C.VELARDE


14. CAMBIOS

Livia Aldama

Domingo 25 de septiembre

22:40 hrs.

—¡Livy… Livy… para un poco… ! —rugió mi novio mientras yo me introducía su pene con energía dentro de mi lago calinoso, engulléndolo con brío pretendiendo aliviar la lava ardiente que me quemaba en las entrañas—. ¡Livyyy!

Jorge estaba sentado en el borde de la cama, sujetándome mis sudadas caderas, en tanto yo permanecía a horcajadas encima de él, rodeándolo por el cuello, como la jinete fogosa que cabalga un caballo rebelde. Mis senos estaban casi a la altura de su cara, y cada vez que subía y bajaba mis caderas, hacía lo posible para que mis pezones erectos rozaran sus labios entreabiertos.

Busqué sus labios con ímpetu, emulando lo que hacíamos tantas veces, y quise beberlo, sedienta, fantaseando con tomarme su boca con jadeos incontrolables y cálidas lamidas.

Jorge comenzó a jadear más fuerte a medida que su falo se hundía dentro de mi sexo lubricado, subiendo y bajando con impulsos sobre humanos, frotando nuestros cuerpos desnudos que se resbalaban uno y otro a raíz del sudor.

  No entendía el sexo sin la incomparable sensación de experimentar los roces de su miembro envuelto en látex y erecto contra mis paredes vaginales, que se apretaban en cada acometida, desprendiendo fluidos que brotaban de mis pliegues y mis carnes.

Me pregunté si nuestras penetraciones resultarían mucho más placenteras cuando nos casáramos y lo hiciéramos sin condón.

—¡Más… dame más fuerte! —reclamé en un estado de éxtasis puro. Jorge me miró, aturdido, viendo cómo su inocente novia estaba perdiendo la vergüenza.

Y es que me faltaba más fricción. Más fuerza. Una conexión genuina que nos electrocutara. Además, estaba echando en falta las caricias de Jorge en mi cuerpo. Sentir sus cálidas manos embarrándose sobre mi piel caliente; que chupara mi cuello, mi clavícula, que me dijera que me amaba mientras me penetraba.

En cambio, estaba silencioso, horadándome, sí, pero un poco más retraído que otras veces.

Y yo que ardía por dentro, por Dios.

Aquellas acometidas lentas no me eran suficientes para saciar la picazón de mi vulva. Mis entrañas seguían quemándome, y mi cuerpo clamaba más fuego y dureza. Exigían que la intensidad de los embates fuesen más certeros y recios. Por eso, cuando menos acordé, tomé el control y salté sobre sus muslos, con arrebato desmedido, ansiosa de ser poseída con más vehemencia.

El obsceno sonido del choque de nuestros cuerpos mojados me calentó aún más. Y lo cabalgué con más intensidad, queriendo que me llenara.

—¡Acaríciame, nene… acaríciame fuerte! —escuché un gruñido que desconocí escapando de mi garganta. 

—¡Liviaaa! —comenzó a gritar, estremeciéndose.

—¡Muérdeme los pezones, mi vida… fuerte, fuerte! —Mis dedos lo sujetaron por la espalda y se enterraron en su piel.

Jorge jadeó, no sé si de dolor o de placer.

—¡Para… Livy… en serio… para…!

—¡Cómetelas, por favor… y acaríciame toda…!

Se las restregué en la cara con inédita desvergüenza, en la nariz, en la boca. ¿Qué me estaba ocurriendo? Pero él continuó como ido, bufando. No respondía a mis estímulos.

Dejé de saltar y ahora me contonee sobre sus muslos, agitada, a ver si conseguía encenderlo tanto como yo lo estaba. Su miembro endurecido se hundía dentro de mí, pero quería sentirlo más adentro, allá donde anidaba aquel fuego que parecía inextinguible y que traspasaba mi piel.

—¡Ahhh! ¡Síiii! ¡Máaas! —exclamé enardecida, irreconociblemente febril.

Cuando volví a saltar sobre él, devorando su virilidad con mi hambrienta boca baja, mi mente estaba en todos lados, menos allí.

—¡Livia me dueleee! —Jorge se puso tenso en su próximo bufido.

Aplasté mis senos en su boca para que callara, deseando con todas mis ganas que se las comiera. Con nuestras últimas experiencias sexuales había descubierto que mis pezones eran una de las zonas sensibles más erógenas de mi cuerpo, junto a mi cuello y clítoris, y que cuando Jorge me amasaba los senos sentía un cosquilleo placentero que me electrificaba de arriba abajo, erizándome la piel.

Y seguí empujando mis caderas hacia su pene, haciendo movimientos en círculos, según donde mis fibras nerviosas al contacto con su miembro conseguían sentir mayor placer.

—¡Livia… me estás lastimando!

