DEVA NANDINY

Aquella tarde, David estaba tranquilamente viendo un partido de futbol frente al televisor, cuando de repente Clara entró al salón.

—¿Ha venido ya mamá? —Preguntó conociendo de sobra la respuesta.

—No, aún no. Me llamó esta tarde para decirme que había quedado para ir de compras con Elena, y que luego se irían a cenar algo por ahí —respondió David, sin levantar la vista del televisor.

—¿Quién va ganando? —preguntó Clara, intentando como fuera llamar la atención de su padre, sentándose a su lado en el sofá.

David gruñó con cierto fastidio, sabía de sobra que a su hija nunca le habían interesado el deporte.

—Van empate a cero —respondió mirando por fin a la chica.

Ella llevaba únicamente una camiseta de algodón, bastante larga, que usaba como si fuera un vestido. Estaba descalza, por lo que puso los pies encima del sofá, en una postura en la que exponía buena parte de sus rollizos y redondos muslos.

—Papá, al final he cortado con Javi —soltó la chica. Intentando entablar así una conversación con su padre.

—¿Javi?

—¡Jo, papá! —protestó—- Javi, era el chico con el que estaba saliendo.

David fingió no acordarse, pero sabía que se trataba del mismo muchacho que su hija había traído a casa, cuando su esposa y él se habían marchado un fin de semana a Londres. Solamente imaginar a Clara follando con aquel chico en su propia cama, hizo que su verga comenzara a crecer.

—Vaya… Lo siento —respondió David, perdiendo ya totalmente el interés por el partido de fútbol.

—Era demasiado crío para mí —alegó la chica dándose importancia.

—Supongo, que los muchachos de tu edad, en muchas ocasiones, pueden comportarse como verdaderos imbéciles.

—Era majo, pero me parecía muy poco hombre para mí. ¿Tú qué tal con mamá? —Interpeló a boca jarro, sin calibrar del todo el peso de sus palabras.

David se sintió incómodo, sabía a qué se estaba refiriendo su hija. Sin embargo, prefirió hacerse el tonto.

—No sé a qué te refieres —respondió mirando las deliciosas piernas de Clara—. Tu madre y yo estamos muy bien, como siempre.

Ella se dio cuenta, de que tal vez se había excedido con su atrevida pregunta. No obstante, decidió profundizar aún más en el espinoso tema. Sabía que si quería que su padre la viera y la respetara como a una mujer adulta, tenía que entablar conversaciones con él de cosas importantes.

—El otro día en el jardín, tú mismo me contaste que mamá se muestra algo fría y distante contigo. Que prácticamente no tenéis relaciones sexuales, cuando os vais a la cama.

David tragó saliva, el comentario de Clara lo había puesto nervioso.

Las relaciones de pareja de los adultos —expreso su padre intentando matizar esa parte de su discurso—. En ocasiones pasan altibajos, pero eso no significa que tu madre y yo hayamos dejado de querernos.

—Lo siento, no debí preguntarte eso. Pero yo había pensado que, si mamá no te ofrece lo que un hombre como tú necesitas, yo estaría encantada de intentar satisfacerte.

David miró a su hija totalmente incrédulo por lo que estaba escuchado. En ese momento, ella separó sus piernas con absoluto descaro, dejando ver claramente sus bragas.

—¿Me estás proponiendo lo que creo? —Interpeló David, totalmente hipnotizado, contemplando la ropa interior blanca de su hija.

—El otro día me aseguraste, que yo la chupo mejor que mamá. Creo que te gustó como te lo hice. Incluso podría aprender mejor, si tú me dejaras.

—También te dije que olvidaras todo lo que pasó junto a la piscina —respondió con cierto tono de dureza— Te comportas como una auténtica zorra.

—No puedo ignorar lo que ocurrió. Sin duda, ha sido la experiencia más intensa y maravillosa que he vivido nunca, no dejo de tocarme fantaseando contigo. Papá, te prometo que seré buena y haré todo lo que me pidas —expresó la chica, poniéndose de rodillas y acercándose peligrosamente a su padre.

—No eres más que una puta —respondió David, cada vez más excitado— ¿De verdad harías cualquier cosa por mí? —preguntó, deslizando un dedo soezmente por la boca de su hija.

