ALMUTAMID

El viaje se me hizo hasta corto a pesar de tener que coger un tren hasta Charleroi para pillar el vuelo directo a casa. Tuve tiempo de pensar como siempre en los momentos de soledad. Volvía a tener esa sensación cada vez que volvía a casa de que tenía dos vidas paralelas, una en mi ciudad y otra en la residencia de Lieja. El Luis de cada lugar era diferente porque se relacionaba con personas diferentes. Lo vivido en estos meses en Lieja distaba mucho de lo que yo habría esperado y sobre todo de lo que yo vivía en mi ciudad.

En el aeropuerto me esperaban mis padres y el bendito clima Mediterráneo que me recibió con un sol radiante de primavera y una temperatura cercana a los 30 grados y los naranjos reventones de azahar. Evidentemente mi madre no me dejó salir aquella noche. Tenía que contarle todo. Lógicamente todo lo que se le puede contar a una madre. Además estaba cansado y aunque tenía muchas ganas de disfrutar de las vísperas la circunstancias hicieron que me quedara en casa. A mi madre no le había gustado el bigote así que me llegué a plantear afeitármelo.

Mi madre ya me tenía la túnica preparada y con el escudo cosido expuesta en el salón como es costumbre entre los cofrades. Fue algo que aún me alejaba más de la vida que estaba llevando en Lieja. Cenamos respondiendo el cuestionario de una madre preocupada y un padre orgulloso. Me acosté temprano pues quería madrugar para volver a fundirme con mi tierra y la fiesta.

Me levanté temprano. Me duché y me afeité pero no me quité el bigote, y me vestí con un blazer azul marino y unos pantalones gris marengo que cubrían una camisa celeste y una corbata roja. En la solapa de la chaqueta coloqué la insignia que reproduce el escudo de mi hermandad y me encaminé hacia la iglesia antes de que empezara la misa de Ramos.

El sol no había faltado al día más bonito del año, ese en que el que no estrena se le caen las manos, y atravesando las calles del barrio camino de la hermandad aspirando el aroma de azahar y pisando la alfombra de flores que genera la abundancia de esta flor al desprenderse del árbol, sentí la nostalgia que ya había sentido en algunos momentos en Bélgica multiplicada hasta el punto de sentir angustia. ¿Por muy bonitas que fuesen las ciudades belgas quién querría vivir allí si ya disfrutaba del paraíso en la Tierra?

Llegué a la puerta de la iglesia y entré en ella por la puertecita lateral. Cuando vi mis pasos montados la emoción casi me hace llorar. La lejanía también hace olvidar algunos sentimientos. Quizá era lo que me había ocurrido con Claudia. La lejanía me había hecho olvidar lo importante que era para mí. En la penumbra del templo, a esa hora sólo iluminado por el sol tamizado que se colaba por la única ventana orientada al este en el crucero, tuve que contener las lagrimas ante las soberanas imágenes de los titulares de la hermandad entronizados ya en sus pasos para la estación de penitencia del día siguiente.

Sentí que del suelo brotaban raíces que me retenían trepando por mis piernas. Llevaba demasiado tiempo fuera de la ciudad y si mi plan se cumplía volvería quizá para siempre. La aventura de estudiar fuera me había dado experiencias nuevas, compartir otras realidades y aprender, pero también me había desviado de una forma de ser que ahora sentía que realmente era la mía.

Recé arrepentido de algunos de mis actos durante aquel tiempo de alejamiento en los que había faltado el respeto sobre todo a mis amigas y regresé a casa para desayunar con mis padres un café y unas torrijas antes de ir con ellos a la misa de Ramos donde tuve que soportar los besos y preguntas de todas las amigas de mi madre sobre mi estancia en Bélgica. Y de paso ver la cara torcida de mi madre cada vez que sus amigas decían que estaba guapísimo con el bigote, que parecía mayor, todo un caballero…

Tras la misa llamé a Pablo pues ellos habían quedado para comer juntos. Llegué unos minutos más tarde para que ya hubiesen llegado todos pero me llevé la decepción de que Alba no había llegado todavía. Me la saludaron todos de forma efusiva, Pablo, Leyre, Viqui, Mikel y Nieves. Se llevaron una sorpresa.