—¡Ahhh! ¡Mmmm! ¡Ahhhh!

Me relamí los labios, absorta, pletórica, perdida en no sé dónde, mientras se me revolvían los cabellos en la cara y mis grandes pechos se agitaban con cadencia. Luego incrementé el ritmo de mis movimientos en lugar de detenerlo, engullendo su miembro centímetro a centímetro.

—¡Livyyy!

—¡Síiii! ¡Máaas! ¡Ahhh!

—¡Livia basta! —gritó Jorge con mayor determinación, sacándome del éxtasis y quedando estupefacta.

Tragué saliva, justo al tiempo que me detuve.

No recuerdo haber sentido mayor frustración que esa noche cuando su miembro perdió su dureza todavía estando dentro de mí. Sentí cómo se deshinchaba y se volvía flácido. Bastó con moverme un poco para que su pene se saliera de mi vagina. Ya estaba en estado de reposo ahí en el interior del condón. Ni siquiera se había corrido. Al menos en eso estábamos iguales.

Me aclaré la garganta, limpié el sudor de mi frente y me eché los cabellos hacia atrás. Me sentía agitada y confundida cuando descabalgue a mi novio y me senté junto a él, ofreciéndole una mirada de reproche, con desencanto.

—¿Qué pasa? —quise saber, frunciendo el ceño.

—¡Me lastimaste, Livy, por Dios! —gritó, retirando el condón de su ahora minúsculo miembro.

—¿Qué cosa te lastimé? —Seguía sin entender lo que pasaba.

—¡El pene, carajo!

Abocané un poco de aire y volví a mirar su pene. Estaba totalmente muerto, y bastante rojo del prepucio. Suspiré.

—Perdóname, yo…

—Ya, está bien —me cortó abruptamente. Estaba enfadado—. Mira, Livy, no pasa nada… sólo quiero que tengas más cuidado la próxima vez.

—¿Pero yo qué hice? —Jorge no respondió. Tenía la mandíbula apretada—. Lo estaba disfrutando en verdad —reconocí, cubriendo mi desnudez con una de las sábanas blancas de la cama. 

—Yo también… Livia, pero de pronto comenzaste a follarme como una loca… —No sé si fue intencional, pero su voz salió golpeada y dura—. ¡Como si estuvieras saltando sobre una almohada y no sobre un humano!

Me sentí humillada y con vergüenza. No sé cuál de las dos imperaba más que la otra, pero lo que sí es que sus palabras me dejaron fatal.

—Perdón sin me descontrolé… pero tenía muchas ganas —acepté suspirando, despegando los cabellos que se habían enredado en mis senos, alrededor de mis pezones y anchas aureolas rosas, que todavía estaban mojados de sudor.

—Yo también, Livia, pero… parece que hoy no eras tú, sino otra, carajo. 

—Tampoco me lo digas así, como si fuera… una psicópata sexual. Sabes que nunca me había pasado, y perdóname si te lastimé.

—Sólo quiero que pares cuando te lo pida, ¿podría ser posible, Livy? Es la única solución que puedo encontrar al problema.

Me molestó un poco la agresión con que me estaba tratando. Me levanté de la cama y me dirigí al armario para sacar una toalla antes de bañarme.

—¿Sabes cuál es la solución que yo podría encontrar al problema, Jorge? Que sacaras una cita con un urólogo lo antes posible y te hicieras esa maldita cirugía que tanta falta te hace. 

—Tampoco me hables así, Livia.

—¡Tú comenzaste a hablarme golpeado! —me defendí, con un hilo en la voz.

—¡Es que te juro que de verdad me lastimaste! Mira, ¿ves cómo está de rojo?

—¡Pues ya no te entiendo, Jorge; tú te masturbas mirando esas actrices porno que salen en esas películas horrorosas que ves, donde ellas saltan y saltan como zorras tal y como yo he hecho esta vez! Luego me insistes en que sea más abierta en términos sexuales, que me parezca a ellas; sin embargo, ahora que trato de sorprenderte me tratas como si te hubiera dado un balazo en una pierna.

—¡Que no, mujer, que no… sólo quiero que sepas que mi pene es de carne, no un consolador de silicona al que puedes maltratar así! Entiende que tengo un problema, y me gustaría que trataras de ser comprensiva conmigo así como yo lo he sido contigo siempre. ¿Te vas a ofender porque te he pedido parar antes de sufrir un desgarro?

—¡Me ofende la manera en que me lo dices, no en la acción en sí!

—Pues entonces para la próxima vez te dejo que me aplastes mi polla hasta que se desgarre —contestó con resentimiento.

—O mejor la próxima vez me compro un consolador que sí me satisfaga y te dejo en paz a ti.

Y dicho esto me metí a la ducha, sin tomar en cuenta la horrífica expresión que Jorge esbozó en su cara tras lo que le dije. A lo mejor Leila tenía razón y debía comenzar a defenderme.

