PENÉLOPE

Una historia real ocurrida hace algún tiempo, en la que esta persona se dejó llevar por sus impulsos y su cerebro ganó a la razón. 

Un hombre engañado, cegado ante una historia demasiado perfecta para ser real, toda esa fantasía imposible de sostener terminaría con su matrimonio, con el amor de sus hijos, con su dinero, con su dignidad, con su autoestima, Marcos estaba tan solo, tan deprimido, tan en la ruina que se decidió a pasar una gruesa soga por uno de los tirantes del techo de esa casa, para luego, ajustar un extremo a las rejas del amplio ventanal y enhebrar un prolijo lazo al otro extremo. Probó con fuerzas un par de veces para asegurarse de que resistiera.

Buscó un banco de altura suficiente, se paró sobre el haciendo equilibrio y luego ajustó la cuerda al derredor de su cuello, meditó durante unos segundos respirando profundamente, serían las últimas bocanadas de aire en este mundo, rezó un improvisado Padre Nuestro por si Dios existiera en algún sitio al tiempo que una lágrima perdida rodó por su rostro.

Cerró los ojos y solo dio el paso al vacío.

Percibió como la soga se ceñía más y más a su cuello arrancándole un profundo dolor, y sintió que ya no podía respirar, fueron apenas segundos, pero esos segundos se hicieron eternos mientras sentía que ya todo se detenía, que no había retorno, sintió que perdía el conocimiento y que al final su alma sería libre.

Los bomberos derribaron la puerta días después alertados por los vecinos, las sirenas azules de los patrulleros trajeron conmoción al barrio y un cuerpo forense estudiaba lo ocurrido, la historia estaba resumida en una escueta carta escrita a mano, en un papel amarillento sobre la mesa del comedor.

Dicen que su esposa y sus hijos fueron parte del espectáculo, perdidos entre los curiosos de turno, pero no sintieron pena, ni lástima, ni se mostraron conmovidos, aún estaba presente en ellos el dolor sin cicatrizar de todo lo que había sucedido.

En poco tiempo, nuevas noticias taparon las viejas y Marcos y su historia quedaría en el olvido…

Marcos era un tipo normal, de cuarenta y dos años, trabajador, responsable. Estaba casado con Rosa, ama de casa, un par de años menor que el, se habían conocido de adolescentes y habían tenido a Marcos Jr. y Lorena cuando aún eran muy jóvenes. Su hijo tenía veintidós y la jovencita veinte recién cumplidos.

Era de esos hombres simples y bonachones, sin lados oscuros, era veterinario y tenía su propio local en una zona céntrica de la ciudad. Cada día cogía el bus para abrir puntualmente a las nueve de la mañana, cada día puntualmente cerraba a las siete de la tarde para volver a casa con su familia.

Era un día más, como tantos, Marcos caminaba hacia el bar de la esquina para comprar su almuerzo, como de costumbre. En sentido contrario se acercaba una mujer muy llamativa, muy coqueta, y entre sus brazos llevaba un perro caniche.

El destino quiso que, en un momento, el animalito saltó enardecido al ver un gato en la acera del frente. Y en un acto reflejo, Marcos intuyó que el perrito iba a cruzar la calle por la cual circulaban demasiados coches, con un final previsible, así que aceleró el pasó y como si fuera un balón de fútbol alcanzó a tocarlo con su pie derecho, con la suficiente fuerza como para desviarlo de su camino y detenerlo en el avance.

Se dio una confusa situación, el hombre y la mujer se agacharon en torno al aturdido perrito que no entendía lo que había sucedido, Marcos notó que la mujer tenía una mezcla de enojo con agradecimiento, puesto que le había pegado a su mascota, pero también le había salvado la vida. 

También notó discretamente, el nacimiento de sus generosos pechos que se movían indóciles en su escotada blusa, le pareció una mujer muy sexi. Comenzaron a hablar…, Ingrid era su nombre, él le dijo que se tranquilizara, que era veterinario y le ofreció ir a su local para revisarlo con más detenimiento.

Ya en la consulta, Ingrid, ya más calmada, solo tuvo palabras de agradecimiento, y antes de despedirse, le dijo que estaba eternamente agradecida y se sentía en deuda con él.

