BELLA PERRIX

No podía creer que estuviésemos allí. Me lo había imaginado miles de veces desde que decidimos ir. Había visualizado un local lúgubre de suelo resbaladizo, lleno de gordos y gordas, todos feos e incapaces de ligar en el mundo real. Pero no. Si no fuera por esas salas enjauladas que rodean el espacio principal podría parecer cualquier pub de cualquier ciudad. Es verdad que, entre el gentío, se vislumbra algún rítmico y sospechoso movimiento de cabeza, se oía algún que otro jadeo demasiado agudo pero la mayoría está charlando y bebiendo con tranquilidad. También es verdad que en algunas jaulas había gente follando… pero al rato, ya ni te acordabas.

Roberto, mi novio, estaba tan nervioso como yo pero se esforzaba por aparentar normalidad. Sus manos sudadas y en continuo fregoteo de una con la otra le delataba.

Pero eso sólo lo sabía yo. Nos amábamos con devoción y franqueza pero nos apetecía probar cosas nuevas, olvidar que por convicción social nos pertenecíamos. Al menos durante una noche.

Justo cuando comentábamos si debíamos tomar la iniciativa y abandonar esa barra en la que nos habíamos anclado nada más llegar, justo en ese instante, una mujer apareció ante nosotros saliendo entre la multitud. Era hermosa: morena, con una melena lisa recogida en una coleta y un cuerpo escultural embutido en un vestido negro que remarcaba todas sus curvas y lo mostraba todo sin enseñar nada.

Salió de entre la gente oteando el horizonte pero su búsqueda acabó nada más vernos.

-«Tú»- dijo señalando hacia Roberto. -«¿te vienes conmigo?».

Roberto me miró con evidentes muestras de vergüenza y culpabilidad pero yo asentí soltándole la mano y sacudiendo levemente mi cabeza.

Ella tiró de él que se alejaba hacia la jaula más cercana sin quitarme un ojo de encima y con cara de espanto.

-«Disfruta»- le dibujé con mis labios antes de dedicarle la mejor sonrisa que pude.

Habíamos venido a eso pero, llegado el momento, costaba verlo agarrado de aquella hembra impresionante.

Por suerte entraron en la jaula que estaba justo a mi lado así que podía seguir sus evoluciones sin moverme de la barra.

En la sala esperaban tres tíos más ya desnudos de cintura para abajo. Roberto los imitó y ocupó el único lugar que quedaba libre al borde de la cama. Ella se estiró en el centro de todas aquellas pollas, que fue calibrando con la vista para pasar a comprobar manualmente su correcta elección. Por la cara que ponía diría que no tenía quejas.

Durante un instante nuestras miradas se encontraron y, no sé si esa fue la razón que la llevó a empezar chupando a mi Roberto.

Observé detenidamente a mi novio y vi como abría la boca mientras su polla entraba en la boca de aquella desconocida, como miraba al techo con los ojos cerrados mientras se mordía el labio inferior. Era evidente que estaba evitando mirarme. Yo deseaba que lo hiciese, quería ver su expresión de placer dirigida directamente hacia mí, quería comprobar los movimientos de esa lengua reflejados en la cara de mi novio. No volvió a mirarme hasta que la mujer se puso a atender al de su derecha.

Yo le sonreí tratando de transmitirle ánimos, a que se soltase y le demostrase a todo el local lo que era capaz de hacer… Que se lo pasase bien.

Al menos tan bien como yo: ver la cara de gusto de mi novio cuando esa desconocida le comía la polla me ha puesto como una moto. He tenido que reacomodarme sobre el taburete al notar ese incipiente hormigueo en la entrepierna.

En la jaula ha empezado la selección natural y parece que ya hay un descartado. Vete a saber por qué, quizás la tenga pequeña o no se le empina, pero el hecho es que se ha concentrado en los otros tres: abriendo su coño a uno y ofreciendo su boca a los otros restantes. Reconozco ese culo que aprieta hacia la hembra una y otra vez… Bien por mi Roberto, ha sido el primero en metérsela.

Me veo obligada a cruzar mis piernas, no por decoro precisamente: aprisiono mi coño entre mis muslos y los voy moviendo rítmicamente obligando a mis labios a besarse. Me encanta hacer eso sin que nadie se dé cuenta. Es algo muy personal y que me permite notar lo húmeda que estoy y cómo resbala un labio contra el otro…. uuuf.

-«Disculpe. ¿Le apetece algo?»- las palabras suenan a años luz de mis coordenadas actuales y la oferta parece interesante hasta que me doy cuenta que es un camarero el que ofrece. Sobre sus dedos extendidos descansa una bandeja que parece pesar una tonelada.

-«No, nada, nada»- le digo volviendo la mirada al culo de mi novio.

-«Disculpe, señorita. ¿Ha venido usted sola?»- la insistencia empieza a ser irritante. El camarero resulta ser un hombre maduro, debe estar sobre la cuarentena larga, con su poco pelo brillante y perfectamente alineado hacia atrás, un bigote de esos que parecen de siglos pasados con las puntas ligeramente levantadas y el uniforme completo con chaleco y pajarita. Tiene más pinta de mayordomo que otra cosa.

-«No. Con aquel de allí»- le contesto mientras señalo con mi barbilla la jaula cercana.

-«Ajá». Contesta escuetamente mientras se coloca la pajarita y deja la bandeja sobre la barra.

Roberto acelera el ritmo, le pega unos cachetes en las nalgas y tira de su coleta, acercándosela lo justo para poderla susurrar algo al oído. Ella sonríe lo que le dejan sus jadeos antes de volver a tragarse las otras dos pollas. Ummm, ¿qué le habrá dicho?. A mi me encanta que me diga cosas mientras me folla. Que me susurre guarradas…

Entonces el contacto de una mano en mi rodilla me rescata de mis pensamientos.

