ALIENHADO

Su voz era grave pero femenina, con una entonación extraña que no supe identificar, como una mezcla de varios acentos. A esas alturas, que supiese mi nombre no me sorprendió demasiado.

—Eh… Sí, señora… —conseguí decir—. Si no es molestia… ¿Podría decirme quién es usted y qué… por qué estoy aquí?

—Me llamo Ágata. Puedes tutearme, por cierto.

—Ágata… Encantado. Pero sigo sin saber… eh… quién eres.

—Doctora Ágata Montoya —dijo. Cruzó las piernas y sonrió de nuevo, sensual y amenazante a partes iguales— ¿Te suena?

  Me sonaba. Joder que si me sonaba. Me quedé sin habla, esperando a que la misteriosa mujer me diese más explicaciones, ya que no sabía qué preguntarle. No me había dado cuenta de que aún llevaba en la mano la bolsa del estanco, y al removerme inquieto en el asiento se me cayó al suelo y su contenido se desparramó en la alfombra. La tal Ágata se agachó frente a mí para coger la caja de caramelos y me llegó a las fosas nasales un embriagador perfume, una mezcla de especias y azahar. Volvió a su lugar, sentada con natural gracia en el borde de su escritorio, y observó la cajita de metal.

—Mira qué monada… ¿Te importa? —dijo mientras la abría, sin esperar a que le diese permiso.

  Cogió entre dos dedos un caramelo de color violeta. Llevaba las uñas cortas y pintadas de amarillo, a juego con las flores que predominaban en su vestido. Separó sus sensuales labios y atrapó con ellos la golosina un segundo, antes de metérsela en la boca y saborearla.

—Mmmm… Qué bueno. —Miró al suelo, hacia los paquetes de tabaco—. Puedes fumar si quieres. No me molesta.

  No era mala idea. Fumar no me calmaría pero al menos tendría las manos ocupadas. Encendí un cigarrillo y ella me tendió un cenicero de vidrio verde que coloqué en el reposabrazos de la butaca. Me miraba en silencio, moviendo el caramelo dentro de su boca, con una sonrisa pícara y asimétrica que debía resultar arrebatadora cuando uno no estaba cagado de miedo.

—Ya que no dices nada, voy a explicarte lo que pasa. —Subió las redondeadas nalgas hasta quedar sentada en la mesa y cruzó de nuevo las piernas—. Soy la bisnieta de Arcadio Montoya, el creador de ese tónico que andas vendiendo. ¿Empiezas a entender por qué estás aquí?

—Creo… Creo que si —dije, aunque no estaba seguro de entenderlo del todo.

—Voy a contarte la historia, ya que te veo algo algo perdido. ¿Tienes prisa?

—No. Ninguna prisa.

—Bien. Como ya sospecharás, mi bisabuelo no era realmente doctor. Yo si lo soy, por cierto, pero ya hablaremos de mí más adelante. —Hizo una pausa y escuché crujidos dentro de su boca. Los fuertes dientes trituraron el caramelo y continuó hablando—. Era un charlatán, un estafador, contrabandista, ladrón de poca monta, proxeneta ocasional y jugador habitual, tramposo, por supuesto. Gracias a su madre y a su abuela, que eran brujas y comadronas, tenía ciertos conocimientos básicos de hierbas, pero ningún talento a la hora de mezclarlas, ni demasiado interés en aprender. Durante uno de sus viajes a la capital, vio en una barraca de feria a un tipo que vendía a voces un tónico milagroso, prometiendo toda clase de efectos positivos, incluso relacionados con la potencia sexual, y vio a muchos incautos soltar los cuartos por una botellita de ese brebaje. Todo era mentira, por supuesto. Arcadio, que era espabilado y calaba a un timador a la legua, se dio cuenta al instante. ¿Te estoy aburriendo, Carlos?

—¡No! Claro que no —exclamé.

  Y era cierto. La historia era interesante y su forma de contarla resultaba cautivadora. También me sentía un poco como el héroe de una película cuando el villano le atrapa y le cuenta sus planes antes de matarlo. Solo me faltaba estar colgado sobre un tanque de agua lleno de tiburones.

—Pues bien, a mi bisabuelo le pareció un buen negocio, y de vuelta a casa hizo su propio tónico. Partió de una receta que usaba su madre para aliviar el dolor de estómago y le añadió más ingredientes de forma aleatoria, algunos solo para darle aroma y otros porque eran baratos. Por suerte, tuvo la feliz idea de apuntarlo todo, porque aunque no era doctor había aprendido a leer y escribir en una de sus primeras estancias en la cárcel.

  “Comenzó a vender el mejunje por los pueblos y ferias, con bastante éxito ya que tenía mucha labia y buena planta. Como era de esperar, al cabo de un tiempo se corrió la voz de que era una estafa y mi bisabuelo tuvo que desaparecer un tiempo. Le sobraron unas cuantas botellas, que guardó en su casa durante meses. Otra de las virtudes de Arcadio era su alcoholismo, y un día que estaba sin blanca y sin nada que echarse al gaznate, recordó que el tónico tenía alcohol y se bebió una de las botellas. Supongo que puedes deducir lo que pasó después, ¿no?

—Me lo puedo imaginar —dije, cada vez más interesado en el discurso de Ágata.

—Exacto, se puso tan caliente que en una sola noche se cepilló a su mujer, a su suegra, a su santa madre y a tres de sus cuñadas. Desvirgó a dos sobrinas y sodomizó a un sobrino. No paró hasta que consiguieron dejarle inconsciente de un garrotazo.

—Joder… —dije.

—Y tanto. —La doctora hizo una pausa y miró mis manos, antes de hacer una mueca de fastidio, como si hubiese olvidado algo—. Qué cabeza la mía. Empiezo a hablar y se me va el salto al cielo. No te he ofrecido nada de beber.

—Oh… No importa.

  Ignorándome de nuevo, bajó de la mesa y caminó hasta un pequeño armario que resultó ser una mezcla de nevera y mueble bar. A pesar de la situación, no pude evitar echarle un buen vistazo a su cuerpo, sobre todo a las bien formadas piernas. Se sirvió un vaso de agua con hielo y a mí me tendió un botellín de cerveza muy frío, que acepté y me llevé a los labios sin vacilar. Que supiese cual era mi bebida favorita tampoco me sorprendió demasiado. Volvió a sentarse en la mesa, bebió agua y reanudó el relato.

—Por pura casualidad, el tónico funcionaba, pero necesitaba macerar durante un tiempo. Cuando se le pasó el frenesí sexual, reunió a la familia y comenzaron un negocio que no ha parado de crecer hasta el día de hoy. Un negocio que ahora yo dirijo con un enfoque más científico, con laboratorios y sin barracas de feria. Soy licenciada en botánica y doctora en bioquímica, y superviso personalmente la elaboración del tónico.

—Vaya… —dije, asimilando la historia y atando cabos—. No tenía ni idea, lo juro. Te daré todo lo que he ganado vendiendo el tónico.

