DO.LOBERA

8- El jardín de Godofrego

El sol descendía en aquel desierto que se estaba tornando inmensamente frío. Siriel escuchaba atentamente la historia de Ginega coma la giganta. Era una larga historia de amor con otro gigante de nombre Godófrego al que conocía desde la más tierna infancia. Hasta ese momento le había contado toda su vida, una vida en el que el desierto era un gran jardín.

Siriel no entendía cómo había aparecido el desierto y tenía ganas de que llegase ese momento en la historia. Era una mujer de acción una cabellera del Reino de Lobera y las pocas veces que leía prefería aquellas historias llenas de acción.

—…Un día llegó Wulfrugida a pedirle que le crease el jardín más maravilloso que jamas hubiera existido en el mundo…

Al oír el nombre de Wulfrugida, una temida bruja inmortal, se puso en alerta la historia empezaba a ser interesante.

—Mi amado Godofrego se desplazó hasta su casa, más allá del reino, en la montaña de las tinieblas. Allí trabajó día y noche para crear el jardín. Era una tarea muy difícil pues no se llama montaña de las tinieblas por nada. El sol apenas salía, las lluvias eran constantes, lo mismo que los relámpagos que caían con o sin lluvia y el jardín apenas florecía. Intentó otras variantes, con flores y plantas de los alrededores con las que nunca había trabajado y consiguió el éxito. El jardín era el más terrorifico que jamás haya existido e iba acorde con la montaña.

«Temeroso de la bruja volvió a casa, conmigo, y volvió a ocuparse de su jardín, un jardín hermoso y gentil que adoraba. La bruja, a su vuelta de un viaje a los dominios de la Maldad Nocturna, encolerizó al ver el jardín. Ella deseaba un jardín como el de mi amado, no esa monstruosidad. Cogió su escoba negra y echando un humo igualmente negro vino a ver a Godofrego. Le quemó su jardín, volviéndolo yermo, y a él le transformó en montaña.

«Con el tiempo, el terreno fue transformandose en este desierto, un desierto sin vida…

No era la primera vez que Siriel se encontraba ante la magia de la bruja. Nunca había visto algo así, aunque si había oído historias de tierras lejanas. Era injusto que siguiera hechizando y maldiciendo de esa manera, pero todos los valientes caballeros o ejércitos que habían ido a acabar con ella no habían vuelto.

—¿Y no hay forma de deshacer el hechizo?—preguntó por cortesía a pesar de conocer la respuesta.

—La única que puede es la misma Wulfrugida, y jamás deshace ningún hechizo—dijo con pesar Ginega.—Ahora ya conoces mi historia, ¿cúal es la tuya?

Y Siriel le explicó la misión que tenía de buscar a la cría de dragón para devolverle a su hogar. Para ello estaba atravesando el inmenso desierto, temiendo acabar con las provisiones y el agua. Ginega la miró a ella y al minúsculo caballo que estaba a los pies de la montaña y tuvo una idea.

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