C.VELARDE

13. JUGANDO CON FUEGO

ANÍBAL ABASCAL

Sábado 24 de septiembre

15:17 hrs.

Nulificar de la contienda a la atormentada y amargada de Olga Erdinia no era tan importante para mí (aunque sí que estaba dentro de los puntos irremplazables que tenía anotados en mi agenda personal) sino aprender a lidiar con dos grupos de mafiosos adversarios sin que ninguno de los dos se enterara de la relación que yo iba a tener con ellos.

Los Rojos y los Killers (esta última era la mafia de mi querido Heinrich).

—Esto será como serle infiel a tu pareja —comenté a Ezequiel y a Valentino (mi mejor amigo) esa tarde, reunidos en el despacho de mi casa. Era sábado y acabábamos de llegar de la capital—: mientras no se enteren de la relación que tenemos el uno del otro, tendremos que simular que cada uno es el amor de nuestra vida.

—Jugar con fuego, se llama a eso, macho —dijo Valentino tomándose un trago de cerveza.

—Si me lo permite, señor Abascal —intervino mi asistente con la subordinación y religiosidad con que solía expresarse ante mí—, jugar a dos puntas con la mafia es muy peligroso. Bastante aventurado, diría yo.

Por supuesto que lo tenía claro. Yo no era un imbécil, pero entendía que a veces es necesario asumir riesgos.

—Te aseguro que es más peligrosa una mujer despechada que un mafioso traicionado —le dije a mi asistente, intentando quitarle importancia al asunto.

Que lo tenía, claro que sí: era un asunto importante y serio. Pero no solía exteriorizar mis preocupaciones ante mis amigos; mucho menos ante mis empleados.

Da indicios de preocupación e inseguridad ante los demás y encontrarán tus debilidades y esos puntos flacos que propician la inestabilidad de tu vida. Y yo abominaba sentirme ordinario. Repudiaba el miedo. Detestaba sentir fragilidad.

—No, señor —insistió Ezequiel—, una mujer traicionada hace berrinches. Pero un mafioso traicionado mata sin consideración. He visto familias enteras morir torturadas y mutiladas por ajustes de cuentas.

Era una fortuna que mis amadas gemelas estuvieran en el extranjero, cursando la universidad. Aquellos eran tiempos en que tenía que mantenerlas alejadas de mí, por el bien de ambas. Así que la única familia directa que tenía por ahora era Raquel, mi esposa: no obstante, a decir verdad, no es que me preocupara mucho su devenir.  

—¿Te ha dicho algo Fercho que tengamos que saber? —pregunté a Ezequiel, mientras daba una calada a mi cigarro de nicotina.  

—Sí, señor —contestó mi fiel servidor—. A Fercho le han llegado rumores de que el tal Tártaro, líder de Los Rojos, quiere contactar con los posibles candidatos a la presidencia de Monterrey. Como es natural, al Tártaro le interesa tener buenas relaciones con el nuevo presidente municipal, a fin de continuar distribuyendo sus mercancías como hasta ahora, cuando llegue el momento de la transición política.

Asentí con la cabeza, agradecido con la información. Me parecía casi una obviedad que el Tártaro fuera a contactarme a mí y no a la cerda de Erdinia, puesto que ésta última no tenía ninguna posibilidad de ser la candidata de Alianza por México.

—Le haré llegar a Fercho un cheque para que continúe enviándonos información a través de ti, Ezequiel —le informé .

—Como diga, señor —respondió él aunque no muy satisfecho.  

A Ezequiel le preocupaba que Fercho estuviera coludido con Los Rojos, pues todos tenemos claro que hacer tratos con criminales, tarde o temprano cobra factura.

Fernando (o Fercho, como le decían todos) era el único hijo de Ezequiel. El muchacho tenía 22 años, y era producto de un anterior matrimonio que mi asistente había tenido antes de Lola. El chaval tenía ocho meses trabajando como agente de tránsito para el municipio y, al parecer, este trabajo implicaba servir de halcón para Los Rojos, el cártel de drogas más consolidado de la región.  