—Lo que quieras, papá. Te lo juro. ¿Qué quieres que te haga? —interpeló subiéndose la camiseta hasta la cintura.

—El otro día me comentaste que Marta te había dicho que me encontraba bastante atractivo. Quiero que me ayudes a follarme a tu amiga —respondió llevando una mano hacia la entrepierna de la chica.

Clara en un primer momento se sintió celosa. Sin embargo, percibir los dedos de su padre casi a la altura de sus bragas, elevó al máximo su grado de excitación. Le calentaba la idea de complacerlo en todo. Además, sin saber muy bien la razón, imaginarse a su padre follándose a Marta, le agradaba.

—¿De verdad quieres follarte a mi mejor amiga, papá? —preguntó deseosa de que su padre se atreviera a ir un poco más arriba con su mano.

—Cariño, la verdad es que no puedo quitármela de la cabeza. No paro de masturbarme pensando en ella. Sé que lo que te estoy pidiendo no está bien, pero después de lo que hicimos el otro día en el jardín, hemos creado un fuerte vínculo entre nosotros.

—¡Jo, papá! Eres un cerdo. —Alegó riéndose divertida—. ¿Consideras que a una chica le puede gustar oír decir a su padre, que se hace pajas pensando en sus amigas?

—Intuyo que tú eres una chica muy especial para sentirte molesta por esas tonterías. Desear a otras personas, es algo físico y natural.

—Te gusta mucho Marta, ¿verdad?

—Me encanta, es preciosa. Sin duda es una muñequita deliciosa. ¿Recuerdas cuando el año pasado vinieron a cenar una noche sus padres a casa?

—Claro que lo recuerdo, fue la primera vez que Marta se quedó a dormir en mi cuarto.

—Me pasé toda la cena mirando a su madre ¡Qué delicia de hembra…! Esa noche, cuando tomábamos una copa en el jardín, tuve que excusarme para ir al baño a hacerme una paja. Me la puso dura durante toda la cena.

—Sin duda Cristina sigue siendo una mujer muy guapa. Marta ha heredado su cuerpo, su pelo rubio y sus ojos verdes, aunque es bastante más alta que su madre.

—¿Entonces me ayudarás, cariño? —Preguntó bordeando con el dedo índice el elástico de sus braguitas.

—¿De verdad consideras que entre tú y yo se ha creado una fuerte conexión? Yo así lo percibo, papá. Ahora sería capaz de confesarte cualquier cosa, antes que a nadie en el mundo.

—Claro, cariño. Por supuesto que lo pienso. Tenemos un nexo que debemos mimar, y en el que tú y yo, no debemos ocultarnos nada. Yo te quiero más que a nadie en este mundo y lo sabes —expresó, internándose en el interior de las blancas braguitas de la chica. Percibiendo al instante el calor y la desbordante humedad de su sexo.

David recorrió su vulva, deleitándose con sus gruesos y prominentes labios vaginales. En ese momento se acordó de Carmen, su esposa. «Que caprichosa es la genética», pensó mientras acercaba la yema de su dedo hasta el orificio de entrada de la vagina de su hija. «Si Marta ha heredado el pelo y los ojos de su madre, Clara tiene el coño idéntico al de la suya» reflexionó para sí, opinando que nunca había visto unos labios tan salientes como los de su esposa y los de su hija.

—¡Ah…! ¡Joder, papá! Como me gusta que me toques. Claro que te ayudaré. Te aseguro que si de mí depende te vas a follar a Marta.

—¡Qué chochito más rico tienes, cariño! —Exclamó introduciendo un dedo—. Estás empapada. Adoro a mi pequeña.

—¿Y cómo quieres que esté? Te follaría ahora mismo si tú quisieras.

—¿De verdad?

—Claro que lo haría.

—¿Y cómo vas a ayudar a papá? —comentó David, llevando a ese terreno de nuevo el tema

—He pensado, que le puedo decir que venga a pasar el próximo fin de semana a casa. A Marta le encanta tomar el sol en nuestra piscina. Repetiremos lo del otro día. Además, cómo a mamá le ha dado últimamente por acostarse la siesta, ese sin duda es el mejor momento.