Ágata soltó una armoniosa carcajada y me miró casi con ternura, entrecerrando sus grandes ojos.

—Te lo puedes quedar. No es ni calderilla comparado con lo que ganamos aquí en una sola hora. —No dejó de sonreír pero su mirada se endureció y se inclinó hacia adelante, como un ave rapaz—Eso sí, vas a entregarme todo el tónico que tengas. ¿Cuanto tienes, por cierto?

  Estaba claro que Ágata sabía bastante sobre mí y mis actividades, pero advertí que ignoraba cuánta cantidad de tónico había llegado hasta mis manos. Seguramente su bisabuelo no llevó un registro de las ventas, y no sabía que mi abuelo le había comprado una caja entera. De todas formas, recordé a los dos matones y no fui tan estúpido como para intentar engañarla.

—Encontré una caja entera en el trastero de mi abuelo —confesé.

—Una caja entera… Vaya. Y ha estado macerando más de cuarenta años. Podría tener efectos imprevisibles. Hay que destruir de inmediato lo que quede. ¿Dónde lo guardas?

—En el coche. Está ahí fuera.

—¿Ahí está todo?

—Eh…

—No intentes engañarme, Carlos. No tengo paciencia con los mentirosos.

—Tengo un poco más en casa. Como media botella.

—Tráelo todo cuanto antes.

—Lo haré. Y… En fin… Te pido disculpas. No sabía nada de todo eso.

  Ágata se relajó de nuevo y su pie se balanceó en el aire despacio, resaltando las curvas de una pantorrilla morena que atraía mi mirada sin que pudiese evitarlo. Ella sin duda se daba cuenta, y a juzgar por su expresión le divertían mis esfuerzos por apartar los ojos.

—No te preocupes. Si me hubieses robado a propósito ahora no estarías aquí sentado bebiendo cerveza e intentando no mirarme las piernas. Supongo que estarías en el pinar, colgado de una rama , enterrado en varios trozos o lo que sea que hagan mis chicos en esos casos. La verdad es que no me gusta la violencia y prefiero no saber demasiado de lo que hacen. Dime, ¿hay algo que quieras preguntarme? Aún pareces algo confuso.

—Hay un par de cosas que no entiendo —dije. La razón me decía que debía salir de allí cuanto antes, pero la historia de la familia Montoya había despertado mi curiosidad, y aunque aquella mujer me intimidaba no quería perderla de vista tan pronto—. ¿Cómo es que nadie ha oído hablar del tónico? Debería ser famoso.

—Fácil. Lo hemos mantenido en secreto, alejado de los tejemanejes de las grandes empresas y la mafia de las farmacéuticas. Ni siquiera quienes lo toman saben que existe —explicó la gitana, con orgullo.

  La seguridad en sí misma y arrogancia de Ágata Montoya me recordaban inevitablemente a Doña Paz. Ambas tenían un aire aristocrático, aunque de naturaleza muy distinta. Mientras que la alcaldesa no habría desentonado en cualquier corte europea, Ágata podría ser una princesa de Las mil y una noches. La clase de princesa que te manda decapitar si le tocas las narices.

—¿No lo saben? ¿Cómo es eso posible? —pregunté.

  La doctora soltó el vaso de agua en la mesa, sobre un posavasos de corcho, se levantó y me indicó que la siguiese hasta la puerta por donde había entrado ella. Me levanté tan deprisa que casi tiro el cenicero al suelo y derramo la cerveza.

—Ven conmigo. Lo entenderás mejor si lo ves —dijo.

  Después de un corto pasillo llegamos a un corredor elevado que rodeaba un amplio espacio, de forma parecida a los patios en las típicas casas andaluzas. Lo que vi desde aquella altura, apoyado en una balaustrada de madera, era un local de alterne en toda regla, iluminado por la suave luz rojiza de numerosas lámparas de seda. Había una barra, atendida por dos atractivas barwomans, varias mesas rodeadas por sofás de cuero burdeos y reservados ocultos por biombos pintados. Los clientes, la mayoría de traje y corbata, eran atendidos por espectaculares “camareras”, ataviadas con corsés y minifladas que parecían una versión reducida del típico vestido de folclórica. Todas llevaban un clavel en el pelo y los labios pintados de rojo, y el ambiente general recordaba a un tablao flamenco mezclado con elementos arábigos.

—¿Qué te parece? —preguntó Ágata, complacida por mi cara de sorpresa.

—Muy… bonito. Es un… eh… un club, ¿verdad? —dije, aturdido por los numerosos estímulos visuales.

—Puedes decirlo, tranquilo. Sí, es un burdel. Puticlub, bar de alterne, casa de citas, lupanar… Como quieras llamarlo. Es uno de los muchos que tenemos, y mi favorito, por cierto.

  Mi anfitriona caminó despacio a lo largo de la balaustrada, mirando hacia abajo, y yo la seguí de cerca. Al cambiar de ángulo pude ver, en un extremo del local, un pequeño escenario rodeado por más sofás y butacas. Al menos una docena de espectadores contemplaban con interés un curioso espectáculo. Sobre las tablas actuaba el típico cuadro flamenco, formado por una bailaora, una guitarrista, una cantaora, dos palmeras y una tocadora de cajón. Todas ellas actuaban totalmente desnudas, salvo por los zapatos y los claveles o peinetas que adornaban los moños negros en sus cabezas. Eran distintas entre sí pero todas estaban muy, pero que muy buenas.

—Menudo espectáculo —dije. Mis ojos saltaban de una artista a otra como los de un niño en el escaparate de una pastelería.

—Ofrecemos actuaciones casi a diario. No solo flamenco, también danza oriental, artes circenses, burlesque… No solo buscamos a chicas guapas. Nos gusta que tengan algún tipo de talento. Por supuesto, hay un talento que todas ellas comparten, y que se ve potenciado por las pequeñas dosis de tónico que toman a diario sin saberlo.

—Entonces… ¿Le dais el tónico a las… chicas?

—A las putas, sí. Puedes decirlo —dijo Ágata, divirtiéndose con mis intentos de no resultar ofensivo—. Por eso son las mejores del mundo. No solo son profesionales sino que trabajan excitadas, disfrutando y haciendo disfrutar a los clientes mucho más que las que solo fingen. Son algo extraordinario, y lo extraordinario es caro, por eso nuestra clientela es muy selecta. A nuestros locales han acudido y acuden estrellas de Hollywood, deportistas famosos, jeques árabes, magnates y políticos de todo el mundo, e incluso reyes… y reinas. —Me guiñó un ojo, como si compartiese un chiste privado. Nunca he estado muy al tanto de los ecos de sociedad y no supe a qué reina se refería.

—Ya veo… ¿Y los clientes? ¿Ellos no lo toman?

—Todas nuestras bebidas llevan un pequeño porcentaje de tónico. Nuestros clientes gozan de sus beneficios, del aumento de vigor y resistencia, pero no sospechan nada.  Lo atribuyen a la destreza de nuestras chicas, o a su propia virilidad. ¡Ah, la vanidad masculina! Os hace tan fáciles de manipular que no entiendo cómo habéis llegado a gobernar el mundo.

