PENÉLOPE

Todo empezó una madrugada en el hospital donde trabajaba…

Fue raro, porque esa noche no estaba allí como médico, solo estaba como la madre de una pequeña de tan solo seis meses.

Mi pareja, el padre de la niña me abandonó a mitad del embarazo, había compartido cinco años de mi vida con él, era muy joven cuando me enamoré y tuve que madurar de golpe, a pesar de ser casi una niña.

Como fuera, una cosa fue el noviazgo y otra la convivencia, aparecieron incompatibilidades y tontamente pensamos que un niño fortalecería nuestros vínculos, todo lo contrario, solo precipitó el fin de nuestra relación.

Y no me quejo, cuando las relaciones se rompen, mejor dejarlas así…

Solo que como dije, era muy joven, me encontré sola, y con una hermosa bebé, estaba casi internada en esa clínica, era casi mi vida, compartía mi trabajo de doctora y mi vida de madre.

Esa noche mi pequeña niña ya dormía en el hospital, no había casi nadie, ninguna emergencia que atender, sin embargo, no podía conciliar el sueño, a pesar de que casi todos ya dormían.

La habitación parecía enorme en ese momento, a media luz, apenas el reflejo de las farolas de la calle se colaban por las rendijas de las ventanas entreabiertas, una dulce brisa mecía levemente las cortinas, lo único que parecía tener vida en la quietud de la noche, miré el reloj un par de veces, solo para asegurarme de que las agujas estuvieran en movimiento, porque sentí que el tiempo se había detenido y esa noche no tendría fin.

Presa del aburrimiento me asomé por la puerta de la habitación, bajo el umbral observé el largo corredor con puertas de lado a lado, al final observé aquel doctor de piel blanca y cabello castaño, alto, musculoso y con esos ojos únicos, con tonos entre verdes y amarillos, muy similares a ojos de serpiente, tan únicos y distintivos en él.

Estaba ojeando algunos papeles que tenía en sus manos, con un impecable guardapolvo celeste que le llegaba a las rodillas.

En una pausa, mientras cambiaba de hojas, levantó la vista, notó mi presencia y, entonces me llamó con una seña de su mano derecha, caminé lentamente a su encuentro, me extendió las hojas de unos análisis, solo quería pedirme un consejo de colegas.

Él me hablaba muy entusiasmado de su paciente y yo solo me concentraba en esos ojos de serpiente, hermosos, que me hipnotizaban, mientras en mi cerebro maquinaba algo más…

Me abstraje de mis morbosos pensamientos, analicé los estudios y al fin le di mi punto de vista, luego empezamos a hablar de tantas cosas… una llevó a otra, y otra más, no me di cuenta, pero realmente el tiempo paso volando, así llegó la mañana entre risas, consejos, abrazos ingenuos, dado por el frío que hacía y algún que otro café negro.

Debía volver al cuarto de mi niña, nos despedimos y solo se dio, nuestros labios se encontraron con un beso cómplice, un beso que no puedo describir si fue robado por ambas partes o un deseo de los dos, un beso tan profundo, de esos que detienen el tiempo y todo se olvida en ese momento, donde todo el entorno parece desaparecer para ser solo él y yo.

Nos miramos fijamente, sentí que sus ojos me quemaban y casi no podía mantenerle la mirada envuelta en la vergüenza de ese precioso beso, hasta que una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios.

Entonces intercambiamos nuestros números de teléfono y cada uno se fue a descansar.

Quiero destacar que este médico era una persona comprometida, él tenía esposa y dos hijas, yo lo sabía, por lo que no me dio su número personal, sino el del móvil que nos daban en la clínica para contactarnos en casos de urgencias.

Y él era especial, era como esa joya preciosa, ese collar de diamantes que muchas mujeres ansiaban, pero solo unas pocas habían podido lucirlo en su cuello, y honestamente yo quería ser una de esas pocas…

Pasaron los días, el siguió haciendo su trabajo allí, yo seguía con los temas de mi niña, manteníamos conversaciones de texto a diario, el me movía los cimientos, hasta que una noche, me dijo…

— Sabes? me cambian de hospital, no quisiera irme sin verte, por favor, déjame despedirme…

Sentí como si llegara el fin del mundo de repente, no estaba preparada para leer esas palabras, tuve el impulso de llamarlo, necesitaba oír su voz, aunque fuera solo a través de mi viejo y gastado móvil.

Hablamos esa noche hasta altas horas de la madrugada, perdí la noción del tiempo, el me hacía soñar despierta, recuerdo que al final el sueño me ganó, pero eso fue después de concretar un cita la mañana siguiente en un motel, él me dijo…

— Ese beso… el de aquella noche no puede quedar solo en eso…

Fueron sus palabras al finalizar la llamada para decirme que un taxi me vendría a buscar a la puerta de mi casa y que todo correría por su cuenta.

