PENÉLOPE

Conocí a Roberto, él llegó una mañana a cargar combustible con una moto enorme, ruidosa, llamativa, usaba barba en esos días y unos anteojos espejados que me impedían ver sus ojos y un pañuelo anudado en su cabeza, con ropa de cuero y botas texanas, era la típica imagen del motero americano, y bueno, una también tenía sentimientos y deseos.

Entre palabras me robó una sonrisa y en ese momento supe que había perdido. Volvió por mí al día siguiente, y al siguiente, y ya no pude resistirme subir a su corcel de acero.

Desde el primer momento supe que mi relación con ese hombre nunca llegaría a nada serio, apenas tenía veinte años y él ya era un treintañero, era una bala perdida, pero Roberto en ese momento de mi vida tenía muchas cosas que a mí me atraían, era un bohemio, le gustaba la fiesta, era divertido, inteligente, locuaz y con toda su experiencia en la vida me llevaba por caminos de lujuria que jamás había soñado transitar.

Pero además había algo que me fascinaba en él, yo no había estado con muchos chicos, pero conocerlo sería un antes y después en mi sexualidad, es que tenía una polla sencillamente enorme y me mataba en la cama, me hacía gritar como si me estuvieran matando y es que realmente eso provocaba en mí, me dejaba toda adolorida, pero era ese dolor tan placentero que solo necesitaba más cuando no lo tenía.

Sin dudas, sexualmente él sería único e irrepetible para mí, nadie me había follado como el, ni nadie volvería a hacerlo, ni siquiera mi esposo.

Roberto era un maldito perverso, con el tuve mi primera experiencia anal y fue el culpable de dejarme todo mi culito dilatado, él me regaló juguetes, y él en alguna fiesta me llevó a mi primer trío con una chica.

Son viejas historias, secretos, mi lado lésbico jamás revelado.

Pero como dije, él era una bala perdida, un tipo que me daría sexo, adrenalina, lujuria, pero jamás un futuro, desde que lo conocí supe que solo sería algo pasajero, solo presente, solo el momento.

Esa noche no sería una noche más, era un viernes de primavera en el que Roberto me había propuesto ir a bailar, en esos días aun llevaba mis cabellos largos y en mi tono castaño natural, me había puesto un vestido de licra súper ajustado, en tono símil piel leopardo, en tonos de amarillos y negros, muy cortito, demasiado, en el límite del abismo.

Mi papá me miró por encima de sus lentes de aumento y sentí que me mal juzgó, no dijo nada, no era necesario, él ya había perdido ese control que todos los padres quieren tener sobre sus hijas, pero sus gestos sobraron para hacerme sentir como una puta.

Mamá, como siempre cómplice me dijo que no le hiciera caso, ya sabía cómo él era, y que por cierto me veía muy bonita.

Roberto pasó puntual, el escape ruidoso de su motocicleta me hizo saber que esperaba en la puerta.

Bajé y me subí a su corcel de acero, como llamaba a su motocicleta, lo abracé por la cintura y partimos con rumbo desconocido.

Si algo tenía que reconocerle a mi hombre es que tenía el mapa de la ciudad en su cabeza y se conocía todos los sitios donde podíamos pasar un buen rato, desde lo más top hasta lo peor de lo peor, y para esa noche no tenía en mente sorprenderme con algo de nivel.

Dimos unas vueltas y terminamos tomando unas copas en la barra de un bar  apartado, donde había un tipo de escenario por el cual desfilaban números de chicas y muchachos desnudistas. Ciertamente eso no era lo mío, pero Roberto se mostraba como un niño dentro de una juguetería, él se perdía viendo las putas de turno, llegando al límite de ignorarme, situación que me llegaba a molestar, pero yo sabía cómo era nuestra relación, libre, sin ataduras, sin compromisos, sin reclamos, sin amor.

Y esa historia yo me la conocía casi de memoria, él me preguntaba cuál de todas las chicas me gustaba y luego él hacía su trabajo, ofrecer el precio justo para terminar los tres en la cama.

