DEVA NANDINY

Clara amaba el verano, sobre todo debido a las largas vacaciones estivales que tenía por delante. El último año de instituto, se le había hecho extremadamente largo, sobre todo al final debido a los temidos exámenes de selectividad. Por lo tanto, deseaba disfrutar de los meses de verano al máximo.

En septiembre comenzaría su primer año de universidad, la nota media de la selectividad le permitía poder elegir sobradamente la carrera que quería estudiar. A pesar de que siempre le había interesado hacer periodismo, sus padres la presionaban para que estudiara derecho.  Tal y como había hecho su padre y su madre a su edad, y unos años antes su hermano. El bufete de abogados del que era socio su padre, le abría las puertas a un prometedor y cómodo mundo laboral.

Por las tardes le gustaba salir al jardín a tomar el sol junto a la piscina, y acostarse en una hamaca tranquilamente a escuchar música. Le hubiera encantado hacer toples, pero su padre, era un hombre bastante conservador para ese tipo de cosas, y únicamente podía hacerlo cuando sabía que no había nadie en casa.

Hacía demasiado calor aquella tarde, su madre, se había ido a echar la siesta a su habitación.

—Estás loca por salir al jardín a estas horas a tomar el sol, un día te vas a poner enferma —le había comentado antes de refugiarse en casa, al amparo del aire acondicionado.

Su padre, permanecía frente a ella, sentado en una silla a la sombra, mientras tomaba un café con hielo y leía el periódico.

La chica miraba de reojo, justo una semana antes, su amiga Marta había venido a pasar el fin de semana a su casa. Clara recordaba como la chica le había indicado, que encontraba a su padre muy atractivo:

—La verdad es que está tremendamente bueno, se nota que se cuida. Te aseguro que, si no fuera tu padre, acabaría por follármelo

—Marta, no creo que papá sea de ese tipo de hombres —respondió Clara en un intento de defender la honorabilidad de su padre— Además, él está muy enamorado de mamá.

 —¿No te has fijado en cómo me mira? Me devora con los ojos cuando pasó a su lado —le comentó su amiga con total descaro. —Seguro que está empalmado. Los hombres maduros, como tu padre, son los más salidos.

En aquel momento Marta se levantó y comenzó a caminar bordeando la piscina. La chica se contoneaba de un modo, que a Clara le pareció bastante exagerado. Sin embargo, se fijó en su padre, este miraba a su amiga como embobado, «Se le va a caer la baba», pensó Clara un tanto molesta y abochornada.

Cuando llegó a la altura de David, Marta se detuvo un rato a charlar con el padre de su amiga. Clara podía escuchar las escandalosas risas de su amiga.

—Lo dicho, si yo quisiera, me podría enrollar con tu papá únicamente moviendo un dedo —indicó en tono orgulloso—. Además, tiene pinta de follar bien.

Clara no dijo nada, no se atrevió a contradecir a Marta. Conocía la reputación de su amiga, a la que no le importaba en absoluto enrollarse con hombres casados. Sabía que, unos meses antes, había tenido una secreta relación con Fermín, el profesor de literatura. Marta, le había contado con pelos y señales, como el estricto y antipático profesor, había acabado incluso metiendo su picha en el culo de su amiga.

Pero lo cierto era que, desde ese día, Clara no podía evitar mirar a su padre con otros ojos. Sabía que ella no era tan llamativa como su amiga Marta, no tenía su altura, ni ese cuerpo de modelo que tanto hacía enloquecer a los chicos más populares de su instituto. Tampoco tenía su pelo rubio, sus ojos claros y mucho menos su desparpajo. Más bien eran todo lo contrario. Clara tenía un cuerpo más redondo y menos estilizado. Había intentado apuntarse a un gimnasio, pero una semana después lo abandonó. Odiaba el deporte.

A pesar de todo, ella era consciente de que tenía su atractivo, sobre todo para los chicos que le llamaban más la atención, las mujeres un poco más rellenitas y con más curvas.

Pero la realidad era que siempre había deseado tener menos volumen de pecho. Incluso, cuando empezó a desarrollarse llegó a tener cierto complejo. Su culo, era el centro de atención de miradas y comentarios obscenos, por parte de algunos de sus compañeros. Hacía poco tiempo que había comenzado a ponerse faldas, cada vez más atrevidas. Precisamente su madre, llevaba luchando con ella por ese motivo, desde hacía algunos años. Ya que Clara se empeñaba siempre en vestir con pantalones anchos, que disimularan su culo y sus muslos. Javi, el chico con el que salía algunas veces, era el que le había ido quitando poco a poco esos absurdos complejos, indicándole a la chica, que precisamente esas curvas que ella tanto aborrecía, era en lo primero que él, se había fijado.

Poco a poco, Clara había ido ganando confianza con su cuerpo. En esos momentos, mientras tomaba el sol, deseaba que su padre la observase por un segundo, del mismo modo que había admirado el cuerpo de su amiga Marta.