  Me quedé en silencio, procesando todo lo que estaba viendo y escuchando. En el escenario, la bailaora taconeaba frenética, haciendo vibrar las firmes carnes de su escultural cuerpo. La percusionista, una gordibuena de piel oscura, se sentaba a horcajadas sobre el cajón flamenco y sus grandes pechos se balanceaban al ritmo de los golpes. Me fijé en que un espectador la señalaba y le susurraba algo al oído a una camarera. Aquel tipo trajeado, de pelo canoso y rostro enjuto, había elegido a cual de las artistas le metería el rabo después de la actuación.

  La forma en que la familia Montoya había explotado su milagroso producto era extraña y rebuscada, pero también astuta. Ganaban dinero a espuertas sin exponer el tónico, sin arriesgarse a que otros se beneficiasen de él y, probablemente, sin pagar impuestos. Teniendo en cuenta el poder e influencia de sus clientes, era de suponer que nadie metería las narices en los asuntos de la doctora Ágata y su clan. Por otra parte, resultaría imprudente sacar a la luz la potente fórmula, dejándola al alcance de cualquiera. Yo mismo había sufrido en primera persona los efectos de una dosis demasiado elevada, enajenándome hasta el punto de intentar violar a mi abuela. Si todos los hombres del planeta tuviesen acceso al tónico, de forma legal o ilegal, las mujeres no estarían seguras ni en sus propias casas.

—¿Puedo preguntarte algo más?

—Pregunta lo que quieras, Carlos.

—¿Cómo te enteraste de que estaba vendiendo el tónico?

  Ágata apoyó las manos en la balaustrada, lo cual resaltó las hipnóticas formas de sus nalgas, y en sus labios apareció una mueca de desagrado.

—Supongo que no hace falta que te pregunte si conoces a Jose Luis Garrido —dijo.

—El alcalde… Cómo no.

—No es un cliente habitual, afortunadamente, pero viene de vez en cuando acompañando a empresarios a los que intenta engatusar con sus negocios y chanchullos. No hace mucho, uno de mis chicos lo escuchó hablar a gritos, borracho y encocado, de cierto tónico milagroso. Comenzamos a vigilarle y no fue difícil encontrarte.

  Asentí, cabreado y poco sorprendido de que el alcalde fuese el culpable de mi captura. Cuando ese imbécil volviese de matar leones y follarse africanas iba a ser un placer comunicarle que no iba a volver a probar el tónico.

—Creo que ya ha quedado todo claro —afirmó Ágata, atravesándome con una mirada intensa y astuta—. No vas a hablarle a nadie de mí ni del tónico, vas a traerme todo el que tengas y seguiremos con nuestras vidas tan ricamente, ¿OK?

—Descuida —dije, inclinando la cabeza un poco más de lo necesario.

—No se te dan mal los negocios, ¿sabes? Fue muy buena idea lo de los frascos con dosificador. Hay quien hubiese malvendido las botellas enteras por cuatro perras. Tu error fue no elegir mejor a tus clientes, pero creo que ya has aprendido la lección. Quién sabe, a lo mejor algún día puedes permitirte pasar el rato con una de mis chicas.

—La verdad… Preferiría gastarme el dinero en invitar a cenar a una doctora —dije, envalentonado por la simpatía de la mujer.

  Ella levantó las cejas y reaccionó a mi galantería con una risa que no me ofendió demasiado. Aquella hembra estaba claramente fuera de mi alcance y no tenía muchas esperanzas en su respuesta.

—Tienes más valor del que pensaba, amigo. Ni siquiera mis chicos se atreven a tirarme los tejos.

—No pierdo nada por intentarlo —dije, encogiéndome de hombros.

  Ágata entornó los ojos y se humedeció los labios, aumentando la sensualidad de su ya atrayente rostro. Se inclinó hacia adelante y me habló tan cerca de la oreja que sentí el calor de su aliento en el cuello.

—Mira, nene, si yo te echase un polvo no podrías moverte durante un mes —susurró, burlona y sugerente a partes iguales.

—Un polvo y un mes de vacaciones… No suena mal.

  Mi ocurrencia la hizo reír a carcajadas, mostrando el reluciente diente de oro, y me dio una amistosa palmada en el brazo, poniendo fin a mi temerario intento de seducción.

—Vamos, te acompañaré a la puerta —dijo, alejándose de la barandilla.

  Recorrimos el camino de vuelta hasta la entrada de la casa y me acompañó hasta el Land-Rover, donde entregué la caja de tónico al matón de cabeza afeitada. “Adiós, dinerito fácil”, pensé.

—Lleva el resto al callejón de la iglesia. Uno de mis chicos lo recogerá —indicó la doctora.

—En fin… Ha sido un placer conocerte —dije, tendiéndole la mano.

  En lugar de estrecharla, me puso las manos en los hombros y me besó en la mejilla, rozando su cuerpo contra el mío con evidente intención de provocarme. Su proximidad y el exótico aroma que emanaba bastaron para que temiese la inoportuna aparición de un bulto en mi entrepierna.

—Si alguna vez quieres ganar algo de dinero rápido, nunca nos viene mal un conductor discreto —dijo. Que me ofreciese trabajo me sorprendió aún más que el beso.

—Gracias, pero creo que no estoy hecho para el crimen organizado.

  Mi respuesta no le hizo ninguna gracia al gigantón, que apretó los puños y soltó un profundo gruñido mientras me taladraba con la mirada. Al parecer eran el tipo de delincuentes a los que no le gusta que les llamen delincuentes.

—¡Ja ja! Tranquilo, primo. Es un poco bocazas pero es buena gente —me defendió Ágata. Si de verdad ese ogro era su primo debía de ser un primo muy lejano.

  Salí de la finca y mientras conducía bajo la sombra verdosa de los pinos sentí cómo la tensión abandonaba poco a poco mis músculos y mi pulso se normalizaba. Intenté no mirar hacia las profundidades del bosque, consciente de la suerte que había tenido al salir de aquella de una pieza. “ Colgado de una rama , enterrado en varios trozos o lo que sea que hagan mis chicos en esos casos”. Su puta madre. A pesar de su cautivadora belleza y encanto esperaba no volver a ver nunca a Ágata y sus chicos, primos o lo que carajo fuesen.

  De vuelta a casa me dispuse a liquidar el asunto cuanto antes, entregar lo que me quedaba del brebaje y olvidarme de la familia Montoya. En lo personal, el tónico me había dado satisfacciones y grandes momentos de diversión. Había sido la chispa que inició el resurgir sexual de mi abuela y había jugado un importante papel en la primera vez que penetré a mi madre, pero ya no lo necesitaba para gozar de las dos mujeres a las que más amaba y deseaba, quienes se entregaban a los placeres del incesto sin necesidad de pociones mágicas. En cuanto al dinero, tendría que conformarme con mi sueldo de trabajador honrado. Quizá el alcalde intentase despedirme cuando le dijese que ya no vendía el tónico, pero estaba seguro de que su esposa no se lo permitiría. Ella era la jefa, por mucho que le jodiese a ese sátiro.