Le daban su buena pasta por avisar a Los Rojos cuando la policía estatal o federal ingresaba a Monterrey de improvisto.

Aunque Ezequiel no estaba de acuerdo con que su hijo estuviera coludido con el cartel, también entendía que las decisiones de Los Rojos se tomaban unilateralmente y sin posibilidad de oponerse.

Si ellos decían que tú, como servidor público, les servías para sus fines ilícitos, tú decías que sí y punto. A cambio recibías una buena paga, con el riesgo de acabar cuatro metros bajo tierra si algo salía mal.

A Fercho lo habían obligado a servir a Los Rojos y, por desgracia, su padre, Ezequiel, no había nada que pudiera hacer al respecto.

Y como dicen por ahí, al mal tiempo buena cara: y yo tenía que sacar provecho de la situación. Fercho era joven y valiente, y le gustaba el dinero. Él servía a Los Rojos y a mí me daba información a través de su padre.

Ganar-ganar.

—Quiero que Fercho sirva de enlace con el Tártaro para el día que considere propicio tener una reunión conmigo —ordené a Ezequiel—. No queda más que amarrarnos los huevos y picar piedra. Por fortuna ya hemos podido contactar a Heinrich y lo he invitado a la cena del próximo sábado. Haré todo lo posible para que su llegada a esta mansión sea discreta y confidencial para evitar que gente del Tártaro se entere.

Ezequiel parecía inquieto, y no dudó en decirme:

—Si me permite decirlo, señor Abascal, es muy arriesgado continuar con su plan de traer a míster Miller a la cena del sábado. Si gente del Tártaro se llegase a enterar, lo tomarían como una traición y las consecuencias serían fatales: el que sirve a dos amos, con uno queda mal.

—El amo aquí soy yo, Ezequiel, no alguno de esos dos pendejos —determiné un tanto cabreado—. Sé perfectamente bien lo que estoy haciendo y, por tanto, no consiento que se me trate como un imbécil.

—Caray, señor —se disculpó Ezequiel con vergüenza—, yo sería incapaz de ofenderlo. Yo sólo estoy aquí para servirlo y aconsejarlo.

—Pues entonces limítate a esto. Y de los consejos, hazme favor de dármelos solamente cuando yo te los pida.

—Por supuesto, señor.

—Ahora, por favor, Ezequiel, ve por Lola, tu mujer, que necesito encomendarle unas tareas —lo mandé, recobrando la compostura—. Vi que se quedó en la sala conversando con mi esposa Raquel.

—En seguida voy por ella, señor.

Valentino y yo vimos cómo mi asistente desaparecía por la puerta y di otra calada a mi cigarrillo.

—Pero tú eres el rey de los cínicos y sinvergüenzas, cabrón —comenzó a carcajearse Valentino cuando estuvimos a solas—. Regañas al pobre cornudo, aun sabiendo que fuiste capaz de llevarte a su esposa a México para follártela estando él cerca de ustedes.

Rememorar aquellas excitantes experiencias me relajaron y contribuyeron para que mi ego se acrecentara. Cabe decir que Valentino, aunque era casi diez años menor que yo, conocía todas mis andadas, y yo las suyas. Podría decir que era uno de los pocos tipos que podía considerar como mis amigos. Era un pervertido sinvergüenza que, por tal razón, era digno de mí. Aunque claro, su mejor cualidad era su irreprochable gestión para los negocios y su experto desempeño a la hora de lidiar con empresarios, políticos y con la prensa misma. No en vano el comité lo había designado como jefe del departamento de prensa.

—Ya te digo —le sonreí con orgullo—. A los placeres de la vida nunca hay que darles el portazo.

—Morbazo seguro —me elogió tomando un trago de cerveza artesanal que le había traído de la capital—. Ahora sí que te mamaste, Aníbal. Eres mi puto ídolo.

—Ya te digo —repetí, recordando con lujuria estos días de sexo desenfrenado con mi querida Lola.

—Me extraña que Lola haya accedido a tus locuras, con lo mosca muerta que se ve.

