ALBERTO MORENO

Pedro Palillo y Juan Clavijo llevaban dos horas en el mostrador de la “Venta Calderon” hablando.

Irian por el cuarto o quinto vino. Habian dado de mano en la faena del campo y todavía no era la hora de cenar.

Pedro Palillo, hacia seis meses  habia vuelto de America, después de haber estado treinta años de tranviario en Nueva York.

Amigos desde la infancia, Pedro mas inquieto se fue a correr mundo, Juan, mas tranquilo, se  quedo cuidando el campo de sus padres.

Rondarian ya los sesenta cumplidos, Pedro, el viajero, podría ser tres o cuatro años mayor. Habia tenido parejas en America, pero seguia soltero. Juan Clavijo estaba casado y era abuelo.

A la Venta Calderon, yo la llamaba “Estacion Termini”, situada en el cruce de tres carriles de tierra y una rotonda de una comarcal de poco transito, allí recalaban los campesinos al terminar la faena de la mañana o la faena de la tarde. En sus paredes, la venta mostraba  carteles de corridas de toros, un almanaque con una virgen llorosa y el anuncio de un licor  con una tetona mulata .La boca susurraba ¡besame! ,el publicista lo habia cambiado por el ¡bebeme!.

Solo faltaba un afiche de la película Casablanca, con Ingrid y Humphrey en el papel de Rick y el pianista Sam,

A la espalda de Melchor, el dueño de la Venta,  en la pared, tres tablas sin pintar hacían de repisa.

Tres botellas de coñac, dos de anis  y otras bebidas irreconocibles. Ni maquinas tragaperras, ni arcón de helados.

Su aspecto espartano era el de los años cincuenta.

¡Y dices que conducias un tranvía por las calles de Nueva York, y no chocabas con los coches?. ¡Y como te dieron el trabajo?.

Juan Clavijo hacia las preguntas a pares, lo que contaba su amigo le tenia embebidos  los sesos  y su cara de ”pasmao” era un poema.

Pedro Palillo, contaba la verdad, pero algo adornada, habia tenido dos trabajos, el primero de jardinero en el Central Park que duro los primeros cuatro años y el segundo de tranviario.

Se quedó una plaza de conductor libre, no encontraban a nadie, el ayuntamiento, viendo que  no habia faltado ni un dia al trabajo de jardinero, se lo propusieron.

 El salario era el doble y le daban uniforme.

¡Me puse a aprender con un veterano que hablaba español, era mejicano!.

¡Esto es el volante, sirve para correr, a la derecha acelera , el freno esta en el pie y la bocina, tiras de este cordon!. Con la otra mano cobras los billetes a los viajeros que suben!.

¡Era buen tipo, en una semana me dejaba ya conducir algun trayecto!.

¡A los tres meses, me hicieron un examen  y me destinaron a la línea cincuenta y cuatro, tenia un recorrido por calles de menos tráfico.                              

El tranvía funcionaba con corriente de un cable eléctrico  por el aire . El trole, con una ruedecilla que pasaba por el cable recibía la energía.

Si se iba la luz en Nueva York se paraba.

-¿Y has tenido novia?, Clavijo volvia a la carga.-¿Has visto muchas películas de vaqueros y las artistas se subían en tu tranvía?.

-¡He tenido tres, una mulata que tenia un culo de la hostia, una mejicana que cantaba corridos con  mariachis en una taberna mejicana y una americana que habia sido monja y no habia follado nunca!. Alli lo de novia es otra cosa, le llaman amiga. 

Y películas habre visto una pila, lo malo era el idioma que no entendia ni hostia!.

¿Y no preñaste a la monja?, Clavijo volvia de nuevo con sus preguntas.

¡No, allí los condones los llevas como aqui los palillos de dientes, en el bolsillo de la chaqueta!

Los parroquianos empezaban a marcharse, era ya la hora de la cena.

De pronto, por la puerta de la venta entro Catalina, la mujer de Juan Clavijo. Venia algo alterada.

¡ Hay que ver que alma tienes, lleva la cena media hora puesta en la mesa!.

 Iba a seguir con algún improperio mas fuerte, pero reparo en Pedro, al que no habia visto después de su regreso.

Se quedo como una estatua de sal, muda, inmóvil, lo miro de arriba abajo y al final abrió la  boca: ¡Estas igual, no se te ha puesto cara de gringo!. ¿Vienes a quedarte?.

Catalina y Pedro Palillo habían sido novios, la relación se rompió cuando Pedro se fue a Nueva York, después Catalina y Juan Clavijo emprendieron un noviazgo , se casaron, formaron una familia que funciono sin sobresaltos.

A Catalina, la impronta de Pedro, inquieto, algo aventurero amante de emociones, le habia dejado huella.