David se quedó pensativo unos segundos. Le entusiasmaba la idea de ver en bikini de nuevo a Marta. También pensó en lo que terminaba de decir su hija. Era cierto que Carmen jamás se había echado la siesta. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, nada más terminar de comer se marchaba a la cama asegurando estar agotada. «Tal vez se deba a que está iniciando la menopausia, y la pobre se sienta algo más cansada», se dijo para sí. Ignorando que Carmen se retiraba a su dormitorio, para intercambiar mensajes y fotos de móvil con su amante. Al final, ella iniciaba una videollamada, y ambos terminaban masturbándose.

—Este fin de semana no lo digas nada, díselo el próximo. El sábado, vienen a cenar unos amigos. Recuerda que es mi cumpleaños.

—Vendrá también Víctor, ¿verdad?

—Sabes que sí —respondió David riéndose—. Es mi mejor amigo.

—Será divertido.

—Ah, ¿sí? —preguntó introduciendo un segundo dedo, moviéndolos de modo más intenso.

—Así te darás cuenta de como me miran otros hombres. Estoy segura de que él, estaría encantado de poder usar mi chochito. Si no me follas tú, tendré que seducir a tu amigo.

—No creo que seas capaz —comentó David de modo desafiante.

—¿Me estás retando? Además, considero que es lo justo. Tú te follas a mi mejor amiga y yo hago lo mismo con el tuyo. —comentó riéndose.

—Que puta eres, cariño.

—Te gusta que sea así de puta, ¿verdad, papá? —preguntó moviendo las caderas sobre la mano de David.

—Me encanta. Estoy deseando percibir, como desean a mi princesita otros hombres. Espero que me hagas sentirme orgulloso.

—¿Cómo quieres que me vista para tu cumpleaños?

—Quiero que vistas muy sexy, pero has de tener cuidado. Mamá no debe de enterarse de nada. Ahora ponte de pies y quítate las bragas —indicó de modo imperativo y totalmente autoritario.

Ella observó la cara de su padre, le encantaba esa expresión déspota en su rostro. Ahora se daba cuenta que, desde hacía tiempo, cuando su padre la regañaba por algo, ella se ponía tremendamente cachonda.

Clara se incorporó del sofá, notando como los dedos de su padre abandonaban su sexo. Entonces se quitó las bragas y se las entregó. Él miró el tanga de su hija y se lo llevó a la nariz durante unos segundos. El aroma de hembra de su propia hija, lo embriagaba más que ninguna otra cosa en el mundo. Pero al momento, pareció perder el interés y las arrojó a un lado del sofá.

El rostro de la chica estaba desencajado, debido a la enorme excitación que sentía. David sabía que su hija en esos momentos estaba totalmente fuera de sí.

Entonces agarró con fuerza a la chica por sus carnosas nalgas, y la empujo contra él, incrustando su rostro justo a la altura del sexo de su hija. Ella desde esa posición acarició con dulzura los cabellos de su padre, que permanecía sentado en medio del sofá, con su cara entre sus piernas.

—¡Ah…! —Gimió Clara al percibir la boca de David, pegada a su sexo— Pondré cachondos a tus amigos, si eso es lo que esperas de mí. Prometo que no te defraudaré. ¡Ah…! ¿Estarás orgulloso de mí si consigo follarme a Víctor? —preguntó con enorme dificultad.

—Claro que estaré satisfecho de mi princesita, si logras follarte a ese degenerado. Sin duda, eso me demostrará, que mi pequeña es una verdadera hembra. Súbete a la mesa y ábrete de piernas. —Exigió.

La chica se apartó de David y se dirigió hacia la gran mesa de nogal del comedor. Retirando hacia un lado todos los portafotos familiares, que había adornando sobre ella. A continuación, ayudándose a subir con una silla, se sentó sobre la mesa.

Percibiendo en ese mismo instante el frío de la madera lacada, sobre sus redondos y carnosos glúteos. En ese instante ella miró hacia su padre, que permanecía sentado en el sofá de enfrente impasible, observándola en cada uno de sus movimientos.

—¿No vienes a follarme? —le preguntó desconcertada.

—Échate y ábrete de piernas.

Ella obedeció dócilmente, acostándose hacia atrás y abriendo todo lo que pudo sus muslos. Ofreciéndole a su padre, una perfecta panorámica de su húmedo sexo totalmente expuesto y entregado a él.