  Aparqué fuera y entré en la parcela a paso ligero. Me asomé a la parte trasera de la casa y vi a mi abuela junto a la piscina, adecentando los muebles de jardín que la tormenta había ensuciado y desparramado por el césped. Había sacado al lechón del corral y el animal correteaba y daba saltitos a su alrededor. Me pregunté hasta que punto me había investigado Ágata, y si era conocedora de mis peculiares relaciones familiares. Si lo era, había sido elegante por su parte no mencionarlo durante nuestro breve encuentro.

  No quería que me viese y tener que mentirle sobre mis motivos para regresar al pueblo, así que me escabullí dentro de la casa, cogí el tónico escondido en mi maleta, tanto la botella como el frasquito que había reservado para mi uso personal, y antes de meterlos en mi bolsillo decidí tomar una última dosis, a modo de despedida. Salí de la parcela y regresé al coche a toda prisa, procurando no hacer ruido. Quienes tengáis buena memoria quizá os hayáis percatado de que aún quedaba algo de tónico en la casa: el que estaba mezclado con el vino guardado en la alacena. Yo no lo recordé, lo cual tendría consecuencias en un futuro no muy lejano.

  En el callejón detrás de la iglesia encontré al matón melenudo, apoyado con pose chulesca junto a una motocicleta de gran cilindrada. Me saludó con su sonrisa zorruna y metió el tónico bajo el asiento de la moto cuando se lo entregué.

—¿Eso es todo? —preguntó.

—Eso es todo.

  Me miró de arriba a abajo, con los pulgares metidos en los bolsillos. Era poco más alto que yo pero me acojonaba tanto que casi di un paso atrás cuando comenzó a hablar de nuevo.

—Mi prima es muy amable, pero yo te voy a hablar clarito. Si le cuentas a alguien lo más mínimo sobre nuestros negocios te colgamos de las tripas en el pinar. ¿Entendido?

—Descuida. Se me da bien guardar secretos —dije, intentando que no me temblase la voz.

—Y a nosotros también. Nadie se va a enterar de lo que haces con tu abuelita cuando estáis solos —dijo, con una mueca perversa. Me quedé petrificado y él soltó una áspera carcajada—. No pasa nada, hermano. Si mi abuela estuviese tan jamona como la tuya también querría darle un tiento.

  Dicho esto, se puso el casco, se subió a la moto y desapareció por el extremo del callejón. Respiré hondo y solté el aire mirando al despejado cielo. Me inquietaba que esa gente nos hubiese espiado hasta el punto de vernos follar, lo cual significaba que en algún momento habían estado dentro de la parcela. Intenté no darle más vueltas al asunto y caminé casi sin darme cuenta hasta el bar. Necesitaba una birra más que en toda mi vida.

  Aún no era mediodía y Casa Juan 2 no estaba muy animado. Solo había unos ancianos jugando al dominó en una mesa y otro leyendo el periódico en el extremo de la barra. En la tele daban un programa de deportes y el ambiente era tranquilo. No había rastro de la orgiástica fiesta en la que mi tía Bárbara había recibido carne en todos sus orificios. Cuando me vio entrar, Pedro se colocó el trapo al hombro y me sonrió. Era el rostro afable y barbudo de siempre, aunque en sus ojos había un matiz de incomodidad.

—Hombre… Carlos. ¿Cómo va eso? ¿Una cervecita?

—O dos si son pequeñas.

—¡Ja ja! Marchando.

  Como esperaba, en cuanto me senté a la barra y pequé un par de tragos el barman se acercó, inclinándose hacia mí y bajando la voz para no ser escuchado por sus probablemente sordos parroquianos.

—Oye… ¿Cómo está tu tía? —preguntó.

—¿Barbi? Está bien. Ayer volvió a la ciudad —dije.

—Menudo meneo le pegamos. Debió acabar agotada —comentó el tabernero, con una sonrisa lasciva.

—No te creas. Cuando llegó a casa se pasó el resto de la noche follando con mi tío.

—Ufff… Qué mujer —exclamó Pedro, admirado. A continuación se puso serio y bajó la voz aún más, mirando a su alrededor—. Oye, no le habrás contado a nadie… Ya sabes… Lo de Mohamed. A ver si a estas alturas va a pensar la gente que soy maricón.

—Descuida. Por mí no se va a enterar nadie —afirmé—. No le haríais daño al chaval, ¿eh?

—¿Daño? ¡Qué va! Al principio se quejaba pero le cogió el gusto y no veas cómo gozaba. Los moros tienen mucho vicio.

  Asentí y le pegué un buen trago a la cerveza. Aún no había perdido la esperanza de encontrar a Monchito e intentar sonsacarle algo sobre el cerdo y las intenciones de su padre, así que le pregunté al barman.

—¿Has visto hoy a Monchito por el pueblo?

—No. Hace tiempo que no lo veo. Y ya me jode, porque el tonto bebe como un cosaco y lo estoy notando en la caja. —Dicho esto, volvió al tono confidente—. Dicen que su padre lo tiene encerrado, por lo de la estanquera.

—¿Ya estás otra vez con eso? Son habladurías de mierda, hombre. ¿Tu has visto a Sandra? ¿Cómo se va a liar un pibón así con un retrasado que huele a pocilga?

—Eso no te lo niego, la moza tiene un buen meneo… Pero cosas más raras se han visto. Tu y yo sabemos, que lo hemos visto con estos ojos, que su marido se zumba a la que se le pone por delante. A lo mejor ella… —Pedro iba a decir algo más, pero vio algo a través de la ventana que le hizo levantar la cabeza—. Anda, mira. Hablando del rey de Roma.

  Me giré hacia la ventana, desde la cual podía verse parte de la calle, a tiempo para ver pasar a un tipo alto y corpulento, de andares pesados, con una desordenada mata de pelo canoso en su ancha cabeza. Después del secuestro y de perder mi negocio, ya era hora de tener un golpe de suerte esa mañana. Solté el botellín en ella barra y salí del bar a paso ligero, ante la mirada sorprendida de Pedro.

  Ramón Montillo se paró en seco y se volvió con cara de pocos amigos cuando me acerqué por detrás y le toqué el hombro. Sus ojillos enrojecidos por el alcohol tardaron un par de segundos en reconocerme, y cuando lo hizo su sonrisa dejó al descubierto dos amarillentas hileras de dientes.

—Hombre, chaval. ¿Qué es de tu vida?

  Miré a los dos extremos de la calle y le hice un gesto para que me siguiese a un callejón, el mismo donde habíamos hecho negocios por primera vez. El tipo me siguió, de mala gana, y soltó un gruñido. Era más grande y fuerte que yo pero no le tenía miedo. Solo de pensar que quería, desde hacía décadas, poner sus mugrientas manos en la limpia piel de mi abuela me hacía hervir la sangre.