Sí, estaba ofendida. Jorge no debió de haberme tratado así. Pero también estaba cachonda.

Me metí a la ducha para calmar mi malestar y el furor de la discusión. Sin embargo, no pude reprimir mis deseos de masturbarme para aliviar las ganas que me había dejado mi novio. Si él lo hacía viendo esas películas XXX, me dije que yo también tenía derecho.

Tuve que abrir al máximo la regadera y ponerme mis propias bragas en la boca para evitar gritar cuando un tremendo orgasmo me hizo sacudirme de arriba abajo, sintiendo un placer que por poco me desbordó. 

JORGE SOTO

Lunes 26 de septiembre

7:40 hrs.

Lo bueno de Livia es que su cabreó no duraba más de una noche. Estar molesta conmigo no era parte de su estado natural. Ella era noble, adorable y esa era una de las razones por las que la amaba. Aun si… me había respondido tan horrible esa noche que me sentía muy mal.

 Me sentía avergonzado por cómo la había tratado durante… nuestra sesión sexual. ¿Cómo era posible que un momento tan glorioso como ese hubiera terminado mal por culpa de mis pendejadas? Justo cuando ella se estaba abriendo como yo se lo había pedido antes. Pero es que la verdad no sé si influyó la posición en la que estábamos follando o la forma enérgica en que ella comenzó a rebotar su enorme culo contra mis muslos, pero de verdad me lastimó.

Aunque… cabe decir que sus palabras me lastimaron aún más:

“O mejor la próxima vez me compro un consolador que sí me satisfaga y te dejo en paz a ti.”

Livia nunca me había dicho algo tan hiriente como eso, y aunque era consciente de que todo era mi culpa y que esas palabras me las había dicho al calor de la discusión, en un momento de rabia, no pude dejar de pensar en ello toda la noche en que permanecí en vela, adolorido de la polla.

Esa mañana, no obstante, encontré su mensaje matutino pintado en el espejo del baño, que me indicó que la ley del hielo había terminado:

Perdóname.

Te Joli, tu Livia.

“No, Livia, perdóname tú a mí” le pedí en el desayuno llenándola de besos, con lágrimas en mis ojos. “Prometo que lo haré… Livy… a principios de año, me haré la cirugía y no volveremos a pasar por esto”.

“Y yo prometo que… cuando te alivies… y volvamos hacer el amor, me controlaré.”

Y aunque todo había quedado aparentemente bien, vi un deje de seriedad en su mirada que me trastocó las fibras de mi cuerpo, antes de que se encerrara en la habitación para vestirse.

Fui al aparcadero a medir el estado de aceite y agua de nuestro pollo como lo hacía todos los lunes. Limpié el cofre y sacudí con la aspiradora los asientos y luego volví a subir al apartamento. Teníamos que llegar temprano, o al menos yo en mi departamento, porque Aníbal había regresado de México y aborrecía la impuntualidad.

Cuando ya era hora de ir a La Sede, el corazón por poco se me sale por la boca cuando Livia salió del cuarto:

El pelo lo tenía recogido de forma muy elegante en una cola de caballo, cuyas puntas le llegaban a la mitad de su espalda. El maquillaje seguía siendo suave (por ahora) no así la blusa color perla y de manga larga que, aun si no era escotada, sí que se describía bastante ceñida, de modo que sus grandes melones de carne parecían esculpidos en la tela, como si quisiesen estallar por dentro.

Llevaba puesta una entallada falda negra de tubo que se ajustada perfectamente a su cuerpo desde más arriba de las caderas, aplanando aún más su vientre liso y sacando partido a sus protuberantes y sexys curvas aun si los bordes le llegaban a las rodillas.

El estilo de la falda obligaba a Livia adoptar un andar muy correcto y con las piernas muy juntas, lo que la hacía lucir extremadamente sensual al caminar. Encima se había puesto unas pantimedias transparentes en tonos beige que provocaron que mi polla me doliera cuando se me puso dura. Uno de mis grandes fetiches era la lencería femenina… ¡y pensar que Livia ahora las estaba usando me pusieron a full!

 Todavía tenía secuelas en mi pene de lo de la noche anterior, así que tenía que controlarme. Pero era imposible, ya que mi novia lucía espectacular. Para rematar su extrema sensualidad observé los preciosos tacones de aguja altos (del color de su falda) que calzaba, mismos que la hicieron ver más alta de lo que ya era.  Incluso pareciendo un poco más alta que yo.

—Carajo, Livia —comenté alucinado.

Casi había olvidado que el cabrón de Valentino había implementado un nuevo código de vestimenta en el departamento de prensa que se regiría a partir de ese lunes.

—¿Cómo me veo? —me preguntó Livia con una enorme sonrisa.