—Ven papá —rogó Clara.

—Tócate, quiero ver cómo te masturbas.

La chica llevó al momento una de sus manos hacia delante y comenzó acariciar toda su vulva, estaba muy húmeda.

David se levantó por fin de su privilegiado observatorio, pasando al lado de su hija sin detenerse, cosa que desconcertó aún más a Clara. Sin embargo, ella no se atrevió a dejar de tocarse. Percibió el ruido de como su padre abría la puerta de una de las enormes vitrinas, donde él exponía sus innumerables trofeos, la mayoría de caza o de tenis.

David cogió uno de forma cilíndrica fabricado en metacrilato, que representaba un cartucho de escopeta bastante más grande que uno de verdad. Ni siquiera se acordaba de cuando ni donde había ganado dicho trofeo.

Luego se acercó a su hija, cogió una silla sentándose cómodamente entre las piernas de ella. Observó como de entre los dedos de la muchacha, escurrían gotas del flujo vaginal hacia la mesa. En esos momentos ella ya gemía de forma incontenida.

—¡Ah…! ¡Ah…!

Le fascinaba el coño completamente rasurado de la chica.

—¡Aparta los dedos! —Solicitó David en un tono que no admitía replica.

Ella obedeció con cierto fastidio, ya que casi había llegado al borde del orgasmo.

Clara percibió un fuerte escalofrío cuando sintió como su vagina se dilata, sin tener ni idea de que es lo que su padre le estaba introduciendo en ella. Estaba frío, pero la sensación le resultó tremendamente placentera.

—¡Joder! —gimió al sentirse llena por aquel cuerpo extraño, que comenzaba a moverse rítmicamente, entrando y saliendo de su vagina.

David le metía el improvisado falo de metacrilato, sujetándolo por la peana. Insertándoselo con mucha energía, tal y como en realidad a él le hubiera gustado follarse a su hija, de haberse atrevido hacerlo.

Percibió como las piernas de la chica estaba comenzando a temblar. No pudo aguantar más y siguiendo moviendo el grueso cartucho, en el apetecible coño de la chica. Entonces se decidió por fin, y acercando su cara comenzó a lamer sus labios hinchados. Acariciando con la punta de su lengua, el duro clítoris de Clara.

Las piernas de ella aumentaron sus espasmódicos movimientos.

—¡Ah, papá! ¡Me corro, me corro! ¡Qué bien me corro! —Gritaba a pleno pulmón.

Unos segundos después, cuando las piernas de la chica pararon de moverse dejando de gemir, aún con la respiración agitada, David sacó el trofeo de caza del coño de su pequeña.

—Ahora vete —Indicó con cierta aspereza—. Márchate a tu habitación y no salgas.

—¿Y tú? —Preguntó indecisa— ¿No quieres correrte?

David ni siquiera le respondió. Únicamente miró severamente hacia la puerta, indicándole que se marchara.

—No te olvides, que tienes que conseguir que me folle a tu amiga.

Ella emitió una diabólica sonrisa. No obstante, no se atrevió a replicar a su padre, y abandonó la estancia.

Él la escuchó subir los peldaños de la escalera de madera, que daban acceso al piso superior, donde estaban los dormitorios. Miró la hora y buscó su móvil que permanecía olvidado junto al sofá, comprobando nervioso que había un mensaje de su esposa.

Carmen — 21:18

—Ya voy para casa.

—Al final ceno con vosotros.

Automáticamente, se dio cuenta del riesgo que había corrido. Entonces miró a su alrededor sin saber muy bien como arreglar aquello, vio las inmaculadas braguitas de Clara abandonadas sobre el sofá, fue hasta allí y las recogió. Luego se acercó hasta la mesa y cogió el trofeo de caza, que permanecía todavía impregnado en los lujuriosos jugos de su hija. Usando como si fuera un trapo de la limpieza el tanga de la chica, limpió tanto el trofeo como la mesa, guardándolo a continuación en una de las vitrinas. Después de tratar de colocar los portafotos familiares, en el mismo maniático orden que hacía su esposa, guardó el pequeño y húmedo tanguita en uno de sus bolsillos, dejándose caer en el sofá.

