DEVA NANDINY

David pasó los siguientes días escandalizado por lo que había ocurrido entre él y su hija. No podía evitar comportarse como una especie de Dr. Jackie y Mr. Hyde. Su pensamiento variaba constantemente, siempre en función del modo en el que se encontrase en ese momento. Si estaba muy excitado, no podía evitar pensar en Clara, en la calidez y humedad del precioso coño de su hija. En cambio, después de correrse, su semblante cambiaba, arrepintiéndose al momento, de haberse vuelto a excitar fantaseando con ella.

Esa semana había mantenido relaciones sexuales con Rosa casi a diario. Era una suerte para él, haberla contratado, ya que tan solo una semana después de hacerlo, habían tenido ese primer acercamiento. Rosa era una chica de aspecto frágil y desgarbado, que tenía un tono de voz extremadamente suave, casi aflautado. Sin embargo, cuando llegabas a conocerla en profundidad, era todo lo contrario. En ese momento se convertía, como por arte de magia, en una mujer fuerte y dominante. Resultaba inimaginable que, tras esas gafas y esa apariencia de chica cándida e inocente, se escondiera una mujer tan ardiente y apasionada

Todo había ocurrido una noche, David se había quedado como casi siempre hasta muy tarde en su despacho, estudiando el caso de un cliente. Pensó, que a esas horas ya no quedaría nadie bufete. Sin embargo, cuando ya iba a marcharse vio luz en la oficina de Rosa.

—¿Qué haces hasta estas horas trabajando? —preguntó, asomándose a la pequeña oficina—. No te lo tomes tan a pecho, mis socios son unos avariciosos para pagar horas extras a los empleados —bromeó.

—Hola, David —lo saludó levantando la vista del teclado—. Estoy intentando entender, algunas cosas del programa de contabilidad.

A él jamás le había interesado para nada la contabilidad. Sin embargo, David se acercó intentando resolver alguna de las dudas de la chica, con el programa. Rosa aún tenía contrato de pruebas, y se estaba esforzando por convencerlo tanto a él, como a sus tres socios, de que era la persona indicada para el puesto.

Diez minutos más tarde, ambos se estaban besando. No era la primera vez que David cometía una infidelidad. Unos años antes, había tenido una relación con una joven viuda, a la que había ayudado en un litigio a causa de la herencia de su esposo. Tiempo después, también había mantenido un par de encuentros, con una camarera de un bar cercano al despacho, donde solía acudir algunas mañanas a tomar café.

Pero ninguna de esas relaciones anteriores tenía nada que ver con Rosa. Aún recordaba como esa tarde la chica, se había quitado las bragas sin ningún tipo de rubor ante sus atónitos ojos, incluso antes de comenzar a tocarla. A continuación, se subió la falda mostrando sin pudor su sexo. Apartó a un lado de la mesa el teclado y la montaña de papeles que estaba revisando. David estaba anonadado ante la determinación de la chica, en ese momento ya no le cupo duda de que se la iba a follar allí mismo. Pero ella, se sentó sobre la mesa, abrió sus piernas exhibiendo y ofreciendo un coño, con una fina mata de bello negro como la noche.

—¡Si quieres follártelo, antes tendrás que comértelo! —Exclamó de modo totalmente imperativo y autoritario.

El dulce y meloso tono de voz de Rosa, se había trasformado en algo totalmente distinto. David obedeció, nunca una mujer se había comportado con él de esa forma, él siempre había sido un hombre muy dominante, tanto en la cama como fuera de ella.

Cuando su lengua comenzó a lamer esa apetitosa vulva, las manos de ellas lo sujetaban con fuerza por la nuca. Rosa comenzó a decir entonces toda clase de ordinarieces, que hicieron que él se calentara aún más. Luego comenzó a gemir. David nunca había escuchado a una hembra, expresar o acoger un orgasmo de un modo tan escandaloso. Siempre había creído que las mujeres, únicamente se comportaban de ese modo en las películas porno. Con el tiempo, los encuentros con Rosa habían ido aumentando. Incluso en un par de ocasiones, cuando el novio de la chica estaba de viaje, habían follado en su cama y pasado la noche juntos.