—No te creas que tanto —admití—: Al principio se hizo la modosita y se dio su paquetazo con sus ínfulas de moralista y señora casada. Pero ya sabes: la cabra siempre tira al monte, y mucho se quejaba de que su marido estuviera cerca por ahí, pero no dejaba de bramar como puta mientras se la metía.

—Así son todas —enarcó una ceja, como si pensara en alguien en especial. 

—¿Y a ti cómo te fue con tus perritas? —quise saber.

—Domadas, como deben de estar —respondió con presunción el Lobo semental (que era como lo llamaba por su fiera forma de actuar en la vida y con las mujeres)—. Ya te contaré.

—Pero antes dime, Lobo, ¿cómo va todo con Cerdinia?

Olga Erdinia no era gorda en lo absoluto; lo de “Cerdinia” era más por la repugnancia que me causaba como política y por sus absurdas filosofías izquierdistas que para mí eran una mierda.

Valentino hizo un gesto de fastidio cuando mencioné a mi contrincante.

—Olga es una mujer bastante orgullosa, honesta, fiel e incorruptible —respondió con su áspera voz.

—Defíneme eso de “orgullosa, honesta, fiel e incorruptible.”

Valentino esbozó una expresión de repugnancia y respondió:

—Erdinia tiene más de cincuenta años, Aníbal. Encima, para su edad es guapa, y ella lo sabe. Sin embargo, no ha cedido a mis zalamerías ni me da pie para que yo continúe con mis insinuaciones. Además, el vejestorio matusalén de su marido no se separa de ella en ningún momento. Es evidente que Olga, con lo astuta que es, puede imaginar que mis propósitos de seducirla van dirigidos a destruirla política y moralmente. Tiene una táctica bastante aguda. Además, Olga sabe que yo soy tu mejor amigo. Este plan que fraguaste no tiene ni pies ni cabeza, y eso sin contar lo ridículo que me parece.

—¿No será que estás perdiendo tu talento seductor, mi querido Lobo?

—De eso nada, macho —me dijo un tanto ofendido—. Nadie se me resiste. Lo de Olga tiene que ver más con “principios”, “política” “e inteligencia” que con indiferencia hacia mí. Es imposible que no le guste. El problema es que Cerdinia no es estúpida, y yo no estoy para rogarle a nadie: mucho menos a una vieja petulante como esa. Que mira, macho, si yo me lo propongo, ella cae porque cae, pero la verdad es que no me apetece distraerme con ella. Es una madurita atractiva, pero no me gusta su puta actitud de presumida e irreverente.   

—Así que Olguita no cede a tus insinuaciones —murmuré dubitativo, cruzándome de piernas—, tendrá hielo en las venas o una puta piedra en lugar de vagina. —Si Valentino Russo, que era el top model que cualquier mujer mataría por tener, no había podido cautivar a Cerdinia, no me podía imaginar el grado de voluntad que ésta tenía para haberlo rechazado—. Sin duda esa cerdita es un hueso duro de roer, pero no imposible. Tendremos que cambiar de táctica con ella, entonces.

—Te agradecería que en tu próxima “táctica” evites que yo me involucre con esa mujer, que no es el tipo de hembra que me gusta… cazar.

—¿Olga te intimida? —me burlé.

Valentino torció un gesto y volvió a beber.

—Esa mujer intimida a cualquiera, Abascal, incluso a ti —sonrió mi buen amigo—. Ya te dije que yo me siento perfectamente capaz de seducirla y hacerla mi perra, pero no me da la gana desgastarme con ella. Así que ya, mejor cambiemos de tema, que hablar de Cerdinia me fastidia y me pone de mal humor.

—No te quito razón en eso, así que tú dirás de qué otra cosa quieres hablar, Lobo, ¿me contarás ya cómo destrozaste esta semana a esa Catalina a la que has perforado por todos sus agujeros durante los últimos días?