Simuló que seguía interesando en el partido de fútbol que ya estaba en a la segunda parte. Estaba muy excitado, pero no se atrevió a masturbarse.

Pocos minutos más tarde, escuchó nervioso la cerradura de la puerta de la entrada.

—Hola cariño. ¿Dónde está Clara? —dijo Carmen asomándose al salón.

—Subió a su habitación. ¿No ibas a quedarte a cenar con Elena por ahí?

—Te envié un mensaje al teléfono móvil hace un rato. Pero estás tan obsesionado con el jodido fútbol, que ni tan siquiera lo debes de haber leído. Elena no podía hoy, y al final lo hemos dejado para otro día. ¿Quieres que pidamos unas pizzas? —comentó agachándose para darle un corto beso en los labios, los mismos que tan solo unos minutos antes, habían saboreado el cachondo coño de su hija.

David miró a su mujer un tanto extrañado. Llevaba una corta minifalda que dejaba a la vista, sus bonitas y musculosas piernas, fijándose también en sus altos zapatos de tacón. Sabiendo que a ella no le gustaba ese tipo de calzado. Se sentía incómoda y únicamente se sacrificaba en ponérselos en determinadas fiestas o eventos especiales. «Sin duda, últimamente se arregla mucho más que antes», reflexionó su esposo.

—Por mi perfecto, doble de pepperoni —comentó David, al tiempo que sujetaba a su mujer por sus rollizos muslos.

—Le preguntaré a Clara, de que la quiere ella —indicó Carmen, sintiendo las manos de su esposo sobre sus piernas, echándose ligeramente hacia atrás, intentando escapar de ese inesperado abrazo por parte de su marido.

Pero David permanecía en el sofá, sujetándola con fuerza. Al final, Carmen terminó cediendo y se vio obligada a sentarse sobre las rodillas de su esposo.

—¡Qué buenas estás! —Exclamó David, haciendo mucho tiempo que no la piropeaba.

—¿Y te has dado cuenta justo ahora? —bromeó Carmen.

—Tienes razón, debería de decírtelo todos los días. Pero últimamente te noto mucho más…

—Estoy igual que siempre —interrumpió Carmen—. Lo que sucede es que ya casi ni me miras.

David comenzó a palpar entonces los muslos de su esposa, pero Carmen trató de cerrar sus piernas con inusitada fuerza. Trataba de disimular, pero estaba verdaderamente aterrada por el miedo, con la inesperada actitud de su esposo. Quería escapar de él, pero no sabía como hacerlo sin levantar sospechas.

Su amiga Elena estaba al tanto de su aventura con Víctor, casi desde el primer día en el que se liaron. Siendo ella, su principal coartada cuando quería pasar unas horas con su amante.

Esa tarde había estado con Víctor en un hotel del centro, justo hasta un rato antes de regresar a casa. Cada vez los juegos de Víctor eran más peligrosos, pero mucho más morbosos y excitantes. Ella se sentía atrapada por la forma en la que él le hablaba, o las cosas que le obligaba de algún modo a realizar.

Carmen siempre había sido una mujer muy tradicional y algo sosa para el sexo. Tanto en su manera de vestir como de comportarse. David aún recordaba, como ella se había enfadado una vez que le había sugerido estando de vacaciones, ir a una playa nudista. O cuando, unos años antes, había intentado mientras hacían el amor, introducirle un dedo por el ano.

Sin embargo, poco a poco Víctor había logrado llevarla a un mundo mucho más oscuro. Esa misma tarde, Carmen se había dejado follar en la terraza del hotel, a la vista de unos desconocidos. Había sido excitante, ella encendió un cigarrillo y salió a la terraza. Desde hacía un par de meses había vuelto a fumar a escondidas de todos, menos de Víctor y de Elena.

Desde que se había convertido en la amante de Víctor se sentía mucho más guapa y deseable, era como si hubiera regresado a una segunda juventud. Se comportaba de un modo mucho más alocado y enérgico. Todos en su trabajo se habían dado cuenta de que, de unos meses para acá, ella vestía de un modo mucho más desenfadado y atrevido. Jamás se hubiera imaginado que volvería a ponerse ese tipo de minifaldas y escotes.

Mientras fumaba relajadamente en la estrecha terraza del hotel, sintió como Víctor se situaba justo detrás de ella. Carmen echó hacia atrás su culo, intentando percibir así la entrepierna de su amante.