Pese a todo, algo había cambiado. Tanto si estaba con Rosa, como si se estaba masturbando. Aquellos días, cada vez que estaba excitado, no podía evitar fantasear con Clara. Soñaba con las exageradas curvas de su preciosa hija, con su poderoso culo, sus macizos muslos o sus enormes tetas.

No obstante, no se atrevía a imaginar que él mismo, era el que mantenía relaciones sexuales con Clara. Idealizaba que era uno de sus amigos, casi siempre Víctor, el que se la estaba follando delante de él. Sin duda, eso era lo que más le calentaba.

Pero después de correrse venía lo malo, era entonces cuando toda esa fantasía se desvanecía. Desde ese momento no podía evitar sentirse mal y arrepentirse, culpando de todo a la chica. «Maldita zorra. Si Clara no me hubiera provocado esa tarde en la piscina, yo nunca me hubiera excitado con ella. La culpa es de su madre, por haberse empeñado en darle una educación tan indisciplinada».

Había transcurrido una semana desde que Clara y él, habían cometido aquella aberración junto a la piscina. Desde entonces, David se esforzaba enormemente por evitar a su hija en casa, o por lo menos, coincidir a solas con ella.

La mayoría de los días almorzaba en algún restaurante del centro, indicando en que tenía mucho trabajo. Los días que no podía eludir comer en casa, se marchaba enseguida al despacho. Por supuesto, no se atrevía a salir a la piscina, donde sabía que Clara estaría tomado el sol en bikini, bronceando su rollizo y deseable cuerpo.

Carmen, su mujer, lo notaba mucho más nervioso y mal humorado de lo normal. Suponía inocentemente que, tal vez, su esposo, se sentía en algún momento arrepentido por tener una amante. Sin embargo, no le daba demasiada importancia.

Ella vivía en su mundo, ajena a todo lo que pasaba durante esos días a su alrededor. Se pasaba las horas mirando su teléfono móvil, esperando algún mensaje caliente de Víctor, el mejor amigo de su marido. Nunca había sentido ese deseo irrefrenable por ningún otro hombre.

Un par de días antes, ambos habían coincidido en una cena de cumpleaños de uno de los socios de su marido. Víctor le había sugerido, a través de un mensaje al móvil, que vistiera esa noche de un modo más sexy de lo habitual. Pero, sobre todo, había incidido en que por nada del mundo llevara ropa interior a la fiesta «Ni bragas, ni sostén…», Había dejado claro. Asegurándole que, en algún momento de aquella velada, él mismo se encargaría de comprobar, si efectivamente lo había obedecido.

A Carmen le encantaban esos juegos, cada vez más atrevidos de su ardiente y morboso amante. En el que Víctor la incitaba a realizar cosas, que ella jamás hubiera pensado hacer.

Esa misma tarde había salido de compras, totalmente excitada. Buscaba un vestido que se ajustara a los requerimientos de Víctor. Probándose más de una docena en las dos primeras horas. Era muy complicado para una mujer como ella, que siempre había mantenido un aspecto bastante discreto y conservador, pasar de la noche a la mañana a vestir de modo contrario. Pero lo más difícil, era encontrar un vestido sexy, que al mismo tiempo le permitiera no llevar sostén. Sus tetas, al igual que las de su hija Clara, eran demasiado grandes para dejarlas en libertad. Si no tenía demasiado escote, el vestido le parecía poco atrevido, y para nada quería desobedecer o decepcionar a Víctor. Pero si, por el contrario, elegía un modelo con escote, el no llevar sostén, le daba un aspecto bastante escandaloso. Por otro lado, estaban sus gruesos pezones, estos se marcaban indecorosamente en la fina tela de todos los vestidos que se iba probando.

