ISA HDEZ

Todas las noches la despertaba el ruido de los cristales rotos. Oía gritos y voces imprecisas a medianoche, en el silencio,  cada vez se acercaban más y se sentía aterrada de miedo. Se levantaba de la cama y caminaba descalza, de puntillas por el pasillo, en medio del sigilo de la penumbra, y, se dirigía hacia la habitación del medio, de la que provenían los gritos ensordecedores que la llamaban por su nombre con voz de ultratumba. Se acostumbró a esas voces y dejó de sentir miedo, solo quería acabar con ese penar del alma de aquel ser. Sabía que era él, que la visitaba y que no le haría daño. Antes de irse le había prometido que no la dejaría sola, y entonces ella se reía, pensaba que eso no le pasaría nunca. Esa noche estaba dispuesta a encararse con él para que la dejara y volara de una vez, y por siempre al infinito del tiempo, debía descansar en los confines de la eternidad. Cuando entró en el cuarto la luz pálida de la noche se colaba por los cristales salpicados de lágrimas de lluvia y, las sombras blanquecinas bailaban en derredor. Sintió un escalofrío cuando unas manos frías le asieron la cara. El beso helado la paralizó, los ojos manaban lágrimas a mares y los cristales caían clavándose en al suelo. La nebulosa brillante escapó por la ventana ante sus ojos atónitos. Se despertó llorando acurrucada en el suelo, aterida, bajo la ventana, muy cansada, como si hubiera viajado a otro mundo o, ¿era una pesadilla? No volvió a oír más esos gritos, ni las voces, ni la rotura de cristales, como si su cabeza se hubiera sosegado. 

© Isa Hdez.

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