—¿No has tenido bastante hoy? —preguntó riéndose, sintiéndose orgullosa de volver a sentir una nueva erección sobre sus glúteos.

Él levantó su corta minifalda dejando su culo expuesto. Sin embargo, ella se asustó, podrían verla desde cualquier balcón o terraza del mismo hotel, o incluso del bloque de enfrente. Intentó apartarse, pero las fuertes manos de Víctor la sujetaron por las caderas.

—De aquí no te mueves.

 —Si quieres volver a follarme, vamos dentro. Todavía tenemos tiempo, cariño. Le dije a David que cenaría algo rápido con Elena, y no se me ocurre mejor menú que tú —comentó girando la cara hacia él.

—¿Aún tienes ganas de polla? —Preguntó él, abriendo su bragueta.

—Sabes que últimamente siempre tengo ganas de que me folles. Pero vamos dentro —volvió a suplicar.

La contestación de él no se hizo esperar, e inesperadamente le bajó las bragas de un fuerte tirón hasta las rodillas.

—Hoy no regresas a tu casa con bragas —Indicó, propinándole al mismo tiempo una fuerte cachetada.

—¡Ah…! —Exclamó ella— ¡Pero qué bruto eres! —añadió riéndose, sintiendo un fuerte escozor sobre una de sus nalgas. Le encantaba la forma tan tosca en la que él la trataba. Le volvían loca los fuertes cachetes que le proporcionaba.

—¡Vamos, zorra! Dame tus Bragas ¿O prefieres que te las arranque yo mismo?

Ella no se lo pensó dos veces, le excitaba complacerlo, y agachándose un poco se quitó unas bonitas y carísimas bragas de encaje color burdeos, que Carmen había estrenado para esa misma tarde.

Pero inesperadamente para ella, como si se tratara de un trapo inservible y viejo, Víctor las arrojó por la terraza, cayendo hasta la transitada calle.

Justo en ese momento es cuando sintió su erecto pene rozando su vulva, y en ese momento fue consciente de que iba a follársela allí mismo, en plena calle, a la vista de cualquiera que ese momento mirara por la ventana.

Ella abrió las piernas, aterrada por el miedo. Pensando que cualquiera podría grabar la escena con el móvil, y lo que era aún peor, compartirla en Internet. Carmen había visto vídeos de ese tipo, en algunas ocasiones. «¿Acaso él no se daba cuenta de que era una mujer casada, y que además tenía una hija?» Se preguntaba, justo cuando la verga de su amante, buscaba la entrada de su vagina.

Una vez que la polla se alojó en su coño, él permaneció quieto. Momento que aprovechó para llevar ambas manos hacia delante y comenzar a desabrochar los botones de su ajustada camisa.

—Pero, ¿qué haces? ¿No pretenderás desnudarme aquí? —Preguntó escandalizada, tratando de impedir que desabotonara su camisa.

—Ya sabes que me encantan tus tetas —expresó, exponiendo sus enormes pechos. Que una vez desabrochada completamente la camisa, colgaron hacia abajo.

—¡Estas loco! Alguien podría vernos —intentó protestar por última vez, sintiendo como Víctor comenzaba a follársela con auténtica vehemencia.

Entonces fue cuando justo en el edificio de al lado, vio como un grupo de cuatro o cinco jóvenes los estaban observando. Estaban asomados a un balcón, y sin ningún disimulo, comenzando a montar una gran algarabía con los móviles en la mano. Riéndose y lanzándoles todo tipo de vítores y palabras ordinarias.

Carmen nunca se hubiera imaginado que una situación así, pudiera calentarla tanto. En un primer momento, su reacción fue intentar ocultar su rostro agachándose un poco. Pero enseguida se dejó llevar por el momento. «Los chicos están alejados y mi cara no quedará reconocible, en caso de que decidan compartirlo» Pensó, sin dejar de gemir en ningún momento.

El orgasmo fue brutal, nunca hasta ese día había hecho nada parecido. Jamás había pensado que realizar sexo en público pudiera resultarle tan excitante. Unos minutos después de que ella lo hiciera, Víctor se corrió inundando su ardiente coño, con su abundante y caliente lefa. Luego abandonaron a toda prisa el hotel.