-«¿Puedo?» me pregunta mientras parece querer separarme las rodillas. ¡¡Pero si podría ser mi padre!! Y no lo conozco de nada. ¿Cómo se atreve esta gente a proponer cosas así?…

-«Claro»- le contesta alguna parte de mi ser. Él sonríe y se agacha. Yo me dejo caer hacia atrás apoyando los codos sobre la barra y mi espalda contra su canto.

Sus manos ejecutan lo que antes sólo han propuesto. Con la piernas abiertas vuelvo a mirar hacia la jaula. Roberto ya la está enculando. Lo sé por los gritos de ella y porque debajo tiene otro estirado dando buena cuenta de su coño.

Las manos del camarero llegan al fondo y tiran de mis bragas con suavidad. Ayudo alzando mis nalgas. Siento como la tela va bajando por mi piel y como me voy mojando a medida que bajan por mis piernas. Me estremezco al sentir la piel del taburete directamente contra mis nalgas y todo mi ser entra en ebullición tomando cuerpo en forma de humedad en mi coño. El mismo coño que ya está sólo a 3 centímetros de la nariz de un camarero que no había visto en mi vida.

Roberto continúa dándole fuerte en el culo mientras los otros se limitan a mirar y tocarse poco a poco. Es como si hubiesen entrado en un ralentí, como si esperasen a correrse todos a la vez. Siento las mejillas del camarero rozando en la parte más interna de mis muslos recordándome que está ahí. Me encanta que alguien vaya a comerme el coño y yo sólo pueda pensar en mi novio follándose a otra.

Noto ya sus labios contra los míos y le miro. Me parece de mala educación no mirarle siquiera cuando está haciendo eso. Debo contener una risilla al ver su mostacho sobresaliendo por encima de mi pelambrera ya convertida en su perilla.

Vuelvo con Roberto que sigue a lo suyo. Deseo que se girase a mirarme, que pudiera verme ahí sentada y espatarrada con una cabeza moviéndose en lo más hondo de mí, que viera cómo sigo mirándole pese al placer que me están dando.

El camarero lo hace bien, rematadamente bien, pero podría decir que su lengua en mi coño es lo de menos: me pone mucho más ver mi vello púbico al aire en un lugar público, cómo he permitido que ese desconocido me chupe, ver la espalda de Roberto tensando todos sus músculos al meterse dentro de ella, cómo le palmeaba las nalgas, cómo estira de su coleta…

El camarero parece un náufrago devorando una sandía después de semanas sin alimento. Su cara y nariz brillan y me encantan sus manos manteniendo mis muslos separados justo por mis ingles. Acaricio su prominente calva animándole a seguir igual.

Me sabe mal pasar tanto de él, pero es que me encanta ver cómo Roberto se sale del culo de ella, me encanta ver cómo se lo ha dejado, enrojecido y del tamaño de una moneda de dos euros. El camarero se esfuerza y me abre con su lengua. Me encanta cómo rebaña todo mi interior, cómo aspira mi clítoris y cómo lo vuelve a meter hacia dentro empujando con su lengua, me encanta ver cómo ella se estira y todos los hombres se acercan a ella acelerando el ritmo de sus pajas. Me encanta el calor que siento en todo mi cuerpo, que pasen personas a un metro de mí y ni se inmuten por tener un camarero hundido entre mis muslos, me encanta… ¡¡Me encanta!!… Me encanta ver cómo se van acercando ellos a ella y, uno a uno, se corren sobre su cuerpo. Me encanta ver a Roberto gritando y derramándose sobre sus tetas, ver cómo ella se la agarra y busca las últimas gotas de semen que le quedan a su disposición. Me encanta la sensación que crece en mi interior, me encanta ese momento en el que mi cuerpo parece flotar tan solo sostenido por la lengua de ese desconocido. Me encanta correrme ensordeciendo al camarero con mis muslos atrapando su cabeza mientras mi coño tiembla y yo me agarro a su cabeza para no caerme. Me encanta oír cómo bebe mi fluido, me encanta gritar y que nadie se gire… me encanta… me encanta…

Cuando consigo abrir los ojos, Roberto ya está a mi lado. Vestido y con una sonrisa de oreja a oreja.

-«¿Por qué no has venido?»

-«Hoy no. He preferido ser un poco más… pasiva.»- le contesto mientras veo al camarero alisándose el cabello y secándose los morros con un pañuelo.

-«¿Les apetece algo?»- nos ofrece una vez recompuesto.

Ambos aceptamos y yo veo que el camarero se fija en algo del suelo justo en el instante que siento el frío recorriendo libremente mi sexo.

-«¿Cuánto es?»- pregunta Roberto.

«Invita la casa»- contesta el camarero. Yo oculto tras el vaso una sonrisa cómplice mientras veo cómo se aleja guardando en su bolsillo lo que acaba de recoger.

-«Joder que sitio más genial: follas y encima te invitan a una copa».

-«Sí. Genial». Mi coño está encantado de estar al aire libre y vuelve a lubricarse cuando me imagino estirada en esa cama rodeada de tíos corriéndose sobre mí y con mi novio mirándome…».

-«La próxima vez tú estarás en la cama y yo miraré, mientras bebo gratis. Un paraíso”.- me dice Roberto.

Tengo que reprimir otra sonrisa al pensar si él será capaz de conseguir una copa gratis…

Mis links: BellaPerrix ❤️

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