BELLA PERRIX

Todo está borroso.

Todo le da vueltas.

Bella está como una cuba. Y no porque no sepa beber. Ha sido totalmente premeditado.

Su garganta se ha convertido en una autopista sin peaje por donde los cubatas han ido pasando sin parar, uno detrás de otro. Se ha bebido medio bar. Acabar la carrera lo merece.

Sus ojos se cierran.

Empieza a respirar lentamente.

Las piernas le fallan.

Unos fuertes brazos le salvan de caer redonda al suelo.

Para Bella todo se apaga.

Para el macho salvador todo se enciende. Estar toda la noche pendiente de ella, al fin le ha servido, y sentir sus tetas aprisionadas contra él, es un premio impensable.

-«UUUfffffff»- consigue articular Bella casi sin abrir la boca- «muchas gracias Miguel……»

-«De nada» – contesta el macho- «pero me llamo Hugo.»

Bella no ha oído nada de lo que le ha dicho. Ni tan siquiera se inmuta cuando Hugo la lleva a la zona de sofás y se sienta a su lado. Tampoco se entera cuando su cabeza cae sobre los hombros de él.

Hugo, ligeramente incómodo, mira a los lados.

Al notar una mano caerle en el regazo, da un respingo ahogado por la atronadora música.

-«Menudo pelotazo llevas»- le dice Hugo a Bella.

Sin respuesta.

Hugo mira al negro techo y aspira con fuerza intentando olvidar la sensación que le produce esa mano tan cerca de sus intimidades.

Su mano derecha se cuela por la espalda de Bella, dispuesto a enderezarla. La punta de sus dedos contacta con algo blando.

-«Vaya, vaya, veo que al fin lo has conseguido»- una voz conocida que consigue espantar la mano y desviar los ojos de Hugo del techo.

-«Mi amigo Abel, al fin has llegado»- dice Hugo

-«Si, y veo que me he perdido una buena».- contesta

-«Ya ves. Lleva un pelotazo del copón».

-«Pues lo mejor va a ser llevarla a su casa»- le dice Abel seriamente. «Venga, que te ayudo. Hagamos la buena obra del día».

Dicho y hecho. Hugo y Abel se tambalean con Bella inconsciente entre ambos.

Al llegar cerca de la salida Hugo recuerda que Bella ha dejado una chaqueta y el bolso en el guardarropa.

-«Tendremos que buscar el número»- dice Abel.

Hugo suspira.

Abel añade: «Descartaremos la parte superior. Con un jersey tan apretado se le notaría hasta una peca. Ahí- dice Abel señalando las tetas de ella con la barbilla- sólo caben esas dos».

Pasando de las alusiones de Abel, Hugo suelta la cintura de Bella y dirige su mano derecha a uno de los bolsillos traseros de Bella.

Los dedos se cuelan dentro.

En un parpadeo, la mano vuelve al exterior.

Hugo observa a Bella, esperando una dura reprimenda.

Nada de nada.

Abel lo mira con cara de atontado. Sus ojos se encuentran. –»Ahí no hay nada»- señala Hugo.

-«Joder, con semejante búsqueda no hubiera encontrado ni un elefante ahí dentro.» Se cachondea Abel. –»Déjame probar a mi», dice mientras su mano vuelve al bolsillo en el que ha buscado Hugo.

Desplaza los dedos con sumo cuidado.

Las puntas sobrepasan el límite del bolsillo.

Ambos observan a Bella, que sigue sin dar signos de vida a parte de una leve respiración.

Abel continúa bajando.

Al llegar al final, los dedos se separan, intentando abarcarlo todo.

Mientras corrobora la versión de Hugo, Abel aprovecha para aferrar con fuerza la nalga derecha que duerme entre sus dedos.

Abel nota un fino y suave tacto de carne joven directamente contra sus dedos, cosa que denota la existencia de un diminuto tanga ahí dentro.

Muy a su pesar, el chico retira su mano.

-«La situación promete» piensa Abel para sus adentros mientras sus colmillos se le van afilando y su boca se llena de saliva.

Haciendo caso omiso de los reproches de Hugo, Abel cambia de bolsillo.

Enseguida nota algo ahí adentro. Con sigilo, lo aferra y lo saca.

Ante sus ojos pasan papeles varios, varios billetes y un DNI. Entre estos dos últimos, Abel observa perfectamente la existencia de un papelito verde arrugado idéntico al que le han dado a él al entregar su ropa.

Juntando rápidamente el manojo de papeles, añade: -«Nada por aquí».

-«Miremos delante»- dice Abel.

Sus dedos ya recorren las caderas de Bella.

Con un leve contorneo, sus dedos tocan la entrada delantera.

-«Joder tío, estas mujeres….. que pantalones mas estrechos y apretados. Cómo se nota que no tienen huevos colgando. Casi ni puedo meter la mano….. uggggfffff»-

Con esfuerzo, Abel consigue meter hasta el nivel de sus nudillos.

Poco más que monedas y un mechero.

Con un nuevo apretón, sus dedos entran un poco más. Los nudillos se dibujan perfectamente a través del tejido de los pantalones. Se van moviendo hasta que los dedos encuentran el límite de la ropa interior.

Sacando fuerzas de la creciente excitación, los dedos ponen al límite la tela del forro interior.