—Marchémonos rápido —La apremió él—. Cualquiera de los huéspedes puede poner una protesta en recepción.

Ella se bajó la falda, se abrochó rápidamente la camisa y cogió el bolso. Tan solo un par de minutos después estaban en la calle riéndose, sintiendo como el esperma del mejor amigo de su esposo escurría por sus muslos.

Se despidieron para el día siguiente en el mismo parking donde ella había dejado el coche. Y poco tiempo más tarde, allí estaba Carmen. Sentada sobre las rodillas de su esposo. Sin bragas y con el semen de su amante aún en el interior de su coño. Incluso, podía sentir sus muslos pegajosos.

—Déjame, cariño. Me estoy meando —trataba de disimular su nerviosismo.

—Quiero follarte, voy contigo al baño.

—Ni se te ocurra —Protestó ella—. Ya sabes que a mis esas cosas no me gustan. Si quieres hacerme el amor házmelo luego, cuando nos marchemos a la cama. La niña está arriba y puede bajar en cualquier momento. No sé qué te ocurre hoy —añadió Carmen, levantándose por fin de las rodillas de su esposo

—¿Tan raro es que tu marido quiera metértela?

—Cielo, luego, cuando nos marchemos a la cama. Podrás hacerlo.

Pero David estaba fuera de sí, no se le borraba la imagen de su hija encima de la mesa abierta completamente de piernas y totalmente entregada a él. «Debí de habérmela follado, soy demasiado puntilloso en ese punto». Pensó por un segundo. En el fondo era a ella y no su esposa, a la que deseaba con tanto fervor aquella tarde.

—Ponte ahí —dijo señalándole la mesa del comedor.

—¡No! No haremos eso estando Clara en casa. Por lo menos, déjame ir un momento al baño.

—Si la niña baja de la habitación, escucharemos las escaleras y nos dará tiempo a disimular.

—¿No prefieres que te la chupe aquí en el sofá? Hace mucho que no me lo pides, antes te encantaba que lo hiciera, —le ofreció ella, asustada de que David se diera cuenta de que no llevaba bragas.

Él la miró extrañado. A Carmen no le había gustado nunca comerle la polla, y cuando él insistía, ella siempre protestaba. Por lo tanto, no se lo pensó dos veces, se puso de pies y se bajó los pantalones hasta las rodillas, mostrando su polla empalmada. Luego volvió a sentarse.

Carmen se arrodilló situándose entre las piernas de su esposo. «La verdad es que tiene buena polla», pensó ella comenzando a masturbarlo.

David observó a su esposa. Nunca la había notado tan sumisa y dispuesta a complacerlo. Mientras Carmen, acercaba su boca y comenzaba a engullirla, tal y como esa misma tarde, había hecho con la de Víctor.

No recordaba haber recibido una mamada tan contundente nunca por ella, era como si fuera otra mujer mucho más caliente y experimentada. La polla de David desaparecía en la boca de su esposa, rozándole la punta casi la garganta.

Él la sujetó por la nuca, obligando a tragársela entera. David cerró los ojos y comenzó a fantasear con su caliente hija. Al mismo tiempo que Carmen, imaginaba que esa gruesa polla que casi le atoraba la garganta, era la de Víctor. Fantaseó con los chicos que la habían observado en la terraza, se los imaginaba masturbándose.

—¡Me corro! —anunció sin soltar la cabeza de su mujer. Impidiéndole que escapara de recibir en la boca, su inminente eyaculación.

Ella intentó cabecear hacia atrás, Una vez David había intentado correrse en su boca y ella se lo había reprochado durante mucho tiempo. Sin embargo, ahora estaba acostumbrada.

—Eres un cerdo —Le recriminó ella, poniéndose de pies y yéndose a lavar con total urgencia al baño de abajo. Intentando simular, que seguía dándole el mismo asco de siempre.

David se subió los pantalones, gratamente complacido por su esposa. Sintiéndose al mismo tiempo tremendamente orgulloso, de las dos hembras con las que vivía. Tanto de su mujer, como de su caliente hija.

Pero enseguida sus morbosos pensamientos volvieron a recaer en la preciosa amiga de Clara.

Deva Nanadiny

Continuará

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