MOISÉS ESTÉVEZ


El traje era auténtico, colgado en el fondo del armario, viejo pero nuevo,
antiguo pero con tintes vanguardistas, aún conservaba un intenso olor a
naftalina. Prenda abolenga que le traía recuerdos, nostalgia de una niñez
lejana y perdida en su memoria.
Las canicas, la mosca, la lima, los cromos, esa pelota de trapo, porterías
improvisadas donde meter un gol a un portero protestón porque “no valía pegar
rajonazos”.
Plazoleta de la que formaba parte su abuelo , con rostro curtido y
semblante cansado, repartía los caramelos que extraía del bolsillo de ese
mismo traje, mientras esbozaba una sonrisa noventayochista.

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