C.VELARDE

15. FAVORES PELIGROSOS

JORGE SOTO

Lunes 26 de septiembre

10:17 hrs.  

—¿Conoces un buen  urólogo, Pato? —pregunté al secretario de Lola, que, a su vez, era mi jefe directo y mi segundo amigo, además de Fede—, que ahora sí pienso hacerme pronto la circuncisión.

Se llamaba Patricio Bernal, pero todos lo apodábamos Pato. Llevaba dos semanas de vacaciones y ese lunes se reintegraba a sus labores en La Sede, donde su principal función (además de servir de segundo de Lola) era bajar recursos federales para nuestro partido. Él llevaba la batuta como el amigo apuesto del trío amistoso que formábamos en conjunto de Fede y yo.

 Pato era un tipo leal, bohemio, músico ocasional y escritor de poesía vanguardista, sin quitar de lado su interés por la defensa de los animales.

De naturaleza desenfadada y de carácter indócil cuando de defender ideas se trataba: Pato era bastante elocuente y a quien solíamos recurrir los inexpertos para pedir consejos, pues a sus 31 años, él tenía bastante experiencia sobre la vida.  

Vestía al estilo hipster, y como tal se erigía, llevando sus cabellos negros y rizados en una pequeña coleta, su barba abundante estilo espartano y lentes redondos que le ofrecían un aire intelectual. Mantenía una relación poliamorosa con dos chicas, una llamada Mirta y la otra Valeria, con quienes vivía allá por el barrio Antiguo de Monterrey, donde radicaban todos los bohemios de la metrópoli.

Las conoció en una orgía sexual en la que participó, que se llevó a cabo en un evento de rock alternativo en el Parque Fundidora, organizada por una especie de “comuna progresista filosófica y sexual” y desde entonces participaban los tres en juergas parecidas.

La forma de vida que llevaba era extraña para mí, pero la respetaba, así como él respetaba la mía.  

—Por supuesto —contestó, fumándose un cigarro mentolado a falta del porro que acostumbraba en su apartamento—, si no te hubieras decidido a hacerte la circuncisión, yo mismo te habría bajado los pantalones para cortarte el prepucio sin anestesia, cabrón.

Pato conocía mi problema y constantemente me había advertido sobre las consecuencias que traería consigo en mi ámbito sexual con Livia si continuaba con mi negativa. Y como bien lo había vaticinado, las consecuencias habían llegado.

—Limítate a darme un listado de los mejores urólogos y cállate, Patricio.

Pato tenía su cubículo a mi costado, y el de Fede quedaba frente al de nosotros. El gordito estaba en la oficina con Lola y Aníbal en la reunión de los lunes, donde él les presentaba un informe detallado sobre asuntos secretos y las cámaras de seguridad.  

—Amaneciste bravo —se rió Pato sin parar de buscar algo en sus carpetas—. ¿Todo bien contigo?

—Valentino —dije entre dientes.

—¿Qué pasa con ese montón de mierda andante?

—Se llevó a Livia —comenté tragando saliva muy amarga.

Pato elevó la vista y me observó a detalle.

—¿A dónde? —me miró a través de sus lentes.

—A un cóctel.

—¿Y desde cuándo tu novia hace las responsabilidades que le tocan a Nadia, que es la asistente de ése?

—A lo mejor Nadia no vino hoy —intenté justificar el lamentable hecho.

—La acabo de ver en la cafetería, pelirrojo, a Nadia. Y, por cierto, traía una cara que parece que le estaban metiendo un chile habanero por el culo.

Tragué saliva. Nadie necesitaba explicarme sobre lo raro que me parecía todo esto. Me quedé en silencio y Pato notó mi preocupación. Por eso me dijo:

—No te hagas películas en la cabeza, pelirrojo. Lo mejor que puedes hacer es hablar con ella por la noche.

—Lo intentaré —suspiré.

—No lo intentes, Jorge, hazlo. He visto muchas relaciones irse a la mierda por no hablar a tiempo.

Asentí con la cabeza, y continué con mi queja.

—Ese cabrón me miraba como si yo fuera un gusano, Pato. Y se la llevó sin más, como burlándose de mí.

Pato bufó.

—Tú serénate, pelirrojo, que ya te enseñaré cómo se deben de tratar a esa clase de mierdas humanas que sólo aparentan suficiencia para ocultar sus carencias intelectuales exhibiendo lo único que pueden presumir: físico y dinero. En el fondo esa clase de pendejos no tienen autoestima.