Esta experiencia  nunca represento un contratiempo en su matrimonio.

¡A ver si vienes por casa y comes un dia con nosotros!, Catalina dejo la invitación en el aire, terminaron el encuentro, los dos amigos se pelearon por pagar la cuenta, el tabernero Melchor,  zanjo la disputa pagando él los vinos.

¡Venga, iros ya, “pesaos”, hoy invito yo!.

Ya no quedaban parroquianos.

Melchor, recogio los vasos del mostrador y de las mesas, el dinero del cajón, sin contarlo lo guardo en una talega de tela, apago las luces y cerro la venta.

El destino no sabia como reconducir la situación.

Los tres  actores, Pedro, Juan y Catalina, fuertemente impactados por el reencuentro, ni pensaron ni intuyeron  que podrian ocurrir cambios en sus vidas.

La invitación a comer de Catalina, tuvo lugar el domingo siguiente.

Fue una comida de familia, las dos hijas, sus maridos y los tres nietos de Juan y Catalina.

 En total Catalina puso diez cubiertos, la mesa estaba montada con primor y esmero, el menú fue una paella de marisco, Juan abrió una botella de vino que guardaba en la despensa. Los yernos no cejaban de preguntar a Pedro cosas de Nueva York.

¡Abuela, ¿Qué es un tranvía?, preguntaba el nieto mayor. La sobremesa duro lo interminable. Y las comidas se sucedieron cada mes.

¿Y como no te has casado allí?, era Catalina la que preguntaba.

A Pedro se le atraganto la pregunta, garraspeó y como pudo salio de la emboscada.

¡Pues, no me gustarían las amigas que tuve!, ¡Alli no se dice novias!.

Las conversaciones siempre giraban entorno a Nueva York.

¿Y que piensas hacer?, de nuevo Catalina volvia a la carga.

¡Pues, no sé, tengo una pensión y unos ahorros, no necesito trabajar!, ¡arreglare la casa, le hare un cuarto de baño, comprare una tele y puede que me saque el carnet de conducir y compre un coche!.

¿Y no vas a tener una familia?.

¡Es un poco tarde, se me paso el arroz!, contesto Pedro.

En una de las comidas, que se sucedieron, la sobremesa dio un giro inesperado.

¡Me gustaría conocer Nueva York!, fue Catalina la que dio el viraje.

¡Podriamos ir los tres y tu nos sirves de guía, tenemos unos ahorros!, apostillo Juan.

¡Por mi, encantado!, contesto Pedro.

El proyecto tomo fuerza, los tres arrimaban el hombro.

Empezaron los preparativos, fechas, duración y Catalina y Juan mencionaban que cosas querían ver y hacer allí.

Por fin en la primavera, el veinte de mayo, cogieron un avión rumbo a America. Para Juan y Catalina era el primer vuelo, estaban excitados, el equipaje lo hicieron y deshicieron varias veces, fue Pedro el que aconsejo y desaconsejo las cosas.

Con los billetes contrataron el alojamiento, un hotelito razonable en Manhattan, precio moderado y ubicación que permitiera moverse a pie, en autobús y por supuesto en tranvía.

Llegaron!. Pedro empezó a tirar de su ingles y Catalina y Juan al oírlo no podían creerlo. Los tramites de aeropuerto, el taxi, la recepción del hotel, sin problemas. Tenian contratadas dos habitaciones contiguas en la primera planta. Se cambiaron de ropa, en Nueva York hacia fresco todavia.

Salieron a caminar. Habian comido en el avión.

¿Queda tu línea de tranvía cerca?, Catalina se dirigio a Pedro.

¡No, si torcemos por ahí, andamos diez minutos y la vemos!.

Cambiaron la ruta, los rascacielos de Manhattan, a Catalina y Juan les iba a dar torticulis, de tanto alzar la cabeza.

¡Mira, mira ese, parece de caramelo, tan transparente!, ¿Cuántos pisos tiene?, ¿Y vive la gente tan alto, como los pajaros?.  A mi me daría vértigo.

¡Mirad, por ahí viene, tiene una parada ahí mismo!, el tranvía de Pedro, avanzaba aminorando la marcha.

Corrieron, lograron subirse. Pedro pidió tres billetes de ida y vuelta. Pedro no conocía al conductor, no dijo nada, se acomodaron. Los viajeros subian y bajaban en cada parada.

¡Cuantos negros hay aquí!, fue Catalina que no pudo evitarlo.

¡Si, aquí hay negros y blancos!, contesto Pedro.

¿Y quien pare a los negros?, Catalina estaba que le desbordaba la curiosidad.

Manhattan en todo su esplendor , les anonadaba.