A pesar de que me había dormido tarde, recién amanecía cuando ya tenía nuevamente mis ojos abiertos, con la mente despejada, sin nada de sueño, la excitación me tenía en vilo y sabía que sería un encuentro único e irrepetible, sabía que no habría una segunda oportunidad.

Llamé a mamá, le pedí que viniera a casa, necesitaba que cuidara a la pequeña, luego empezó el dilema de que ponerme para la ocasión, el frío era espantoso esa mañana, así que decidí ponerme un jean muy ajustado al cuerpo con un body muy adherido a mis curvas, en tono marrón chocolate, una chaqueta de cuero rosada y un par de botas de tacones altos también marrones haciendo juego con el body, claro, todo esto sin perder detalle de mi ropa íntima, toda negra con algunos detalles de encaje en rojo, esas prendas sexis y perfumadas que una mujer guarda para una ocasión especial. Decidí dejarme el cabello suelto hasta la cintura resaltando mis ondas, cerrando el círculo con un maquillaje impecable.

Mi madre me miró sin decir nada, solo se preocupó por acomodarme un poco la chaqueta, ella es madre, pero también es mujer, así que solo me guiño un ojo cómplice, me dio un beso y me apretó fuerte las manos deseándome suerte.

Llegó el taxi, super puntual, me subí y me dejé llevar a su encuentro hacia aquel motel, en un viaje a ciegas.

El chofer me miraba insistentemente por el espejo retrovisor, una y otra vez, esto me puso nerviosa, pues él sabía el destino del viaje, y quien sabe cuántas cosas imaginaba en torno a mi persona, como fuera, no pensaba hablar con él para no tener que dar explicaciones, así que saqué mi móvil y  me puse a jugar con él.

Al fin llegamos a nuestro destino, saludé al chofer sin mucha importancia y fui al cuarto que él había reservado, llegué, al abrir la puerta me topé con unas rosas rojas junto a un par de copas y un fino vino tinto, alcé mi vista y allí estaba el observándome, desde una semibarra, con esos, esos ojos de serpiente que una vez más me hipnotizaban.

Dejé mi cartera en el perchero, entonces él se acercó a mi y nos fundimos en un beso inmenso con sabor a deseo, a pasión, a lujuria, la temperatura subió a cada segundo, era imparable.

Tomamos apenas un sorbo del exquisito vino espumante, pero no era el momento de beber, tenía algo más rico para degustar, revivo el momento como si fuera a hora…

Sus manos recorrieron mi cuerpo, nos besábamos intensamente, poco a poco nuestras prendas volaron por toda la habitación, apenas me dejó con el sostén y el tanga, el se quedó solo con su bóxer, nos contemplamos mutuamente…

Me abrazó fuerte, tan fuerte que parecía estrujar mis huesos, me quitaba el aliento, su cuerpo estaba pegado al mío, sus besos por momentos eran más intensos, más profundos, su lengua invadía mi boca, acariciando mi paladar, como queriendo perderse en el fondo de mi garganta. 

Yo para entonces tenía los pezones erizados bajo la tela del sostén y mi tanga empezó a empaparse, clave mis uñas afiladas en su espalda. Sin darme cuenta estaba jadeando, sentí sus manos recorrer mi espalda hasta llegar a mis nalgas, entonces sus dedos lentamente se abrieron paso entre mi ropa íntima, y sentí su suave mano  acariciar mi depilado coño, uff yo estaba hirviendo, sentí derretirme.

Cerré los ojos, y busqué, mi mano derecha se posó sobre su polla, ya estaba muy dura y grande. La acaricié suavemente sobre la tela de su bóxer, sé que él lo deseaba, y yo la ansiaba, quería sentirla dentro de mi…

Sus besos recorrían mi cuerpo y me llevo a la cama, me recostó sobre las sábanas y nos revolcamos sobre ellas, la cama se hacía pequeña con tanto deseo, y me dejé arrastrar en ese torbellino de locura, el seguía besándome por todos lados, yo miraba esos ojos llenos de pecado y leí en sus labios algo, pero solo balbuceaba, no oí nada de lo que decía, pero leyendo sus labios entendí que deseaba que hiciéramos un sesenta y nueve, para que el placer fuera único, y así saborear la intimidad del otro…

Terminamos de desnudarnos, nos recostamos de lado, y vi su hermosa polla a mi alcance, olfateé su exquisita fragancia a hombre, la cogí y note la dureza de su miembro entre mis dedos, el dio el primer paso. Wow sentí la dulzura de su lengua en mi coño, mmm no pude evitar soltar un suspiro…

Entonces empezamos a saborearnos, era un placer sentir los lengüetazos en mi clitoris, me hizo enloquecer, y a cada lengüetazo yo devoraba su glande con hambre, sentí como metió dos dedos en mi vagina, uff creí desfallecer, sentí que no podría controlarme, no podía pensar, solo quería sentir esa polla dentro de mi por donde el quisiera, estaba rendida a su merced, ya no podía concentrarme devorando su polla, sentí que iba a estallar y solo acerté a apretar el tronco de su polla, mi corazón se me iba a salir por la boca, gemía, gritaba… ahhhh y estallé con un fuerte orgasmo. 