Sí, en esto Pato tenía razón.

—Ahora bien, si te sientes acomplejado por tu apariencia de flacucho, hazme casi y apúntate conmigo en el gimnasio para que tengas más seguridad. Lo mismo le he dicho a Fede y su complejo de… sentirse un poco gordis. Hay que evolucionar, siempre, para tener una personalidad mucho más definida. El cambio que tiene que haber en ustedes tiene que ser integral, y no por Livia ni por Leila, sino por ustedes mismos. Amor propio, se le llama a eso.

Suspiré.

—Por cierto, Pato, habla con Fede —le pedí un poco más animado—, que también la está pasando mal por culpa de Leila.

—¿Otra vez… se ilusionó con ella?

—Otra vez lo ilusionó ella —corregí—. Habla con él, que a ti es al único a quien hace caso.

Pato hizo un gesto de disgusto.

—Este no aprende. Y tú tampoco, pelirrojo. Me voy dos semanas y a mi regreso me encuentro a mis amigos más deprimidos que una mujer recién parida. Pero bien, yo me encargo de él, pero tú, Jorge, encárgate de ti y de Livia.

Valentino se estaba volviendo para mí como un grano en el culo, así que no se me ocurrió algo mejor que hacer que hablar con Aníbal para que me ayudara a cambiar a Livia de departamento.

Al poco rato de que Fede y Lola (una refinada, elegante y guapa mujer trigueña de ojos claros) salieron de su oficina entré yo.

—Pasa, encanto —me dijo Lola con una sonrisa maternal, dándome dos besos en las mejillas, pues era la mejor amiga de mi hermana desde años y yo la conocía desde entonces—, Abascal ya te puede atender.

Le devolví la sonrisa y miré su hermoso culo contonearse mientras se dirigía a su oficina. Pensar que ella había sido mi amor platónico de  adolescencia y por quien me había hecho mil pajas en su nombre me llenó de vergüenza.

—Aníbal… —dije a mi cuñado cuando me senté delante de su escritorio—, supongo que tienes en cuenta el favor que te hice al convencer a Raquel de que te dejara ir solo a México la semana pasada

—Ajá —respondió mi cuñado sin ponerme más atención.  

Aníbal ni siquiera me miraba; estaba inmerso en su laptop escribiendo no sé qué carajos. Se estaba recuperando de una presunta quemadura en el pecho que lo había hecho internarse en el hospital desde el sábado pasado y la mitad del domingo anterior. Al parecer se había quemado accidentalmente con agua hirviendo en la cocina.

—¿Y qué con eso, cachorrito? —me dijo sonriendo con un tono semejante a cuando te enorgulleces de que tu perro fiel haya aprendido hacer una nueva gracia. Odiaba que me dijera cachorrito, pero como me conocía desde que yo era un niño (cuando recién se puso de novio con mi hermana), se le había hecho costumbre molestarme desde entonces con ese apodo—. Si quieres que te lo agradezca, pues gracias, ya que con tu coartada la loca de tu hermana dejó de hincharme las bolas y dejarme ir solo a mi viaje, donde pude follarme a una hembrita con más curvas que la del Paso Stelvio de la montaña en Italia.

—A ver, cabrón, que tampoco le hables así a Raquel ni me digas a la cara tus adúlteras aventuras. Me duele por ella.

—Digo lo que es, Jorgito, yo no me ando a medias tintas: y lo cierto es que cuando hay oportunidad de cogerte a una hembrita como la que me cogí, masticas hasta el agua con tal de lograrlo.

—Eres un viejo rabo verde —me quejé.

—Qué feos modos, Jorgito —espetó con ironía—, como sea, soy un viejo rabo verde que, te apuesto lo que quieras, tiene más vida sexual que tú.

Y tal vez llevara razón. Lo de decirle viejo rabo verde era sólo una etiqueta, pues a sus 42 años, Aníbal Abascal estaba físicamente mejor que todos los chavales de mi edad. Incluido yo.

Por eso lo habían propuesto para aspirante; las cabronas calentonas creían que un tipo con su porte, estatura y rostro de seductor, podría ganar el electorado femenino y convertirse en una aspiración para el género masculino.