La punta de sus dedos se cuela por debajo del límite de la tela íntima.

Los mueve arriba y abajo, sintiendo el rizado vello púbico bajo sus yemas. El calor que desprende esa entrepierna le vuelve loco.

Hugo, impaciente, le pregunta qué hace.

Abel saca la mano a regañadientes y anuncia su error. Tampoco hay nada.

-«Mira tú en el otro bolsillo. Yo no llego»- dice Abel.

Hugo mira a Bella, esperando un permiso que no llegará. Ni ahora, ni en toda la noche.

El bolsillo izquierdo vuelve a ser penetrado.

La mano encuentra el bolsillo vacío, pero, en su rastreo, Hugo también topa con la ropa interior. El resultado es el despertar de una parte de Hugo que Abel ya tiene dura hace rato.

Con Hugo aún con la imagen de unas bragas en su interior, Abel se disculpa por su anterior «error». El número ha aparecido entre los billetes.

Ya tienen sus abrigos y el de Bella. El diminuto bolso de ella también.

Con cierta dificultad, consiguen llegar al coche y acordar que conducirá Abel porque no ha bebido nada.

Hugo se sienta detrás, con Bella.

Abel arranca: -«por cierto, ¿dónde vamos?».

Hugo recita la dirección de carrerilla.

Abel, sorprendido, cae en la cuenta que Hugo no ha mirado en el bolso. Sin decir nada se dirige a donde Hugo le ha dicho.

De nuevo con la chica a cuestas, los dos se plantan ante la puerta de su casa.

-«Ahora ¿qué?-pregunta Abel- «¿llamamos?, sus padres se pondrán contentos.»

Abel, ahora sí, busca en el bolso: papeles, una carterita, un espejo y las llaves al fondo. Al tirar de ellas, una tira de condones sale enganchada.

Los dos hombres se miran, con amplios nubarrones en sus mentes.

-«Vaya, parece que tenemos a una chica preparada y precavida… o eso o tenía un buen plan para esta noche».

Hugo hace caso omiso de las palabras de su amigo. No puede evitar un enfado ante la imagen de Bella, el amor que ha perseguido estos últimos tres años, deseando ser follada por otro.

Hugo abre la puerta antes de informar a su colega que Bella vive sola.

Abel vuelve a sorprenderse de lo mucho que sabe Hugo de la borracha pero no dice nada.

Una vez en el ascensor, el espejo refleja una imagen deprimente: Bella con la cabeza caída, la nariz enfocando al suelo y el pelo tapándole la cara, sujeta por los dos hombres que parecen dos lobos.

Hugo se preocupa.

Abel sonríe y se frota la entrepierna.

Bella sólo respira.

Una vez dentro, Hugo tiene la sensación de haber conseguido un sueño. Se había imaginado entrando en esa casa miles de veces, pero nunca en semejante situación.

Abel sale disparado por la única puerta que hay en la sala, diciendo que va a buscar donde dejarla.

De momento, Hugo le sienta en el sofá.

Al dejarla, Bella cae a un lado.

Con facilidad, -parece que la chica no pese ni un gramo- le vuelve a la postura anterior y se sienta a su lado.

Bella vuelve a caer, pero ahora no pasa de su hombro.

Hugo le separa el pelo de la cara. Esa media melena de cabellos finos, lisos y negrísimos, descubren una cara de tez morena con unos ojos ocultos bajo unas largas y cerradísimas pestañas. La fina piel de su cuello se pierde apeteciblemente bajo la camiseta.

Sus ojos siguen bajando.

Miran a los lados.

La camiseta dibuja unas redondeces perfectas. Una camiseta que parece a punto de estallar antes de acabarse de repente, justo por encima del ombligo. El vientre, plano y aparentemente duro, sube y baja acompasadamente.

Los pantalones, de tiro indecentemente corto, llegan al punto justo de no enseñar nada pero dejarlo ver todo. Hugo está seguro que si lo bajase un solo milímetro, la raja de Bella sacaría la cabeza. Parece mentira que ni un solo pelo rebelde se deje ver.

Con semejante imagen en la cabeza, no es de extrañar que su mano derecha empiece a moverse sin que el resto del cuerpo se dé cuenta.

Al notar algo blando entre sus yemas, Hugo lanza un respingo.

Estaba tan absorto que ni siquiera se ha dado cuenta que Abel ha vuelto. Y con una botella en la mano.

-«¿Qué haces con eso?»- le pregunta Hugo.

-«Nada- responde un inocente Abel- sólo cobrarme el transporte»- y le pega un trago a la botella de whisky para añadir – y mira lo que he encontrado.-» Abel le lanza una pequeña prenda arrugada que aterriza sobre su regazo.-«huelela. Seguro que es la que llevaba antes de salir. Mucha hembra impregnada en tan poca tela».

Hugo coge el manojo y comprueba que son unas braguitas blancas.

-«Tú estás enfermo- dice Hugo mientras las dobla ordenadamente. Al hacerlo puede observar una pequeña manchita en la zona cero de las bragas.

Hugo las lanza lejos antes que sus manos le obliguen a olerlas. Enseguida que las bragas aterrizan sobre el parquet se arrepiente de haberlo hecho.

