MARCELA VARGAS

Enfrentamiento, acción y cambio

Una niña de seis años esperaba que la pasaran a recoger de la escuela. Ese día habían entregado a los alumnos el boletín de calificaciones, y en el de ella se reflejaba que era de los mejores estudiantes. Sus ojos marrones y grandes miraban hacia lo lejos con expectativa, aumentada porque algunos padres ya llegaban, sus hijos les mostraban las notas y recibían sonrisas, felicitaciones, abrazos. Hasta que apareció una mujer de 25 años que ella veía alta, delgada, de ojos castaños claros y cabello oscuro recogido en una cola de caballo lisa y estirada. Su nombre era Martina y era licenciada en Letras. Cuando se acercó, la niña le sonrió, extendió su libreta y le dijo:

—¡Tía! Mirá, dieces en todas las materias.

La mujer de rostro serio se interesó más por la mochila de la pequeña que por el documento y le dijo:

—Así tiene que ser, para eso me quito tiempo y me ocupo de tu educación, y no para que lo desperdicies en malas notas. Guardá eso y lo miro en la casa. Rápido, Rebeca, hay muchas cosas para hacer en la librería. —Agarró su mano y comenzó a llevarla de los tirones, porque la niña no caminaba tan rápido. Luego, le miró la cabellera brillante, ondulada y semirrecogida en un moño. —Tu pelo está horrible. Pero bueno, si lo corto más va a quedar peor.

Un mediodía, Rebeca, esta vez de 12 años, llegaba a la casa desde la escuela. Martina cerraba al público la librería que funcionaba en la habitación frontal de la casa.  

—Ya llegué, tía —expresó, agitada. Luego, buscó con la mirada a otra dama, que era ayudante y trabajó allí desde antes de que Rebeca naciera, por lo cual le resultó inusual no verla. —¿Dónde está Amanda?

—Buen mediodía, señorita. A Amanda la despedí.

—Buen mediodía, tía. Pero ella es tu amiga, ¿no se enojó?

—Amanda ya no es mi amiga y vos no vas a ver más a su hijo, así que él tiene prohibido venirte a buscar o volver con vos del colegio. Hoy pasé por enfrente con el colectivo para comprar insumos y vi que en el recreo te agarró de la mano y te besó en la mejilla. Vos apenas tenés 12 años para andar de novia. Lo único que tenés que hacer es estudiar. Así que…

—¡Pero si somos amigos nomás! —vociferó Rebeca, entre indignada y avergonzada por la idea del noviazgo.

—¡No me interrumpas, mocosa! Sí, vos creés que son amigos nomás, pero él tiene 13 años y quiere otra cosa. Y yo no quiero saber nada de problemas. Por eso te voy a cambiar a un colegio para chicas. Me va a costar un montón, pero no hay otra alternativa. Mirá todo lo que tengo que sacrificar por vos: juventud, amistades de toda una vida, mi tiempo, mi vida.

—¡Vos no sos mi mamá! —explotó Rebeca y luego se tapó la boca.

Ante la respuesta, la mujer salió del local comercial, atenazó el brazo de la niña y la llevó hasta su habitación, haciendo caso omiso de las disculpas desesperadas.

—¿Vos querés saber qué pasó con tus papitos adorados, ideales? —la soltó bruscamente cerca del escritorio. —¿No te dije una vez que tenías prohibido preguntar, que bastaba con saber que se fueron para darte cuenta de qué clase de personas son? Te dije, pero ya que querés saber, vas a saber. Mi hermana mayor, que de mayor solo tiene la edad porque es una irresponsable total, te tuvo y te dejó tirada porque tu padre, otro irresponsable total, ya no las quería ni a ella ni a vos. Él prefería a tus dos hermanos mayores. Entonces, los de servicios sociales me encontraron y me dejaron a tu cuidado. Tuve que dejar mis planes, mi sueño de irme a vivir a otro país para seguir estudiando. Yo nunca me llevé bien con mi hermana y ahora estoy criando a su hija indeseada.

Era domingo, cerca de las ocho de la mañana. Rebeca, de 20 años, abrió los ojos y se dio cuenta de que había llorado dormida porque sentía un nudo en la garganta e hinchazón en el rostro. Se puso a recordar el sueño, que en realidad era un retazo de su infancia. “Ya toqué fondo”, se dijo a sí misma, pues no había llorado desde hacía años. Se quedó boca arriba, como hipnotizada, por media hora. “¿Cómo se me ocurrió escribir a mis hermanos mayores? Nunca antes lo había hecho. Ahora estoy así”.

