HANSBERVILLE

No es fácil que una mujer confiese experiencias pasadas a su pareja. Por mucha complicidad y confianza que haya las mujeres suelen guardar en lo más profundo de sus memorias todo tipo de secretos, sobre todo sexuales.

Por eso, cuando mi chica me contó un par de anécdotas de sus anteriores relaciones se me descubrió una persona totalmente nueva, mucho más morbosa y desconocida.

Habíamos echado uno de nuestros mejores polvos y estábamos relajados en la cama. Una de esas calurosas noches de agosto sureñas donde no corre el aire y la piel queda perlada por las gotas de sudor.

Nuestra respiración iba alcanzando un ritmo más sosegado después del esfuerzo del sexo. En la oscuridad de la habitación, solo iluminada por la luz de la calle que entraba por las ventanas abiertas, el zumbido monótono del ventilador del techo resultaba hasta relajante. Fue entonces cuando Anna, mi chica, comenzó a relatar su historia.

Metidos en la cuarentena, llevamos juntos un lustro. Pero mi chica había estado casada durante 7 años con un tipo mayor que ella. Un abogado, socio de su padre, que la conocía desde la preadolescencia. Fue la primera relación de Anna y a quién acabó dándole el sí quiero a los 23 años. Su familia siempre fue algo conservadora y casar a la hija menor era una prioridad. ¿Y quién mejor que Federico? Pese a que ya tenía 35 años, era un hombre bien colocado y amigo de la familia de toda la vida.

Nadie sospechaba que Federico fuera un tanto pervertido en temas sexuales. Durante los dos primeros años la relación fue un tanto normal aunque los hijos nunca llegaron.

Fue a partir del segundo año de matrimonio cuando el hombre comenzó a proponer practicas, cuando menos, particulares. Anna quedó perpleja ante las propuestas de su marido. Y es que la chica no contaba con apenas experiencias en el tema sexual. Comenzó a salir con este hombre en cuanto fue mayor de edad y por supuesto llegó virgen al matrimonio. De ahí que la evolución de las relaciones sorprendieran bastantes a mi chica.

No entró demasiado en detalles. Como he dicho antes, las mujeres son pozos de secretos pero sí me definió una practica que se convirtió en habitual y que Anna llegó a disfrutar.

Al parecer, Federico tenía ciertas aspiraciones cornudas, de manera que le propuso a su mujer introducir a otro hombre en su cama. Al principio Anna se asustó porque no comprendía esa fantasía de su marido. El hombre le explicó el morbo que le daba verla disfrutar de otro hombre en su presencia pero con una condición. El otro hombre no la penetraría, la relación se limitaría al sexo oral. Es decir, la mujer practicaría felaciones a los hombres que llegaran pero solo se la follaría Federico.

Según Anna, durante años le estuvo comiendo la polla a casi todos los amigos de su marido mientras este se la follaba. En algunos casos eran tipos de alta sociedad como ellos. Tipos educados, formados, cultos, pero en otras ocasiones, las menos, eran tipos feos, malhablados. Alguna vez, la mujer pensó que alguno sería algún delincuente común a los que defendía su marido en algún juicio.

En una ocasión, Federico llevó a casa a dos de sus amigos. Uno era otro socio del bufete, otro de los socios de su padre. Un tipo al que Anna conocía desde hacía años. Un señor de edad cercana a los 60, felizmente casado, padre de 4 hijos (la mayor de una edad similar a la de mi chica). Un tipo alto, altivo, con bigote canoso y algo huraño.

El otro era un auténtico personaje. Un tipo rural, gordo, calvo y sin modales. Al parecer era el vigilante del coto donde solían ir de caza los otros dos. Anselmo reunía el perfil del perfecto putero. También rondando los 60 se notaba al hablar su falta cultural con respecto a los dos abogados. Nada más llegar quedó encantado Anna:

-¿Esta es la moza?, joder que buena jaca monta usted señor Federico.

Sin saber muy bien cómo ni en qué momento, la mujer se encontraba a cuatro patas, con Federico follándosela por detrás y los dos invitados ofreciéndoles las pollas para que las mamara. Especialmente grande era la de Anselmo. Pese a que su enorme barriga se la impedía vérsela, el tipo gastaba un rabo considerable. Según me contaba Anna es la polla más grande que se ha metido en la boca.

Después de un buen rato mamando y siendo follada por su marido cambiaron de postura. Federico se sentó en la cama y su mujer se sentó sobre su polla. Pero se la metió por el culo. El marido la agarraba por las caderas y la ayudaba a moverse de arriba abajo por la polla. Mientras los otros dos tipos se pajeaban ante ella. El otro socio aceleró y se corrió sobre sus tetas antes de comenzar a masturbarla.

Anselmo, mucho más bruto no dejaba de insultarla mientras le follaba la boca y le pellizcaba los pezones. Finalmente se la sacó para pajearse a escasos centímetros de su cara. La agarró del pelo y se corrió entre bramidos casi animales.

Anna no sabía explicar la extraña excitación que le producía sentirse humillada por su marido y dos desconocidos. Notó como varios chorros de lefa caliente de Anselmo impactaron en su cara y su boca mientras los del otro abogado resbalaban por sus tetas. Federico le anunció que también se correría y lo hizo en el interior de su culo. Fue entonces cuando mi chica estalló en un sonoro orgasmo con la paja que le hacía el otro socio de su padre.

Cayó rendida en la cama. Se sentía sucia por el semen sobre su cara y su cuerpo, además del que le salía del ano. Los hombres reían comentando el buen rato

Cuando mi chica terminó de contarme esta historia yo tenía la polla como una barra de hierro y ella me masturbaba:

-Córrete en mi cara, cabrón Y en mis tetas

Al final, me puse de pie y ella arrodillada agarrandose las tetas. Me miraba con la boca abierta. Yo la agarré del pelo y me pajeé hasta correrme en su boca y su cara.

Esa noche cambió el concepto que yo tenía de Anna. Había pasado de verla como una chica inocente y recatada a verla como una mujer muy activa con secretos más que interesantes que deseaba que me desvelara

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