Abel las ve aterrizar mientras le pega un buen trago a la botella.

Hugo se levanta en busca de un baño. Se está meando.

Mientras vacía su vejiga, el silencio que reina en toda la casa le escama un montón.

Con premura guarda el pajarraco bajo la cremallera y sale del pequeño cuarto de aseo.

La imagen de Abel agarrando a la chica por la barbilla y llenándole el gaznate con whisky es lo último que esperaba ver.

Sin dar tiempo a lanzarle una reprimenda, Abel le dice que –»me estoy asegurando que no se despertará de inmediato». La boca de Bella es una gran bañera de líquido amarillo de alta graduación que, poco a poco y con dificultad, va bajándole por la garganta y cayendo por su barbilla a partes iguales.

Hugo se acerca y aparta, de un manotazo, la botella de Bella. El recipiente cae al suelo sin romperse y empieza a rodar hasta perderse bajo el sofá.

Hugo se sienta.

Abel se carga a la chica en su hombro y se aleja hacia el pasillo.

Se para.

Aún de espaldas, dice: «Mira tío, no sé si eres tonto o te lo haces. Estamos en casa de esta tía, a solas con ella y sin nadie que nos pueda interrumpir… ni siquiera ella, porque, por si no te has dado cuenta, la jamona lleva un coma etílico del copón.» Una larga espera culminada por una mirada al culo que tiene al lado de su cara y un «y, también, pero creo que ya te has dado cuenta hace tiempo, esta tía está como un queso»

-«¿Y?»- pregunta Hugo.

-«¿Tú estás tonto o qué?- contesta un enojado Abel. «Una tía a nuestra merced, dos tíos salidos, condones y una casa para nosotros. ¿Qué resultado te da esa combinación?

-«Tú estás enfermo»- llega a contestar Hugo.

-«Y tú estás atontado» le responde Abel mientras reemprende su caminar. Al llegar a la puerta del pasillo se para de nuevo: -«no sé tú, pero yo me voy a pasar un buen rato con esta»- mientras le da un cachete en el culo y sonríe.

Hugo baja la cabeza y siente como los pasos se llevan su compañía pasillo al fondo.

Hugo sigue mirando al suelo, pensando en lo que está haciendo su colega contrastándolo con lo que sale de su cabeza y lo que sale de su entrepierna.

-«No puede ser. No podemos hacerle eso. Está mal» piensa mientras se golpea las sienes.

Al cabo de lo que, para Hugo, ha sido una eternidad reúne las fuerzas suficientes para levantarse y lanzarse decidido a parar lo que se está a punto de perpetrar en esta casa. Está tan mal aprovecharse de una indefensa como dejar que alguien lo haga.

Con la furia concentrada entre sus ojos, Hugo se dirige al pasillo.

Al fondo, la luz sale de una única habitación.

Hugo se acerca y se planta ante la puerta, pensando en qué hacer.

De dentro se oyen, claramente, las siguientes palabras: -«joder, ¡¡¡qué tetas!!!!».

Hugo atraviesa la puerta como una exhalación.

Lo que captan sus ojos le dejan de piedra.

Sólo es capaz de añadir: -«Jodeeeer, ¡¡¡qué tetas!!!!».

Abel está sentado al borde de la cama, al lado de una Bella que tiene el torso desnudo.

El perfecto vientre que ya ha visto antes, queda en nada ante unas tetas que no podría haber esculpido ni por el mejor escultor renacentista. Su tamaño se antoja perfecto para cualquier mano masculina. Sus pequeñas y rosadas aureolas coronadas por unos apetitosos pezones, son perfectas para cualquier boca.

La erección que presentan, Hugo la asocia al cambio de temperatura que acaban de sufrir. No quiere ni pensar en que Abel ya se haya aprovechado de ellas. Aunque, sabe perfectamente, que ningún hombre podría resistirse a algo semejante.

-“¡Mira qué maravilla!”. Y todo para nosotros» – dice Abel señalando hacia la cama.

«-No tio, esto no está bien»- se queja Hugo cada vez con la boca más pequeña y el paquete más abultado. La sangre que se dirige a su cerebro cambia de destino cada vez con más rapidez.

-«Bueno, me has convencido… pero no las vamos a dejar en la cama con la ropa que lleva puesta. Mañana se preguntará quién le ha traído y esas cosas. Le ponemos el pijama y con el pelotazo que lleva, mañana ni se planteará que no ha venido por su propio pie».- asevera Abel.

«Si hombre» -contesta Hugo.

«Bueno, pues nos vamos», -dice Abel.

-«¿Y no será peligroso dejarla así?», se pregunta Hugo

-«Tío, aclárate. Además, no conozco a nadie que se haya muerto por una borrachera».

-«Pero sí que se hayan ahogado con su propio vómito»- dice Hugo

-«Pues le ponemos boca abajo y ya está…. O nos quedamos y si vomita le desatascamos la garganta nosotros, dice mientras se toca la entrepierna.»- Abel siempre tan gracioso.

-«Deja de hacer el imbécil. Cambiémosla y nos piramos» le digo lo más serio que puedo.

Sin darme tiempo ni a pestañear, Abel le desabrocha el botón y le baja la cremallera.

Una pieza de tela negra asoma por la recién creada abertura.