Tenía el pelo de color grisáceo, casi plateado, bien cuidado, lo que le daba a su expresión el tipo de aire veterano, misterioso, inteligente y sagaz que a las mujeres tanto les encanta. 

¿Quién no querría llegar a la edad de Aníbal teniendo esa apariencia? Pero no. Más que apariencia, en lo que Aníbal más destacaba era en su seguridad.

—Bueno, bueno, Jorgito, dime qué quieres rápido, que yo sí tengo cosas qué hacer —me apresuró.

—Se trata de Livia.

—¿Qué Livia? —continuó tecleando en su portátil.

—¿Cómo que qué Livia, Aníbal? Pues mi novia.

—¿Ya tienes novia? —se burló, descreído—. Vaya, chaval, ¡cuánto has crecido!

Aníbal, el tipo más egoísta del mundo, apenas si se tomaba el tiempo para interesarse en las vidas ajenas que no fueran la suya o la de sus adversarios.

—No te hagas el chistosito, que sabes que vivo con ella desde hace dos años y que es mi novia desde hace cuatro.

—¿Cuatro años que follas con la misma chica? ¿Estás de coña? Ufff. Qué barbaridad. Lo que dirán de mí los colegas si se enteran que eres mi cuñado. Anda, busca en mi agenda alguna hembra y llámala. Yo te recomendaré con la que quieras. Cualquiera de la lista es tetona, culona y con un coño que te mueres. Carne fresca, eso sí. Con lo que me gustan las jovencitas.  

—¡Aníbal, más respeto, que tu esposa Raquel es mi hermana y me pone mal que….!

—¿Qué pasa con Linda, pues, muchacho desagradecido? —me interrumpió sin mirarme, haciéndome saber que tenía muchas ocupaciones antes que estar perdiendo el tiempo conmigo—. Si no quieres follar con otras putas, pues allá tú. Dime qué quieres y, por favor, sé breve.

—En primera; mi novia se llama Livia, no Linda, y en segunda; quiero cobrarme ya el favor que te hice sobre tu salida a México.

—Tú dirás, cuñadito, ¿cuánto dinero quieres?

 —Dinero no. Más bien necesito que me hagas un favor.

—A ver, a ver, nene, tranquilo —se rió—, que a mí los niñatos como tú no me ponen. Yo no soy de los que padece esas “famosas crisis de los cuarenta” donde se les voltean los gustos sexuales.

—¡Un favor para mi novia! —le aclaré.

—Bueno, si ella está buena y su coñito aprieta, pues con gusto le hago el favor que quieras —se carcajeó, poniéndome rojo de la ira.

—¡Aníbal! —perdí la paciencia.

—Okey, okey, tú no aguantas bromas. Dime, pues, lo que quieres.

—Quiero que, con tus influencias, recomiendes a mi novia en otro departamento de La Sede. Ya no quiero que esté en el que trabaja actualmente.

Fue en ese momento cuando los ojos azules de mi cuñado se clavaron en mi cara. En las cosas de trabajo sí que se ponía serio y adoptaba actitudes intransigentes. Ser un hijo de puta no le restaba méritos a su éxito como profesionista. Aníbal era un irreprochable estratega.

—A ver, Jorgito, como diría Jack el Destripador: vamos por partes, ¿en qué departamento está tu novia y por qué la quieres cambiar?

—En el departamento de prensa, y la quiero cambiar porque ahora mismo sólo la tienen como un bulto, haciéndola escribir notas, bitácoras e itinerarios logísticos que otros se adjudican como suyos —dije.

No pretendía quedar como imbécil ante Aníbal, diciéndole que el motivo por el que quería que me ayudara a cambiar a Livia de departamento se debía a que su “amigo” Valentino el Bisonte mierdero me estaba causando dolores de cabeza.

—¿Qué carrera universitaria tiene?

—Está licenciada en relaciones públicas —le expliqué.

Aníbal enarcó una ceja y me dijo:

—Si tu novia está licenciada en relaciones públicas entonces está en el departamento correcto, el de prensa, que es donde ella se puede desempeñar mejor. No entiendo por qué quieres un cambio para ella. Zapatero a su zapato, Jorgito.

—Ya… te dije que… —Piensa, Jorge, piensa—, que en ese departamento no la toman en cuenta. Tengo entendido que Nadia, la actual asistenta del Bisonte… es decir: de Valentino, dejará el puesto pronto porque se unirá a tu campaña, ¿cierto?