Marcos era un tonto bohemio, y su loca imaginación lo llevó a imaginar historias con esa treintañera tan bonita que se había cruzado en su vida, sus pechos eran realmente enormes, sus caderas, y por la armonía de sus líneas, pero eran solo fantasías, él era un buen tipo, tenía familia y jamás se animaría a algo más que solo fantasear, además, una mujer tan hermosa jamás se fijaría en un simplón como él.

Un par de días después, ella pasó por el local, estaba de paso según dijo, iba a la plaza a correr un poco, lucía una camiseta celeste muy ceñida, donde dejaba notar esos descomunales pechos que eran realmente llamativos y short entre en combinación de azules y blancos, de esas que solo dibujan la piel y realzan la perfección de las curvas femeninas, Marcos, como buen hombre, no pudo evitar comerla con la mirada y sentir un deseo incontenible entre sus piernas.

Ingrid llevaba un pastel de agradecimiento que ella misma había preparado, Marcos no sabía que decir, balbuceaba como un principiante y le dedicó algunas bromas sobre lo bonita que se veía, ella le respondió con sonrisas cómplices, miradas provocativas y palabras que dejaban imaginar, la conversación se volvió caliente, y las palabras de doble sentido llegaron sin que él lo propusiera.

Ingrid fue a cerrar la puerta del local con una vuelta de llave y tornó el cartel que colgaba en el vidrio, de ‘open a close’, Marcos sintió la sangre bullir en su cabeza y su mirada se perdió en el trasero perfecto de la perversa mujer, ella volvió, rodeó el escritorio y solo se paró frente a él, a escasos centímetros de distancia, se miraron fijamente y un gélido silencio recorrió el lugar, apenas interrumpidos por unas cotorras que estaban al fondo.

Ella no dijo palabra, lo miró fijamente a los ojos mientras sus manos inquietas aflojaban el cinturón del pantalón de Marcos, se arrodilló y empezó a hacerle una mamada.

Marcos no podía creer su suerte, era demasiado perfecto, demasiado de película, lo cierto es que Ingrid se la chupaba de una forma exquisita, sentía su lengua recorrer su polla, se la metía profundo hasta la garganta, y los chasquidos rítmicos mezcla de placer y saliva. Cada tanto ella levantaba la mirada para comprobar el rostro de placer de Marcos, ella le cogió la polla con la mano, subiendo y bajando a lo largo de su tronco, se recreaba acariciándole las bolas, y sentía que iba a perder el control.

Se sintió venir, su respiración se agitó, no podía evitarlo y ella no se detuvo, el se reclinó contra el mostrador, y explotó de una forma bestial, como no recordaba. 

Ella seguía chupando su polla, hasta que esta empezó a perder la erección. Ingrid se puso de pie nuevamente, tenía una sonrisa más grande que su cara, lo agarró por la nuca y le dio un profundo beso con lengua, tan profundo que Marcos pudo notar el amargor que le había quedado en la boca producto de su propio semen.

Ella le dijo que era tarde, que la plaza la esperaba para cuidar su físico en una mañana de abril, volvió a tornar el cartel, ahora de ‘close a open’, y la vio alejarse. 

Marcos cuando recobró la cordura de sus pensamientos, descubrió que no sabía nada de ella, más que el nombre, su mascota y un hermoso pastel que había dejado a un lado, y algo inolvidable, la mejor mamada que le habían dado en su vida.

Por la noche, los fantasmas atormentaban su descanso, había sido infiel, y su esposa, su amor no lo merecía, se sintió vulgar, sucio, se sintió una mierda, pero las cartas ya estaban echadas.

Esa primera infidelidad supo a un puñal atravesado en su corazón, cada vez que miraba a su esposa a los ojos, cada vez que ella le regalaba una sonrisa, cada vez que ella le hacía una caricia, era como si ese puñal se moviera y lo desgarrara un poco más.

Pero el tiempo cura las heridas, se juró dejar eso en el pasado y solo fingir que jamás había sucedido.

Una semana después, Marcos estaba concentrado en su trabajo, cuando sintió abrirse la puerta del local, si, Ingrid, otra vez, el demonio se hacía presente nuevamente y juró mantenerse lejos de la tentación, ella le dijo que volvía a retirar la bandeja en la que le había dejado el pastel tiempo atrás, y además quería saber si había sido de su agrado.