Hugo, sin poder evitarlo, se acerca. Con la edad su vista ha disminuido.

Así puede comprobar que la ropa interior alterna rayas negras opacas con otras transparentes.

Bajando un poco más y apretando los párpados, observa a través de las franjas transparentes una aplastada mata de pelo.

Hugo se separa el cuello de su jersey. De repente, el calor ha aumentado mucho en la habitación.

Abel empieza a tirar de los pantalones. Una y otra vez forcejea con ellos, tirando hacia abajo.

-«Jodeeer, parece que estén soldados. ¿Cómo coño se los ha metido?. Ayúdame»- le pide Abel a Hugo.

Hugo se sienta en el otro lado.

Los dos tiran al unísono, Abel por arriba y Hugo por las perneras.

Poco a poco los pantalones van cediendo ante la insistencia de los buenos samaritanos. Que quede claro que todo esto sólo lo hacen porque ella esté más cómoda…

La faena podría haber acabado antes, sino fuera porque se han recreado en estirones sin mucha fuerza. Un tirón y las tetas tiemblan yendo de arriba abajo. Les encanta, aunque ninguno dice ni pío al respecto.

Finalmente, y después de incontables tirones y temblores mamarios, los pantalones caen al suelo y Bella casi en pelotas ante los dos lobos hambrientos.

Ambos se levantan y miran la postal desde una mejor perspectiva.

El triángulo negro-transparente que le cubre el sexo se convierte en tres cintas a medida que pierde su misión de tapar. Dos cintas rodean la cintura, perdiéndose bajo el inerte cuerpo mientras que la tercera va hacia abajo saliendo del campo de visión ocular, pero llegando al campo de sueños de ambos machos. Los dos se la imaginan clavada, húmeda, deliciosa…

Sacudiendo esa imagen de su cabeza, Hugo se gira y se dirige al armario.

Después de mucho rebuscar, encuentra lo que buscaba: un pijama.

Se da la vuelta.

Sus ojos se abren tanto como su boca.

El pijama se le cae de las manos.

Un bulto que sube y baja en el centro del cuerpo de la chica se le clava en el centro de la cabeza. Abel se ha recostado sobre la cama y ha colado una de sus manos bajo el tanga.

-«¿Pero, se puede saber qué haces, Abel?

Abel le mira sin dejar de mover la mano. –»Ya ves, colega. Esta zorrona está encharcada»

Hugo ni pestañea. Una y otra vez ve esos dedos entrando y saliendo de Bella.

Abel desaloja a Bella desplazando su mano hacia arriba. Pequeñas y densas gotas colman sus dedos.

-«Mira, tío. He oído que si te frotas la calva con este elixir vaginal, te crece el pelo en dos días» dice Abel intentando alcanzar la brillante calva de Hugo.

-«Déjame en paz» le contesta Hugo dándole un manotazo a la impregnada extremidad.

Abel protesta para sus adentros, se gira y vuelve a sentarse al lado de la fémina.

-«No, espera…» – dice Hugo meditando sus próximas palabras «…dale la vuelta».

Abel lo mira y sonríe: -«Así me gusta Hugo, con ideas propias, sí señor…»

El cuerpo de Bella es girado. En un instante, yace boca abajo.

Abel se separa de ella uniéndose a Hugo.

-«Menudo culazo»- afirman los dos embobados.

La suave y limpia espalda femenina está rematada por un turgente, redondo y respingado trasero, con las dos nalgas al aire y separado por una cinta de tanga que se va convirtiendo en nada a medida que se introduce en las inhóspitas profundidades.

-«Uuyyy. Demasiado cerca»- dice Hugo.

-«¿El qué?» interroga Abel mientras sigue a Hugo en su camino hacia la cama.

-«Esto»- le contesta al agarrarle los pies.

Las dos manos se separan .

Con ellas los pies.

Con ellos las piernas.

Con todo, dos pollas se disparan dentro de la habitación.

La cinta del tanga, en la recién descubierta zona, desaparece engullida por dos montes pelados y brillantes. Los dos labios mayores de Bella ejercen de imán de hombres babosos (perdón por la redundancia) deseosos de convertirse en la cinta de ese tanga.

El silencio lo rompe Abel con una sorprendente proposición: -«Venga, Hugo, tócalo. ¿No oyes cómo te llama? ¿No ves cómo te mira? . Tócalo y te juro que, después, hacemos lo que tú digas.»

Hugo se ladea ligeramente para acomodar su recién hinchazón inguinal.

Se acerca de nuevo a la inerte chica.

Se sienta a su izquierda.

La mano inicia un viaje por su espalda. El contacto con la fina piel de la chica le eriza hasta los pelos de la nariz. Con cuidado recorre hacia abajo, la columna vertebral hasta llegar a la cinta trasera de la ropa interior.

Se meten por debajo y continúan.

El calor aumenta en la punta de sus dedos.

El sudor también.

A medida que va adentrándose en ese inhóspito valle de calor, los dedos se unen convirtiendo la mano en una pala dura y tensa que cava en el cuerpo de la chica.

Al pasar sobre un pequeño bulto de textura áspera, el dedo índice se separa del resto e inicia una visita de cortesía que acaba en el momento que el resto de sus compañeros empiezan a notar una humedad creciente y concentrada.