«No es nada malo, tan solo es un juego inocente, en el que nadie saldrá lastimado», intentó aplacar así sus prejuicios. «La verdad es que Marta tiene razón, papá no está nada mal».

Clara recogió su largo pelo negro haciéndose una coleta. Luego se dio la vuelta en la tumbona, tratando de que su padre tuviera plena libertad para observarla. Un momento después, abrió sus piernas con toda intención de provocarlo. Del mismo modo, que le había visto hacer a su amiga.

David levantó un momento la vista del periódico, no pudo evitar observar, con cierto deseo, aquella pose que le estaba regalando su preciosa hija. Llevaba cachondo desde hacía una semana, justo desde que Marta, había estado en casa. Se masturbaba a diario pensando en la amiga de Clara. Era, como si no pudiera quitarse de la cabeza, la perfección del cuerpo de la joven. Incluso la tarde en que se excitó observando a Marta, tuvo que ir al baño un momento a hacerse una paja. Sin embargo, eso no lo alivió del todo, y por la noche fue aún peor. Cuando su mujer y él se fueron a dormir, David se empeñó en follar con Carmen. Últimamente, el matrimonio estaba algo distanciado. Carmen sabía que David tenía una amante, se lo había contado Víctor, casi desde el primer momento en que la relación de David con la chica de contabilidad, se había iniciado. Víctor era el mejor amigo de David, ambos decían que eran como hermanos, aun así, Víctor y Carmen quedaban un par de días a la semana en un hostal de las afueras.

Carmen era conocedora de la mala reputación de su amante con las mujeres, era consciente de que ella, era una más. Sin embargo, se lo pasaba muy bien en aquellos encuentros. Él había hecho resurgir de nuevo, el deseo y la pasión en su vida. Por lo tanto, cuando Víctor le indicó la infidelidad de su esposo, ella mostró una absoluta indiferencia. «Está haciendo lo mismo que hago yo. Únicamente, él se está jodiendo a una chica mucho más joven. Debe de estar en plena crisis de los cuarenta».

Esa noche, pese a estar agotada, Carmen accedió a los requerimientos de su esposo. Aceptando, abrirse de piernas para que David pudiera usarla para calmar su calentura. A él no le importó tampoco que su esposa se mostrara tan desganada, estaba acostumbrado a la apatía de Carmen, y él necesitaba follar esa noche, siendo el coño de su mujer el más cercano que tenía en esos momentos. «Para esto, existen los matrimonios», pensó.

Sin más preámbulos se colocó encima de ella, sin ni tan siquiera molestarse en desnudarla. Levantando su camisón, ladeó hacia un lado las bragas. Introduciendo la verga, sin ninguna delicadeza, en aquella vagina que llevaba follándose más de veinte años.

—¡No seas tan bestia! Más despacio, por favor —protestó ella, debido a la sequedad de su sexo.

Carmen entonces comparó, sus encuentros con el amigo de su esposo. Precisamente cuando follaba con Víctor, a él jamás le pedía que fuese delicado. Todo lo contrario, siempre deseaba sentir una ruda intensidad en esos encuentros.

Mientras follaba a su mujer esa noche, la mente de David solo pensaba en Marta. Corriéndose dos minutos más tarde, fantaseando con la joven amiga de su hija.

A continuación, sacó su picha ya flácida del coño de su esposa, y antes de girarse para el otro lado de la cama, le deseo que tuviera una buena noche.

Carmen se quedó con el semen de su esposo en el interior de su vagina. Recordando que al día siguiente había quedado con Víctor. Su mano fue inconscientemente a parar, hasta su sexo aun dilatado por la gruesa verga de su esposo. Justo cuando escuchó los primeros ronquidos de David, los dedos de ella comenzaron perforar, su ahora sí, húmeda vagina.

Lo cierto era, que Marta había trastocado la calenturienta mente de David. Desde aquel día estaba mucho más excitado de lo normal, era como si la amiga de su hija, le hubiera de nuevo recargado toda la virilidad que, con el tiempo y el estrés diario, había ido mermando.

Pero esa tarde Marta no estaba y David volvió a levantar de nuevo los ojos del periódico, para observar esta vez el cuerpo de su hija. «Nunca me había fijado bien, pero tengo que reconocer, que la niña tiene un buen culo», reflexionaba, mientras comenzaba a excitarse casi sin darse cuenta.

En esos momentos, David lamentó no conocer más cosas de ella. Ni siquiera sabía si tenía o había tenido algún novio. Siempre se había mostrado como un padre autoritario y severo, y precisamente esa rectitud los había distanciado desde el mismo momento en el que ella, había alcanzado la adolescencia. Ahora, su hija era una perfecta desconocida para él.

«¿Se la habrán follado ya?», se preguntó cada vez más excitado. Por primera vez en su vida, esa pregunta que siempre le había torturado, sobre todo cuando Clara salía los fines de semana por la noche, lo calentaba más que otra cosa en el mundo. Incluso llegando a olvidarse de Marta.