A Roberto le excitaban mucho los tríos, siempre con otra chica, él decía ser muy macho y que su culito era intocable, sin embargo, no tenía reparos en follarse lo que se le cruzara en el camino, me contó historias de que por dinero se había follado a más de un puto, o solo le pagaron para chupársela un rato, y a él no le molestaba esa parte de su vida.

Esa noche, Roberto puso los ojos en una copera, una de las tantas chicas que andaban sirviendo copas, y yo supe de inmediato que él no pararía hasta llevarla a la cama. Era muy alta, y más alta se veía sobre unos finos tacones, sus curvas eran perfectas y a pesar de estar todo a media luz pude notar sus cabellos rubios teñidos, ella pasó varias veces por la mesa y en cada ocasión mi hombre aprovechaba para tocarle el culo, tomarla por la cintura o deslizar sus dedos por sus piernas desnudas, ella solo respondía con sonrisas y se dejaba toquetear, así eran las reglas del juego en ese lugar, todo estaba permitido.

Por mi parte, solo era una espectadora del juego de seducción, yo solo miraba y me llamó la atención uno de sus brazos completamente tatuado, algo muy común hoy en día, pero por cierto era una rareza veinte años atrás.

Todo iba bien, los números en el escenario se iban sucediendo uno tras otro, hasta que en un momento llegó el turno de ‘la única, la mejor, la irresistible Lulu’, así la anunciaron y para nuestra sorpresa la chica que nos había servido las copas subió a dar su show.

Ella empezó a contornearse como una serpiente, de forma muy sexual al ritmo de un blues lento y meloso, y una a una sus prendas fueron cayendo al suelo, Ronaldo parecía un tonto hipnotizado, incluso ignorándome, haciéndome sentir una tonta, pero Lulu tenía un secreto, no sé dónde lo guardaba, pero cuando se sacó el tanga para quedar completamente desnuda, apareció entre sus piernas una buena polla para sorpresa de todos.

Roberto se quedó con cara de póker, y yo no pude aguantarme y me largué a reír a carcajadas, es que su rostro realmente estaba desencajado. Pero él ya le había puesto el ojo, y me preguntó si yo tenía algún inconveniente, puesto que él ya la tenía entre ceja y ceja.

Cerca de las cuatro de la mañana partimos hacia casa de Roberto, en su moto, yo atrás de él cómo siempre y Lulu detrás mío, parece de locos, pero así fue.

Mientras servía unas copas Roberto le pagaba a la chica trans el dinero convenido y se encargó de dejarle bien claro que solo tomaría un rol de hombre, nada de confundir las cosas, ella solo respondió con una pícara sonrisa y le dijo que se quedara tranquilo, era toda una profesional.

Puse música, él se sentó con su copa a un lado, sabía que le gustaba tomarse su tiempo para observar, era un mirón empedernido y me resultó muy caliente empezar a jugar al juego de la seducción con Lulu, ella era mucho más alta que yo por lo que pronto dejó sus zapatos de lado, aun así, era bastante más alta. Fueron minutos de roces casuales al compás de la música, miradas indiscretas, besos robados y sentir la piel con piel, esos juegos calientes. Sentí mis pezones excitados bajo mi ropa interior y como mi sexo se iba bañando poco a poco producto de los juegos con la chica trans y de la mirara indiscreta de mi amante.

Una rica dureza se marcó en la falda de Lulu y eso sonó a deseo, colé los dedos bajo mi vestido y deslicé mi tanga hacia el suelo, me lo saqué y se lo tiré sobre el rostro a Roberto que parecía un estúpido solo mirando, fui sobre un sillón a un lado, y me puse en cuatro, sacando culo hacia donde ellos estaban, naturalmente mi vestido gatopardo se subió, lo suficiente para dejar expuesta a sus ojos mi vagina jugosa y caliente, entonces Lulu vino sobre mí, y aferrándome por las caderas me penetró, sentí su polla deslizarse en mi sexo y empezó a moverse rítmicamente, la sensación era muy rara, muy loca, lucía como una chica, parecía uno más de mis juegos lésbicos, pero tenía una buena polla que me llenaba por completo y me hacía gemir.