Se levantó para ir al baño. Después, en la cocina, encendió una hornalla para calentar agua y preparar el desayuno. Mientras esperaba, se dirigió al cuarto donde dos meses atrás todavía funcionaba la librería. La mercadería y el mobiliario continuaban allí, cubiertos por una leve capa de tierra y algunas que otras polillas del estuche. Su memoria retornó a esa época, cuando Martina aún vivía ahí.

—Rebeca, te tengo que contar algo. Mañana viajo. Me voy al extranjero. Estuve preparando mis cosas estos días. Obtuve una beca para realizar una investigación. Las becas solo se las dan a las personas con mejores puntajes —la mujer, al fin, tenía una sonrisa genuina. Se sentó en la mesa donde la joven desayunaba. En ese entonces, ella era redactora en un medio de comunicación lejos de la ciudad.

—Lógicamente. Esas becas son para gente con buenas notas —respondió tranquilamente, pero comenzó a cerrársele el estómago.

—¡Es mi sueño hecho realidad! ¡Lo pospuse por años! —exclamó, esperando una reacción más emotiva de parte de la muchacha.

—Entiendo —respondió con una sonrisa tirante para disimular su angustia ante la inminencia de la soledad.

—Sé que ibas a alquilar un lugar cerca de tu trabajo, en la otra ciudad. Pero necesito que te quedes acá. No puedo dejar sola la casa. De hecho, pienso quedarme a vivir allá y vos ni siquiera vas a tener que gastar dinero en un lugar ajeno.

Rebeca apartó la vista y la dirigió a su desayuno. Siguió comiendo, sin contestar.

—Yo sacrifiqué todo por vos. Incluso tuve que abrir la librería y quedarme encerrada en esta casa para poder trabajar y, a la vez, cuidarte. Y gracias a esa librería, señorita, es que pudiste estudiar, recibirte y tener los trabajos que tuviste.

—Siempre te lo agradecí. Nunca salí más que para ir a la escuela, luego a la facultad y, entretanto, colaboré en la librería.

—Como correspondía.

—Las dos hicimos lo que correspondía. No te preocupes, la casa no se quedará sola.

—Me quedo tranquila, entonces. Así que mañana me iré por la mañana. ¿Me podrías acompañar al aeropuerto?

—Mañana por la mañana trabajo, no habrá tiempo.

—¿Podrías pedir el día libre? Es probable que no nos veamos más en años.

—No corresponde faltar al trabajo.

Rebeca meditó: “Si ella no se hubiese ido, todo estaría como siempre. Y yo no estaría en esta casa. Pero ella se fue por mi culpa. Yo le impedí vivir su vida. Fui una cosa molesta para mis padres y para ella. Sin embargo, me esforcé todos estos años para ser útil. ¿Cuál es la respuesta? No alcanza”.  

La joven tomó su teléfono celular y entró a una de sus redes sociales. Vio que desde el perfil del “Mercado Modelo” publicaron una fotografía del suplemento impreso Periociudad Cultural, en concreto, de la nota que ella había hecho para ese domingo, que era su día de franco. “¡Gracias por la publicación a Periociudad, el único de la ciudad! ¡Los vendedores del Mercado Modelo seguimos en lucha!”, expresaban. Recordó los mensajes que había enviado en esa misma red social a sus dos hermanos desconocidos: una mujer de 30 años y un hombre de 32, cuya información le había facilitado su tía la jornada previa al viaje. Hacía una semana intentó tomar contacto con ellos, creyendo ilusamente que la recibirían de brazos abiertos, pero no obtuvo respuestas, a pesar de que los dos ya habían visto los mensajes. “Ahora entiendo por qué el tipo ese los prefiere y viceversa. De tal palo tal astilla. Me libro de haberlos conocido”, se atrevió a pensar. Acto seguido, borró los mensajes y bloqueó las cuentas.

Al anochecer tendría que ir a una obra del  teatro comunitario invitada por su amiga Graciela. Quizá habría material allí para publicar la próxima semana en Periociudad Cultural. La noche anterior le había llamado porque no pudo contener tanta angustia que había sido enterrada el día que su tía le detalló el abandono. Con la llamada, verbalizó su historia por primera vez, le confesó a la otra joven que no podía seguir quedándose en la casa sola porque le recordaba que su tía ya no estaba, que había decidido alejarse de ella tal como el resto de su familia.