Se imaginaba soezmente el grandioso culo de su hija, rebotando mientras cabalgaba sobre un desconocido. «¿La mirarán otros hombres, con tanto morbo como yo? Estoy seguro de que cuando algunos de mis amigos han venido a casa, y la han visto en bikini, han acabado excitándose», reflexionó orgulloso de su hija. Intuyendo que su mujer, despertaba ya menos admiración en los hombres, que su bonita hija.

En ese momento Clara se giró, impactando la mirada de uno contra la del otro, como si se tratara de un choque de trenes. David fue el primero en retirarla, un tanto avergonzado. «¿Se habrá dado cuenta, de la forma en la que la observaba?», se preguntó un tanto azorado.

«Papá, me estaba mirando como un pervertido», reflexionó la chica, un tanto sonrojada. «¿Se habrá empalmado?» se preguntó, al tiempo que se ponía de pies, con la intención de darse una ducha frente a su padre.

—Hace mucho calor, hoy —indicó ella, dejando que el agua cayera a través su cuerpo, humedeciendo y dando una pátina de transparencia a su bikini blanco. Seguramente, una talla más pequeña de lo debido, pues lo había comprado dos temporadas antes.

—Es cierto, no sé cómo aguantas tanto tiempo al sol. Tal vez, deberías de ponerte un rato a la sombra —le aconsejó David, fijándose en el contorno de sus frondosos pechos. «¡Joder, con las tetas de la niña!» Exclamó para sus adentros.

Entonces Clara, se dio la vuelta con la intención de remojarse la espalda. Dejándole a su padre, con toda la intención, una buena panorámica de su culo. La chica sintió de inmediato un leve cosquilleo sobre su sexo. Imaginarse, que tal vez, él la estaba mirando excitado, la hizo experimentar una sensación totalmente desconocida para ella. Sin duda, acaba de descubrir el morbo por lo prohibido.

Entonces Clara se sentó en una silla metálica, justo al lado de su padre.

—Tienes razón, me va a dar una insolación —respondió, desviando la mirada durante un segundo hasta la entrepierna de él. David se dio cuenta y, su primera reacción fue tapar su profusa erección con el periódico que había dejado unos segundos antes sobre la mesa.

En un primer momento, Clara solamente había querido iniciar un inocente juego, comprobar que ella era una mujer tan deseable como su amiga. Pero todo había llegado un poco más lejos de lo previsto. Ahora estaba peligrosamente excitada, y en esos momentos lo que único que deseaba era verificar el bulto, que su padre había ocultado bajo ese maldito periódico.

—¿Quieres beber algo? Deberías hidratarte un poco—comentó David, señalando una pequeña nevera que había bajo la mesa.

Ella dudó un instante, pese a tener dieciocho años, nunca había fumado ni bebido alcohol delante de su padre. David, hasta ese día, seguía tratando a Clara como a una niña.

—Dame una cerveza —contestó con cierto temor a que su padre la reprendiera y echara a perder ese maravilloso momento.

David se quedó dudando un instante, luego asintió con la cabeza abriendo por fin la nevera portátil. Sacó dos latas y le entregó una a su hija.

—Me cuesta reconocerlo, pero has crecido tan deprisa, que casi ni me he dado cuenta de ello.

—Recuerda que, dentro de un par de meses, comienzo la universidad, —indicó Clara dándose importancia—. Además, la mayoría de mis amigas ya tienen novio.

—¿Supongo que Marta ya saldrá con algún chico? —preguntó David, sin poder evitarlo—. ¿Y tú? ¿Tienes novio? —rectificó.

Ella se revolvió en la silla, la conversación con su padre cada vez le estaba pareciendo más interesante. Él nunca le había hablado de esa forma.

—A veces salgo con un chico, pero no es nada serio. Únicamente nos estamos conociendo.

«¿Qué quería decir su hija con que se estaban conociendo? ¿Significaría que el chico se estaba follando a Clara?». La cabeza de David, comenzó desde ese momento a hacerse todo tipo de preguntas. Le gustó suponer que Clara, pudiera ser tan fogosa como Rosa, la chica de contabilidad, que él se llevaba follando desde hacía medio año.

La calenturienta mente de David, comenzó a desnudar a su hija con los ojos, siendo totalmente consciente que lo que hacía estaba mal. Jamás hubiera supuesto que le ocurriera algo así. Él siempre había visto a su hija de un modo totalmente asexual. «La culpa, es de mi fijación por Marta, esa chica me está volviendo loco», se repetía interiormente, al tiempo que volvía reparar en los generosos pechos de su hija. «Son casi del mismo tamaño que los de su madre, pero seguramente más firmes», opinó con cierta maldad.

—Supongo que lo pasaréis muy bien cuando estáis juntos, tanto tú como tu novio —comentó intentando transmitir confianza a su hija, para que esta se atreviera a hablar de un modo más relajado

—La verdad es que a Javi está loco por mí, y a mí también me gusta él. Pero de momento no es nada serio, papá.