—Sí, es cierto —contestó Aníbal tamborileando sus dedos sobre el teclado.

—Pues resulta que tu querido Valentino le ha ofrecido el puesto a Catalina, que lleva menos de un año como secretaria, cuando ese puesto lo tendría que merecer Livia, que tiene más de cinco años de antigüedad. Por eso quiero que la saques de ahí y la pongas en otro lado donde sí la valoren.

Aníbal suspiró hondo y respondió:

—Lo siento, cachorrito, pero no puedo cumplir tu capricho. Al menos no el de cambiar a tu novia de departamento. El comité no lo aceptaría porque ella no cumple el perfil para estar en otro lado.

—Aníbal… por favor, tienes que ayudarme. Yo te ayudo, tú me ayudas, ¿recuerdas?, un trato entre caballeros.

—Mira, Jorgito. A lo mucho lo que puedo hacer es persuadir a Valentino para que reconsidere su decisión para que sea tu novia su nueva asistenta y no Catalina.

Sentí que un escalofrío se trazaba en mi médula espinal.

—¿Qué? —exclamé aterrorizado.—¡No, eso no!

—¿Quién te endiente, cabrón? —se quejó—. ¿A caso no es eso lo que querías?, ¿que valoren el trabajo de tu novia? Pues ya está. Si ella tiene la cualificación correspondiente, el puesto será suyo.

—¡Pero… Aníbal! —Las cosas se me estaban saliendo de control, y tenía que parar con esto ya.

—No se hable más, Jorgito —Aníbal zanjó el tema—. Déjame los datos de tu novia con Lola que ya los revisaré luego para hacer la propuesta. 

Valiendo pito. Ahora sí que me había salido el tiro por la culata. Un nuevo escalofrío me recorrió el cuerpo y me dejó sin habla momentáneamente. Si bien no era exactamente esto lo que buscaba… tuve que pensar en frío y tomar en cuenta que si a Livia le daban el puesto vacante que dejaría Nadia, no sólo sería un gran logro que la haría sentirse realizada, sino que ganaría casi el triple de sueldo de lo que ahora percibía.

El problema radicaba en que, de aceptar la ayuda de Aníbal, sería tanto como entregar a mi novia a Valentino en bandeja de plata. Y no era eso lo quería. Pero tampoco podía ser egoísta y dejar pasar esta oportunidad para Livia por un mis putos celos de mierda. Tenía que tomar una decisión rozable cuando antes. A mi cuñado no le gustaba esperar.

Vaya paradoja más absurda tenía encima.

—Está bien —dije sin pensarlo más, esperando no arrepentirme de esto el resto de mis días—, que así sea. 

—Bien, Jorgito, entonces dalo por hecho —me dijo mi cuñado escribiendo una nota en su agenda—. Por cierto, es extraño que tengas cuatro años con tu novia y yo no la conozca. ¿No la llevas a las cenas familiares?

Mi hermana Raquel, en medio de sus crisis nerviosas, nunca estuvo de acuerdo en que tuviera novia. Pese a llevarme quince años, éramos muy unidos, hasta que conocí a mi ángel. Por eso, Raquel veía en Livia a una mujer que le había robado mi cariño. Y la detestaba. Cada vez que Livy y yo nos reuníamos con ella, Raquel la insultaba y la trataba mal.

Yo no podía hacer nada para evitarlo, porque contradecir a Raquel la enfermaba más, así que decidimos que en las reuniones donde estuviera mi hermana presente, Livia se ausentaría. Y mi novia lo comprendía. De todos modos, me parecía una pendejada que Aníbal no supiera quién era mi prometida si ella trabajaba en La Sede desde hacía cinco años. Al menos de vista la tendría que haber visto alguna vez.

Pero claro; es evidente que una mujer que no enseña tetas ni culo no es prioridad para la vista de ningún degenerado como él.

—Aníbal, yo también necesito que me den un mejor puesto en La Sede. Estudié gestión empresarial y me tienen siendo el secretario del secretario de tu secretaria. Además tengo un curso en diseño gráfico en el que soy muy bueno. También me podrías poner en el departamento de prensa para hacer diseños, retocar fotos o hasta modificarlas. Pretendo casarme con Livia el próximo año después de las elecciones municipales de junio y necesito mejorar mi economía para comprar una casa y darle una vida mejor.

