente excitante, pero aún no he cometido ningún error irreparable. Al fin y al cabo, ni siquiera nos hemos tocado. Podríamos separarnos ahora mismo habiendo compartido una experiencia especial, pero sin haber ido demasiado lejos. Seguramente sería lo mejor», pensaba mientras sus pollas se balanceaban lentamente delante de mis ojos.

Andrés apartó la cámara de su cara, me miró a los ojos y, con infinita paciencia y el tono condescendiente con el que se habla a las niñas pequeñas, me dijo «¿A qué esperas para empezar a chupárnosla?».

Sonreí pensando que ya era hora, mientras cerraba los ojos y abría la boquita…

BellaPerrix ❤️

2 comentarios sobre “Sesión de fotos para mi novio

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s