ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Desde fuera, con la cara pegada a los cristales de la puerta, podía ver la luz de las lámparas reflejada en los espejos de la pared, en los vasos llenos de café o de licor y en los ojos vidriosos de algunos de los parroquianos.

Sentía como sus perseguidores se acercaban a ella; no podía escuchar sus pasos, pero casi podía sentir su aliento en la nuca. Por fin abrió la puerta y entró con tal ímpetu y desesperación que todas las caras y las sillas se volvieron hacia ella. Por un momento pensó que su aspecto debía ser horrible: con el pelo pegado a las sienes por el sudor y la ansiedad y el maquillaje corrido, oscureciendo sus ojeras y dibujando siniestros surcos sobre sus mejillas. Agachó la cabeza en un acto que quería ser disculpa y saludo a la vez y, con toda la calma de la que fue capaz, paseó la mirada por todos los rincones del local, buscándola, tratando de adivinar su presencia. No estaba allí. Aún no había llegado, pero tenía que presentarse, no podía olvidarse de asistir a aquella cita, su vida y su carrera dependían de ella.

Encontró una silla donde sentarse, junto a una mesa de madera, de espaldas a la puerta y a sus acosadores. Gracias a la camaradería, nacida de la asiduidad, solo tuvo que levantar la mano y hacerle un guiño al camarero para que llegara a su mesa una copa de cerveza helada con dos dedos de espuma. A su alrededor el Café del Sur vivía la ebullición propia de aquellas horas en que la noche está a punto de cruzar su ecuador: había algunos pequeños grupos de jóvenes tertulianos, con los ojos enrojecidos por la cerveza, por el énfasis de sus conversaciones y por la risa de una vida aún por vivir, que debatían sobre política, cine, literatura o sobre la mejor receta para cocinar el arroz de los domingos; junto a la ventana, una pareja de enamorados compartían una botella de vino, buscándose cada uno en los ojos del otro, prometiendo lunas y eternidades con la facilidad y la elocuencia que el amor imprime a las palabras; por último, pegados a la barra, aferrados a sus taburetes como los corazones solitarios se aferran a un verso, a una canción o a un vaso de ron que les traiga el recuerdo o la ilusión de otras noches o de otras vidas, los bebedores más asiduos apuraban sus tragos, atentos a la conversación del camarero y buscando eco a su soledad en la soledad ajena, temiendo que el final de la noche les encontrara serenos además de solos.

Sentada en aquel pequeño reducto de originalidad, lejos de la monotonía y sus rutinas, podía sentir, a su alrededor y en su interior, el influjo de los disertadores, poetas y soñadores que pasaron por allí antes que ella, acrecentando el halo de creatividad que envolvía aquel ambiente, tan onírico como etílico. Mientras la esperaba sacó del bolso su libreta y un bolígrafo mordisqueado al que le quedaba la tinta justa para un poema de amor. Trató de no pensar en ella, pues sabía que, como hacían las damas presumidas, cuanto más se deseaba su llegada más tardaba en aparecer.

Por fin, después del segundo trago, abstraída del mundo y olvidando a sus perseguidores, mirando a ratos, de reojo, a los enamorados que apuraban sus copas de vino, llenando su olfato con aquel olor a siglo veinte que poblaba las esquinas del café, y con la espuma de cerveza adornando sus labios, se atrevió a acercar el bolígrafo a su libreta y, rasgando el papel con la punta, la tinta empezó a formar letras, y las letras palabras, y las palabras rimas, y ya todo era posible entre los dieciocho centímetros sin límites de su libreta, donde entre endecasílabos nacía el mismo amor que moría cinco versos más abajo, enterrado bajo una dulce losa de melodiosas palabras que era imposible escribir sin suspirar. Entonces ella sonreía en silencio, porque su cita había llegado. La sentía a su lado, excitando su pensamiento, afinando sus palabras y facilitando la rima.

Enfrascada en la búsqueda de la poesía no levantaba la cabeza hasta que, tres hojas más tarde, sentía la satisfacción de haberlo conseguido. Entonces cerraba su libreta y miraba a su alrededor. Todo parecía estar igual y, sin embargo, todo había cambiado: el mundo era más agradable, más bello y más amable después de escribir un poema.

Cada noche era igual. Llegado aquel momento ella se levantaba y se acercaba a la barra, con ese brillo que pinta en los ojos aquella a la que había estado buscando y esperando, que no era otra que la inspiración, que tiene la virtud de sacar lo mejor de cada pluma y de espantar los fantasmas de la desidia, el fracaso y la mediocridad que cada atardecer la sacaban de casa, persiguiéndola entre calles empedradas y callejones a medio iluminar, haciéndola huir, sudar, desesperar, hasta llegar frente a la puerta del Café del Sur, donde, a pesar del miedo y la incertidumbre, ella siempre acababa por hacer acto de presencia, antes o después aparecía entre las paredes pobladas de artistas del café, iluminando los trazos de su bolígrafo.

Un trago de ron, o dos, junto a la barra, abrigada por la conversación de los bebedores más asiduos, de los que ella formaba parte, ponía el broche final a la noche. Sabía que al día siguiente volvería a pasar lo mismo: sus fantasmas la perseguirían hasta aquel reducto que mantenía la esencia de tiempos más creativos y más humanos, donde habitaban las musas y el ron era más dulce cuanto más largo era el trago. Pero eso sucedería al día siguiente, que era como decir una vida después. Aún quedaba noche, quedaban risas y quedaban palabras en el Café del Sur, donde ella había vencido una vez más, su libreta así lo atestiguaba.

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