Ya sentados y con la cerveza en la mesa llegó Alba, pero no venía sola. Admito que el estómago se me cerró de golpe pues venía acompañada. Yo conocía al chaval. Era uno de los compañeros con los que la había visto en aquellas ocasiones en que la había recogido en su facultad. Intenté disimular mi sobresalto a pesar del cariño con el que se me abrazó.

-Pero Luis, ¿cómo no me has dicho que venías?- decía abrazada con fuerza.

Yo ni me había fijado en lo guapa que venía más preocupado por su compañía. Pero ella actuaba ajena centrada en mí:

-¡Qué sorpresa! Sabía que tú no te quedabas sin Semana Santa ¿sales mañana con tu hermandad verdad?

-Claro…- respondí aturdido.

-Déjame que te vea. ¿Y ese bigote? – preguntó rozándolo con sus dedos- Te noto cambiado, pero estás muy guapo.

-Cosas del carnaval- respondí torpemente.

El chaval que venía con ella se quedó cortado ante su actitud conmigo y fue cuando ella se dio cuenta.

-Huy, Álvaro, que me he llevado una sorpresa tan grande. Chicos, Álvaro es compañero mío de clase.

-Yo creo que te conozco- respondí apretándole la mano.

-Sí, tú eres el amigo de Alba que estudiaba fuera.

-Sí, sí- respondió Alba- pero es que estaba de Erasmus en Bélgica y no sabía que venía. Que bien, todos juntos en Semana Santa.

Efectivamente Álvaro era un chico muy alto, de hombros anchos, después supe que jugaba al baloncesto, medio rubio con el pelo corto rizado. No era un tío que tú mismo pudieras describir como guapo pero tenía una cara afable que coronaba su buena presencia remarcada en un elegante traje azul. En ese momento Alba procedía a presentarlo al resto del grupo:

-Álvaro es compañero de clase. Se ha quedado sorprendido por todo lo que sé de Semana Santa y me ha pedido si nos podía acompañar.

Todos asintieron con “claros” y “por supuestos” mientras Viqui y yo nos miramos. Ella se encogió significativamente de hombros dando a entender que no sabía nada. Al menos Alba se sentó a mi lado insistiendo en la sorpresa y preguntándome todo: el viaje, desde cuando sabía que venía, por qué no se lo había dicho…Mientras Nieves entretenía a Álvaro preguntándole por la facultad y el grupo con el que salía Alba.

Tras comer las tradicionales pavías de bacalao, solomillo al güisqui y ensaladilla bien regados de cerveza fría nos dirigimos caminando al centro para empezar a ver las primeras cofradías. Yo sentía una mezcla de alegría por pasear por las calles de mi ciudad y a la vez unos extraños celos por Álvaro. Había dicho su amigo, nada más, pero venía sola con él. ¿Qué me estaba pasando? Yo dos días antes estaba a otra cosa, y de golpe nada más llegar me encontraba esto. ¿Tenía algún derecho a sentirme así? Ninguno. Pero los sentimientos son difíciles de controlar y esa situación inesperada me había desarmado. Yo esperaba pasar la semana como el año anterior, especialmente con Viqui y Alba, tenía un gran recuerdo de aquellos días con todas sus emociones, pero ahora veía que se caía todo.

Aun así la emoción de ver el primer paso de misterio entre la multitud al son de cornetas me recordó donde estaba y el sentimiento de emoción se impuso sobre los celos. De hecho en los momentos de espera o de búsqueda de otra cofradía resultó que Álvaro era un tío agradable. Curioso. De hecho, me vi explicándole a Mikel y Álvaro ciertos detalles de la indumentaria de los nazarenos, el significado de algunas figuras secundarias o la historia de la celebración.

A media tarde Pablo y Leyre nos abandonaron. Pensé que Nieves se iría con ellos pero permaneció con el resto del grupo. Mikel denotaba cansancio y se le veía agobiado en las bullas teniendo que explicarle como funcionaban. Pero el saber como salir de semejante aglomeración humana es algo que debe estar en algún gen de los habitantes de la ciudad del que carecen los foráneos, angustiados mientras se forma su corriente para poder salir. La frase más repetida al vasco fue:

-No empujes. Déjate llevar en la dirección que quieres.