Al final se decidió por uno de color negro. Sabía que era demasiado corto para acudir a una cena, conocía perfectamente la etiqueta. No obstante, su único propósito era ver en los ojos de Víctor el deseo que sentía hacia ella. El vestido le llegaba muy por encima de la rodilla, dejando al mismo tiempo a la vista un amplió escote. Pero al ir los tirantes cruzados, sujetaban un poco mejor sus voluminosos pechos. Pensó en su esposo, que diría cuando la viera salir así vestida de casa.

Cuando bajaba por fin las escaleras del piso superior, pudo sentir el balanceo libre de sus senos, moviéndose con completa libertad, dentro del fino tejido del vestido. Incluso, llegó a percibir al andar sobre sus altos zapatos de tacón, como su sexo segregaba algunas gotas de fluidos, que resbalaban por la cara interna de sus muslos. Estaba especialmente cachonda esa noche.

—Ya estoy lista, cariño —comentó cuando se encontró con su esposo en el piso inferior. Ella temía la reacción de su marido. Tal vez, se había excedido por ir así vestida. David era un hombre bastante celoso y posesivo. Sin embargo, él apenas reparó en el modo de vestir de ella

—Tengo el coche ya fuera del garaje.

Media hora después, entró en el gran salón del brazo de su esposo. La falda era tan corta, que tenía que tener especial cuidado al sentarse, para no mostrar más de lo debido, y más teniendo en cuenta que esa noche no llevaba bragas.

Cuando vio aparecer a Víctor, su corazón latió con fuerza. Él la miró, y disimuladamente hizo un gesto de conformidad. Ella se acercó a saludarlo.

—Estás preciosa. Pareces una puta a la que me encantaría follarme ahora mismo a la vista de todo el mundo, sobre una de esas mesas —Le indicó acercándose al oído, en el momento en que le daba dos besos en las mejillas como saludo—. Luego, cuando sirvan el primer plato, ve al servicio por aquella puerta.

—¿De verdad te gusto? —preguntó ella insegura.

—Me vuelves loco, y más así vestida. ¿No te ha dicho nada tu marido?

—Creo que ni siquiera se ha dado cuenta —respondió ella simulando una sonrisa.

—Pues debe de ser el único. ¿Has visto cómo te miran todos? Más de uno de los hombres que ves aquí, terminaran masturbándose o follando a sus esposas esta noche, fantaseando contigo.

A Carmen le calentaba escuchar hablar de ese modo a Víctor. Se alejó de él, sintiéndose el objeto de deseo de algunos de los amigos de su esposo. Deseando que comenzaran cuanto antes, a servir la cena. Jamás hubiera supuesto, que ella se comportara de ese modo, y mucho menos a esas alturas de su vida. Víctor era el primer hombre, con el que había engañado a su marido.

Media hora más tarde, cuando los camareros acudieron a su mesa para servir el primer plato, ella se levantó.

—Voy un momento al baño —Indicó a su esposo.

Víctor salió tras ella como un animal tras su presa. Ya en el pasillo, antes de encaminarse al baño, él la cogió por la cintura y la introdujo en un pequeño cuarto que había bajo la escalera. «Sin duda lo tiene todo bien planeado», pensó Carmen.

Allí comenzaron a besarse, mientras las ágiles y atrevidas manos de él, levantaron con dificultad, el ajustado vestido hasta las anchas caderas de Carmen.

—Abre las piernas —indicó él separando un momento los labios de la boca de ella.

Carmen obedeció sin dudarlo, separando un poco sus redondos muslos. Entonces notó los dedos de él, recorriendo su vulva. Estaba empapada, llevaba cachonda desde esa tarde, cuando había salido de compras. Por lo tanto, los dedos de Víctor se introdujeron sin ninguna dificultad en el interior de su vagina.

—¡Joder…! ¡Que ganas tenía de que me tocaras! —Exclamó ella con dificultad.

Él la miró sonriendo. Jamás hubiera supuesto que la fiel esposa de su querido amigo, fuera en realidad una mujer tan ardiente. La conocía desde hacía más de veinte años, y siempre la había visto como una mujer sin demasiado sexapil.

Pero ese día Alberto estaba demasiado excitado. No podía perder la oportunidad de follarse allí mismo, a Carmen.

