ARCADIO M.

Decía el abuelo que aquella madrugada de invierno de 1965, allí en la estación de A Coruña, había cambiado su percepción del mundo y, sobre todo, de la vida. Ya no había vuelta atrás, acaba de comprometer sus pocos ahorros en el billete del tren e, incluso, había tenido que pedir dinero prestado. Aquel joven que era por entonces, se despedía de la familia, mujer y tres hijos, con el corazón partido, las lágrimas al borde de dejar en evidencia al hombre de la casa y la impotencia de tener que hacer lo que no quería. Pero el hambre apretaba y las posibilidades de salir adelante trabajando solamente en el campo era casi nulas.

El tren arrancó lento y todos se despedían por la ventana. En el andén, las lágrimas silenciosas de una mujer que se quedaba sola frente a la vida y con tres hijos, que lloraban a lágrima suelta, pese a que el cariño paternal era más militar que tierno. Aun así, cualquiera de ellos, sentía que se le iba un trocito de su yo en aquel tren, sin la seguridad de lo que podía pasar de allí en adelante. Con el pensamiento en la casa y rostro triste, fue viendo por la ventana como los montes de Galicia dejaban paso a las llanuras de Castilla. Luego todavía vendrían las cumbres blancas de los perineos y para cuando entrasen en Francia, el cansancio lo habría vencido y se había dormido. Despertó en la ciudad de destino. Berna. Bajó del tren, se llenó de aire y se convenció a sí mismo que aquello era el principio de una nueva era.

Y no le ha ido mal al abuelo. Consiguió sacar adelante la familia, darles una buena casa y una vida cómoda para lo que entonces se podía pretender. Al principio, volvía en primavera para hacer los trabajos del campo y regresaba allí en otoño. Luego, ya solo venía para las cosechas de agosto. Cuando aparecimos mis primos y yo, dicen que también venía en navidad. Un día, insolente de mí, le pregunté por la calor de la familia. Por como aquel joven que se iba roto por abandonar la familia se había acostumbrado tan bien a tenerla lejos. Mi miró pensativo, quizás por la confesión que me hizo luego. Vi en el reflejo de su mirada aquella vida en blanco y negro a la que había dado color desde Centroeuropa. También vi a un soñador vencido, al que nada le salió como hubiera querido. Y entonces, carraspeando, me habló de Dolores. Y, maldades del destino, Dolores resultaba ser Lola, la hija del dueño del aserradero, que se había ido a Suiza buscando independencia y vida moderna.

Un día se encontraron de casualidad en una fiesta, otro día se vieron con menos casualidad en el supermercado y la tercera vez que se vieron habían acordado encontrarse en el piso de él, aprovechando que su compañero de vivienda se iba el fin de semana a las afueras. Decía el abuelo que, tan lejos de casa y sin nadie conocido, uno es débil. Contaba que las tentaciones del diablo eran continuas y que, antes o después, uno acababa cayendo en ellas. Por las fotos que había visto, la tentación era joven y hermosa. Risueña y muy simpática, parecía. Y por encima, vecina. Ambos encontraron cobijo a su soledad, uno en el otro. Pero se les fue de las manos y se enamoraron. Y con la excusa de una buena amistad, hicieron su vida allá.

Mientras tanto, la abuela aguantaba los rumores de la emigración. Los chismes y comentarios por las aldeas vecinas a los que, con el tiempo, se hizo inmune. Aprendió a echarlo de menos. Luego se acostumbró a su ausencia. Y, finalmente, ya solo lo tenía presente cada fin de mes para comprobar que les enviaba el giro.

En la madrugada de este invierno el abuelo nos decía adiós. Para siempre. En el velatorio, la abuela soltaba alguna lágrima protocolaria, aunque como ella confesaba más tarde, se había quedado viuda hacía mucho tiempo. Lola, sentada junto a la puerta, lloraba en silencio esforzándose en disimular el verdadero dolor de perder al amor de tu vida.

Viéndolas, me preguntaba que había cambiado realmente en el abuelo, aquella madrugada de 1965 en la estación.

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