—Corta el rollo, Montillo. ¿A qué coño viene lo del lechón? —le espeté, intentando parecer más alto y temible.

—Ey, ey… Tranquilo, tigre. ¿Qué pasa? ¿Es que no puede uno tener un detalle con una vecina? —dijo. Su expresión burlona y perversa me enfureció más.

—Me ha contado que andabas detrás de ella de joven.

—Pues claro. Yo y todos los mozos del pueblo, no te jode. Era una mujer de bandera —dijo Montillo, relamiéndose de forma obscena—. Lo era y lo sigue siendo… ¿No tienes ojos en la cara, chaval? Seguro que hasta a ti te la pone tiesa, ¿eh?

  Perdí el control y le agarré por la pechera de su camisa de franela, empujándole contra un muro de piedra. Se libró de mí sin esfuerzo y me devolvió la presa, inmovilizándome contra el muro opuesto. Acercó el rostro al mío y la peste a vino, entre otras cosas, de su aliento casi me hace vomitar.

—Ya se que un hombre casado no debería rondar a otras mujeres, pero no voy a estar casado para siempre, ¿verdad? —Miró al extremo del callejón y su voz se volvió un susurro cavernoso—. Mi mujer pasa mucho tiempo con los cerdos, y ya sabemos que no está muy ágil que digamos. Un día de estos podría tener un accidente… Y esos bichos se comen todo lo que se les pone por delante, te lo digo yo. Entonces los dos seríamos viudos y… quién sabe, a lo mejor acabo siendo tu abuelito, chaval.

  Aflojó la presa y conseguí apartarlo de un empujón, mientras se reía a carcajadas. No me cabía ninguna duda de que ese tipo era capaz de matar a su mujer y echársela a los cerdos.

—Déjala en paz, hijo de puta. No quiere saber nada de ti —dije, tan furioso que escupí al hablar y le clavé un dedo en el pecho.

—¡Ja ja! Bueno, eso ya lo veremos. —Me apartó la mano y escupió al suelo—. Ha estado bien la charla pero tengo prisa. Cuando mi compadre vuelva de África ya hablaremos los tres de negocios, ¿eh?

—Se acabaron los negocios. No tengo nada de que hablar contigo y con ese…

—Ya hablaremos, chaval.

  Dicho esto, salió del callejón y me dejó allí, resoplando de rabia y con los puños apretados. Ni siquiera me paré a preguntarme a qué negocios se refería. Sin duda algo relacionado con el tónico. Solo podía pensar en que mi abuela estaba sola en la parcela, ignorando hasta que punto era peligroso el hombre que la deseaba desde su juventud. Puede que en ese mismo momento estuviese acariciando o acunando contra su maternal pecho al puñetero lechón.

  Ni siquiera volví al bar a terminarme la cerveza y pagarla. Me subí al Land-Rover y salí de la plaza del pueblo a más velocidad de la recomendable, haciendo que un par de viejas girasen la cabeza. Tenía que calmarme antes de llegar a casa. Encendí un cigarro y disminuí la velocidad cuanto fui capaz. Si mi abuela me veía tan alterado sabría enseguida que me ocurría algo, no podía contarle la verdad y estaba harto de mentirle. Tampoco podía evitar pensar en mi madre, a quien en esos momentos echaba de menos más que nunca. Ella sin duda sabría qué hacer, pero no podía confiarle mis insólitos problemas.

  Aparqué frente al garaje y me aseguré de que la verja de la parcela estaba bien cerrada. Rodeé la casa y no vi a nadie en la parte de atrás. Los muebles junto a la piscina estaban limpios y bien colocados. Las gallinas picoteaban su pienso y Frasquito se revolcaba en el barro dentro de su corral. Entré en la casa y encontré a mi abuela en su dormitorio, doblando un cesto de ropa limpia, colocando con ordenado esmero las prendas sobre su cama. Al verme entrar sus manos no se detuvieron. Podía hacer cualquier tarea doméstica con los ojos cerrados. Me miró y la tierna sonrisa en sus labios rosados me desarmó por completo.

—¿Qué tal por el pueblo, cielo? —preguntó.

  Sin decir nada, fui hasta a ella y la abracé, hundiendo el rostro en su abundante y mullido pecho. Aspiré con fuerza su aroma a tierra mojada y suavizante, una fragancia sencilla y familiar que me hacia sentir en casa, en nada parecida al exótico perfume de Ágata o, desde luego, al infame hedor de Montillo. Terminadas las faenas campestres, no llevaba la ropa de faena sino su bata floreada, y mis manos no tardaron en meterse bajo la fina tela y acariciar su piel. Y fue piel todo lo que encontré, ya que estaba totalmente desnuda bajo la discreta prenda. Sabía que ese domingo estaríamos solos y había dejado de lado el recato con una naturalidad que me resultó encantadora y excitante.

—Ay… Pero qué cariñoso vienes, hijo —dijo, un poco ahogada por mi fuerte abrazo.

—Te he echado de menos —dije, frotando la cara contra la suave piel que su escote dejaba al descubierto.

—Pero si solo has estado fuera un ratito…

  La besé con tantas ganas que casi hago que sus gafas caigan al suelo. Recibió mi lengua sin reparos pero sin la pasión habitual, sorprendida por mi actitud. Dejó los anteojos con cuidado en la mesita de noche y se apartó un poco, sujetando mi rostro entre las manos y mirándome con sus brillantes ojos verdes.

—¿Estás bien, cariño? Te noto raro.

—Estoy bien. De verdad.

  Me miró en silencio durante unos largos segundos, sonriente y preocupada al mismo tiempo. Sabía que me pasaba algo, pero también era una mujer acostumbrada a que los hombres de su vida fuesen reservados y no mostrasen sus emociones. No hizo más preguntas, aunque estuve a punto de contárselo todo (o casi todo) al ver en su rostro esa expresión de infinito amor y abnegación. Sin saber cual era mi problema estaba dispuesta a consolarme, y sabía muy bien la mejor forma de hacerlo.

  Dándome breves besos en los labios me sacó la camiseta por la cabeza, acarició mi pecho moreno y bajó las manos hasta la cintura. Yo le abrí la bata y me recreé en la vista de sus curvas, un paraíso de generosa abundancia al alcance de mis nerviosas manos. Me bajó los pantalones y los boxers y me hizo sentarme en la cama, junto a la ropa limpia y doblada. Me apoyé en los codos para no perderla de vista y mi polla culminó con rítmicos cabeceos una potente erección cuando dejó caer la bata a sus pies, mostrándose ante mí sin pudor alguno, dispuesta a cometer una vez más el pecado que compartíamos sin importarle la mirada severa del muñeco crucificado que colgaba sobre la cama.

—Relájate, mi vida… Déjame a mí —dijo, mientras se arrodillaba.