No me di cuenta, estaba inmersa en mi placer, y de pronto sentí un líquido viscoso y pegajoso sobre mi mejilla, también él se había corrido y estaba acabando, cuando en medio de mi orgasmo cogí su polla y la metí en mi boca, en ese momento solo pensaba en él, en su placer, chorros de su néctar llenaron mi boca, de delicioso pecado, me esmeré en saborearlo hasta la última gota…

Nos miramos y, nos fundimos en un beso profundo, su boca sabía a mí, y seguramente él notó su sabor en mi boca, fue erótico y muy sensual. Después cogió nuevamente las copas de vino, las llenó y me ofreció una.

Tomamos un par de copas mientras entre charla y charla nos tocamos, aquí, y allá, acaricié su polla, que pronto volvió a ponerse firme, mi doctor me estaba besando el cuello cuando me dijo muy seguro de sí mismo…

— Te voy a poseer como me gusta, y espero que tú también lo disfrutes.

Sin decir más me cogió por ambas manos y las amarró a la cabecera de la cama, inmovilizándome, me dejé llevar a su voluntad…, empezó a jugar con su polla, acariciándome con ella, eso me enloquecía, quería tocarla pero solo podía gemir, suspirar…

Entonces se colocó entre mis piernas, las cogió y las levantó, se me hizo muy excitante tener el coño abierto ante su mirada perversa. Cogió su polla y la colocó en la entrada de mi vagina y me penetro poco a poco, muy suave al principio, para acelerar sus movimientos, y poseerme con fuerza, con dureza, hasta con violencia, entraba y salía de mi con rapidez y yo gemía, intentando controlar la respiración, me faltaba el aire y le pedía…

— más, más, sigue, por favor no te detengas…

Sentía su polla jugosa dentro de mi, caliente, ardiente, mis orgasmos se hacían infinitos, se enlazaban unos con otros. Y al cabo de unos minutos, sentí como expulsó su líquido caliente en mi interior. Saco su polla y todo su semen había quedado en un preservativo.

Me sentí plena, satisfecha, creí que el juego había acabado, me soltó las manos y me puso en cuatro, me sujeto con ambas manos de la cadera, no podía verle, pero si sentir cómo colocó la punta de su polla en mi ano, y presiono, forzó con firmeza y su polla entro de una sola ver en mi recto. 

Solo una vez permití a mi exmarido este juego, pero a mi doctor nada podía negarle, sentí una mezcla de dolor con placer, me mordí los labios con fuerza, y rodaron por mi rostro unas lágrimas de dolor, pero un dolor diferente, un dolor impagable…

Pronto, con sus movimientos entrando y saliendo, mi culo se adaptó y le pedía que me diera duro, como el quisiera, que me rompiera… note como el vibraba en mi interior, y nuevamente sentí como me invadían nuevos orgasmos consecutivos, uno tras otro, me sentí tan puta… pero estaba disfrutando tanto que mientras el continuaba penetrandome, me acariciaba el clítoris con sus dedos, sentía sus labios en mi espalda. 

Me encorvé y de reojo, vi esos ojos de serpiente que me excitaban aún más, me excite aún más, me quemaba en mi interior, no podía resistirlo más, y estallé por tercera vez con una fuerte sacudida, el eyaculo dentro de mi culito, ya sin barreras, sin preservativo…

Terminamos allí nuestro encuentro perfecto, entramos juntos a la ducha, nos quitarnos nuestros aromas a sexo, nadie podía saber lo que allí había pasado, sería nuestro secreto…

Otro taxi pasó a buscarme, para llevarme de regreso a casa, con mis hermosas rosas…

Él se fue al día siguiente, pero después de unos años el destino lo trajo nuevamente a mi hospital.

Lo veo a menudo, pero ahora solo somos colegas, nada más…

Cuando nos cruzamos por casualidad en algún pasillo, intercambiamos miradas, y no pasa más que una picada de ojos, pero cada vez que eso sucede, el recuerdo de esa mañana viene a mi mente, como ver una y otra vez la misma película, me derrito cuando veo sus ojos de serpiente que me  hipnotizan…

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