Como una exhalación, el dedo índice cruza el perineo hacia el horno de la hembra.

Si los dedos fueran un helado ya se hubieran derretido hace rato.

Al llegar a las puertas del cielo, Hugo comprueba la perfección del rasurado. Nunca había tocado algo igual. Todas las mujeres con que había estado se arreglaban las ingles y/o el pubis, pero una raja así de limpita nunca…

Al momento le invade la certeza que no ha de haber nada en el mundo comparable a lamer algo así.

Pero viendo que le pueden aguar la fiesta, el dedo se adelanta a la lengua y se adentra en el cuerpo de Bella, para comprobar cuanta razón tenía Abel.

Hugo se extraña de tanta humedad para una chica sin sentido.

Está sorprendentemente húmeda. El dedo desaparece completamente.

El nudillo choca contra los labios menores. La yema del dedo contacta con formas y texturas indescriptibles. Hugo se desboca. Saca el dedo y agarra a Bella de la cintura.

Tira con fuerza hacia él.

Bella queda con la cara contra la colcha y las nalgas elevadas en pompa y la cara de Hugo entre ellas.

La nariz del macho se clava en el ano de la hembra mientras su lengua recorre la raja vertical. Una raja que, cuál simple flor, va abriéndose con cada lametón.

Hugo, con una mano, separa uno de los labios, detrás del cual nace un infinito camino húmedo y oscuro sin un final visible pero con un principio perfectamente palpable con un montón de rosados pliegues.

La lengua empieza por el abrupto terreno rosa. La acidez de la superficie es rápidamente olvidada al empezar a buscar el final del túnel con decisión y desespero.

El sabor salado y afrodisíaco llena la cabeza de Hugo.

Un movimiento en el cuerpo que se está comiendo le hace parar.

Así, con la lengua clavada en el coño, empieza a buscar excusas mientras sube la mirada.

En primer término la cabeza de Bella, casi perpendicular a la cama, mirando al frente. Tras de ella, las desnudas rodillas de Abel. Entre el pelo de Bella, las manos de Abel.

Sin llegar a verlo, tanto Hugo como vosotros sabéis lo que pasa entre los otros dos.

Máxime cuando el cabello empieza a ir de delante a atrás. No hay lugar a dudas.

Aún menos cuando Abel empieza a jadear.

Aún menos cuando Hugo oye recitar a Abel las excelencias de la boca de la zorra esa (palabras textuales).

Así siguen un rato hasta que Abel pide un cambio de postura porque «no quiere romperle el cuello»- Como podéis ver, todo delicadeza…

La interrupción de la acción no hace mas que incitar aún más a los machos.

Hugo agarra por los pies a Bella y tira de ellos hasta dejar las pantorrillas colgando por el borde de la cama.

Así, de rodillas rezando ante su diosa, puede entregarse mejor y mas cómodamente a sus menesteres bucales.

Con esmero Hugo recorre la raja de la chica arriba y abajo, deteniéndose una eternidad en el clítoris, separando los labios mayores y llegando hasta las paredes mas externas de la vagina.

Hugo frunce el ceño ante la acidez que siente en la punta de su lengua.

Unas pocas pasadas más y todo es dulzura, ni rastro del ácido, el mundo se concentra en esa gruta. Un eco sale de ella gritando: «entra, entra…».

Medio hipnotizado, Hugo levanta la mirada y descubre el culo de Abel yendo de adelante a atrás peligrosamente cerca de su cara.

Abel, viendo como su compañero saciaba su sed y su hambre bebiendo y comiendo de Bella, ha decidido seguir alimentándola. Sentado sobre sus tetas y aferrando su cara, le continúa penetrando por la boca.

Su polla entra y sale con total libertad. Misteriosamente, los labios de la chica ofrecen la justa resistencia para frenar la piel de su verga, que se arruga pacientemente en el exterior de los labios mientras el capullo visita sin descanso las interioridades bucales de Bella.

Sin plantearse como unos labios en un cuerpo desmayado ejercen esa justa resistencia, Abel aprieta un poco más, haciendo que las arrugas en la piel de su polla, siempre envidiosas del capullo, se unan a éste en la fiesta que se celebra dentro. Abel no ve el momento de que dicha fiesta se convierta en una fiesta de la espuma.

Abel mueve su culo sobre las tetas que tiene debajo como si estuviera montando un toro mecánico y cada vez con más rapidez, tanto por el aumento de su excitación como por la lubricidad que le brinda el sudor que se acumula entre los dos.

Abel había empezado a follar esa boquita con cautela. No podía evitar pensar qué pasaría si la chica se despertase y cerrase sus dientes sin aviso. Pero eso era al principio. Ahora mismo ni piensa en eso. Le da igual quedarse sin polla, sólo quiere entrar en esa boca, sentir los labios haciendo ruido contra el tronco. La falta de movilidad en Bella la compensa con la sensación que siente bajo su culo. Dos botoncitos que le rozan las nalgas completamente excitados.

Mas atrás, Hugo alarga su recorrido llegando a lamerle el ano. Se le hace difícil saber qué agujero es más sabroso. Cada uno le brinda una textura y un sabor sin comparación posible.