—Me gusta que seas ambicioso, Jorgito, pero… ¿para qué quieres un ascenso tú? No tiene nada de malo ser el secretario del secretario de mi secretaria. Me gusta que estés conmigo. Aunque no lo creas, me eres muy útil. Además, cada vez te doy un bono más generoso que el anterior por mantener tranquila a Raquel… cuando lo necesito.

—¿Y te parece decente que yo, siendo su hermano, me venda contigo para hacerte coartada cada vez que te quieres largar de viaje con alguna de tus amantes? Eso es ruin y perverso.

—Si ya aumentaste las tarifas por tus servicios de tapadera, cuñadito, entonces dime y te pago más.

—Yo no quiero vivir a costa tuya, Aníbal, ni que mi hermana un día descubra que yo…

—Ya, ya, ya… está bien, Jorgito, no seas fastidioso. ¡Qué feos modos! Pero bueno. Esfuérzate más y a lo mejor te doy un mejor puesto el año entrante, durante mi campaña —dijo un Aníbal cada vez más cansado de mi presencia y rabietas—. ¿Algo más que quiera el señor Soto?

—Sí —admití.

—¡Huevos! ¿Ahora qué?

—Que no le digas a Livia jamás que yo intercedí ante ti para… esto. Quiero que mi novia piense que el ascenso es por sus capacidades (que las tiene, pero en esta puta Sede nunca la toman en cuenta) y no por influencias. Si ella… se enterara que tú me ayudaste… me cuelga de los huevos.  

Aníbal torció un gesto pero asintió con la cabeza.  

—Será como tú quieras, Jorgito. Te prometo que Linda no  se enterará que anduviste lamiéndome los huevos para conseguir la vacante de Nadia.

—Serás cabrón —mascullé, levantándome de la silla, indignado.

—Es broma, cuñadito, es broma —le oí carcajearse—. Yo también te quiero. Por cierto, Lola te hará llegar la invitación para que tú y tu novia vengan a la cena de gala que ofreceré el próximo sábado donde celebraré el inicio de mi precampaña.

—Todavía no te han elegido como aspirante de Alianza por México, ¿y ya estás iniciando con tu precampaña? No creo que le guste esto a la doctora Olga Ernidia si se entera.

—Ganaré, cachorrito, juro que ganaré. Y pues si quieres ir a la fiesta, ya sabes que tienes vía libre. Lo que piense Cerdinia me tiene sin cuidado, aunque preferiría que ignorara lo de la cena.

—No sé si sea buena idea ir —admití.

—¿Por qué?

—Porque… Raquel… a mi novia…

—Mi esposita no quiere a tu novia —puso los ojos en blanco—, ¡qué sorpresa! ¿Tu hermana a quién mierdas quiere, Jorgito, salvo a ti? Ni siquiera a sus hijas. Pero bueno. A ti que te valga pitos y ya. Te quiero el sábado en la fiesta por si Lola o Patricio necesitan ayuda.

—Ya se me hacía raro —me quejé—. Que te quede claro que si voy a tu dichosa fiestecita será en calidad de invitado, no de criado de Lola, Pato o tuyo.

—Está bien, como quieras. En todo caso, espero que vayas. Al menos podrás mantener en calma a Raquel si acaso se le mete por el culo el demonio del desmadre y las imprudencias.  Ah, y sirve que aprovechamos la ocasión para que me presentes a tu novia y me convenza mejor de que ella tiene las actitudes para el cargo de asistenta de prensa.

—No pretenderás hacerle una entrevista de trabajo a Livia en plena fiesta, ¿verdad? —le pregunté.

—Por supuesto que no, cachorrito. Pero tú sabes que yo tengo ciertas cualidades para analizar a las personas con solo verlas. Ten la seguridad que una mirada me bastará para saber si tu querida Linda está cualificada para el puesto o no.

—En ese caso, ahí estaremos el sábado en la noche. Y, entiende, carajo: se llama Livia, no Linda.

Aunque esto no era exactamente lo que esperaba, tuve que reconocer que Livia se pondría feliz cuando se enterara que había probabilidades de que obtuviera el puesto de Nadia. Ahora sólo me faltaba hacer todo lo posible para que esa noche luciera espectacular, a fin de que causara una excelente impresión en Aníbal y éste, a su vez, no tuviera la menor duda de que ella estaba perfectamente cualificada para el puesto.

¿Qué podría salir mal?

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