A Juan, los rascacielos le apabullaban, acostumbrado a sus sembrados a ras de tierra de maíz y de trigo, aquellos enjambres de monstruosidades le dejaban sin habla. ¡Que cosas!, repitió varias veces.

El paseo continuo. Cuando dejaron el tranvía, a pie, Pedro les llevo a ver la Estatua de la Libertad.

¿Y esa mujer, tan verde, con color de rana, quien es?, pregunto Catalina.

¡Fue un regalo de un escultor francés, representaba una bienvenida a los emigrantes europeos!, ¡En este país solo habia los indios de las plumas, lo construyeron los emigrantes europeos!, ¡Luego trajeron de africa a los negros como esclavos para trabajar en las plantaciones!.

¡Entonces los negros fueron esclavos!, vaya mierda de país!, el exabrupto fue de Juan.

¿Y los negros donde viven?, Catalina intervino.

¡Vamos a ir a su barrio!, propuso Pedro.

Para ir al Harlem, cogieron el tranvía, en aquella dirección la mayoría de los pasajeros eran negros.

Habia algo de basura desparramada por el suelo y los chiquillos llenaban la calle de gritos, jugando  a policías y ladrones.

¡Se nota que son mas pobres que los blancos, aquí no hay rascacielos!, era Catalina, que no cejaba de comentar aquel mundo que la tenia desconcertada.

¿Entonces aquí los pobres y los ricos viven casi juntos?.¡No!, contesto Pedro.

Comieron en el China Town, los negros habían desaparecido, ahora un enjambre de chinos poblaba aquel barrio. Los contrastes desconcertaban a Juan y a Catalina.

En un yellow taxi  se dirigieron al Central Park. Pedro les explico que allí trabajo de jardinero los primeros años, que en un rinconcito tenia sembrados de matute unos tomates y unos pimientos.

¡Que desperdicio, exclamo Juan!, aquí sembraría yo maíz y daría para diez regimientos!, ¡y hasta melones, seguro que aquí no los conocen!.

Estaban cansados, regresaron al hotel, en los sillones del espacio social dieron una cabezada. Los otros días siguieron explorando la ciudad, descubrieron las hamburguesas, a Catalinas les gusto, pregunto por la receta. ¡Cuando volvamos voy a copiarlas.

Llego el dia del regreso, habían estado una semana, los cerebros de Catalina y Juan eran dos hervideros.

¡Que cosas hay en el mundo, teníamos que haber viajado algo, no hemos estado ni en Madrid !, era Catalina dirigiéndose a Juan.

En el vuelo de vuelta hubo un contratiempo, la maleta de Catalina, no aparecia en el aeropuerto. Despues de ir en mostrador en mostrador, apareció.

Catalina respiro, traía regalos para los nietos.

Las siguientes comidas, la  conversación giraba siempre sobre el viaje.

Un dia, que habían comido hamburguesas hechas por Catalina, en la sobremesa, ésta, al regresar de la cocina, solto una ocurrencia que dejo helados a los comensales.

¡Por que no adoptamos una parejita de negritos!,¡Yo los crio, pero son para Pedro, asi tiene una familia!.

Pedro dio un respingo, retrepo la silla y estuvo a punto de caerse. Nadie supo que decir.

Fue el nieto mayor el que intervino. ¡Abuela, jugaría con ellos!, ¿Y saben jugar al futbol?.

La ocurrencia de Catalina, se repetia cada vez que se reunian. Hasta a la Venta Calderon llego la noticia.

Melchor, cada vez que venia Pedro, le preguntaba por los negritos, los parroquianos metían baza. La guasa hacia que Juan abandonara la venta mosqueado.

                     2ª Parte

Han transcurrido 20 años, Pedro y Catalina son dos ancianos, Juan fallecio de un iptus, hacia ocho años.

Cada uno vive en su casa, pero comen y cenan juntos.

No están solos.

Jhonattan y Mery, han cumplido veinte años, no son hermanos, vivian en la misma casa del Harlen.

Jhonattan ha estudiado perito agrícola, lleva las tierras de Pedro, al que llama abuelo, a Mery le llama hermana y a Catalina abuela, son una familia singular, fueron adoptados en uno de los viajes a Nueva York de Pedro y Catalina. Los padres biológicos les estuvieron visitando en los primeros años, los dos apenas tendrían cinco años.

Mery ha estudiado enfermera, trabaja en el hospital de la zona.

Los nietos naturales de Catalina también habían crecido a la par, habían hecho una piña con sus amigos negros.

                    -Fin-

Postdata: transcrita del comienzo de la novela de Garcia Marquez “El amor en el tiempo del cólera”:

 “Era inevitable, el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”.

Lo de Pedro y Catalina habia sido un amor contrariado

2 comentarios sobre “ Tranviario en Nueva York

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