MARCELA VARGAS

Nadia era una joven que durante gran parte de su vida fue feliz a pesar de todos sus problemas. Hasta que, un día, descubrió que podía predecir el futuro a través de los sueños. Al respecto, ella pensaba que si los hacía públicos podría ocurrir que muchos consideraran que eso era provechoso (claro, en caso de que le creyeran). Sin embargo, sus predicciones eran sobre hechos banales, por lo que entendía que no valía la pena sacarlas a la luz. En el otro extremo, tenía pesadillas que le alertaban sobre acontecimientos angustiantes o peligrosos que le podían ocurrir a conocidos y seres queridos sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, pues estos sueños se entremezclaban con aquellos que jamás ocurrían, de modo que la muchacha no podía discernir entre ellos.

El primer sueño premonitorio trivial ocurrió en su adolescencia, una época signada por falta de redes sociales y de internet en sí. Una tarde, Nadia volvió a su casa luego de unas vacaciones de invierno que pasó en la casa de sus tíos. Su mejor amiga, quien vivía al lado, la esperó para decirle que recibió la visita de una amiga en común tras varios años de no tener contacto con ella (la muchacha vivía a muchos kilómetros de distancia). “Adiviná en qué cambió”, le desafió. “¿Se hizo reflejos en el cabello?”, le interrogó Nadia, que la noche previa había soñado que la vio con sus cabellos cortos y oscuros franjeados de plata. “¿Cómo supiste?”, se sorprendió su mejor amiga. “Es imposible que la hayas podido ver, ya que ayer la acompañé a la terminal de ómnibus para su viaje de vuelta”, agregó.

Años más tarde, una compañera de trabajo le apareció en sueños para comunicarle que sufría de sobremanera. Se trataba de una persona que, en la vida real, siempre se burlaba o hablaba mal de Nadia a sus espaldas, por lo cual esta, que al principio gustaba de charlar con ella, luego resolvió no hablarle a menos que fuera para el hola y el chau. Al día siguiente del sueño, la mujer tocó la puerta de su casa con lágrimas en los ojos porque padecía violencia y no tenía a quién más recurrir para pedir ayuda.

Más adelante, Nadia se encontraba hojeando sus memorias de hacía unos años, cuando se detuvo en una sección en la cual narraba un sueño. El vecino de su prima, un adulto mayor, ingresaba en su casa como un zombi y la perseguía por todos lados. “¿Cómo puede ser?”, se dijo la joven. “Él falleció de un tumor maligno hace unos meses y esto lo escribí hace tres años”, recordó.

La relectura de sus antiguos escritos fue como dejar entreabierta una puerta, ya que Nadia empezó a tener una seguidilla de malos sueños. En uno de ellos, su madre tenía ojeras remarcadas y la miraba de forma preocupada. La tarea de la muchacha para sanarla era pronunciar unas palabras exactas, de modo de quitarle del corazón la sombra que se le había metido. Apenas despertó, llamó por teléfono a su madre y se enteró de que la dama, que padecía de hipertensión arterial, no había podido dormir por constantes taquicardias.

Esa misma semana, la madre de su amigo se había convertido en una niña pequeña y Nadia tenía que llevarla al hospital porque se había lastimado gravemente y lloraba. Cuando se encontró con él, dudó entre contárselo o no y, cuando por fin se decidió a hacerlo, a los cinco minutos lo telefoneó la madre porque su hermano mayor tuvo un accidente hogareño, por lo cual debió correr al sanatorio.

Nadia se empezó a preguntar: “¿Por qué? Si las cosas pasan y no puedo hacer nada. ¿Qué hacer? ¿A quién contárselo?”. Ella era creyente y al consultar discretamente con referentes de su religión, se sintió peor: le dijeron que los sueños, sueños eran o bien, no había que inmiscuirse en la adivinación. Pero lo que ella hacía no era adivinar. De hecho, no hacía nada, más bien recibía sueños premonitorios. La respuesta tampoco la hallaría entre los no creyentes, dado que si ella llegara a manifestarles lo que le pasaba, la concebirían como una loca. La contestación era, como al inicio, quedarse callada.

Así, Nadia decidió guardarse todo para ella. Pero eso no atenuaba la preocupación que sentía cada vez que tenía esos sueños sobre hechos amenazantes. Y mucho menos la angustia que le daba anoticiarse de que se habían hecho realidad.

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