—No, no —se echó a reír, recuperando su inmodestia y altivez. Se acomodó el sacó en su enorme y musculado torso y me observó con interés—. Putalina ya es pasado, macho. La verdad es que me aburrió. Todas me aburren pronto, y ella, encima, comenzaba a hablarme de amor, y tú sabes lo que pienso al respecto sobre eso. A mí no me vuelven a ver la puta cara nunca más. Ya la exprimí todo lo que podía exprimirla y ya hasta estoy pensando en mandarla a la mierda definitivamente. Más bien me gustaría hablarte de una nueva hembrita en la que he puesto mis ojos.

—Esto sí que se pone bueno, Lobo —admití, frotándome las manos por lo que se venía. Siempre me pareció morboso el proceso de emputecimiento que Valentino Russo ejecutaba con las mujeres de las que se encaprichaba y que tenían la fortuna o la desgracia de cruzarse en su camino—. ¿Quién es esa nueva “hembrita” a la que depravarás en los próximos días?

Su diabólica mirada me advirtió que su nueva caza sí que era interesante. Y seguramente me lo habría contado de no ser porque Lola y Ezequiel interrumpieron nuestra conversación cuando se aparecieron en el despacho.

—¿Que me hablaba, abogado? —preguntó mi secretaria metida en su papel de señora respetable y empleada abnegada.

Valentino y yo recobramos la postura y miramos a los recién llegados.

—Siéntate, por favor, Lola. —Le señalé el sillón contiguo a donde estaba Valentino, el mismo donde le había reventado el culo hace cuatro meses por primera vez.

Recordar cómo la muy zorra mordía el cuero del sillón para evitar gritar como loca y la escuchara mi mujercita (que estaba en el segundo piso en su habitación) mientras le enterraba lentamente mi inhiesto fierro por su virgen ano me puso cachondo, por lo que tuve que carraspear.

Ezequiel prefirió quedarse de pie, junto a la puerta. Sin duda era un tipo que conocía perfectamente su papel de asistente y lugarteniente. Le tenía facultado poseer una pistola consigo para que me defendiera de algún ataque en caso de ser necesario. Para ser un hombre choncho de más de cuarenta años, todavía parecía hábil para las armas y muy diestro.

—Usted dirá, abogado —comentó Lola, cruzándose de piernas.

¡Mierda! Su faldita sastre color crema se le había recorrido hasta un poco más arriba de los muslos, y no pude evitar sentir una erección cuando la recordé con las piernas abiertas, bramando como perra en mi cama, y con su coño mojado expuesto para mí.

—Como sabes, Lola, el próximo sábado 1 de octubre celebraré una cena aquí, en la mansión, para festejar entre amigos, familia y militantes de confianza, mi ingreso a la contienda por la candidatura de Alianza por México que se oficializará ese mismo día en la mañana.

—Claro.

—Pues bien, Lola. Quisiera que todo se llevara a cabo con discreción, aun si algunos bocazas ya han esparcido la noticia. Desde luego, no quiero que se entere Olga Cerdini… Erdinia, ni sus allegados, y en caso de que se entere, deseo que se justifique la fiesta con cualquier coartada que se nos ocurra. En seguida te pasaré por correo electrónico mis selectos invitados, para que les hagas llegar la invitación cuanto antes: de nuevo, con discreción.

—Por supuesto —contestó Lola mientras anotaba sus tareas en su tableta—, ¿algo más?

—Sí, hay algo más. De hecho, es lo más importante y por lo que te he mandado llamar.

—Usted dirá, abogado.

—Quiero que seas tú la que se encargue de organizar la recepción.

Lola levantó la cabeza y me miró. Los ojos verdes de mi secretaria se hicieron grandes, denotando sorpresa y angustia.

—¿A qué se refiere con “encargarme de la organización de la recepción”?

—Sí, sí: te estoy facultando para que te encargues de todo lo relacionado con la celebración.

Lola tragó saliva. No entendí por qué esa cara de susto, si la tarea era muy digna y, por qué no decirlo, hasta prestigiosa.

—Pensé que eso le correspondía a la señora de la casa —comentó con un hilo en la voz.

Así que era eso…

—¿Algún problema con ello, Lola?

—No, bueno, es sólo eso, señor Abascal… que esa es una ocupación que siempre ejerce la señora de la casa. Sería raro que yo la reemplazara.  

