ISA HDEZ

El rey de la naturaleza decía su abuela. Sin árboles no hay vida. Luna observaba extasiada a su abuela cuando le contaba lo importante que era el árbol de la aljibe. Ella aun no lo entendía muy bien, pero le gustaba oírla con su voz tenue narrando la historia del árbol, como si fuera un amigo protector del entorno donde se sentaba todas las mañanas, mientras pastoreaba las cabras, en una piedra redondeada que se apoyaba en el tronco del árbol. En la sombra, a la fresca, vigilaba y bordaba un mantel de calados signados tal si fuera una cenefa de flores. El árbol da sombra y bajo sus ramas pasean las gallinas con sus polluelos y se guarecen del calor. Su sombra mantiene fresca el agua de la aljibe y sus hojas purifican el aire porque crean oxígeno;  fertilizan la tierra para que las cosechas produzcan más y mejor lo que plantamos en la huerta. También nos alegran las mañanas con el canto de los pájaros en sus ramas, en ellos crean sus nidos, y dan vida. Y, muchas más cosas que te contaría para que entendieras que no se pueden maltratar, ni destruir con productos venenosos. En ello nos va la existencia de los seres vivos. Su abuela le decía que todo se lo había contado el maestro del barrio, no es que lo hubiera estudiado, pero tú sí lo estudiarás, y tu misión será transmitirlo a los demás niños para que se lo expliquen a sus padres y, el día que todos lo sepan dejarán de lastimar a los árboles para así asegurar la calidad de la vida. Luna resplandecía, disfrutaba y aprendía de esas enseñanzas eternas de la infancia, las que permanecen en el recuerdo para siempre.

© Isa Hdez.

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