—Date la vuelta —Indicó de modo imperativo.

—No, aquí no, por favor. Ven a buscarme mañana —expresó Carmen, nerviosa—. David está esperándome ahí mismo, para cenar. Cualquiera podría sorprendernos.

Pero Víctor no quería escuchar las excusas y los temores de Carmen. Él mismo la cogió por la cintura y le dio la vuelta, poniéndola de cara a la pared.

—Será solo un momento. No tardaré en correrme.

«Me va a follar», pensó Carmen, en parte deseosa y, por otro lado, asustada.

Sin embargo, inclinó su cuerpo hacia delante, abriendo al mismo tiempo sus muslos, para facilitar a su amante que la penetrara.

—¡Ah…! —Exclamó, intentando apagar su gemido, cuando noto la dura verga de Víctor, insertarse en su vagina.

Las manos de él se apoderaron entonces de sus grandes pechos, introduciéndoles a través de su escote, al tiempo que comenzaba follársela con enorme ímpetu.

—¿Es esto lo que buscabas, zorra?

Únicamente a Víctor le hubiera permitido hablarle de ese modo tan soez. Le encantaba su lenguaje sucio y ordinario hacia ella.

—Quiero tu leche —expresó ella, intentando incentivar el grado de excitación del amigo de su esposo. Buscando que alcanzara el orgasmo cuanto antes.

Entonces ella supo que Víctor, estaba casi a punto de alcanzar el clímax. Sus movimientos se aceleraron, al tiempo que la sujetaba fuertemente por los pechos. Ella reculaba hacia atrás, saliendo al encuentro de las violentas embestidas que él, le estaba proporcionando. Hasta que de repente paró, y supo que estaba eyaculando en el interior de su coño.

Un poco más tarde, él sacó su picha ya flácida del interior de su vagina. Ella no iba a correrse esa noche, no había tiempo. Sin embargo, no le importó en absoluto. Había disfrutado enormemente del sexo rápido, que Víctor le había proporcionado. Por otro lado, estaba encantada de sentirse usada, por el hombre que la volvía completamente loca.

—Ha sido delicioso follarte. Mañana te llamo —indicó él, propinándole al mismo tiempo un fuerte azote en una de sus nalgas, como despedida antes de abandonar el pequeño cuarto.

Carmen intentó volver a la realidad. «Me estoy meando, pero no puedo perder más tiempo», pensó mientras introducía sus manoseados pechos dentro del vestido.

—¿Dónde estabas? —preguntó David un tanto desconcertado cuando ella se sentó a su lado.

—Te dije que iba un momento al baño. Si es que no me escuchas cuando te hablo —Lo reprendió, simulando estar enojada—. No los encontraba y cuando por fin los ubiqué, había cola —disculpó su ausencia ante el cornudo de su esposo, al tiempo que comenzaba a percibir, como el semen de Víctor, comenzaba a resbalar por su dilatada vagina.

Clara, había pasado aquellos días totalmente ansiosa. Buscaba una mirada cómplice de su padre, pero este, los pocos momentos que coincidían en casa, siempre la evitaba. Había nacido en ella un deseo incontrolable hacia su progenitor, que para nada trataba de menguar. No sentía ningún tipo de arrepentimiento, aunque no podía evitar percibir una especie de vértigo o temor, a lo que pudiera pasar.

En una semana ella sentía que había madurado, lo que muchas mujeres tardan en hacer varios años. Siendo consciente de que su padre era aún un hombre bastante atractivo, su amiga Marta se lo había confirmado unos días antes. Por lo tanto, en su fuero interno se sentía plenamente orgullosa de haber sido capaz de seducirlo.

La chica no dejaba de recordar, la enorme polla de su padre sumergida entre sus voluminosos pechos. Palpitante, eyaculando en medio de ellos.

En el fondo, le hubiera gustado poder contarle a su amiga, lo que había ocurrido. Tenía mucha confianza con Marta, y sabía que no era una chica con demasiados prejuicios morales. Si no lo hacía era porque David se lo había exigido. «Te lo prometo, papá. Ni mamá ni nadie se enteran nunca de todo esto. Será nuestro gran secreto», había expresado ella.