Cómo me fastidiaba que cuando estábamos en público Lola se refiriera a  mí como “señor Abascal”, “abogado” y a su mejor amiga como “la señora de la casa”, cuando prácticamente nos conocíamos de años. Por no decir que le conocía el culo y la vagina mejor de lo que se los conocía su propio marido.

Putos protocolos de mierda.

—Sí, sí, en otras circunstancias le correspondería a mi esposa, como ha sido costumbre. Pero últimamente he notado a Raquel un tanto… nerviosa, ansiosa, tú me entiendes, ¿cierto?, y no creo que se sienta en condiciones para organizar nada. Encomendarle esta diligencia le supondría un estrés que considero innecesario.

—Pero Aníbal —dijo al fin mi nombre, lo que significaba que no le había caído en gracia mi propuesta. Desagradecida, si mi ofrecimiento no hacía sino facultarla para hacer las veces de “señora de la casa”, como seguramente había fantaseado serlo muchas veces—. Si Raquel se entera que seré yo quien organice la cena y no ella, como ha sido siempre, se enfadará conmigo.

—No es tu asunto.

—Es que no me gustaría tener problemas con ella: sobre todo ahora que estamos tan bien. De alguna forma, yo soy la única amiga que le queda, y no me apetecería que me agarrara mala entraña por… esta decisión. Que sí, que me siento muy honrada y agradecida, pero… en serio, a Raquel no le gustará que le quite una de las pocas responsabilidades que le quedan como la esposa de un alto político como tú; es decir, como usted.

—La decisión está tomada, Lola —dije con firmeza—: y es una decisión inapelable. Ya persuadiré a Jorge para que lidie con Raquel en caso de que se ponga rejega.  

—Pero Aníbal.

Y esta vez fue su propio marido quien la paró en seco.

—Basta, María Dolores. Deja de protestar y haz lo que el señor Abascal te ha ordenado. Siéntete  orgullosa de que asumirás un cargo que, al menos por derecho honorario y protocolario, le correspondería a la esposa del anfitrión.

—Tú no opines, Ezequiel, por favor —le contestó Lola con la altivez que la caracterizaba cuando se enfadaba—. Que al parecer ignoras que Raquel padece de los nervios, y que una descortesía semejante la trastocaría.

La zalamería y la relación entre mujeres, aunado al supuesto amor que se profesan, es un misterio irresoluto que ningún hombre es capaz de descifrar.

A Lola le indignaba que yo nulificara el papel de mi adorada esposa como encargada de una recepción social para ofrecérselo a ella: pero, por otro lado, no le indignaba abrazarla, besarle las mejillas y obsequiarle souvenirs traídos de la capital, cuando, prácticamente, se la había pasado casi toda la semana a cuatro patas en mi cama (en la cama del marido de su mejor amiga) entregándome el coño y culo, sin contar que a estas alturas Lola ya era un tanque de mi leche luego de tanta tragadera de lefa.

En fin, la hipocresía.

—Harás la empresa que el señor Abascal te ha dicho, María Dolores, y la ejercerás de manera eficiente, responsable y sin poner pegas —insistió un Ezequiel taxativo.

—Tú a mí no me mandas —contestó la mejor amiga de mi esposa a su marido, furiosa.

—¡Te lo está ordenando el señor Abascal y tú lo harás, por dios!

—Pues sí, sí, está bien, lo haré por él, pero no porque tú me lo mandes, Ezequiel.

—Como sea, Lola, pero lo harás.

Qué puta incomodidad es presenciar esta clase de altercados entre una parejita que, se supone, se amaba con locura. ¿De qué me había perdido? Apenas un par de horas atrás, los recordaba felices. En fin. A decir verdad, me valía un reverendo pito sus problemas maritales.

—Bien —quise zanjar el tema. Que se fueran a pelear a otro lado, no en mi presencia, ¡huevos!—. Se pueden retirar. Y Lola, pongo mi entera confianza en que esta semana la emplearás para organizarlo todo. Ten por seguro que seré muy generoso con el cheque que te haré llegar como concepto de este servicio adicional, así como por los espléndidos servicios que me brindaste durante toda la semana.