Roberto se decidió a participar, vino por el frente, completamente desnudo, con su enorme sable duro, imponente, y me lo dio para que se lo chupara, mierda, una polla en mi coño, otra en mi boca, nunca lo hubiera imaginado! trataba de chuparlo con todas las ganas, pero sin dejar de disfrutar el hermoso regalo que me llenaba por detrás.


En algún momento Lulu exclamo…

— Pero que hermosa polla tenes! te la quiero chupar un poco!!!

Mi hombre me dejó entonces y fue donde estaba ella, para que Lulu se atragantara con su polla y después de unos minutos noté que ella había perdido las ganas de follarme, ella solo se engolosinaba en lo que estaba chupando, así que cambié de juego, me senté y me llene la boca con su polla, yo se la chupaba a ella y ella a mi chico.

Lulú tenía una buena polla, no tan grande como la de Roberto, pero sin dudas era muy rica, muy gruesa y me excitaba que luciera a mis ojos como mujer, aunque no lo fuera. Me gustaba acariciar sus formas femeninas, en especial sus pechos, sus tetas, sus pezones.

Cada tanto subía por su cuerpo, besando su vientre, sus tetas, su cuello, sus labios y buscaba robarle la polla que ella se comía, al menos compartirla y entre las dos le besábamos el sexo a Roberto, su glande, su tronco, sus bolas, era un juego que más de una vez había hecho con alguna que otra chica y a él le excitaba mucho, incluso llegaba a acabar para que nosotras compartiéramos sus jugos.

Roberto, que siempre estaba pensando que locura hacer, de repente me agarró y me llevó nuevamente sobre el sillón, en cuatro patas, me levantó el vestido hasta la cintura, me abrió las nalgas y empezó a chuparme el coño y el culito, mmm era muy excitante, entonces le dijo a Lulu…

— Ahora quiero ver cómo le haces el culo

Ella volvió a la carga y sin mucho esfuerzo me la metió por detrás, me arrancó un gemido de placer, era gorda, podía sentirlo y me di cuenta que la excitaba mucho estirarme el esfínter, mi hombre entonces me dijo…

— Dale puta, masturbate…

Diablos, bajé mi vestido a la cintura y desnudé mis grandes tetas, mis pezones estaban duros como acero y solo me los acaricié, cerré los ojos sintiendo la carne que me penetraba y los ojos de mi hombre que se llenaba la vista, llevé mi mano derecha entre las piernas, estaba chorreando, moví la palma de mi mano con ritmo, con fuerza apretando mi clítoris mientras metía cada tanto los dedos en mi vagina, para darme placer y sentir la presión sobre ellos de la polla que me estaba rompiendo el culo de una manera tan exquisita.

Sentí que me iba a correr, no podía evitarlo y mi clítoris explotó de manera descontrolada.

Una vez que Roberto lo notó, se decidió a volver al juego, no podía ver demasiado, pero me di cuenta de lo que sucedía, Roberto fue por detrás de Lulu y se le metió toda, la chica trans empezó a gemir y sentí que inconscientemente clavaba sus afiladas unas en mis glúteos.

Fue muy loco, se había armado un ‘trenecito anal’ envuelto en placer, gemidos y delirios, donde yo era la locomotora, mi chico el vagón de cola y Lulu al medio era quien avanzaba y retrocedía, dando y recibiendo.

En algún momento, Reinaldo se la llevó para su lado, se sentó y ella arriba, con sus piernas abiertas, y  el la penetraba por el culo desde abajo, fue mi turno de espectadora, y Lulu no dejaba de llamarme la atención, era una chica de hermosas curvas y preciosas tetas, pero tenía una apetecible polla entre sus piernas, dura, gorda, enorme.