El trataba de ser cortante con las palabras y no entrar en el juego, entre una cosa y otra ella le preguntó si hacía visitas a domicilio, es que ‘Toby’ su caniche no se veía bien, y que no tenía tiempo, y además que su marido trabajaba todo el día y no podía ayudarla.

Marcos era bueno, pero no tonto, notó una invitación velada con doble sentido a la que tendría que haberse negado, incluso le dijo que lo pensaría, que estaba muy ocupado, porque sabía que solo volvería a caer.

Meditó mucho en los días siguientes, había agenda do el número del teléfono de Ingrid como ‘Toby’, por las dudas, sabía ya donde vivía y solo era cuestión de una llamada.

Marcos concretó una cita sintiendo que se le revolvían las tripas, su familia a un lado, la manzana prohibida al otro, no podía con todo.

Ingrid abrió la puerta de su casa, como siempre con una sonrisa en sus labios, pero Marcos no pudo sostenerle la mirada, ella llevaba puesta una camisa de color  beige con un buen escote, muy femenino, acordonado como una zapatilla donde ella adrede no lo había ajustado lo suficiente, las formas de sus senos se hicieron demasiado sugerentes, si de hecho tenía las tetas más grandes que su cabeza, esa mujer parecía caerse hacia adelante en cada paso, siguió bajando la mirada, una pantalón descolorido en tela de jean se ceñía a su cintura, dejando ver unas piernas esculpidas a mano, estaba descalza, situación que le resultó sugerente, y cuando se cerró la puerta, confirmó que ‘Toby’ solo había sido una excusa.

Se besaron como adolescentes, con ese calor y esa premura de la primera vez, enredados entre prendas que se interponían entre sus cuerpos, él la levantó en el aire tomándola por debajo de sus muslos, ella lo rodeó con sus piernas y con sus brazos, entre susurros le indicó el camino del dormitorio, cuando entraron, el la dejó caer sobre la cama, mientras ella le apretaba las tetas contra la cara, Marcos estaba apurado, ni siquiera le dio tiempo para quitarle camisa, levantarla hasta su cintura fue el camino más rápido, tomó unos segundos para llenarse la vista con la delicada tanga blanca que cubría su sexo, y se sumergió a besarla, separando la tela con su boca para liberar su coño… lo besó una y otra vez y notó cuan empapada estaba, lamió sus ricos jugos, sus labios, noto la suavidad de ese rico coño depilado, algo que le hizo enloquecer.

Levantó un poco la vista, ella se acariciaba los pechos, los estrujaba, y él llevo sus manos sobre las de ella y acarició la suavidad de esas tetas y la rugosidad de sus pezones.

Quería devolverle lo que ella le había regalado días atrás en el local de la veterinaria, así que continuó sumergiendo su lengua en su vagina…

y solo paró cuando ella le imploró que la penetrara. Marcos la complació metiendose entre sus piernas y de una vez, se la hundió hasta el fondo, rítmicamente la penetro una y otra vez, cambiando de posiciones, prolongando el momento, ella movía muy bien sus caderas y Marcos se engolosinó lamiéndole los pechos, eran los más grandes y preciosos que había visto, sus pequeñas aureolas en un marrón claro le hacían demasiado atractivas.

Entre revolcones y revolcones ella tomó el control y fue nuevamente entre las piernas del veterinario, el sentado al borde de la cama, ella a sus pies, dejó caer saliva sobre su polla, pero esta vez, la rodeó con sus pechos y empezó a moverla de arriba abajo, Marcos creyó morir con el juego, ella seguía sin parar, presionando y presionando su polla, disfrutaba mirándolo fijamente a los ojos, sintió que se corria, entonces Ingrid dejó que el semen caliente bañara su pecho, sus tetas, su garganta y él se quedó prendado de ver aquella escena, verla embadurnada con sus propios jugos, fue muy erótico, y se quedó prendado observando como Ingrid se relamía sus propias tetas llenas de leche.

En eso viendo la hora, Marcos debía regresar a su casa, además no sabía nada acerca de su marido, y algunos cuadros de pared donde se veían fotos de la pareja muy enamorada, no dejaba de intimidarlo bastante. Así que se apresuró en despedirse.

Pasaron los días, y Marcos se acostumbró a su amante y a esos pechos, ya no le dolió ese puñal en el corazón y hasta le pareció normal follarse a esa mujer un par de veces a la semana, a escondidas.