  Puso las manos en mis muslos y se inclinó hacia adelante. Su lengua recorrió despacio el camino desde mis huevos hasta la punta de mi tiesa estaca, que apuntaba al techo. La agarró por la base, hundiendo los dedos en mi oscuro vello, y el capullo se hinchó un poco más mientras sus labios estimulaban la zona del frenillo con una mezcla de besos y leves chupetones.

—Abuela… No hace falta, de verdad… —dije, por quedar bien, ya que no quería que parase ni en broma, y sabía que no lo haría.

—¿Es que no te apetece? —preguntó, con una juguetona mueca de sorpresa.

—Joder, claro que sí. Lo que digo es que… no tienes que hacerlo si no quieres.

—Cómo no voy a querer. ¡Pero mira qué hermosura! —dijo, admirando y balanceando con su mano la muy digna longitud de mi verga.

  Después del innecesario diálogo, colocó sus tetazas sobre mis muslos y se lanzó a una espectacular exhibición de sus talentos orales. Comenzó subiendo y bajando la cabeza muy despacio, dejando que el cilindro de carne entrase hasta su prodigiosa garganta, que no acusaba la invasión salvo por algún espasmo reflejo que ella dominaba al instante. La dejaba dentro unos segundos, dejándome disfrutar del estrecho conducto por el cual cualquier otro domingo a esa hora estaría bajando la ostia consagrada y el vino de la misa. Después levantaba la cabeza y cogía aire, con las mejillas encarnadas y los ojos húmedos, dejando espesas hebras de saliva entre sus labios y mi glande.

  En ningún momento utilizó las manos. Las usaba para acariciarme el vientre, subiendo a veces hasta el pecho. Aceleró el ritmo y en la habitación solo se escuchaban los húmedos sonidos de su garganta, los sorbetones con los que intentaba atrapar el exceso de saliva que resbalaba hasta mi escroto, su fuerte respiración nasal, mis suspiros de placer y sus leves gemidos de satisfacción. Otras abuelas levantaban el ánimo de sus nietos con dulces o regalos. La mía me obsequiaba con una mamada tan entusiasta, guarra y babosa que ni siquiera en las pelis porno había visto nada igual.

—Ufff… eres la mejor… joder… te quiero, abuela… uugh… —conseguí decir.

Mmf mmmgh mmf mglglg, mmfmmugh —respondió ella. Aún con la boca llena de rabo pude entender que decía “Yo también te quiero, tesoro”.

  No hace falta decir que estaba consiguiendo su propósito. Cuando acaricié sus rizos pelirrojos y empujé un poco su cabeza hacia abajo ya no me acordaba de la doctora gitana ni de las amenazas del porquero. Moví las caderas hacia arriba y ella captó mis intenciones. Se quedó quieta y me dejó follarle la boca durante varios minutos, sin necesidad de interrumpirme para coger aire o dar una arcada. Un par de gruesas lágrimas resbalaron por sus carnosas mejillas, su pecho y sus hombros pecosos también enrojecieron y sus mofletes se hincharon cuando se la metí tan hondo que su nariz se hundió en mi vello púbico. Tras varios segundos sometiéndose a mi voluntad, luchando por respirar y aferrándose con los dedos a mis muslos, se liberó de mi mano y se incorporó, boqueando como un pez fuera del agua, con la cara roja cubierta de lágrimas y saliva.

—Ains… pero qué… bruto eres… —jadeó, sonriendo mientras las babas goteaban desde su barbilla hasta su pecho.

  Tras recuperar el aliento volvió a tragarse el sable, mirándome a los ojos. Esta vez agarré su cabeza con ambas manos y separé las piernas para impulsarme mejor. Sin intercambiar una sola palabra, iniciamos un curioso juego en el que ella intentaba aguantar mi enérgico bombeo el mayor tiempo posible, y no sé si existirá un récord Guiness de aguantar una verga encajada en la garganta pero estoy seguro de que mi abuela lo batió en esa calurosa mañana de verano. Los sonidos de nuestro desafío, los amagos de arcada y el rápido glogloglog, eran tan obscenos que no me hubiese extrañado ver el crucifijo darse la vuelta ante tal muestra de indecencia. La saliva, cada vez más espesa y abundante, formó un viscoso charco en la colcha de la cama, bajo y mis huevos y mis nalgas apretadas por el esfuerzo.

  Cuando mis gemidos y sacudidas le indicaron que me estaba corriendo, la sacó de su boca y la agarró con ambas manos, me masturbó despacio, apretando con fuerza el ensalivado tronco, mientras chupaba el glande sin metérselo del todo en la boca, de forma que el primer chorro de semen salió disparado hacia arriba y descendió casi en vertical para caer en su pelo. Las siguientes descargas, numerosas y abundantes, llenaron de trazos blancos y goterones su rostro, desde la frente hasta la barbilla, y tuvo que cerrar un ojo para evitar que mis soldaditos intentasen fecundar su córnea (suena raro, pero es lo que pasa si te corres en el ojo de alguien). No se si fue por la tensión acumulada durante mi accidentada mañana, por el tónico que había tomado, por la destreza de mi abuela o por una mezcla de las tres cosas, pero tuve el orgasmo más largo y brutal que había tenido nunca. Después de las últimas sacudidas, que ella acompañó golpeando mi capullo contra su lengua, me quedé tumbado bocarriba, relajado y flojo como un muñeco de trapo.

—Qué barbaridad, Carlitos… Voy a tener que lavarme hasta el pelo —se quejó mi abuela, con su gracioso tono de enfado fingido—.Y la colcha… Ay, la colcha… Qué locura, hijo…

  Con una imborrable y bobalicona sonrisa en los labios observé cómo se levantaba del suelo, cogía una toalla del cesto de la colada y se limpiaba con ella el rostro y el pecho. Después me limpió a mí y se tumbó a mi lado con un profundo suspiro, acariciándome el pecho y mirándome con ternura. Me besó en la mejilla y encontré fuerzas para acariciar la suave piel de su muslo, ligeramente húmeda por el sudor.

—¿Qué? ¿Te ha gustado? —dijo. Soltó una risita, consciente de lo innecesaria que era la pregunta.

—Joder… Si pudiese me casaría contigo —dije, bromeando pero no del todo, antes de girar la cabeza para besar una de sus tetas, que debido a la postura reposaba sobre mi pecho.

—Anda, anda… No digas tonterías —dijo. Puede que me lo imaginase pero creo que se ruborizó un poco más de lo que ya estaba—. Seguro que muy pronto encuentras a una buena moza de tu edad con la que ennoviarte.

  Su comentario me sorprendió un poco, y caí en la cuenta de que nunca habíamos discutido los pormenores de nuestra relación secreta. Nos queríamos, nos gustaba estar juntos y nos encantaba follar, pero más allá de eso todo quedaba en el aire. Su expresión era tierna, con un leve matiz de melancolía en sus ojos verdes.

—¿No te importaría que me echase novia? —pregunté.