Abel traga saliva rápidamente emitiendo un sonoro «Iiiiissshhhh». Su polla sale de entre los labios y la sacude dándole golpecitos con su tranca sobre los, ahora, cerrados labios que tiene ante sí. También la pasea por las mejillas, rodea sus párpados, frente y nariz con su rojo capullo, sintiendo la fina piel de la chica y rebajando el nivel de semen que ha empezado a presionar con fuerza hacia el exterior. Sube un poco y pasa sus huevos sobre la nariz, dándole golpecitos en la frente con la punta.

Abel se ríe divertido. Eso le sirve para relajarse.

Superado el momento crítico, Abel vuelve a agarrar la cara de Bella seguro de sí mismo y de poder controlarse.

Apretando las mejillas vuelve a poner la boquita en O.

Presiona.

De nuevo entre esos labios que parecen muchas cosas menos inconscientes.

Sintiendo una leve flojera en la polla, Abel presiona con fuerza mientras aprieta las mejillas aumentando el contacto con su polla.

Un temblor en sus huevos le pilla de sorpresa. Sus dedos se cierran aún más sobre las mejillas. Mira hacia delante y ve a Hugo incrustado bajo la mata de pelo de Bella.

El semen recorre la distancia entre sus huevos y la punta en una milésima de segundo.

Poco tiempo para retirarse.

La primera explosión acaba sobre la lengua que duerme dentro de la boca.

Temiendo despertar a la chica, mas que sentirse mal por correrse en su boca, Abel se retira.

El resto del interior testicular de Abel acaba en la cara que tiene ante sí.

Los violentos cañonazos de semen impactan de lleno en el cutis de Bella.

Ni siquiera eso la inmuta.

Hugo, atraído por los súbitos gruñidos de su compañero y el traqueteo intenso, levanta su cabeza. Los alrededores de su cara están completamente empapados.

Abel continúa con la cara de Bella entre sus manos, dejando caer el goteo sobre la cama. Todo la cara se ha convertido en una fuente de semen, la boca lo acumula sobre sus labios, en la nariz una gran estalactita blanca que acaba sobre la colcha, las pestañas selladas por un pegote de semen y el cabello unido por la gomina natural de Abel.

Hugo ladea su cara confirmando sus sospechas. Observo alucinado como Abel limpia su esencia de la cara de Bella con el tanga de ésta. Con tan poca tela, enseguida se queda corto. Acaba de limpiar el resto con la colcha, que manda hacia la almohada hecha un ovillo.

Abel se incorpora un poco. Rápidamente se da la vuelta y se sienta sobre la brillante pero limpia jeta de Bella.-«Dios que corrida tan salvaje. Ha sido increíble. Ahora le toca comerme otra cosa»

Con un ligero ajuste de caderas, aloja su ano sobre la nariz de ella. Abel no puede reprimir un gruñido. Acabado el ronroneo agarra una mano de la chica y, con ella, se rodea su propia polla, aún con restos blancos sobre ella.

Empieza a subir y bajar, haciendo que la borracha le dedique una paja post-orgásmica.

Lentamente sube y baja la piel de su sensibilizado miembro.

Hugo observa la acción con los ojos como platos.

Cada vez que la mano de Bella baja, ante él se abre el agujero del capullo de Abel.

Demasiado cerca para su gusto. Claramente ve la polla con la polla y sus pliegues untados de blanco.

Es una imagen demasiado masculina para él.

Consciente de ello, y no por cansarse de lamer – no pararía nunca-, Hugo se levanta.

-«Esto no está bien. No podemos hacerlo»- piensa Hugo.

Empieza a separarse de la pareja pero sin dejar de mirar.

-«Para, para ya!!!»- le grita a un Abel que ya sacude su culo como una amazona salvaje.

Abel para pero no se levanta.

Su polla vuelve a estar a tope sobre las tetas de Bella.

Hugo la observa: -«le vas a ahogar gilipollas. Levántate que nos vamos ahora mismo de aquí»

Abel se levanta.

Agarra sus pantalones.

«Menos mal», piensa Hugo «si esto continúa acabamos en la cárcel. Pobre Bella. ¿Qué le hemos hecho?»

Abel saca su cartera del bolsillo trasero y, de ella, un cuadrado de plástico brillante con una redonda marcada en el centro.

-«¿Qué coño haces, Abel?»

-«Pues mira tío. No te mosquees, no es por ti. Me da igual que lo acabes de chupar tú, «señor buena conciencia y buen samaritano» pero a saber con quién ha follado ésta. Ya ves que es una tía facilona, ni una queja a ser follada por dos casi desconocidos».

Hugo, a duras penas, consigue reprimir una sonrisa.

Abel separa las depiladas piernas y agarrándose la polla, se estira sobre el cuerpo.

Hugo se gira, dando la espalda a lo que no quiere ver. Un pequeño escritorio apoyado en la pared se presenta tan extraño como un elefante en una guardería. Las fotos enganchadas en la pared y los lápices de colores dentro de unos botes de barro le dan un aspecto infantil que no pega para nada en la habitación, y mucho menos, con lo que está ocurriendo sobre la cama. Sobre la madera un pequeño librito cerrado.

Hugo se acerca.

-Mi Diario- reza en la portada.

No puede reprimirse. Se sienta en la silla y abre el libro por la mitad.