Valentino tuvo que voltear la cara a otro lado para que Ezequiel no descubriera que se estaba cagando de la risa por mi cinismo.

Lola, que sabía a lo que yo me refería, tragó saliva, me echó una mirada furiosa y, para evitar sospechas, contestó con docilidad:

—No tenga cuidado, abogado. Haré lo que me ha pedido con la eficiencia que me caracteriza. Y, por favor, sea usted quien le comunique a Raquel que yo organizaré la fiesta. Y si es posible, hágale saber que fue una orden suya y que yo intenté darle su lugar.

—Descuida, querida —le dije con una sonrisa—. Nos vemos el lunes en La Sede. Hasta luego, Ezequiel.

Y como era de esperarse, a mi esposa Raquel por poco le da el soponcio cuando le comuniqué (después de haber estado dos horas nadando en mi piscina, un deporte que hacía por placer y me mantenía en forma) esa misma tarde que la estaba incapacitando para organizar absolutamente nada relacionado con recepciones de este tipo a partir de ahora.

—¡Tienes mierda en la cabeza si piensas que accederé a que me quites una responsabilidad a la que tengo derecho como tu esposa, Aníbal!

—La decisión está tomada —le dije con tranquilidad mientras organizaba todo para meterme a la ducha.

—¡Me rehúso a aceptarlo!

—Me vale un pito si lo aceptas o no, “queridita” ya te dije que la decisión está tomada.

—¡A ver si te va a valer “pito” cuando esa noche te haga una escenita delante de todos, como en la cena de navidad del año pasado!

¡Huevos!

En aquella ocasión, Raquel se había puesto a gritar como una puta loca, tirando el árbol de navidad y las copas de vino de las bandejas de los camareros, delante de todos los invitados, por el simple hecho de que no me había dejado fotografiar con ella. Para mi mala suerte, fue un escándalo mediático del que apenas me estaba reponiendo. Lo único bueno de todo eso fue que la prensa ahora sabía que mi esposa padecía de los nervios (razón de su bajo perfil en mi vida política y eventos protocolarios), y que yo era una pobre víctima de su patología.

—No voy a tolerarte una escenita más, Raquel. Te lo advertí aquella noche y te lo advierto una vez más: tú me haces una escenita como esa y no te la vas a acabar.

—¡Soy tu esposa, cabrón de mierda!

—¡Y mira que padecimiento he tenido que cargar toda mi puta vida! —le reproché buscando las toallas en el baño. Raquel me estaba siguiendo con sus gritos de loca histérica—. No se te olvide que tú no eres buena ni como esposa ni como madre. Menos mal las niñas están fuera de tus locuras y amenazas, que bastante daño y traumas les ocasionaste ya en su niñez y en su adolescencia.

—¡A mí no me culpes de una responsabilidad que también te compete, imbécil! Qué fácil fue deshacerte de ellas, ¿no, futuro señor presidente? Las mandaste a estudiar a Oxfordshire porque, ahora que son mayores, querías evitar que se enteraran de la clase de mierda humana que eres. Un puto corrupto, adúltero y belicoso. 

—¡Las envié a Oxford para evitar que las siguieras destruyendo, Raquel: para evitar que las continuaras llenando de inseguridades y rencores! Las niñas me aman porque saben que daría mi vida por ellas. Pero tú dime, ¿qué pasaría si un día se enteran que cuando eran apenas unas recién nacidas tú trataste de matarlas?

—¡Cállate, imbécil! —gritó llorando, intentando abofetearme—. ¡No lo vuelvas a repetir! ¡Nunca! ¡Nunca lo vuelvas a repetir, imbécil!

—¡Te advierto, Raquel, que si tú haces una escenita en la cena del próximo sábado, por mi cuenta corre que Vanessa y Roxana se enteren de la clase de hiena que tienen por madre! A un padre “corrupto”, “adúltero” y “belicoso”, lo perdonan, pero a una madre que intentó matarlas de niñas no.