—Claro que no. Al contrario, eso es lo que tienes que hacer —afirmó. Me apartó de la frente un mechón de pelo húmedo y me besó cerca de la ceja—. Te quiero mucho, cielo. Me encanta tenerte en casa y… bueno, estas cosas que hacemos aunque no deberíamos hacerlas. Que Dios nos perdone. Pero en el fondo los dos sabemos que más tarde o más temprano se acabará.

—¿Tu quieres que se acabe?

—No es eso, cariño. Pero se acabará. Es ley de vida. Te enamorarás de alguien más joven, como debe ser, y no pasa nada. —Me acarició el vientre y sentí de nuevo sus cálidos labios en la mejilla—. Pero no hablemos ahora de eso, ¿vale? Venga, ve a descansar y a ver la tele o lo que quieras mientras arreglo este desastre.

  Se levantó, se puso la bata con un garboso ademán de folclórica y me dedicó una alegre sonrisa antes de salir de la habitación, seguramente rumbo al cuarto de baño para lavarse el pelo. Yo me quedé un rato allí tumbado, meditando sobre lo que había dicho. Por mucho que me jodiese, tenía toda la razón. Mi querida abuela Felisa, la madre de mi padre, la mujer que de la noche a la mañana se había revelado como una nueva fantasía y muy pronto como una solícita amante, puede que terminase siendo solo una aventura veraniega, un hermoso y tórrido secreto que compartiríamos el resto de nuestras vidas.

  Te enamorarás de alguien más joven, había dicho. Lo que la cariñosa viuda ignoraba es que, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, ya estaba enamorado de una mujer más joven que ella, aunque también mucho mayor que yo. Una mujer con la que también hacía cosas que no debería hacer.

  Dediqué el resto de la mañana a limpiar la piscina, llena de hojas y ramitas debido a la tormenta, y a ayudar a mi abuela con algunas tareas menores. A la hora de la comida, estábamos de buen humor pero más callados de lo habitual. Hablar sobre el futuro de nuestra relación nos había dejado pensativos, y aunque ella encaraba el asunto con optimismo, dispuesta a disfrutar el presente sin darle demasiadas vueltas, yo no podía evitar entristecerme al pensar que algún día dejaría de saborear las delicias de ese cuerpo maduro y la apacible intimidad que compartíamos. Nos distraímos bromeando, planeando la mejor forma de pintar la fachada de la casa o hablando sobre la cena con la alcaldesa.

  A la hora de la siesta pasamos de ver alguna aburrida película en la tele y salimos a darnos un baño bajo el sofocante sol de junio. A pesar de sus reparos en cuanto a mostrarnos “cariñosos” en el exterior, jugueteamos en la piscina y nos pajeamos mutuamente, culminando con un discreto orgasmo subacuático. Yo miraba de vez en cuando hacia los límites de la parcela, protegidos por altos setos y un delgado muro blanco en algunas zonas. La familia Montoya ya no tenía motivos para espiarme, pero aún así me asaltaba de tanto en tanto cierta paranoia e incluso me sentía observado. Me rayaba un poco, como se dice ahora.

  Después del merecido desahogo, la sirena pelirroja se quedó dormida en una tumbona, protegida por la enorme sombrilla con el descolorido logotipo de Pepsi. Yo entré en la casa, con el bañador aún húmedo, y fui a la sala de estar. Descolgué el teléfono y marqué uno de los pocos números que me sabía de memoria.

—¿Diga? —preguntó mi madre al otro lado de la línea.

—Le habla la policía. ¿Dónde estaba usted ayer a las diez cero cero, señorita?

—Pero qué tonto eres, hijo. ¿Qué haces?

—Nada. Hoy tengo el día libre. ¿Estás sola?

—Papá está durmiendo la siesta en el dormitorio —dijo, bajando la voz.

—La abuela también se ha quedado frita. Podemos hablar.

—¿De qué quieres hablar? —dijo, con su habitual tono sarcástico.

—Te echo de menos.

—Y yo a ti…

—¿Quieres que vaya? Puedo decirle a la abuela que he quedado con mis amigos.

—No. Tu padre va a estar aquí toda la tarde.

—Podemos ir al cine otra vez. No creo que le parezca raro.

—Al cine… ¿Y después qué? ¿Qué toca hoy, aparcamiento o motel de mala muerte? —dijo, bajando la voz hasta un ácido susurro—. Carlos, por favor… Estoy harta de decirte que te lo tomes…

—Que me lo tome con calma, sí. Ya lo se.

  Hubo una pausa durante la cual escuché su agitada respiración. Solo el hecho de escuchar su voz me aceleraba las pulsaciones, de una forma que no tenía que ver solamente con el sexo. No me costó imaginar su menudo cuerpo cubierto por una de sus desgastadas camisetas de andar por casa, con un hombro al aire y los pezones marcándose en la tela. Seguro que estaba sentada en el reposabrazos del sofá, cerca de la mesita donde estaba el teléfono, con las piernas cruzadas y mirando de reojo hacia el pasillo, apartándose el flequillo rubio de la frente de vez en cuando.

—Tengo una idea —afirmé, ufano.

—Miedo me dan tus ideas.

—Mañana por la mañana, después de dejar a mi jefa en el club, voy a llevar a la abuela de compras. ¿Por qué no te vienes con nosotros?

—Hijo, tu abuela es un poco ingenua pero no es tonta. Si haces alguna tontería delante de ella se va a oler lo que pasa.

—No haré nada raro, te lo juro. Vamos… Pensaba que te gustaba pasar el rato con la abuela. Y conmigo —dije, poniendo ojos de cordero degollado a pesar de que no podía verme.

—No me vengas con chantaje emocional, querido. No se te da bien.

—Lo que se me da bien no te lo puedo hacer por teléfono.

—¡Ja! No te lo tengas tan creído. Te queda mucho que aprender, niñato.

—Bueno, ya me enseñarás. ¿Entonces qué? ¿Pasamos a recogerte?

—Está bien, pesado —accedió al fin, tras pensárselo unos segundos—. Pero compórtate, ¿eh? Ni una tontería.

—Descuida, me portaré bien. Solo quiero estar contigo un rato.

—Quién lo iba a decir. Hace poco no querías acompañarme ni a la vuelta de la esquina y ahora no puedes vivir sin mí —dijo, irónica pero sin alejarse mucho de la verdad.

—No soy tan imbécil como antes.

—Bueno, no sé yo…

—Mañana nos vemos. Ponte guapa.

—Yo siempre estoy guapa. Tú ponte esa gorrita de chófer tan mona.

—¡Ja ja! Te quiero.

—Y yo a ti, imbécil.

  Colgué el teléfono y me estiré, contento y excitado. Si a mi jefa no se le ocurría cambiar sus planes habituales, iba a pasar la mañana con mis dos chicas favoritas. Era arriesgado, desde luego, y no solo por que mi hiperactiva libido o mi bocaza pudieran jugármela y descubrir el pastel. Mi madre y su suegra hablarían. Hablarían mucho, como de costumbre, y cabía la posibilidad de que a alguna de las dos se le escapara algo que hiciese sospechar a la otra. Alguien más sensato estaría preocupado, pero a mí se me puso dura ante lo morboso de la situación, estar con dos mujeres a las que le daba matraca incestuosa sin que ninguna de las dos supiese lo que hacía con la otra.