Con cuidado pasa páginas mientras escucha los gruñidos de su amigo y de la cama de Bella.

Tapando sus orejas se fija en el librito. Efectivamente es el diario de Bella.

Escrito con letra ordenada y preciosa describe sus vivencias cronológicamente.

El pasado pasa rápidamente hasta llegar al mismo día de hoy:

Por fin han acabado los exámenes. Ayer no veía el momento que llegase este día…. Y ahora no veo el momento que llegue la noche.

Esta noche es la noche.

He decidido perder la única virginidad que me queda: la de atrás. Pese a que alguna vez me han intentado meter un dedito, esta noche quiero que entre algo más. Estoy decidida. Creo que estoy más nerviosa aún que cuando escribí en este mismo diario el día que quise perder la virginidad «oficial».

Hugo sigue leyendo y grabando en su memoria la necesidad de leer, después, lo que Bella escribió sobre ese día. Seguro que vale la pena leerlo. El diario prosigue:

Esta noche voy a pillar un señor pedo. -Hugo se gira. Le ve estirada con sus brazos en cruz y a Abel bombeando entre sus piernas. -«Ni te imaginas cuánta razón tenías» piensa mientras vuelve a sumergirse entre la deliciosa escritura de la borracha.

Lo necesito para superar el miedo que me ha contraído cada vez que lo he intentado antes. Además, necesito litros de alcohol para acercarme a Miguel. Cuando hablo con él me sudan las manos, se me empapan las axilas y también un poco más abajo.

Una anormal distancia hasta el siguiente párrafo le proyectan la imagen de una Bella pensativa tras escribir tales palabras.

¿Y por qué Miguel? Yo también me lo pregunto. No me atrae demasiado físicamente, pero tiene ese punto salvaje y rebelde que siempre me ha gustado. Además, puesta a perder una virginidad, que sea con algo que valga la pena. El paquete que se gasta me indica que ahí cuelga algo considerable. Jorge, Manuel y Pedro podrían ser una opción, pero nunca la primera. Jose o Antonio también tienen su puntillo, además por lo que me comentó Isa, Antonio es otra «gran» opción, pero no los veo conmigo. No sé… Descartados están… – Hugo deja de leer con la cara roja de enfado. Ni siquiera está entre los posibles. Él, que siempre ha sido bueno con Bella, él, que siempre le dejaba los apuntes cuando ella no venía a clase, él, que tanto le ha querido, él, que tanto le ha hecho reír…

Descartados están Jaime, demasiado feo, Joel, demasiado amado por Carla, Toni, demasiado tonto, y el tío aquél que nunca me acuerdo como se llama, el calvito, el pesado que siempre babea por dejarme los apuntes e invitarme a algo. Sólo de pensar en él haciéndomelo me entran arcadas. Se cree gracioso con sus bromitas y tonterías que no hacen reír ni a un bebé… Y además tiene pinta de tenerla diminuta… aunque igual me lo debería plantear. Si es mi primera vez por ahí, seguro que él no me hará daño… ni de coña, antes prefiero que me retuerzan el clítoris con unas tenazas….

Hugo no puede leer más. La sangre se le acumula en la cara de pura furia. Los ojos se le empañan de lágrimas. Cierra el libro de un fuerte golpe y pega un puñetazo a la mesa. Se levanta y resoplando como un miura, se acerca a la cama con grandes zancadas.

De un empujón aparta a Abel de Bella.

Abel cae al suelo con su enfundada polla mirando al techo. «¿Qué coño haces mamón? – le suelta al recuperarse del susto.- «si tú no quieres follártela es tu problema, pero déjame en paz».

Sin mirarle, Hugo se baja los pantalones con furia.

Detrás de ellos los calzoncillos.

-«Ostia puta» grita Abel- «menuda polla tienes. No me extraña que te diera palo follártela.

Con eso le matas, cabrón.»

Hugo ni pestañea. Sabe perfectamente del tamaño de su miembro, aunque le costó: hasta la primera vez que folló no era del todo consciente. La tía tuvo el coño escocido un par de días.

Sus 23cm de carne endurecida se intercambia miradas con la de Abel, considerablemente más reducida.

-«Aparta, aparta» – dice Abel– «Que las carga el diablo».

Por una milésima de segundo la razón planea por su cabeza. Sabe que le puede hacer daño. Apartando ese pensamiento Hugo siente que ningún dolor podrá superar jamás el dolor de su corazón tras leer las palabras del diario.

Hugo voltea a Bella, haciéndola rodar sobre sí misma. Agarrando las caderas, le pone justo por encima del límite de la cama. Las rodillas descansan en el suelo.

Se arrodilla.

Aferrando su polla con dureza la enfoca hacia Bella con una única imagen poblando su cerebro: ese pequeño y arrugado agujero negro que descansa en el fondo del culo que tiene ante sí, bien puesto en pompa.

La punta ya toca el reducido punto de entrada.

La baja un poco y la humedece a lo largo de la raja.

Ya goteando, le incrusta más arriba.

Gritando «vas a ver hasta donde te incrusto yo tu puta virginidad anal» Hugo presiona con toda su rabia, mordiéndose el labio inferior.

La enorme verga no encuentra sitio que profanar.

Se rodea la punta fuertemente con sus dedos.