Pero después de un mes Ingrid cambió las reglas de juego, ella le hablaba de los raros gustos de su esposo, en verdad no era la primera vez que lo hacía, siempre le decía que Reynaldo no la follaba mucho, que a él le gustaba mirar y más de una vez había dejado correr esa idea entre líneas, ella follaba con el veterinario para satisfacer su sexualidad, pero amaba a su marido y solo quería complacerlo.

Marcos había escapado una y otra vez a sus indirectas, le parecía perverso y jamás había hecho el amor con espectadores, solo imaginar la situación le daban escalofríos.

Ingrid lo había intentado por las buenas, una y otra vez, y cuando vio que no tendría éxito lo intentó por las malas, o sería así, o todo se terminaba.

Marcos no pensaba hacerlo, pero después de un tiempo sin saber de ella notó que ese veneno con forma de mujer se había colado en sus huesos. Volvió a contactarla, y pactaron una cena de a tres.

Inventó una excusa con su esposa, una cena de viejos amigos le dijo y partió con más dudas que certezas.

La imagen fue impactante, volvió a balbucear como ese primer día, Reynaldo parecía un tipo afable, le tendió la mano, lucía una camisa amarilla clara y un jean gris, bastante des prolijo, por cierto, pero el tema en verdad fue Ingrid, ella estaba como una puta de burdel, con los cabellos recogidos, el rostro pintado, un ajustadísimo corsé de encaje negro por donde explotaban sus enormes tetas al punto de parecer cortarle la respiración, terminando por debajo en cuatro ligas que sostenían unas medias caladas, reparó en el detalle de una less casi imperceptible que no dejaba mucho a la imaginación y unos zapatos de altos tacos.

Marcos se puso muy nervioso, más cuando ella lo recibió con un profundo beso con lengua, algo que le sorprendió, y todo ante la atenta mirada de su marido.

Jamás pudo acostumbrarse al momento, sentado frente a frente, charlando con el hombre que le entregaría su mujer, y ella, a la cabecera entre ambos, como la más bella de las prostitutas que pudieran existir.

Las cosas terminaron mal esa noche, Marcos no consiguió lograr una erección, cohibido por los ojos indiscretos de Reynaldo y por todo el esmero, por todo el esfuerzo que puso la doncella, la magia nunca sucedió. 

El tipo le dijo que no se preocupara, que era comprensible y que ya habían pasado por situaciones parecidas, dejándole notar que no era la primera vez que veía a su mujer follar con un extraño.

Marcos se sintió acorralado, entre la espada y la pared, porque moría en deseos de poseerla, pero no podía hacerlo delante de su esposo, en este punto de la historia él ya no razonaba, poco le importaba su esposa, sus hijos, su familia, la balanza se había inclinado del lado de Ingrid, al punto de olvidar disimular en los chats de WhatsApp. Era un toro enceguecido y solo veía por delante a esa mujer esperándolo con su capa roja, sabiendo su cruel y doloroso destino, sin poder evitarlo.

El segundo intento fue diferente, Marcos sacó fuerzas de unos tragos de alcohol y embistió decidido, estaba tan caliente que ni siquiera llegaron a la cama, sin dudar, sobre esa mesa de roble del comedor, donde habían cenado, decidió follarse a Ingrid ante los ojos de su esposo.

La tomó casi a la fuerza, con violencia, sin amor, sin tiempos, la desparramó con desprecio sobre la mesa y la tela de la tanga de esa mujer crujió entre sus dedos, ella aceptó el juego y se abrió para él mientras Reynaldo observaba inmutable a un lado, en un primer plano.

Él la tenía sobre la mesa y la follaba sin piedad, en ese momento se sintió el dueño del mundo, ella gemía, se acariciaba el clítoris como una loca con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido, con su cabeza ladeada y su boca entreabierta, en cada embiste, Marcos miraba extasiado el vaivén de sus grandes tetas, que se movían acompasadas como olas de mar, tomó una con su mano izquierda, aprisionándola con fuerza y metió los dedos de la derecha en la boca de Ingrid, bien profundo.

También mantenía un juego desafiante con Reynaldo, le preguntaba si era lo que quería, si era lo que le gustaba, si esperaba eso, el juego de palabras hasta sonó agresivo tratándola a ella de puta, y su esposo solo le animaba a más, a que no la dejara con ganas, a que se la follara como a una perra.