Paradojas de la Semana Santa.

Ya anochecido y tras haber disfrutado del paso de la hermandad que da nombre a la marcha considerada el himno de la fiesta nos paramos a comer algo. Mikel estaba reventado y famélico. No entendía la pechada de andar que nos estábamos dando y si no era por el color de los capirotes o del manto creía ver una y otra vez el mismo paso de palio. De hecho, tras comer algo se fueron él y Viqui pues trabajaba al día siguiente.

Eso me permitió poder caminar junto a Nieves mientras buscábamos la última cofradía que íbamos a ver de las diez que salen el domingo de Ramos. Mi examante aprovechando cierta distancia me habló así:

-Te van a levantar a Alba…

-¿Por qué me dices eso? Sólo somos amigos.

-Luis, se te ha visto a leguas la cara de disgusto cuando la viste aparecer acompañada. Y yo en estas cosas soy perra vieja. A ese tío el gusta Alba pero ella aún no está convencida. Se muestra amable con él y sin dar más confianzas que gestos de amistad. Fíjate que no le da la mano en las bullas como a ti. Más claro agua. Eso sí, si no te espabilas, olvídate.

-Pero yo estoy en Lieja…

-No seas imbécil. Tú estás aquí y ese tío quiere lo mismo que tú…

-Pero, pero…

-Ofú, Luis. De verdad, tan espabilado para algunas cosas y tan tonto para otras. Yo sólo te digo que Alba ha empezado a salir con sus compañeros. Que éste está todo el día detrás de ella y que si no haces nada, para cuando quieras darte cuenta será tarde. Allá tú…

La estrechez de la calle ya ocupada de gente hizo que nos agrupáramos los cuatro. Ya estaba la cruz de guía abriendo paso y sabedores de la cantidad de nazarenos negros que acompañan al magnífico crucificado del siglo XVII decidimos remontar avanzando en fila india.

Las palabras de Nieves resonaban en mi cabeza. Me di cuenta de que Alba era la que me seguía así que para cruzar un tapón de gente en una de las esquinas de una calle perpendicular a aquella por la que caminábamos le tendí la mano y me la tomó. Pero es que cuando nos detuvimos pegándonos a la pared para ver pasar el imponente conjunto barroco en un silencio sobrecogedor donde sólo se oían el paso racheado de los costaleros y la voz seca y autoritaria del capataz, volví a ofrecerle mi mano y vimos sobrecogidos como la ciudad representa el Amor en la imagen del Salvador y la alegoría de un pelícano que abre su pecho para alimentar a sus crías. ¿Sólo era eso lo que me emocionaba?

El azar, aunque más bien la geografía, colaboraron conmigo. Pues resultó que Álvaro vivía al otro lado del centro del que nosotros, cerca del estadio de mi equipo. Y aunque se ofreció a acompañarnos de vuelta, quizá con la idea de quedarse a solas con Alba en algún momento, ésta le explicó que vivíamos muy cerca unos de otros, y yo la acompañaba, evitándose tener que atravesar media ciudad de vuelta.

Quedaron en hablar al día siguiente y él tomó el camino opuesto al que tomábamos las chicas y yo. Por el camino de vuelta, aunque Nieves estaba cansada acompañamos un momento a la Virgen de nuestro barrio que sale el domingo de Ramos. De nuevo al ponernos tras el paso nos dimos la mano, pero esta vez fue Alba la que la buscó. En esos momentos nos quedábamos en silencio, ni siquiera nos mirábamos, pero nos tomábamos de la mano.

Después cruzamos por el otro puente para dejar a Nieves en su casa y nosotros dos nos dirigimos a la de Alba. El portal de Nieves me devolvió recuerdos de trastero con cierta amargura pero la compañía de Alba endulzó el mal recuerdo. Sin embargo ya solos hablamos de la sorpresa que se había llevado al aparecer yo y de preguntas del viaje. No me atreví a preguntarle por Álvaro.

Yo le conté como era la residencia, el ambiente universitario, las fiestas allí y la ciudad en general. Le conté las fiestas y lo liberales que eran evidentemente sin contarle que yo había participado de esa liberalidad. Cuando le expliqué que las duchas eran mixtas en casi todas las residencias y albergues casi se le desencaja la mandíbula.