Cuando se dio la vuelta para modelarme su nuevo look, me di cuenta que por el tipo de falda se le veía un enorme y potente culo producto de cómo sus tacones altos estilizaban su figura, que, para mi orgullo o gran desgracia, ahora todos los hombres de La Sede iban a poder admirar.

—Te ves… maravillosa, Livy —admití fascinado—, aparatosamente espectacular.

—¿Crees que causaré una buena impresión a Valentino? —me preguntó como que no quiere la cosa, dándose una nueva vuelta que me dejó desconcertado.

¿A Livia le preocupaba tener que dar una buena impresión a Valentino en lugar de preocuparse por mí? Carajo.

 Tragué saliva y sentí un frío muy helado en la panza. Forcé una sonrisa y asentí con la cabeza. 

—Sin duda —acepté con la boca seca.

Al llegar a La Sede todas las miradas se concentraron en la espectacular mujer que me acompañaba del brazo. Probablemente Livia ni siquiera se había dado cuenta del efecto que estaba causando en todos los que la miraban pues desde que saliéramos del aparcadero e ingresáramos al lobby del edificio de cristal ella estaba más preocupada por no caerse al caminar sobre esos enormes tacones que de saber quién carajos la observaba.

—Joder, Livia, que todos te están viendo.

—Sí, están esperando que me caiga —se echó a reír quitando hierro al asunto, aunque la noté un poco nerviosa—. Dice Leila que debo de mirar al frente y nunca hacia el suelo, pero con estos tacones apenas puedo dominar el piso.

—Descuida, cariño, que yo te cuidaré.

La encaminé al ascensor con la intención de acompañarla a su cubículo. Allí nos detuvimos y esperamos a que las puertas se abrieran mientras le decía lo hermosa que estaba esa mañana. Lo que no esperaba era encontrarme de frente con un enorme tipo de complexión mastodóntica que salió del ascensor y que tan pronto se topó con Livia se quitó los Ray-Ban de los ojos para observarla con asombro.

—Buenos… días —lo saludó Livia expresando nervios en el color de su voz.

Mi novia desanudó su brazo del mío con rapidez y lo extendió hacia él, como si de pronto yo no existiera.

—Buenos días, señorita Aldama —le dijo Valentino Russo haciendo una pequeña genuflexión, dándole un ligero apretón a su mano—, hoy luce legítimamente espectacular.

 El jefe de mi novia la repasó con la mirada de arriba abajo descaradamente y casi me pareció ver que se relamía los labios cuando estacionó sus ojos en las grandiosas tetas de mi novia, diciéndole:

—Justamente la estaba esperando, Livia. 

—¿A mí? —mi prometida respondió asombrada.

—Sí, a usted —aseveró el hijo de puta con sus putos aires de suficiencia.

Livia había entornado los ojos chocolates por la sorpresa, y lo miraba a la cara con una atención que pude definir como exagerada. 

—Claro… usted dirá —se entregó a sus caprichos.

Valentino, haciendo alarde a su condición de jefe, le dijo sin mediar:

—Deje sus cosas en su escritorio, Livia, y venga conmigo al aparcadero, que tiene que acompañarme a un coctel.

¿Que Livia tenía que acompañarlo a un coctel? ¿A caso ese trabajo no era exclusivo de su asistenta, la tal Nadia Rosales? Esperé que mi novia se lo dijera; mientras mis antenas de alerta se activaban y un gélido retorcijón me estrujaba las tripas.

—Por supuesto —aceptó Livia sin poner ninguna pega, para mi gran sorpresa. Al contrario, le sonrió—: En seguida estoy con usted, licenciado.

Valentino me echó una mirada de asco por arriba del hombro cuando se dio cuenta que yo también estaba allí junto a Livia, haciéndome sentir como un gusano que intentaba subirse a sus zapatos, y, sin decirme una palabra (ni un puto saludo siquiera) empuñó su portafolio y se fue por el pasillo que llevaba a los estacionamientos.

Por si fuera poco, Livia actuó en automático cuando, alisándose la falda, peinándose la cola de caballo con los dedos, sacó de su bolso la cartera de mano y el celular, para luego entregármela, diciéndome:

—Por favor, cariño, hazme favor de llevar mi bolso al escritorio. Me tengo que ir.

—¡Pero… Livy!

 Ni siquiera me dio un beso de despedida. Tan pronto recibí su bolso, Livia se fue deprisa detrás de Valentino Russo directo al aparcadero, quien al percatarse de que ella lo seguía se detuvo y la esperó como todo un “caballero”. Casi puedo jurar que Valentino le dijo algo en el oído cuando la tuvo a su lado. Escuché una risita de ella y, sin mirar hacia mí, se dejó conducir por él.

Y yo me quedé allí como imbécil, viendo cómo un hijo de puta se llevaba a mi novia a quién sabe dónde.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s