De pronto sacó su polla, y empezó a eyacular sobre los labios, sobre el pubis y sobre el clítoris de Ingrid, no lo hizo por él, ni por ella, solo por Reynaldo, le resultó muy excitante que ese cornudo viera como un tercero le llenaba de leche toda la vagina a la bastarda de su mujer.

Fue tan raro como original, cayo rendido, no podía más, y todo pareció ser perfecto, demasiado perfecto para ser real.

Repitieron el juego un par de veces, y todo lo novedoso de la primera vez pareció tornarse normal, los hombres chateaban por el teléfono, era todo muy lógico, al punto que Marcos sintió que estaba naciendo una amistad más allá de la cama entre corneador y corneado.

Cambiaron los juegos, las situaciones, y más tenía, más quería, ya no era el hombre puntual de abrir a las nueve de la mañana y cerrar a las siete de la tarde, a veces llegaba después de horario, a veces se iba antes, a veces cerraba un rato en el medio, solo para follarse a esa mujer en las narices de su esposo. Estaba distraído, en otra cosa, no era el mismo y jamás pudo notar que la trampa empezaba a cerrarse.

Ese lunes Ingrid y Reynaldo lo visitaron por sorpresa, ambos cayeron sin aviso a la clínica veterinaria, el tipo quería conocer el sitio donde trabajaba el macho que se follaba a su mujer y rápidamente se respiró calor en el ambiente, Marcos tomó la iniciativa, estaba dulce, esta vez fue el quien tornó el cartel de ‘open a close’ y echo la llave a la puerta, Ingrid estaba hermosa, con esos pantalones que tan bien le marcaba sus curvas, Marcos no terminaba de creer su fortuna, lo loco de toda la situación y el motivo de haber sido el elegido, todo era perfecto, demasiado perfecto.


Estaban en los juegos previos, como cada vez que lo hacían, fue cuando notó que Reynaldo había sacado su teléfono y se disponía a filmar, Marcos no estaba dispuesto a eso, pero Ingrid le salió al cruce, le dijo que serían fotos de ella, que les gustaba a ambos guardar esos recuerdos de sus amantes y que todo estaba bien, el seguía reticente entonces ella le susurró al oído como un secreto, que si lo permitía ella dejaría que se la metiera por el culo.

Fue demasiado para Marcos, no podía negarse a algo que le parecía tan exquisito y no se atrevió a confesar que jamás lo había hecho con ninguna mujer por ahí, que le resultaba curioso y que solo lo había visto en algunas películas condicionadas. Es que así era él, tan crédulo como inocente y la intriga pudo más que el peligro, la obsesión por esa mujer no tenía límites y ella sabía que tenía el control.

Después de unos minutos ella estaba en cuatro, entregada a los deseos oscuros del veterinario, él fue por todo, lubricó un poco con saliva antes de enterrar el pulgar en el orificio trasero, lo sintió apretadito, calentito, y sintió un irrefrenable deseo de poseerlo. Fue con su polla entonces, ella no resistió mucho, solo fue cosa de acostumbrarse al intruso, la tomó por la cintura y empezó a sodomizarla, salvaje, animal.

Ingrid gemía y eso le encantaba, ella lo animaba a más, le preguntaba si le gustaba y le decía que no parara de romperle el culo.

Se abstrajo del entorno, ya no le importó cuantas fotos tomara Reynaldo de la que era su mujer, y no solo eso, tampoco se percató de lo que realmente estaba haciendo el fotógrafo improvisado, él solo tenía la vista clavada en su propia polla, viendo como entraba y salía en el culo de esa mujer. Se sintió venir, estaba caliente, fuera de control, sacó su miembro y terminó masturbándose a centímetros de ese esfínter todo dilatado, empezó a escupir con fuerza y lo hizo como lo había visto en tantas películas, todo sobre el sexo de Ingrid, bañando sus nalgas, su esfínter, sus labios, su clítoris, su coño y sus piernas.

Terminaron riendo, Marcos tenía lo suyo, pero no se percató de que la pareja también tenía lo que estaban buscando.

Tiempo después Reynaldo lo visitó, le pareció raro, puesto que las cosas siempre empezaban con Ingrid, pero dejó correr las palabras de la boca de ese hombre. De entre medias, el Mostrador, el mismo mostrador sobre el cual más de una vez se había follado a Ingrid, Reynaldo le explicó en pocas palabras que tenían problemas económicos y que necesitaban su ayuda, era momentáneo, pero, en fin, no tenía a muchos a quien recurrir.