-¿Y tú como lo haces?

-Uso albornoz…

-Ahn, claro. Uff. Que mal. Yo me muero de la vergüenza.

-Pues la gente lo tiene asumido y como si nada.

-Para es incómodo desnudarme pero también tener gente desnuda. Es que no sabes donde mirar- me explicaba.

-Tienes que tener cuidado para que no se te vayan los ojos.

-Anda ya, jajajaja. Que te habrás puesto las botas viendo niñas…

“Si tú supieras” pensé dándome cuenta de que me había olvidado de todo aquello al llegar a mi ciudad. ¿Realmente la misma persona que se había emocionado dándole la mano a Alba es la que se había montado las fiestas sexuales en Lieja? ¿Pero cuál de los dos quería ser yo? Mirando a los ojos a Alba al despedirme en su portal creo que lo tuve claro.

Me acosté cansado pero con una cierta euforia. ¿Qué me estaba pasando? Intenté no pensar pues al día siguiente tendría muchas horas para hacerlo vestido con mi túnica y bajo el anonimato de mi capirote.

Me levanté temprano, me desayuné un café con una torrija de las que hacía mi madre, y me fui a la hermandad para celebrar la misa de hermanos previa a la estación de penitencia on un traje oscuro y la medalla colgada al cuello. La iglesia abarrotada no es capaz de recoger a las cientos de personas que acuden por lo que gran parte tiene que seguirla desde la plaza que hay delante. Allí me reencontré con conocidos míos y de mi padre.

Tras la misa regresé a casa, comí un menú ligero y como marca la tradición mi madre me ayudó a vestirme la túnica que llevaba días colgada en el salón ya con su escudo cosido. Para los cofrades el día que sale su hermandad es una fiesta. Siempre está llena de emoción por la repetición del rito. Los cofrades miden el año no de enero a diciembre, sino desde la última estación de penitencia hasta la siguiente aprovechando los momentos de soledad y recogimiento para hacer examen de conciencia sobre lo ocurrido en ese tiempo. Ese es el verdadero fin de la estación de penitencia acompañando a nuestras imágenes como paso previo a la Pascua de Resurrección.

En mi caso tenía mucho que olvidar pero también mucho que recapacitar. Además a la emoción habitual sumé la de haber regresado desde tan lejos y poder vivir esos momentos una vez más. En mi caso lo ocurrido el domingo de Ramos había sido un descubrimiento, un verdadero despertar que todavía no sabía como afrontar pero que me generaba un calor interno muy positivo. Quizá era lo que mi vida estaba demandando y no tenía por qué suponer un obstáculo a mis planes.

Salir a la plaza ya en fila con mi cirio y pocos minutos después escuchar los aplausos cuando el enorme barco del paso de Cristo sale por una puerta por la que no cabe dio inicio a la verdadera estación. Aunque una hermandad que sale a la primera hora de la tarde se encuentra con un ambiente familiar poco dado al recogimiento, yo sabía que según pasaran las horas y cayera la tarde el ambiente iría ganando en recogimiento.

Cuando pasaba a la altura de la casa de Alba la vi buscándome. Venía a traer agua pues a esas horas hacía calor con la túnica, el capirote y el antifaz puestos. La casualidad hizo que apareciera mi madre por el mismo motivo. Temí el típico interrogatorio de mi madre sobre “esa niña tan guapa”, pero la suerte hizo que en ese momento llegaran también Viqui y Mikel, que se extrañó mucho al verme con el hábito nazareno. Salvé la situación.

De nuevo mis amigos se mostraban una vez más pendientes de mí. Habían quedado para verme antes de irse al centro. No pregunté por Álvaro que supuse que se les uniría en el centro de la misma forma que me extrañó no ver a Nieves. Pero Alba antes de irse me contó que se iba directamente con Leyre y Pablo. Luego ya se llamarían.

Así fui avanzando en el recorrido cruzando el puente conocido con el nombre del barrio entre una enorme multitud, al igual que en el camino de acceso al centro donde las calles iban estrechándose progresivamente. Así fui avanzando y pensando en todo lo que estaba pasando.