—No me extraña que le gustes. Está mal que yo te lo diga. Pero te has convertido en una mujer… —comentó deteniéndose un instante, sopesando con sumo cuidado el significado de sus palabras—. Realmente bonita.

—¿De verdad lo piensas? —preguntó Clara sonriendo—. ¿Consideras que soy tan guapa como Marta? El otro día me fijé como la mirabas, papá.

David se sintió en ese instante apesadumbrado, su hija se había dado cuenta del deseo que había despertado su amiga en él.

—Lo siento —dijo intentando aparentar la dignidad que en ese momento no sentía—. Soy un hombre y a veces no puedo evitarlo. Tu madre y yo nos queremos mucho, pero últimamente ella está algo desganada y ya casi ni lo hacemos. Es como si el sexo hubiera dejado de interesarle.

«¿Está tratando de decirme, que últimamente casi no folla a mamá?», reflexionó divertida. Clara estaba totalmente encantada, por el cariz que estaba tomando aquella conversación. Por primera vez, se sentía importante para su padre.

—Te hubiera gustado tener algo con Marta, ¿verdad? —preguntó, llevada por un impulso tan fuerte, que no fue capaz de calcular la osadía de la pregunta.

—Tu amiga Marta es una chica preciosa. Seguro que muy pocos hombres serían capaces de resistirse a una muchacha tan guapa como ella. Eso no quiere decir, que yo quiera a acostarme con ella. Sin embargo, como ya te he comentado, tu madre últimamente me tiene algo abandonado. Espero no haberte avergonzado con tu mejor amiga.

Las disculpas de David, sonaba huecas, pero Clara quería creer la versión de su padre.

—No me importó que la desearas, papá. Incluso ahora, me alegra que lo hicieras. Marta también se dio cuenta —reconoció Clara riéndose abiertamente, intentando trasmitir naturalidad al hecho.

—¿De verdad? —preguntó David sonrojado y sonriendo al mismo tiempo, al comprobar que su hija se tomaba el asunto tan risueñamente— ¿Qué te dijo ella?

—Me comentó que estás muy bueno, y también que no le importaría que le echaras un buen polvo. Me aseguró que tenías pinta de saber hacer que una chica disfrute.

—¿De verdad te dijo eso? —interpeló sonriendo con ego por las nubes—. ¿Y tú qué le respondiste?

—Nada, pero es cierto que desde ese momento ha cambiado algo en la forma de verte. Es como si, a partir de entonces, te viera más como a un hombre.

—Es que soy un hombre, además de tu padre, claro está —aseguró David riéndose.

—Por supuesto. Pero desde que Marta me dijo eso, y me di cuenta de la manera en la que la observabas a ella, he tenido la necesidad de intentar que me vieras a mí, del mismo modo. Yo no te resulto tan atractiva como Marta, ¿verdad?

—Si no fueras mi hija, te miraría en estos momentos con los mismos ojos que miré a tu amiga. De hecho, tengo que contenerme para no hacerlo. Pero la verdad es que no entiendo que pretendes decir. Háblame claro. Después de lo que nos hemos confesado hoy, no voy a escandalizarme ni reprocharte nada —alegó David, mirando a su hija a la cara.

—Hace un rato, cuando me tumbé allí de frente —indicó señalando la hamaca que había ocupado unos minutos antes— He intentado excitarte del mismo modo que hizo Marta. Ahora que lo expreso en voz alta, aún suena peor que cuando solo lo interiorizaba en mi cabeza —indicó Clara, un tanto avergonzada.

David se quedó unos segundos en silencio, lo más cuerdo hubiera sido en esos momentos escapar de allí cuanto antes. La situación era demasiado tensa y arriesgada para él. Reconocerle a su hija que había conseguido su obsceno propósito, y que en verdad se había excitado, era cuanto menos peligroso. Clara era casi una adolescente, y él era plenamente consciente que lo que quería hoy su hija, podía ser lo contrario a lo que deseara al día siguiente. «Tal vez hoy me vea como a un hombre, y mañana piense de mí que soy un pervertido», o lo que era aún peor. «Puede que termine contándoselo todo a su madre».

Entonces observó a Clara con detenimiento. «¿Si ella no fuera mi hija, intentaría follármela?», no se lo tuvo que preguntar dos veces, sabía de sobra la respuesta.

—Entonces, lo que pretendes, es saber si conseguiste tu morboso objetivo, ¿verdad?

Clara miró hacia su padre, lo último que esperaba de él, era una pregunta como aquella. A pesar de todo, la chica encontró el valor suficiente, para indicarle afirmativamente con la cabeza. Pero David permaneció quieto y en silencio, quería oírselo decir a través de su inocente tono.

—Sí, me gustaría saberlo —expresó ella al fin, con un tímido hilo de voz.

—Clara, si quieres que te responda a eso, tendrás que mojarte un poco más y decírmelo de modo más directo. Siempre me han llamado la atención, las mujeres valientes, que saben expresar lo que quieren.

Ella lo miró a los ojos.