Presiona una y otra vez fuera de sí.

Cuando poco le queda al labio para empezar a sangrar, algo cede entre las nalgas y Hugo pierde de vista su enorme capullo.

«AAAaaaaaaaaahhhh».

El grito les deja petrificados.

Los dos se miran.

Los dos miran a Bella.

Bella continúa quieta, pese a que el grito aún resuena entre las paredes.

Superado el susto inicial, Hugo se da cuenta lo poco que le importa ya si la tía está despierta o no. Mejor que se despierte y lo vea enculandola. No ve el momento en que ella empiece a vomitar por el asco que su persona le produce.

Con fuerza le agarra del pelo y le hunde la cara contra el colchón, ladeándola un poco para que pueda respirar lo justo mientras recupera el ritmo de la terrible sodomización.

Abel, que no se pierde nada, piensa que aún parece más descomunal la polla de su amigo entre unas nalgas tan pequeñitas. Si mira sólo la polla y el culo, parece que estén enculando a una enana.

Adentrándose en ellas sin compasión, el agujerito va dilatándose con cada penetración.

Las estrecheces anales vuelven loco, más si cabe, a Hugo. Su polla nunca había estado tan prieta. Lo había intentado muchas veces, pero siempre había tenido que ceder ante las súplicas de la chica. Se follaría ese culo una y otra vez. Ésta no puede quejarse y, si lo hace, le trae, ya, sin cuidado.

Las nalgas tiemblan con unas ondas que nacen cada vez que Hugo choca contra ellas.

La cabeza sobre la cama va arriba y abajo como la de un perro de esos que se ponían en el vidrio trasero de los coches.

Abel, ya con la polla desenfundada se pajea y se masajea los huevos como si estuviera viendo una peli porno. Fijamente mira la polla perdiéndose dentro del agujerito mas oscuro de Bella.

Hugo mira lo mismo.

Ninguno de los dos tiene la ocasión de ver las manos de Bella agarrando con fuerza la sábana y su espalda marcando cada uno de sus músculos por la fuerza que hacen intentando contrarrestar el dolor que proviene de mas abajo.

A base de fuerza, la polla entra casi toda y los huevos ya chocan contra el coño que sonríe y babea bajo ellos.

Hugo sube las nalgas con fuerza facilitando la visión del pobrecito ano.

La enrojecida piel que le rodea se tensa.

La polla baja de intensidad en sus envites y se recrea en un lento mete-saca de puntita.

Gritando, de improviso, Hugo penetra con todas sus fuerzas que le dan sus piernas y la furia que le corroe.

Apretando todos sus músculos se adentra en Bella con toda su extensión, queriendo llegar más y más lejos. Quiere correrse en lo más hondo.

Su polla se endurece aún más.

Sabe perfectamente lo que viene ahora.

Hugo mira al techo estirando su cuello como si quisiese separar la cabeza del cuerpo.

Cierra los ojos.

Su ano se contrae una y otra vez obligando a sus huevos a escupir todo lo que llevan dentro.

Sin retirarse ni un milímetro Hugo se vacía mientras llena el intestino de Bella.

Sus manos continúan levantando las nalgas.

Al sentir el último borbotón saliendo de su polla, Hugo se derrumba sobre la borracha espalda.

Completamente aturdido de sensaciones besa la espalda, lame cada uno de sus huesos, saboreando y llenándose de su sudor.

La furia que sentía, se ha ido diluyendo a medida que sus huevos se iban vaciando.

Ahora Hugo quiere aprovechar cada segundo que le brinda la ocasión. Sabe que, a partir de ahora, no podrá mirar a Bella a la cara. Bella se ha acabado para él. Desde que ha aceptado lo que Abel le ha propuesto todo ha cambiado.

Abel ya se ha enfundado los pantalones.

Hugo ha babeado toda la espalda de Bella.

Finalmente retira su miembro que sale con un sonoro «PPLLOBBB», acompañado por un montón de sustancia blanca que gotea por las ingles de Bella, manchando, ahora, la blanca sábana.

A medida que Hugo se viste, el arrepentimiento y la culpa le invaden por completo.

Con un Abel pletórico y un Hugo derrotado, los dos salen por la puerta dejando a Bella tal como estaba, tirada boca abajo y con el culo con un agujero tan grande como un túnel de metro.

Se oye la puerta de fuera cerrándose con estruendo.

Pasan un par de minutos.

Bella levanta lentamente la cabeza.

Mira de reojo hacia atrás.

La puerta está cerrada.

El silencio llena por completo la casa.

Cuidadosamente se arrastra sobre la cama.

Siente el culo tirar de ella hacia abajo con doloroso tesón.

La cabeza se hunde en la suave almohada.

La profunda oscuridad le llena la cabeza.

Bella sonríe.

Unas horas más tarde, al despertar, Bella se dirige rápidamente hacia su escritorio.

Coge el bolígrafo y empieza a escribir.

Querido diario. Todo ha salido como había planeado. Perdona por haberte mentido, pero tenía que utilizarte para provocar a un buen amigo. La verdad que no me esperaba que viniese acompañado, pero bueno…

Ahora te lo explico todo. Pero primero deja que me vaya a por un poco de hielo…

BellaPerrix ❤️

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