Unas semanas antes, había diarios y revistas sobre la mesa del comedor y el escritorio de su habitación. A Rebeca le encantaba tenerlos a mano para consultarlos. Cada vez que volvía del trabajo los miraba, lo mismo que cuando tenía tiempo libre. Todo para no tener que rememorar. Ese día se decidió por no hacerlo. No le podía tener tanto miedo a la casa: tenía que limpiarla, pero no de forma superficial como lo hacía desde que se quedó sola. Empezó por su pieza. Había cosas que acumulaba y que debía tirar, tal el caso de ese cuaderno ridículo y viejo que usaba para sus anotaciones periodísticas.

Cuando avanzó con la limpieza, se dio cuenta de que no le iba a alcanzar el tiempo para completarla, así que optó por encargarse del resto durante la semana. Para eso debía dejar de asistir a la Biblioteca Popular a la salida del trabajo, al menos por el momento. También, salir a horario de Periociudad y no volver a permitir que Omar, el pelirrojo y haragán hijo de la jefa Valeria –también pelirroja, pero de ninguna manera holgazana-, se aprovechara de su condición de nueva y laboriosa empleada (como le habían dicho sus colegas), y le arrojara todos sus quehaceres, retrasándola, además.

La obra de teatro se llevaba a cabo en un barrio de la ciudad, donde la entrada era gratis y la salida a la gorra, es decir que al finalizar la función, el público pagaba lo que consideraba que valía la actuación. Se trataba sobre cambios y era interpretada por un grupo de personas de distintas edades. De entre ellas, a Rebeca le llamó la atención un joven, no sabría decir si por su altura o por sus cabellos lacios y oscuros. Cuando culminó la performance, Rebeca le dijo a Graciela:

—¿Me habías dicho que viene a buscarnos tu padre? Andá nomás, yo voy a hablar con los actores para ver si los puedo entrevistar.

—Te esperamos, no hay problema. Yo voy afuera y vos hablá tranquila con ellos. Es tarde y no vas a conseguir transporte. Aparte, yo te invité, no voy a dejar que vuelvas sola.

Rebeca se acercó al escenario y se dispuso a esperar a que los espectadores se fueran para poder hablar con alguno de los actores. El mozo que le había resultado llamativo la vio allí, entre la gente. Una chica bajita vestida formalmente en un teatro barrial un domingo por la noche, que contemplaba con hermosos ojos marrones a los asistentes. Era evidente que esperaba algo. Miró a sus compañeros, que estaban ocupados atendiendo al público, y se preguntó si ir a hablar con ella o no. Debido a que los demás tardarían un buen rato en estar disponibles, respiró hondo y bajó lentamente del escenario.

—Hola —la saludó el actor tímidamente. De cerca, tenía ojos oscuros. —Soy Arturo. ¿Te podemos ayudar en algo?

—Rebeca, de Periociudad. Me gustaría entrevistarlos esta semana para el suplemento cultural que saldrá el domingo próximo. El tema se relaciona con las actividades que realizan en el teatro.

—Así que sos periodista. Claro que sí, a mis compañeros les va a interesar mucho la difusión. En cuanto se desocupen te los presento.

—Gracias. También quisiera hacerte unas preguntas, pero no hoy —la joven recordó que había desechado el cuaderno antiguo donde hacía las anotaciones y tampoco salió con la grabadora.

—En realidad hace dos años que actúo. Ellos tres son los profesionales  —señaló al escenario. —El resto solo somos principiantes. Mi intención no es llegar a ser profesional, mi objetivo es, más bien, desenvolverme mejor en la vida social. De hecho, las obras que interpretamos son originales y son producto del taller de teatro que se ofrece a personas con problemas para sociabilizar.

—¡Perfecto! Justamente, podría abordar la nota desde ese enfoque.

Al día siguiente, estaba escribiendo en la computadora de su cubículo, cuando recibió un correo electrónico de Omar, que le envió una nueva selección de más de diez gacetillas de prensa sin revisar. Eso era lo que esperaba para decidirse a hablarle al respecto.  Se dirigió a su oficina y le solicitó ingresar. Cuando le permitió el acceso, ella abrió la puerta y lo vio conversando con Valeria, hasta que ambos la miraron con sus ojos verdes y callaron, anonadados. Es que ella siempre iba con ropa colorida y, esta vez, vestía atuendos oscuros y formales. Pero no sabían si sorprenderse por eso o por su semblante serio y un tanto preocupado, ya que era común verla con una sonrisa “de robot”.

—Buenos días, Valeria. Yo… necesito hablar con Omar.