Evidentemente pensé en Alba. Era lo primero que tenía en la cabeza. Verla aparecer con otro tío me había puesto en alerta. Y no era el típico gesto de machito dominante. Era pánico. Era miedo a perderla. Me había portado de forma esquiva con ella tras lo vivido justo un año antes provocando que nos liáramos para que después yo me apartara. Y con todo el follón con Marta, Claudia, Ángela…no había reparado en ella. Mientras que ella estaba siempre pendiente de mí. Siempre con una sonrisa, siempre dispuesta, siempre amable…A pesar de todos los errores Dios me premiaba una vez más ofreciéndome a una persona bella en todos los sentidos.

Bella de cuerpo, bella de mente, bella de espíritu. Y yo me sentía llamado a hacerla feliz. Ya sabía cuál era mi riesgo, y más teniendo que regresar a Lieja. Pero tenía que culminar mi plan con los estudios, cerrar definitivamente una puerta y entonces abrirme a lo que viniera. ¿Y si me anticipaba y la cagaba como con Claudia? Si alguien en este mundo se merecía ser feliz era Alba y desde luego jamás me perdonaría a mí mismo ser la causa de su infelicidad.

Si daba el paso tendría que comprometerme conmigo mismo a no cometer errores. Y no era una cuestión de compromiso con ella. Era conmigo mismo. Había aprendido mucho, compartido con gente muy distinta tanto en España como en Bélgica. Pero yo cada vez tenía más claro lo que quería. Follar está muy bien. Pero ¿con qué sentido? Dos meses más follando como lo estaba haciendo en la residencia ¿qué e iban a aportar? Acabaría cansándome pues ninguno de esos polvos me llevaba a una relación ni a compartir con aquellas personas nada más que sexo.

Heidi fue la única en la que percibí algo más que las ganas de pasar un rato, mientras que en Astrid había encontrado una amiga que podría perder por verla con ojos deseosos. ¿Podría resistir la tentación de echar un polvo en Lieja si daba el paso con Alba? Debería.

Sumido en esas reflexiones atravesé toda la carrera oficial y salí de la catedral en mi interminable fila de nazarenos blancos pasando algunos de los rincones más hermosos de la ciudad para ver una cofradía entre un inmenso gentío. Así, cerca ya de la media noche la hermandad llega a uno de los lugares donde concentra más público saludando a la hermandad que está junto a la plaza de toros. La acumulación humana es tan grande a pesar de ser una calle más amplia que los nazarenos avanzamos con dificultad apretados dentro de la bulla.

Aunque hay un gran murmullo mientras los nazarenos atraviesan en cuanto asoman los ciriales por la esquina del fondo o se escuchan los tambores empieza a generarse un silencio nervioso, expectante ante lo que los presentes desean ver. Como ese enorme barco de 48 costaleros avanza entre la multitud cambiando el paso al compás de las marchas que interpreta una de las mejores bandas de la ciudad para saludar a la hermandad de los nazarenos azules.

La expectación es grande y la masa se olvida de los nazarenos que avanzan dificultosamente intentando mantener la fila mientras las miradas se fijan en los movimientos del enorme paso que lleva a Jesús por las calles de la ciudad con un poderío que contrasta con el sacrificio al que se va a enfrentar.

Sin embargo, en medio de la bulla el corazón me dio un palpito. No podía ser. ¿Era ella? ¿No se había ido de la ciudad? Pero ¿iba sola? Estaba hablando con alguien más alto detrás pero no podía ver con quién. Estaba seguro. Era ella. Estaba a pocos metros de mí en segunda fila. Ella no podía verme.

¿Sabía que era mi hermandad y me buscaba? ¿O había sido casualidad? Yo le había hablado alguna vez peor vagamente. Quizá sólo era alguien que se le parecía. Ella no es muy religiosa, no me la imagino disfrutando en Semana Santa y más en una bulla tan grande y con una espera tan larga.

Tenía el pelo más largo con una melenita echada a un lado. Pero era ella seguro que era ella. Y no podía hablarle. ¿Por qué estaba allí? ¿Y si intentaba hacerle una señal? No iba a saber que era yo salvo que estuviera allí buscándome.