—Papá, ¿estás cachondo?

Entonces David sonrió, al tiempo que levantaba el periódico que tapaba su entrepierna. Sin dejar de mirar en ningún momento a la cara de su hija, intentando así leer en ella, cualquier tipo de reacción por su parte.

Al retirar el periódico, Clara pudo distinguir perfectamente el enorme bulto que se dibujaba bajo el bañador de su padre. Estaba totalmente empalmado. La chica se sintió enormemente feliz, por percibir el insano deseo que había despertado en su padre.

—Verte tumbada boca abajo, me la ha puesto así de dura. Tienes un culazo en el que jamás había reparado.

—¿De verdad te gusta mi culo? —Interrogó la chica, poniéndose de pies, dándose la vuelta a escasos centímetros de su padre. Para que esté pudiera observarlo más de cerca.

—Estás tremenda, hija —reconoció, totalmente hipnotizado por los poderosos glúteos de la joven. Tienes que empalmársela a muchos chicos, con ese culazo que tienes —comentó dándole atrevidamente un fuerte azote, en la parte de la nalga, que se salía por debajo de la braguita del bikini.

—¡Ay, papá! Qué bruto eres —Exclamó riéndose sin apartarse ni un centímetro de él—. La verdad es que mi culo suele llamar mucho la atención, pero no únicamente a los chicos del insti, también a algunos de los profesores. Si te soy sincera, los muchachos de mi edad son unos críos para mí. Me suelen llamar más la atención los hombres hechos y derechos como tú.

—¿En serio? —preguntó David, totalmente fuera de sí—. Siéntate aquí y cuéntamelo —añadió señalando sus rodillas.

Ella dudó un instante, aquel gesto le pareció en esos momentos demasiado infantil, para una chica de su edad. No obstante, le apetecía enormemente sentarse sobre la entrepierna de su padre. «Tal vez así, pueda percibir la empalmada polla de papá, debajo de mi culo», se dijo morbosamente.

—No te importa que otros hombres maduros quieran follarme, ¿verdad?  —preguntó, sonriendo y girándose, para mirar en los ojos a su padre, sentada ya sobre él.

—Claro, eso me hace sentir muy orgulloso del bombón de hija que tengo —respondió, colocando sus manos sobre los muslos de la joven. Que piel más suave tienes. ¿Te molesta que te acaricie un poco?

—Puedes tocarme, papá. Me gusta que lo hagas.

— ¿Te atreves a decirme el nombre de algún amigo de papá, que te guste un poco?

—¡Jo…! —protestó la chica—. Es que me da mucha vergüenza.

—¡Venga, boba! Cuéntale a papá, a cuál de mis amigos te gustaría follarte. Ahora ya hemos cogido confianza —incidió, manoseando los muslos de la joven, cada vez de forma más atrevida. Yo he reconocido que me gusta tu amiga Marta, en cambio, tú no estás siendo sincera con papá.

Ella no tuvo que reflexionar demasiado tiempo. Pero, aun así, simuló estar pensando un nombre que pudiera decirle a su padre.

—¡Víctor! —Exclamó al fin, ocultando su rostro entre las manos. Sin saber ninguno de los dos, que era el amante de Carmen.

—¿En serio? —preguntó como si no se esperara para nada ese nombre.

—Tu amigo está muy bueno, papá —Intentó convencerlo—. Además, me gusta cómo me mira.

—¿Te gustaría follártelo? —Le preguntó su padre, ascendiendo con sus manos por su cintura.

—Si tú quieres… yo me enrollaría con él, papá —se atrevió a responder.

—Claro que quiero, cariño. Estoy seguro de que él, estaría encantado de poder hacerte esto —comentó, al tiempo que ascendía con sus manos por su busto, dibujando sutilmente a través de la tela del bikini, el contorno de sus erguidos y duros pezones.

Víctor era como un hermano para David. Ambos habían estudiado en la universidad juntos, y desde entonces, habían sido inseparables. Incluso habían llegado hacer un trío una vez, compartiendo a una chica una noche de fiesta, hacía más de veinte años.

—Entonces, si es lo que quieres que haga, cuando vuelva a ver a Víctor, intentaré seducirlo.

—Bueno… —comenzó diciendo David—. Supongo que estamos empatados. A mí me gustaría follarme a la zorrita de tu amiga, y tú estarías encantada de poder abrir las piernas, para que el mejor amigo de papá pudiera follarte. Por mí de acuerdo. Cambio a mi hija, por la buenorra de su amiga —bromeó David.

—¿Has llamado zorra a Marta? —preguntó Clara riéndose a carcajadas, por el modo de expresarse de su padre —Ya te vale, papá…

—Es lo que es tu amiga, una puta, cariño. Tú misma me has reconocido que trató de excitarme. Por lo tanto, yo únicamente soy una víctima de un par de zorras como vosotras. Porque tú, has tratado de hacer lo mismo.