Marcos se mostró sorprendido, no esperaba eso, le explicó que no era millonario, que la clínica veterinaria apenas le daba sustento a su familia y que mucho no podía hacer, abrió la caja y le dio la pobre recaudación de la mañana como gesto de buena fe, pero su amigo miró el dinero con desprecio, y le dijo que eso parecía una limosna, que no se preocupara, que ya vería que hacer, y se marchó dejando el efectivo sobre el mostrador y un cúmulo de preguntas sin respuestas.

Por la tarde fue ella quien le visitó, estaba espectacular como de costumbre, pero su rostro ya no tenía dibujada esa sonrisa que lo había cautivado, Ingrid estaba seria, le dijo que su marido tenía problemas de deudas y que realmente necesitaban una buena suma de dinero, Marcos no podía creerlo, se sentía arrinconado y le dijo que realmente era solo un humilde trabajador, ella tomó papel y lápiz y anotó una cifra, le dijo que la consiguiera para el vienes, que en caso contrario tendría problemas, en verdad no conocía a su esposo cuando estaba acorralado y que recordara que tenía fotos comprometedoras, que sabía dónde vivía, de su esposa y de sus hijos.

Se quedó perplejo por el giro de los acontecimientos, odió a Reynaldo y no supo que pensar sobre Ingrid, si era cómplice o si solo era una víctima, miró el número nuevamente y ya sintió ahogarse en sus pesadillas.

Se inventó una excusa con su mujer, le dijo que había apostado a los caballos y debía dinero, tontamente asumió que al ser veterinario podría asociar naturalmente el tema de los caballos, ella no dijo mucho, y con una terrible carga de conciencia sacó una parte de los ahorros que tenían en el banco, esos que tanto sacrificio les había costado ahorrar. 

 El viernes, le dio el paquete a la pareja, quienes le juraron que ya no habría inconvenientes y que pronto se lo devolverían.

Mentiras, pronto caería en cuenta que estaba siendo chantajeado, y que pronto llegaría un nuevo pedido, y otro más y siempre con las amenazas, ya no veía a Ingrid para follar, no, solo para que viviera de él, agarrada como un parásito.

Empezó a desesperarse, no sabía que decir en su casa y su esposa sospechaba cada vez más, no era tonta, pero Marcos estaba quemando todos sus ahorros. Lo problemas y las discusiones se hicieron naturales en el seno de su hogar y decidió cerrar el grifo, le dijo al matrimonio que ya no habría nada entre ellos, ni sexo, ni dinero, que le estaban arruinando la vida.

Poco después, un día iba caminando con su esposa por la calle, iban mirando escaparates, despreocupados, un coche al pasar les tocó la bocina animosamente, él notó que conducía Reynaldo y al pasar le gritó un ‘adiós doc’, tragó saliva, su mujer le preguntó quién era, y con un frío que le recorría la espalda le dijo que solo era uno de sus clientes, pero en verdad sabía que lo estaban amenazando.

Pero eso no fue nada a comparación de lo que sucedería días después, fue por la noche, en la cama, antes de conciliar el sueño, cuando su esposa le preguntó directamente por una tal Ingrid, una morena de unas tetas enormes, quien llevaba a su mascota entre brazos, un perrito llamado ‘Toby’, se habían cruzado por casualidad en el mercado y ella sabía que era la esposa del veterinario, que habían cruzado algunas palabras y le había mandado saludos. 

Marcos estaba mudo, con sus labios sellados, con los ojos enormes mirando la misma oscuridad del cuarto, estaba acorralado, como una bestia en una trampa, entre la espada y la pared, desesperado. Las últimas palabras antes de que su esposa se durmiera fueron sarcásticas, le preguntó si todas sus clientas tenían esas tetas y si con todas era un hombre tan amable.

Estaba en banca rota, había sacado algunos créditos a escondidas solo para pagar el silencio de esa maldita pareja, su matrimonio se iba a pique y su hogar era un nido de sospechas, buscó ayuda en abogados que le pidieron más dinero por hacer nada, en la justicia donde solo se llevó burlas y en sus pocos amigos quienes no hicieron más que compadecerlo sin darle ningún camino alternativo.