—Buenos días, querida. Hablen tranquilos. Ahora tengo un tiempito libre y me encantaría ver cómo dialogan en equipo.

Rebeca demostró mayor inquietud y nerviosismo, pues no era su intención que la jefa oyera lo que tenía para decir a su hijo. Sin embargo, no le quedó más alternativa. Miró a Omar, que la veía con una expresión de desconcierto.

—Ese es el problema. No hay trabajo de equipo. Omar, hoy debo escribir tres notas para el diario y, además, es posible que concierte una entrevista con un actor para el suplemento del domingo. No puedo reescribir las diez gacetillas de prensa que me enviaste.

El aludido quedó hecho un tomate. Era demasiado lo que estaba pasando: verla como una persona diferente, que lo enfrentara en presencia de su madre y que lo tuteara.

—¿Cómo es eso, Omar? ¿Cómo que le enviaste todas tus gacetillas? —Valeria se ruborizó y se levantó de golpe de su asiento.

—Y el sábado salí demasiado tarde, al punto que me quedé sin transporte. Si no hubiese sido por la compañera que se ofreció a llevarme a casa, no sé cómo habría llegado.

—¡No puede ser! ¿Pero cuántas veces pasó esto, Rebeca? No puedo creer que volviste a las andadas, Omar. Me prometiste que habías cambiado. ¿Por qué no podés actuar acorde a tus 30 años? ¿Te das cuenta de que te aprovechaste de la buena predisposición de una chica que tiene diez años menos que vos?

—Mamá, yo… —el interpelado giró el asiento para dar la espalda a ambas mujeres.

—Rebeca, no te preocupes. Todo ese trabajo extra que hiciste… Después dame los detalles. Se te va a compensar económicamente y no va a volver a pasar. Y, Omar, vamos a tener que hablar.

En la sala de redacción, se dedicó a realizar su trabajo reprimiendo los pensamientos de si estuvo bien o mal lo que hizo, y también conteniendo los temores de que la echaran. “Que pase lo que tenga que pasar, yo haré el trabajo lo mejor que pueda hasta lo último. Pero eso ya no significa trabajar de más”, pensó. Sin embargo, toda la semana, la jefa la trató como siempre, los colegas no emitieron opiniones y no dieron indicios de haberse enterado de algo, aunque les resultaba extraño no ver a Omar en todos esos días. Lo cierto es que Valeria le pidió la oficina para que retornara a su antiguo cubículo en la sala de redacción, pero él lo rechazó y decidió no volver a la empresa.

En dichas jornadas, asimismo, Rebeca entrevistó a Arturo, quien le contó que tenía 22 años y trabajaba en un estudio contable. Había abandonado la carrera de contador por el trabajo, pero planeaba retomarla en cuanto pudiera. Por lo pronto, actuaba porque quería superar su timidez, que tiempo atrás lo hacía sufrir de sobremanera. Gracias al taller comunitario destinado a los jóvenes con problemas de socialización, había conseguido muchas cosas que no hubiera podido de otra forma, según manifestó.

—Es increíble lo que se logra con jóvenes que nunca salieron de sus casas a hacer actividades normales como ir al boliche, a las fiestas; participar en talleres, en voluntariados; conseguir su propio trabajo; tener parejas, amistades. Esos chicos se empiezan a animar más a medida que pasa el tiempo porque se van desenvolviendo con los ejercicios —le contaba mientras la fotógrafa del medio de comunicación recorría el teatro.

—¿Cómo considerás esta actividad que realizás? Si la comparás con otras.

—Yo creo que es novedosa porque si buscás, al menos en la ciudad, no vas a encontrar otra actividad que se enfoque en ayudar a gente como nosotros. La timidez o el temor a la gente, si es seria, puede derivar en que la persona no consiga desarrollarse como tal y que sienta que no puede encajar, que nadie la entiende, que no sirve para nada, que es diferente de una manera negativa. Todos esos pensamientos son severos y pueden afectar mucho. Por supuesto que los talleristas no son psicólogos pero, de hecho, el programa del taller incluye consultas gratuitas con un equipo de salud mental, de modo que aquí todo se complementa.

El sábado por la tarde, Valeria la felicitó por el texto, que incluía distintos puntos de vista sobre el mencionado taller artístico, y le dijo:

—La verdad es que a la empresa y a los lectores les encanta tu trabajo. Tu familia debe estar orgullosa de vos. A mí me hubiera encantado que mi hijo… En fin. Que descanses, Rebeca. Nos vemos el lunes.

http://www.relafabula.wordpress.com

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