Pero no parecía muy pendiente de los nazarenos. ¿Con quién estaba? ¿Era un tío? ¿Salía con alguien?

Sumido en esa angustia no percibí los golpes del diputado de tramo con su palermo, el bastón que llevan con una extremo de metal para avisar a los nazarenos cuando detenerse o avanzar, subir o bajar los cirios. De golpe escuché una voz a mi lado que me decía:

-Hermano, por favor avanza….

La siguiente parada fue tan lejos que ya no podía saber si era ella.

¿Por qué mis planteamientos se derrumbaban? Tenía que estar preparado para algo así si iba a vivir en la misma ciudad que ella. Pero lo que me torturó durante la hora siguiente ajeno a los aplausos que llegaba desde la puerta de la capilla donde el paso de Cristo se movía haciendo sus cambios habituales: sobre los pies, el costero, el izquierdo por delante…fue que ni siquiera estaba seguro de que la persona a la que había visto fuese Claudia.

Tenía que serenarme y pensar qué me ponía tan nervioso. Yo ya había decidido que esa relación era imposible, pero sin embargo, su recuerdo e imaginarme frente a ella aun me ponía nervioso. Tenía que superarlo. No iba a vivir toda la vida a la sombra de una relación fallida por mis propios errores. Pero había un nuevo matiz en mi análisis que era el que en los últimos tiempos había cambiado mi forma de apreciar lo ocurrido.

Yo había sido infiel. De eso no había duda. Me había dedicado a darle gusto a mi churra mientras la chica de mis sueños lo pasaba mal en una estancia en el extranjero que no tenía nada que ver con la mía. No me quito mi parte de culpa. Pero ahora ya estaba seguro de que ella realmente nunca había apostado por nuestra relación. Ella sí tenía un plan mucho más claro que el mío y no iba a desviarse de él por nada, y eso me incluía.

Yo le di motivos para no hacerlo, pero desde un principio entendió nuestra relación como un obstáculo en su ruta. Por eso me recibió de mala gana en Italia. Afianzar nuestra relación de pareja con mi presencia allí le suponía hacer más alta la valla que tenía que saltar. Cuando supo que yo no había estado al 100% esperándola encontró un resquicio suficiente para apartarme a pesar de que me quería.

Yo siempre fui secundario y prescindible aunque le doliera. Nunca me quiso como compañero de afanes. Sino todo lo contrario como un afán más que podría llegar a suponerle un problema y cortó de rais antes de que se enquistara. Yo eso ya lo sabía. Pero ¿por qué yo me seguía poniendo nervioso? Quizá necesitaba resolver esa situación y hablarlo con ella fríamente, sin mis lloriqueos del verano anterior. Pero su mera presencia me derrumbaba como casi me acababa de ocurrir aun dudando de que fuera ella.

Necesitaba superar ese momento. Y la forma como todo había terminado no era la adecuada. Admitiendo que nuestra relación era imposible y no sólo por mi culpa, solo quedaba hablarlo. Ella había decidido apartarme definitivamente sin ni siquiera despedirse. Se dedicó al juego de no pero sí al acostarse conmigo. Pero después impidió cualquier tipo de contacto. Hasta que yo no superara esa circunstancia iba a sufrir el mismo estado de deseo y miedo que había experimentado un rato antes confundido.

Así la cofradía fue avanzando regresando a su barrio tras cruzar el río. Ya transitaba por la calle donde vivía Alba sin haber llegado a la altura de su portal bien pasada la media noche. Mientras el paso de Cristo se detenía de nuevo a saludar a la hermandad madrina sentí que me llamaban. Giré la cara. Era Alba buscándome. Venía sola. Le hice un leve gesto con los dedos sobre el antifaz para que comprobara que era yo el nazareno que buscaba.

-¿Cómo vas? ¿Cansado?

-Bien, ya queda poco…¿Vienes sola?

-Sí. Nieves se ha ido para su casa por el otro lado para no tener que cruzar tu hermandad y yo he venido para casa buscándote.

-¿Y el resto?- quise saber.

-Pablo y Leyre ya sabes que aguantan poco y Mikel trabaja mañana, así que como ayer nos quedamos los mismos. Bueno faltabas tú…

Si no fuera de nazareno le habría cogido la mano en ese momento.