  Era importante que fuese desfogado, así que durante el resto del día y hasta bien entrada la noche no le di tregua a mi abuela. Por suerte ella también tenía ganas de juerga y puso a mi disposición sus acogedores orificios tantas veces como quise. Todos menos su elástico ojete, que aún le escocía del día anterior. Serían las una de la madrugada cuando me dormí, agotado y satisfecho, abrazado a su generoso cuerpo a pesar del calor tropical.

  El lunes me lancé animado y relajado a la rutina de mi trabajo, que ahora era mi única fuente de ingresos. Tras charlar un rato con el bueno de Matías a las nueve en punto me planté frente a la puerta de la mansión, con mi uniforme impecable y actitud marcial. Me fastidió un poco no poder ver ese día a Victoria, la guapa doncella, y preguntarle si ya había tomado una decisión respecto a mi invitación a salir. Aún pensaba que sería una buena novia-tapadera para acallar rumores, además de un buen polvo. Sospechaba que su timidez y su apariencia virginal ocultaban algo más, y tenía ganas de averiguarlo.

  A las nueve y seis minutos apareció Doña Paz, con su elegante figura enfundada en ropa ajustada, peinado impecable y bolsa de deporte al hombro. Esta vez solo asomaba la empuñadura de una espada.

—Hoy toca esgrima, ¿verdad? —pregunté, quizá con más confianza de la debida, una vez que salimos de la finca a bordo del imponente Klaus.

—Entreno a diario —dijo, en tono severo—. El dominio de la espada exige constancia y compromiso.

—Ah…

—Carlos, ¿le has transmitido a tu abuela la invitación de mañana? —preguntó.

—Si, señora.

—¿Y ha aceptado?

—Claro que sí. Le hace mucha ilusión. Ya le dije que usted le cae bien —dije, sonriéndole a mi hierática jefa a través del retrovisor.

—Bien. Me alegro. Os espero a las ocho, como ya sabes.

—Allí estaremos. —Dejé de sonreír y me arriesgué a hablarle sin tapujos—. Doña Paz… eh… Hay algo que me gustaría decirle…

—Habla, Carlos.

—Verá, no se ofenda, pero… mi abuela es una mujer sencilla, ya sabe. No está acostumbrada a lujos, mansiones, en fin, esas cosas… Le pediría que no la intimidase demasiado. Puede que sea una mujer de campo pero es muy sensible, ¿sabe?

—¿Por qué iba a hacer una cosa así? —preguntó, frunciendo el ceño—. Yo no intimido a mis invitados, a no ser que se lo merezcan, claro. Tampoco llevo a mi casa a gente pobre para burlarme de ellos, si es eso lo que te preocupa.

—No… No, señora. No quería decir…

—La trataré con el respeto que merece. No lo dudes.

  Dicho esto giró la cabeza para mirar por la ventanilla. No parecía furiosa, solo un poco molesta, y en las lineas clásicas de su marcado perfil detecté cierta tristeza. Soltó un leve suspiró y volvió a hablar, esta vez sin mirarme.

—Puede que te sorprenda, Carlos, pero no tengo muchas amigas. —Hizo una pausa para que calase la revelación y fuese consciente de que se estaba sincerando conmigo, un simple chófer—. La mayoría de las personas intentan ganarse mi favor debido a mi fortuna o mis influencias.

—A mi abuela le da igual el dinero.

—Ya lo se. Es uno de los motivos por los que me resulta agradable su compañía.

  No hablamos mucho más durante el resto del trayecto. La dejé en el exclusivo club de campo y, al igual que el sábado, me ordenó que la recogiese a las dos de la tarde. Estaba claro que era una mujer de rutinas estrictas y costumbres invariables, algo que me facilitaba mucho el trabajo. Ansioso por volver a la parte más interesante y placentera de mi azarosa vida, dejé a Klaus en la mansión, me subí al Land-Rover y conduje hasta la parcela. Durante el trayecto por las polvorientas carreteras vi un par de veces por el retrovisor una moto de motocross conducida por alguien delgado con un casco rojo. No era la primera vez que me cruzaba con alguno de esos adolescentes malcriados de los pueblos cercanos, así que no le di importancia.

  Ya en casa, encontré a mi abuela barriendo el suelo de la cocina. Se alegró y se sorprendió al verme de nuevo tan pronto, pues apenas hacía una hora que me había marchado. Me quité la gorra con ademán teatral y le hice una reverencia.

—Vístase, señora. Su coche la espera.

—¿Seguro que a Doña Paz no le importa que andes por ahí en horas de trabajo? —preguntó, después de reírse y soltar la escoba junto al fregadero.

—Descuida. No me necesita hasta las dos. Venga, venga… Mueve ese culito que no tenemos todo el día —dije, dándole palmadas en la nalga para que saliese de la cocina.

—¡Ja ja! Ay… Ya voy, perillán…

  Desapareció contoneándose por el pasillo y y fui a mi habitación. Dejé el uniforme estirado sobre una cama y me puse ropa “de civil”, unos tejanos y una camisa de manga corta. Esperé a mi acompañante en la cocina fumando un cigarrito, y cuando apareció le eché un buen vistazo, que ella recibió con su encantadora timidez. Se había puesto un sencillo vestido azul marino con un discreto estampado de florecillas blancas. Era tan recatado que me resultaba casi cómico, sabiendo tan bien como sabia que en la intimidad era una leona en celo. El escote ni siquiera dejaba ver el comienzo del apretado canalillo y la falda caía hasta la mitad de las pantorrillas, cuyas redondeces resaltaba el leve tacón de sus zapatos blancos. Llevaba sus gafas “de salir”, más ligeras y elegantes, y no se había maquillado, ni falta que hacía. Ningún cosmético podía competir con el rubor natural de sus mejillas y el tono rosado de sus labios.

—Estás para comerte —dije.

—Anda, anda… Ya será menos —dijo ella, mezclando humildad y coquetería.

  Me levanté de la silla, la agarré por la cintura y le di una buena ración de lengua cruda, con cuidado de no despeinarla o arrugarle el pulcro vestido. Me moría de ganas de pasear con ella por el centro comercial, notando como sus curvas atraían las miradas y sabiendo que era el único que iba a disfrutar esa noche del suculento gordibuenismo que no podía ocultar su casi puritana vestimenta. Con ella y con mi madre, claro. Entonces caí en la cuenta de que mi abuela aún no sabía que su nuera iba a acompañarnos, y mi morboso cerebro quiso subir la apuesta que suponía salir con las dos al mismo tiempo.

—Tengo una idea —dije, con una sonrisa pícara.

 CONTINUARÁ…

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