Cuando estaba con su madre no podía evitar sentir ciertos recelos hacia ella. Era algo totalmente instintivo, irracional y primigenio. En ocasiones veía a su madre, con la que siempre había tenido mejor relación que con su padre, como a una hembra que competía con ella, por llevarse al mejor macho de la manada. Era como si quisiera arrebatárselo a su madre, la envidiaba cuando, por la noche, se despedía entrando en su dormitorio, para indicarle que se iba a la cama con su padre.

—No vamos a dormir, cariño. Tú estás de vacaciones, pero a papá y a mí nos toca madrugar mañana.

Un rato más tarde, cuando los ruidos de la casa cesaban por fin, Clara intentaba escuchar desde su habitación si sus padres estaban follando. Lo hacía incontenidamente con una mano entre sus piernas. Incluso una noche que le pareció percibir un ruido, no dudó en levantarse y pegar una oreja directamente en la puerta del dormitorio de sus padres. Sin duda, estaban manteniendo relaciones sexuales, ella pudo escuchar claramente el crujido de la cama.

En ese momento ella deseó poder observarlos. «¿Cómo se comportará papá con ella? ¿Se mostrará tierno y delicado, como lo hace Javi conmigo? O, por el contrario, ¿Será impetuoso?» Clara aún podía sentir el modo en el que su padre la había tratado una semana antes. «Me llamó zorra y me dijo que era una golfa», recordó con una morbosa sonrisa en los labios. Aún percibía la mano de su padre, sujetándola fuertemente por la nuca, al tiempo que movía sus caderas, introduciéndole su enorme verga, hasta lo más profundo de su boca.

«Hasta el salido de Pablo, en aquella casa rural de los Picos de Europa, se mostró menos vehemente que papá».

Clara era una chica fogosa, pero siempre había predominado en ella su lado más cerebral, controlando habitualmente todos sus impulsos. Sin embargo, desde hacía una semana todo se había desbordado, algo había cambiado en ella para siempre.

Había roto con Javi la tarde antes, fue justo después de follar en el coche del muchacho en un descampado cerca de su casa. Él ya no la satisfacía, no conseguía humedecer sus bragas cuando la besaba o le susurraba cosas al oído. Su cuerpo ya no se estremecía cuando palpaba sus pechos.

—Javi, siempre te estaré agradecida. Pero quiero que dejemos de vernos —indicó, justo en el momento en que se subía las bragas en el asiento trasero del vehículo.

El chico la miró sorprendido, exteriorizando una profunda pena en su rostro.

—¿He hecho algo que te haya molestado? —preguntó con un nudo en la garganta.

Ella lo miró con cariño, no deseaba verlo sufrir de ese modo.

—No eres tú, Javi. Soy yo la que ha cambiado —contestó preguntándose, por qué razón en el universo masculino, ellos siempre opinan que son el origen de todo.

—Si quieres podemos hablarlo —insistió el chico.

—Ya lo estamos haciendo. No tengo por ti, los sentimientos de antes.

—¿Has conocido a alguien? ¿Verdad? —interrogó ansioso.

—No creo que tengamos que darnos ese tipo de explicaciones. Nunca hemos decidido formalizar nuestra relación. No somos novios ni nada parecido, siempre tuvimos claro que nos estábamos conociendo y que, de momento, no nos debíamos exclusividad.

—Vamos… que me dejas por otro… —lamentó el chico cada vez más hundido.

—Ojalá fuera así de fácil. Simplemente, estar contigo ya no me resulta tan divertido como antes. Supongo que las relaciones se desgastan y nuestro tiempo juntos ha finalizado —indicó Clara, poniéndose la camiseta y terminando de vestirse.

—Nadie te va a querer como yo. ¿Consideras que vas a encontrar a otro chico, que sepa cuidarte?

—Lo sé —respondió ella. «Pero ojalá me follen mejor. No necesito que nadie me proteja», pensó Clara para sus adentros.

Continuará

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