Me acerqué a ella, me arrodillé entre sus piernas y las de Roberto que no dejaba de romperle el culo desde abajo, empecé a chuparle la polla a Lulu con muchas ganas, un buen rato, luego la metí entre mis tetas y la masturbé con ganas, mirando el rostro de placer que me ponía muy cachonda.

Roberto no paraba, yo no paraba y ella ya no podía…

De repente como una ametralladora sin control, empezó a saltar el semen de Lulu, con fuerza, caliente, pegajoso, llenando mis pechos, su vientre, sus propios pechos, mi cara, parte fue sobre el suelo, otro tanto al costado del sillón, diablos!, empecé a reírme por la situación y terminé chupándosela un buen rato hasta que empezó a perder erección.

Roberto me tomó entonces a mí, volvió a ponerme en cuatro, Lulu sentada a mi lado y maldito perverso, jugó sus cartas, su preciosa polla fue alternando entre mi culo, mi vagina y la boca de la chica trans, un agujero, el otro y el otro, era un maldito degenerado y eso me enloquecía de él, jugó un rato hasta que dijo…

— Me corro! me corro!

Cambié de posición y me senté junto a Lulu, sabía los gustos de mi chico, Roberto  empezó a chorrear su leche sobre mi cara y sobre el de la chica trans, tenía una maldita obsesión en acabarme sobre la cara, y bueno, a mí no me molestaba, por el contrario, lo necesitaba, aunque jamás se lo reconocería.

Nos tomamos unos minutos más, Lulu y yo nos besamos en un sabroso beso blanco, un beso de pecado con los jugos de nuestro amante.

El sol del amanecer ya se colaba por la ventana y si bien Roberto aún tenía muchas ideas locas por llevar a cabo, Lulu puso un freno, ya era suficiente por lo que había pagado, otro día con gusto, sabía dónde encontrarla.

Ellos se acomodaron un poco y él le dijo de alcanzarla a su domicilio, mientras tanto me fui a dar una ducha, tenía una mezcla de leche de ambos por todas partes de mi cuerpo, y luego fui la cama a descansar.

Nunca se daría un nuevo encuentro con Lulu ni con otra chica trans, no sé, jamás lo sugerí, él tampoco, es que estaba claro que Roberto prefería coños.

Seguimos un tiempo más juntos en idas y venidas pero el mundo siguió girando y yo fui cambiando.

Estaba terminando mis estudios y ya había vivido toda la locura que había necesitado vivir, me sentí satisfecha, plena y mi camino ya no era el mismo que el de mi chico.

Yo quería sentar raíces, formar una familia, anclarme al suelo, y él, él siempre sería libre, como el viento, sin origen, sin final.

En los últimos días ya no congeniábamos, había salido una concentración de moteros para ir a recorrer el país, él quería que lo acompañara, sabía que se iría, conmigo o sin mí y había llegado el momento de dejarlo partir, Roberto jamás sería un pájaro para mantenerlo enjaulado.

El destino me llevaría a conocer un par de chicos antes de conocer a mi marido, el que se transformaría en el hombre de mi vida, en mi amor, en mi compañero, quien me daría mis hermosos hijos y al lado de quien me transformaría en la persona que soy, una respetada profesora de matemáticas, una mujer de rubios cabellos cortos que luce su estampa en costosos y sexis trajecitos levantado suspiros de colegas y alumnos.

Mi esposo sabe lo que tiene que saber, lo justo y necesario, él es irremplazable en mi vida, en mi corazón, pero Roberto, en la cama él siempre será un fuego inigualable, su enorme polla, su placer, su sexualidad, pero no existe un mundo perfecto, no se puede tener todo en la vida.

Lo recuerdo con cariño, no sé qué será de su vida, a veces, cuando estoy sola, me sirvo una copa de buen vino, y en esa soledad brindo imaginariamente con él, por los viejos tiempos.

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