—Y veo que lo he conseguido. Lo digo por lo que intuyo que hay debajo de mi culo. ¿De verdad no te molestaría que me dejara follar por Víctor? —preguntó volviendo a la carga con lo mismo.

David desanudó en ese momento el sostén del bikini de Clara, cayendo directamente al suelo. Dejando libres por fin los exuberantes pechos de la chica.

—Me gusta que mi niña disfrute. Y tú eres mucha hembra, para andar con críos de tu edad, tú misma me lo has reconocido hace un rato. Siempre y cuando me cuentes como te lo hacen… Me gusta pensar, que eres un poco putita —respondió apoderándose de esos inabarcables senos —Joder cariño, que tetazas tienes.

 Clara sonrió de nuevo, percibiendo una humedad incontrolable en su sexo. Estaba encantada de sentir las manos de su padre palpándole sus pechos.

—¿Puedo vértela? —preguntó, deseando contemplar lo que escondía su padre entre las piernas.

David contempló la cara de su hija «La muy puta se ha puesto cachonda», pensó. Pero sintió algo de miedo, por lo que podría pasar cuando Clara recuperara la compostura.

—Eso no está bien, hija. Quizás sería ir demasiado lejos. Que sintamos ciertos impulsos, no significa que no tengamos la obligación de controlarlos. No somos animales salvajes.

—Por favor, papá… enseñármela. Nadie se va a enterar.

—Clara, lo que me estás pidiendo es algo demasiado perverso, pero no te voy a mentir y reconozco, que me apetece mucho hacerlo. Pero antes quiero que me mires a los ojos y me prometas, que nunca se lo contarás a nadie. Si tu madre llegara a sospecharlo, me plantaría sobre la mesa una sentencia de divorcio, ¿lo entiendes?

—Te lo prometo, papá. Ni mamá ni nadie se enteran nunca de todo esto. Será nuestro gran secreto. Además, tú me estás tocando las tetas.

Entonces David miró hacia atrás, como comprobado que no hubiera nadie cerca. La casa estaba alejada de la zona de la piscina, creía que su mujer estaría durmiendo plácidamente la sienta. Ignorando, que Carmen, en esos momentos, estaba intercambiando mensajes calientes, precisamente con Víctor. Quien, en ese instante, le pedía que le enviase una foto caliente, a través de su teléfono móvil. Tal y como hacía a menudo.

Mientras tanto, en el jardín, Clara se levantaba del regazo de su padre. David comenzó a bajarse el bañador, muy lentamente. Hasta que llegó un momento que su polla, saltó como un resorte, mostrando orgullosa su tremenda erección. Los ojos de Clara se iluminaron, su padre lo percibió al instante.

—¡Qué grande la tienes, papá! La polla de Javi, al lado de la tuya, parece de juguete.

David se rio a carcajadas, ante el atrevido comentario de su hija. Siempre había estado muy orgulloso de su verga.

—Cuéntame lo que haces con el tal Javi.

—¿De verdad quieres saberlo? —Interpeló Clara riéndose, permaneciendo de pies, frente a David.

—Por supuesto. Un padre debe saberlo todo de su hija —respondió con toda ironía.

—Lo hemos hecho tres veces en su coche —soltó Clara orgullosa—. Y una vez aquí, me encantó traérmelo a casa.

—¿Qué es lo que habéis hecho? —preguntó David, mirando a su hija a los ojos, al tiempo que agarraba su grueso cipote por el tronco, y comenzaba a masturbarse muy lentamente.

Clara se quedó indecisa, preguntándose cuál era la intención de su padre con aquella pregunta. Luego recordó que una vez Marta, le había contado que había tenido relaciones con un hombre maduro y casado, al que le gustaba que le hablara de forma obscena.

—Me ha follado tres veces en su coche y una en nuestra casa —indicó, sin perder detalle, de como la mano de su padre, se movía a través de su dura verga.

—¿En casa? ¿Te traes a chicos para que te follen en casa, cuando tu madre y yo no estamos? —preguntó en un tono, alejado de cualquier tipo de reproche

—Fue el mes pasado, cuando mamá y tú os fuiste a pasar el fin de semana a Londres. Javi se quedó a dormir conmigo, yo se lo pedí. Lo hicimos tres veces esa noche. Y luego por la mañana, antes de irse me lo hizo en la ducha de vuestra habitación, fue maravilloso.

—Eres una verdadera putilla. Tendré que llevarme más a menudo a tu madre fuera, para dejarte la casa y la cama. ¿En qué lugares te la metió?

Clara se quedó pensativa, sin ser consciente del todo, si lo que iba a contarle a su padre podría enojarlo. Pero se estaba sincerando con él, y no quiso mentirle.

—En vuestra cama, la mía es demasiado pequeña para dormir dos personas juntas. ¿Te molesta que lo hiciéramos allí? —preguntó con una deliciosa inocencia.

—Para nada, hija. Todo lo contrario. ¿Has follado con más chicos?

Clara sonrió ante el aluvión de preguntas de su padre.

—¿Te acuerdas de Pablo?