-¿Quieres agua? ¿Algo de comer?

-No te preocupes, ya sabes que ayuno cuando hago estación de penitencia pero aguan te agradecería…

-Ya vengo.

Mi amiga se retiró unos minutos y regresó con una pequeña botella de agua mineral fría que me dio abierta para poder beber bajo el antifaz sin descubrir mi rostro.

-Gracias. Tenía bastante sed. Le agradecí devolviéndole la botella.

De nuevo Alba era mi oasis. Pero lo que me acababa de ocurrir poco antes me aterraba. ¿Y si me equivocaba con ella? ¿Y si realmente yo no había superado lo de Claudia y terminaba haciéndole daño a mi ángel? Mientras ella me contaba todo lo que había visto aquel Lunes Santo yo me concentraba en intentar procesar todos los sentimientos del día.

Llegamos a la altura de su casa y tras desearme que terminara bien mi estación de penitencia nos despedimos hasta el día siguiente. Había estado media hora caminando conmigo a solas casi más como una novia que como una amiga. ¿Y si me equivocaba? Necesitaba aclararme.

La entrada de la cofradía fue emocionante como siempre. Desde dentro de la iglesia se escuchan acercarse los tambores que acompañan al Señor hasta que la silueta del paso se dibuja en la puerta solo iluminada por sus velas en una plaza a oscuras en silencio. Desde dentro se escucha perfectamente como el capataz toca el martillo para llamar a los costaleros en su última chicotá en la calle. El paso se levanta al cielo y se escuchan claramente las órdenes: “La derecha adelante y la izquierda atrás”. Los costaleros van girando al compás de una marcha que va aumentando su intensidad hasta dejar el paso cuadrado en la puerta. Pero no cabe. Es imposible que entre. De nuevo el capataz arría el paso y los costaleros se dan la vuelta bajo la parihuela. Las imágenes entran en sus iglesias mirando al público.

De nuevo suena el martillo. El silencio de la expectación se puede sentir. De nuevo al cielo. Pero ahora no toca la banda. Sólo se escuchan las voces del capataz y sus contraguías. La operación es compleja. La madera tallada cubierta de pan de oro de los respiraderos y las tulipas de cristal de la candelería, aquí llamadas guardabrisas, no pueden rozar el quicio de la puerta.

Ya va entrando la trasera con leves movimientos de cintura de los costaleros para que son se abra el caminar. Despacio. El capataz grita “Pararse ahí” cuando las figuras delanteras, más altas alcanzan la puerta. Entonces ordena que los costaleros vayan agachándose poco a poco sin que las patas del paso lleguen a tocar el suelo. De nuevo ordena avanzar y se escuchan los zapatazos de los costaleros con una pierna flexionada hacia adelante y otra hacia atrás.

Todos a la vez para que el movimiento sea simultáneo y todo salga bien. Por fin el paso al completo ha atravesado el dintel y una vez salvada la parte más baja recupera su altura normal avanzando por la nave con pasos largos mientras atronan los aplausos en el exterior entre los sones de la Marcha Real. La emoción embarga a los hermanos dentro del templo. El ritual se ha completado un año más y todo ha salido bien.

Pero mi estación de penitencia lejos de ser esclarecedora como otros años me ha dejado sumido en un mar de dudas difícil de solucionar. Un último rezo ante nuestro Titular que tras tantas horas en la calle también parece cansado y un hasta el año que viene a los compañeros del tramo son el preludio a la salida del templo pues hay que dejar sitio al cuerpo de nazarenos de la Virgen por las reducidas dimensiones de la iglesia y el enorme cortejo que saca la hermandad a la calle.

La llegada a casa con los pies machacados este año no venía acompañado de una conciencia limpia. La ducha rápida. Una ligera cena de tortilla francesa y una torrija y un sueño reparador curarán el agotamiento. Porque para curar otras cosas necesitaba tiempo. Y quizá los días que me quedaban en la ciudad no fueran suficientes.

Una última consulta al móvil antes de dormir me hizo dudar si preguntarle si había estado allí. ¿Para qué? No me contestaría. ¿Para qué? Si yo ya no quería volver…

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