Todo se desmoronaba y el punto de quiebre fue esa tarde al regresar a su hogar, sus hijos no estaban, le pareció raro no escucharlos al llegar, solo lo esperaba su mujer, con su rostro embebido en lágrimas y un pañuelo humedecido entre sus manos, sentada a la cabecera de la mesa, sobre la cual había una colección de fotos impresas que mostraban su clínica veterinaria, lo mostraba a él en primer plano teniendo sexo con una extraña, porque en ninguna se veía el rostro de Ingrid

Era el fin, su vida estaba destruida, no podía escapar…

Trazó su plan, no podía permitir que Ingrid y Reynaldo hicieran con otro tonto lo que habían hecho con él, porque ya todo estaba claro. Hizo cálculos, era veterinario y había hecho intervenciones muchas veces, sabía anestesiar, era cuestión de calcular pesos y cantidades, y entre personas y animales no debería haber mucha diferencia.

Esperó el momento, agazapado, como un depredador que espera su presa, cuando Ingrid llegó a su casa y abrió la puerta, él se coló por detrás en un salto, como un ladrón, y estuvieron a solas, frente a frente, un hombre humillado, enfurecido, colérico y una mujer temerosa, acobardada y sumisa. 

Ella trató de excusarse y poner toda la culpa sobre su esposo, pero él ya no se comió el cuento, solo le dijo todo lo que le habían hecho vivir y antes de seguir discutiendo, antes que ella lo hiciera cambiar de opinión, fue por todo, no le costó demasiado, en minutos había doblegado a esa mujer abusando de su fuerza y la había sedado, lo suficiente para llevarla a un estado de inconsciencia. La llevó sobre la cama, la acomodó y siguió con el próximo paso del plan.

Buscó algo contundente, por un lado, por otro, había elegido un palo de amasar, pero luego vio una piedra multicolor que reposaba de adorno, tanteó el peso y juzgó que era suficiente.
Miró la hora, y se agazapó nuevamente, no tardaría en llegar.

Cuando Reynaldo recobró el conocimiento tenía la vista nublada, fuera de foco, le dolía terriblemente la cabeza y sentía escurrir su propia sangre, estaba de lado, atado, amordazado, inmóvil, en su cama.


Cuando pudo enfocar su vista vio a su mujer a su lado, estaba semi inconsciente, desnuda y un poco más lejos, en segundo plano a Marcos, quien solo esperaba el momento.

Pasaron los minutos y el efecto de la anestesia empezó a ceder en Ingrid, era lo que esperaba, fue entre sus piernas y empezó a follarla con mucha vehemencia, ella estaba demasiado débil para resistirse, y los gritos de Reynaldo se ahogaron en su propia mordaza, era un espectador de lujo, como siempre, pero ahora era diferente.

Marcos veía las enormes tetas de Ingrid sacudirse por sus empellones, sería la última vez, él lo sabía, eran tan hermosas, tan perfectas, si hasta se le iba la vida por ellas, la triste emoción nubló su vista con lágrimas y todo se hizo difuso.

Terminó masturbándose sobre ellas, se las llenó de leche y tomó premura con lo que estaba haciendo, ella ya estaba demasiado consciente.

Volvió con una nueva dosis, esta vez no habría retorno, tomó el brazo de Ingrid y le inyectó el contenido, luego fue el turno de Reynaldo, aun resoplaba y hasta lloraba rogando por clemencia, pero nada lo haría cambiar de opinión, mientras esperaba que todo terminara, despidió a Reynaldo con la promesa de encontrarlo en el infierno.

Se quedó lo suficiente para asegurarse de que todo había terminado, miró los cuerpos inertes de la pareja tendidos sobre la cama, el de lado, atado y ensangrentado, ella desnuda, con sus pechos llenos de semen. Le dio un poco de pudor y se dignó a taparla con una sábana.

Retiró la soga con la que había inmovilizado a Reynaldo, su cuerpo inerte ya no la necesitaba, sacó de su bolsillo la carta de despedida que ya había escrito, no decía mucho, solo pedir a su esposa e hijos que no lo juzguen, él solo era un buen hombre.

Le puso encima la piedra aun ensangrentada con la que había golpeado a Reynaldo, para que ninguna brisa la llevase, y la vida sigue por donde comenzó, solo un buen hombre, y una mala decisión.

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