—¿Te refieres al hijo de Jaime y de Marisa? —preguntó David, pensando en el hijo de unos amigos de la pareja. «Pablo debe de ser unos cinco años mayor que Clara», calculó, mentalmente David.

—Fue en navidades, cuando fuimos con ellos, a esa casa rural de los Picos de Europa.

—Sí, claro que me acuerdo. Así me gusta, que sepas aprovechar el tiempo —afirmó, dándole otro fuerte azote en la otra nalga.

—¡Pero, que bruto eres! —Exclamó totalmente encantada, con la actitud de su padre. —Fue una noche que salisteis a cenar mamá y tú, con los padres de Pablo. Nos enrollamos en el salón. No me la metió porque no tenía condones. Pero me tiró contra el sofá que había frente a la chimenea. Él muy animal, casi me rompió las bragas cuando me las quitó —comentó riéndose— Me hizo correr dos veces con la boca, es un auténtico experto. Se nota que tiene experiencia.  A Pablo le encantaron mis tetas, al final se corrió sobre ellas —expresó Clara palpándoselas, al recordar ese momento.

—¡Buf! ¡Cómo me estás poniendo, hija!

—Yo también estoy muy cachonda, papá —reconoció Clara— ¿Te la pone dura, que te cuente esas cosas?

—No te imaginas cuanto… Y más me pone aún, que me digas que estás cachonda.

—Te prometo que la próxima vez que folle con Javi, te lo contaré todo con pelos y señales. A mí también me gusta mucho hablar de estas contigo.

—Eso espero, una hija tiene que confiar siempre en su padre. Pero me haría mejor a la idea de lo que haces con ese chico, si me dejaras ver un poquito, la linda almejita que tienes que tener.

—Papá, ¿quieres verme la rajita? —preguntó Clara que, sin esperar la respuesta de David, ladeó la braga del bikini hacia un lado, mostrando, sin ningún tipo de pudor, los labios de su vagina. Totalmente brillantes, debido a la enorme excitación que sentía.

—Tienes un coño precioso. Tiene que ser delicioso follárselo.

—Gracias, me alegro de que te guste —dijo volviendo a correr la braguita, volviendo a ocultar tras ella, su húmedo sexo.

David arrugó la frente, totalmente contrariado. Sin duda, le hubiera gustado masturbarse, observando el apetecible coño de su hija

—Vamos, cariño. Sé buena con papá y enséñale tu hermosa cosita.

Ella sonrió, aparentando una falsa timidez.

—¡Jo…! Ya me lo has visto —intentó alargar el juego, divertida.

—Venga, bájate la braguita —indicó en tono autoritario.

Ella obedeció y se quitó la braguita del bikini, dejándola sobre la mesa junto al periódico de su padre.

—¿Te gusta, papá? ¿Te gusta mi chocho? —Preguntó acercándose aún más a él

—Es precioso —expresó, sin poder quitar los ojos del hermoso tesoro que escondía su preciosa hija entre las piernas— No sabía que lo llevabas completamente depilado, pareces una putita.

Ella se echó a reír, le hizo gracia el calificativo en boca de su padre.

—Comencé a depilármelo hace unos meses, cuando empecé a salir con Javi. A él le gusta que lo lleve así. Marta también lleva el coño totalmente rasurado. Te gustaría follártela, ¿verdad?

—Si tuviera ocasión, lo haría —reconoció David, incapaz ya de disimular.

—Papá, ¿deseas que te toque la polla? Si tú quieres, puedes pensar que es Marta quien lo hace.

Entonces David se levantó de la silla, tumbándose a continuación en una de las tumbonas.

—Ven, siéntate aquí a mi lado. Estaremos más cómodos.

Clara se sentó junto a él, mientras su padre permanecía tumbado a su lado. Por fin agarró su verga.

—Qué dura la tienes papá —indicó comenzando a masturbarlo muy lentamente.

—¿No tienes alguna foto de tu amiga? —pidió con naturalidad.

Ella cogió su teléfono móvil, y mostró una imagen estando de fiesta. En ella aparecía Marta, vestida con una minifalda, sacando la lengua.

—Mira papá, ese día se enrolló con el portero de la disco.

—La verdad es que tu amiga está tremenda… Me encantaría follármela, —dijo mirando la pantalla, sin dejar de masturbarse, al tiempo que pasaba a otra foto, en el que aparecía su hija besándose con un chico. —¿Este es el muchacho que te follaste en casa? ¿No tienes algún vídeo? He oído, que a veces los chicos os grabáis cuando folláis.

—Sí, ese es Javi —comentó sentándose al lado de su padre, que permanecía tumbado masturbándose—. No tengo ningún vídeo, papá. Pero la próxima vez, me grabaré para que puedas ver como me lo hacen.

David no lo dudó, y comenzó acariciar los redondos muslos de su hija.

—Abre las piernas —volvió a indicar de modo autoritario, dejando el teléfono encima de la mesa.