Raquel huyó corriendo y gritando a su cuarto (desde que mis gemelas se marcharon a Inglaterra a estudiar la universidad, ya no había necesidad de fingir amor entre los dos y dormíamos en habitaciones separadas), tirando todo lo que encontraba a su paso. La servidumbre tendría mucho que hacer para levantar todo ese desastre. 

—Maldita la puta hora en que me casé contigo, Raquel, ¡loca esquizofrénica de mierda!

No. Nunca he tratado de engañarme. Raquel, aquella preciosa pelirroja de la que me enamoré en su momento, fue alguien importante en mi vida. No lo niego. La quise, y la quise en demasía. Había sido muy hermosa, como una ninfa de los montes griegos.

Ahora, de aquella ninfa no quedaba nada, salvo sus cabellos rojos. Ahora era un despojo humano; una maldita gorda odiosa a la que despreciaba (un sentimiento que era mutuo).

Nuestra convivencia se había vuelto insostenible. Irrespirable. Asfixiante. Pero tenía que aguantarla para evitar escándalos.

Mi experiencia con Raquel me ha hecho entender que el amor no se acaba, sino que se trasforma a algo que trasciende con el tiempo más allá de admiración. En mi caso, mi amor por ella evolucionó a sentimiento peor: el odio y el rencor.

Todo pasó una noche de julio (dos meses después del nacimiento de mis hijas), cuando Raquel tuvo uno más de sus constantes ataques de celos (en la única época de mi vida en que verdaderamente le fui fiel). Ella, histérica, se encerró en nuestra habitación y por poco mata de asfixia a nuestras gemelas. Si yo no entro a tiempo para quitarla de encima (se había sentado arriba de ellas) seguro las habría asesinado.

Y eso fue algo tan fuerte para mí que me transformó. Fue la única vez que tuve miedo por algo en la vida. Yo no podría tolerar que le pasara nada a ninguna de mis grandes princesas.

Y a mí no me valió el diagnóstico del psiquiatra. Para mí no había justificación para que Raquel hubiera hecho aquella pendejada. 

Desde entonces todo el amor que le tuve se esfumó, convirtiéndose en resentimiento. Desde entonces comencé a despreciarla, a asquearla. A no tolerarla. Nunca la pude perdonar. Nunca más la pude desear como mujer ni tocarla.

La burra no era arisca, la hicieron. Y mis frívolas acciones del presente no eran sino consecuencias de horribles y aparatosas experiencias del pasado.

No me justifico, pero sí me defiendo. Con el tiempo me convertí en un hijo de puta y, hasta cierto punto, me enorgullecía de serlo.

Lo único bueno que había salido de todo esto eran mis amadas gemelas: Roxana y Vanessa, mis dos hermosas pelirrojas de dieciocho años a quienes amaba de verdad. Ellas eran la razón de mi vida. Mis dos hijas destacaban en mi existencia por ser el único vestigio de humanidad que me quedaba. Y ahora, aunque me dolía no tenerlas cerca, me sentía en paz. Lejos de toda esta toxicidad. Lejos de una temporada donde las elecciones podrían ponerlas en riesgo.

¿Divorciarme de Raquel? Era una opción que había barajeado desde hacía muchos años. No obstante, prefería soportarla antes que permitir que se quedara con la mitad de mi fortuna.

Eso sí que no. Además, tampoco me convenían los escándalos.

Toda la tarde la pasé descansando encerrado en mi cuarto, hasta que me dio hambre por la noche y bajé al comedor.

Cuando creí que Raquel finalmente se había resignado a tener que acostumbrarse a un bajo perfil, para beneficio de mi candidatura, la sentí llegar por mi espalda, sigilosa, mientras yo estaba cenando. Apenas pude imaginar que la muy cabrona por poco me echaría encima una olla de agua hirviendo que, si no me quito por impulso, habría terminado con quemaduras de tercer grado y en el hospital Parkland de Texas, agonizando.

Aun así, varios chorros me salpicaron en el pecho y las piernas. Y vaya tormento padecí.

—¡Maldita gorda hija de puta: loca asquerosa de mierda! —exclamé mientras ella se reía, antes de ponerme a gritar de dolor.

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