L.M. MUÑOZ

 “Sabe que es así, feliz, de cualquier modo”, cantaba él. Levantó mi cuerpo de donde había estado tirado toda la noche.

Me estremecí.  Temblé en sus manos. Era tan ligera y frágil que llegué a pensar que me desbarataba.

 Agarró mi pelo y de un solo empellón llegué a la cama aún sin hacer, un frío recorrió mi espalda. Otra había estado ahí, el perfume de mujer impregnaba el aire con ese almizcle, sentí náuseas.

El rojo de mi vestido sobresalía entre aquella montaña de mantas revueltas. Supe de inmediato que pasaría de nuevo, lo vi en sus ojos desorbitados que miraban mis piernas descubiertas. Quise cubrirme, desaparecer, confundirme con la marea de cobijas y que nunca pudiera encontrarme. Fue inútil.

“Vive así de día en día, con la ilusión de ser querida” entonaba él, con una ternura inusual. Yo sabía que en algún momento volvería a la carga y yo estaría perdida. Canturreaba mientras acomodaba mis desmadejados brazos y mis piernas, cada una iba por su lado, como si no me pertenecieran.

¾    Te voy a poner bonita, ya lo verás—dijo.

Cuando traté de responder me tomó por la cintura y me arrojó contra la cabecera de la cama. Inmediatamente agarró el peine y comenzó a tirar mi cabello tratando de hacer desaparecer la maraña negra que era en realidad. Tardó largo rato en dejarlo como él quería.

¾    Así está mejor—gritó satisfecho desde el otro lado de la cama–¿A qué no te gusta? No me contestes, ya sé lo que estás pensando, pero es por tu bien–continuó.

Yo lo miraba sin poder articular palabra. Sacó un vestido verde de un baúl viejo, “es ropa de mi mamá” me dijo en nuestro primer encuentro. “Te quedará, mi madre era muy parecida a ti”.  No me gustaron esos vestidos de hace cuarenta años, pero guardé silencio, eran de su mamá y ella era importante para él.

De un tirón me arrancó el vestido rojo.

¾    Más de una semana con el mismo vestido es vergonzoso–dijo, y lo echó en el baúl.

Quedé al descubierto, cuánto hubiera dado por tomar una de esas mantas almizcladas. No me dio tiempo de pensar. Me puso bocabajo y empezó a meter el vestido por mis piernas.

¾    Qué te dejes.  Por aquí, si por ahí, mete la otra pierna. ¿Es que no sabes ni ponerte un vestido? –gritaba mientras peleaba con mis piernas huidizas. Varias palmadas en las nalgas y en las piernas me hicieron perder la compostura. “No, otra vez, va a empezar y luego… ¿qué seguirá? –pensé.

Por fin llegó a la cintura, fue acomodando el vestido, ninguna resistencia de mi parte.  Lo dejé hacer, era su idea y yo estaba inmersa en ella sin saber por qué. De la noche a la mañana me encontré siendo parte de su vida y de su espectáculo.

¾    Ahora las manos, con cuidado de no romper la seda del vestido. Trae aquí el brazo—dijo.  

Torció mi brazo, y mi mano dio la vuelta tratando de encontrar la manga de la blusa. Con un brazo enganchado, le tocaba el turno al otro. Una tenaza agarró mi brazo y lo introdujo en el orificio de la otra manga.

¾    Ya está—dijo jubiloso—este color te sienta mejor que a mi madre. Un poco de maquillaje y quedarás lista para la función, jajaja—su risa se oyó en todo el barrio.

 Mi cara se enrojeció. Las cajitas de maquillaje quedaron olvidadas sobre la cama.  No quiero que me ponga esa cosa roja en la boca, ni que me pinte los ojos. Demasiado tarde, a horcajadas sobre mí con la cosmetiquera en la mano estaba pintando mis ojos de un azul, que para nada me favorecía.

¾    ¡Ah! El rubor, no necesitas más—dijo esgrimiendo su mano en el aire.  Varias bofetadas me hicieron volver la cabeza una vez a la izquierda y otra a la derecha.

No sé si por las bofetadas o por la vergüenza o por el rubor que me puso, pero sentía que mi cara ardía. Quise huir, pero su cuerpo tenía el mío aprisionado contra la cama. Blandió en el aire ese tubito con la sustancia roja que yo detestaba, me hacía ver como una puta. Pero, ¿qué más era?

¾    No frunzas los labios—gritó poniendo un puño en mi seno izquierdo, que casi desaparece bajo el golpe. –¿Si   ves? Ahora tendré que acomodar los algodones de los senos también—regañó.

Imaginé que mi cuerpo era de trapo y dejé que esparciera el rojo manteca sobre mis labios.

¾    Solo faltan los zapatos—dijo yendo hacia el baúl—Estos rojos le van al vestido.

Yo hubiera preferido los blancos, parecen para matrimonio.  “Me gustaría que se casara conmigo, a lo mejor no me trataría como a su muñeca”, sé que es imposible.

¾    Ya estás lista—anunció triunfal–nadie podrá decir que no eres la chica más hermosa que trabaja en las calles. Ahora mismo te llevaré al río de la ciudad, iniciaremos el trabajo, seguro que hoy si ganamos mucho dinero. No me mires así, te compraré un vestido nuevo—continuó.

Me ayudó a levantar y cubrió mi cuerpo con un abrazo, tuve miedo de que me estropeara y todo volviera a empezar.

Salimos a la calle, un sol inclemente azotó mi cara. Caminamos media hora hasta el lugar de trabajo. Me acomodó junto a un poste mientras hacía todo el montaje del espectáculo.

¾    Vamos baila— gritaba.

En cada giro mi vestido se levantaba, el pelo quería dejar mi cabeza. Los hombres reían y algunos hasta aplaudían cuando amarró mis pies a sus pies y fundidos iniciamos aquella interminable danza del rojo al verde.

¾    ¡Por fin te quitaste ese vestido rojo ¡Este color te sienta mejor! –dijo el hombre del Mercedes, mientras arrojaba una moneda de doscientos al sombrero del bailarín y su muñeca de trapo en el semáforo. 

Un comentario sobre “Danza sin pies

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