La chica se mostró complaciente y separó sus muslos, dejando su sexo completamente expuesto y al alcance de su padre. Entonces David, sin poder contenerse más, comenzó a recorrer, sutilmente, los abultados labios de la húmeda vagina de su hija.

—Estás muy cachonda. Eres toda una buena golfa, hija —susurró.

—¡Ah…! —Exclamó ella, al tiempo que sintió un tremendo escalofrío, que la devoró por dentro. Siendo muy placentero para ella, poder percibir el calor de la yema de los dedos de su padre.

—¿Has comido ya alguna polla? —preguntó David, de modo ordinario.

—Claro, además Javi dice que la chupo muy bien.

—Eso tienes que demostrárselo a papá —indicó, ofreciéndole con un gesto su verga.

—Estoy deseando hacerlo —respondió sonriendo.

Clara, quería evidenciarle a su padre que ya no era una niña. Entonces acercó sus labios a esa descomunal polla, dudando un instante, sin semejante grosor, iba a caberle dentro de la boca.

— Joder, cariño. Como me alegro de tener una hija tan zorra. La chupas, mucho mejor que tu madre.

—¿De verdad? —preguntó, sacándosela un segundo de la boca, rozando la punta con los labios.

—Prefiero como lo haces tú. Se nota que te han enseñado bien —comentó, sujetándola por sus largos y negros cabellos, al tiempo que comenzaba a mover la cadera hacia arriba—. Así, muy bien puta. Vamos zorra, métetela toda.

Los adjetivos de su padre hacia ella, lejos de molestarla, la hacían estar orgullosa. Por primera vez, se sentía tremendamente importante para su padre.

Mientras, David comenzó a introducir dos dedos en el interior del coño de su querida hija. Sin duda, era el sexo más húmedo y caliente, que David había masturbado nunca.

Si saber el motivo en esos momentos pensó en Carmen, su mujer, en lo que le costaba ponerse cachonda. «Madre e hija tienen un coño muy parecido, con unos abultados labios vaginales. Pero el de Clara, además de estar completamente depilado, es mucho más sonrojado y húmedo». Esa insana reflexión hizo que deseara aún más a su preciosa hija.

—¡Ah…! ¡Sigue, papá! ¡Qué bien me tocas, que gusto me sabes dar! ¡Me corro, me corro! —Exclamaba sin ser capaz de bajar el tono de sus gemidos. Teniéndose que sacar el enorme cipote de su padre de la boca, para no ahogarse con sus propios jadeos.

—Córrete, zorrita —comentaba David, observando las expresiones de la cara de gozo de su hija. —Estás preciosa cuando te corres, cariño.

Una vez que la chica consiguió su alivio, solo pensó ya en satisfacer a su padre. Únicamente deseaba que no pudiera olvidarla. Justo en ese instante, después de sobreponerse de su intenso orgasmo, sintió por su madre una insana rivalidad, pensando también en Marta con cierto desdén. Era como si ninguna mujer de este mundo, fuera lo suficiente hembra para su querido padre. Únicamente ella, sabría darle lo que un hombre como él, necesitaba.

David se quedó embobado, observando al detalle los enormes y rollizos pechos de hija que, debido a su volumen y peso, caían en cascada más abajo de lo que, a una chica de la edad de Clara, se le presuponía.

No pudo evitar pellizcar, esos oscuros y gruesos pezones, erguidos y turgentes. Pero ella le retiró la mano:

—Podrás tocarlas cada vez que quieras, pero ahora las necesito para hacerte una paja con mis tetas —indicó, metiendo la gruesa polla de su padre, en medio de ellas. A continuación, comenzó a masturbarlo deslizando la verga por sus senos, mientras chupaba la punta de la polla, que sobresalía hacia arriba.

Su padre no tardó en comenzar a respirar con cierta dificultad, lo que indicó a Clara, que estaba a punto de hacer correr a su padre. «Por primera vez voy a recibir la lefa de papá». Pensó, volviéndose a excitar con la idea.

—¡Ah! —exclamó David, en un profundo suspiro. Mientras chorretones de semen le salpicaba directamente la cara, cayendo los últimos sobre sus macizos pechos.

David permaneció unos segundos en silencio. Dejando que la zorra de su hija terminara de limpiarle la polla con la lengua. Después, se subió el bañador, mirando a su hija con extrema dureza.

Ella la miró indecisa, «habré hecho algo mal», se preguntó con el semen de su padre aún esparcido por su cara y por su pelo.

—Esto nunca ha pasado y jamás volverá a ocurrir. ¿Lo entiendes?

Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza, estaba asustada. En un segundo, su padre volvía ser ese hombre severo y distante.

—Necesito que lo repitas, ¿lo entiendes? —gritó, enrojecido de ira.

—Lo entiendo, papá. Esto nunca ha ocurrido.

—Eres una zorra, Clara. Eres la culpable de lo que ha pasado aquí hoy, —bramó marchándose para casa.

Clara se quedó pensativa «Por supuesto que ha pasado». Pensó orgullosa, saboreando el semen de los labios.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s