ALMUTAMID

La persona que vi salir tenía la piel más clara que Georges, y aunque no pude verlo muy bien su perfil se me pareció a Yusef. Tampoco estaba seguro. No es que me muriera por estar con Astrid. Ni siquiera tenía celos. Si acababa de echar dos polvazos con una chica tan bonita como Heike. Pero era evidente que sentía que yo no atraía a la chica como ella a mí. Y me dolía más en el ego que en el corazón. Aunque sospechaba que un par de polvos más con Heike u otra chica y se me pasarían mis murrias absurdas.

Lo que realmente me sorprendió al despertarme el sábado por la tarde no fue la resaca sino la nevada copiosa cuando asomé por la buhardilla. La nieve había ido cuajando durante la noche dejando libre sólo el carril por el que circulaban los escasos coches y una veredita en la acera para los peatones. Jamás había visto tanta cantidad de nieve salvo cuando había estado con mis padres en Sierra Nevada a más de 3000 metros de altitud.

Y la previsión meteorológica no era halagüeña. Un frente polar, el que había provocado la nevada y la bajada de temperaturas se vería agravado los siguientes días al chocar con una masa de aire siberiano. La “Bestia del Este” se confirmaba lo que implicaría una caída brutal de las temperaturas hasta a 15º bajo 0 y que la nieve caída se congelase. Aquella tarde tocaba aprisionar la nevera. Pero la residencia tampoco contaba con almacenaje para tanto alimento.

Desconcertado por un clima tan adverso quise consultar a alguien que estaría acostumbrada. Después de hacer un brunch comentando en la cocina con varios compañeros decidií preguntarle a Astrid. Subí a su dormitorio y llamé a su puerta avisando que era yo. Me pidió que esperara un segundo hasta que me abrió la puerta. La sueca me recibió con unos pantaloncitos de deporte sueltos y uno de sus tops deportivos. Seguramente se había puesto los pantalones para recibirme.

Le expliqué mi duda y encantada me explicó como solían en su país solventar los encierros y cubrir la alimentación, sobre todo la falta de vitaminas por estar encerrados. Tomé nota de sus consejos sobre conservas de verdura y pescado y me fui a despedir de ella agradeciendo su aportación. Pero antes de irme me preguntó:

-Anoche bien, ¿verdad?
-¿Por qué lo dices?- pregunté haciéndome el despistado.
-Jajajaja. Por lo bien que se lo estaba pasando la chica que estaba contigo.
-Tú también te lo estabas pasando bien- dije con descaro.
-Pero esa chica lo disfrutaba de veras- insistió.

¿Me estaba tirando los trastos o era un simple comentario? Tenía tres opciones. Quitarle importancia. Quedar bien diciendo que si la chica no disfruta no merece la pena el sexo. O directamente proponerle que lo comprobara. Yo ya no era ese Luis cortado, pero tampoco uno tan descarado. Así que mi respuesta fue quizá la más apropiada con las buenas maneras:

-Me alegro mucho por ella, espero que disfrutara de verdad- pero si me salió un comentario algo malicioso- ¿Tú no lo pasaste tan bien?
-Muy bien, jajajaja.

Sorprendido por el arranque de confianza o flirteo de la vikinga conmigo me abrigué con todo lo que tenía a mi disposición: mallas y camiseta térmica, calcetines de montaña, camiseta y pantalón, forro polar, guantes, bufanda y gorro. Casi me muero por autocombustión en el supermercado y cargando la cantidad de latas de todo tipo que había comprado para más de una semana. La fruta fresca y la verdura estaban carísimas al menos comparados con los precios a los que yo estaba acostumbrado en España. Y la cerveza no compré precisamente la mejor belga. Pero visto el ritmo con el que se bebía en la residencia el sabor era secundario.

Todo el fondo de mi dormitorio quedó lleno de latas de conservas, botes de cristal y acumulación de cerveza. Una vez colocado todo me acordé de Mireia. Bajé a su dormitorio y llamé a la puerta. Al igual que Astrid me hizo esperar un instante seguramente para vestirse pues me recibió con una camiseta suelta muy al estilo de Ángela.

-¿Que vols?- me preguntó.
-Venía a avisarte.- respondí en castellano.
-¿De qué?
-Tenemos una ola de frío. Y me han dado consejos para como prepararnos por si nos quedamos aislados.

Esa mujer se puso hecha un basilisco mezclando el catalán y el castellano llamándome machista, quejándose de que nadie tenía que cuidar de ella. Su reacción me dejó descolocado como la primera vez. Yo no entendía como un acto de amabilidad como el que yo acababa de tener provocaba una reacción tan airada y tan injusta.

-Yo no te he venido a avisar por creerme superior a ti ni querer cuidarte. He venido sólo a darte los consejos que me ha dado a mí otra chica pensando en que tú tampoco estarías acostumbrada a este clima tan extremo. Cuando te quites los prejuicios de la cabeza me vienes a buscar- dije antes de darme la vuelta.

Y antes de dar un portazo que mostrara mi cabreo me despedí:

-Adeu…

¿Pero qué le pasaba a esta tía? Cuanto más lejos mejor. Pasaba de malos rollos por sus líos mentales. O era bipolar o tenía unos complejos de muerte. Pero que los pagara con otro. Yo había ido de Lieja a estudiar y por medio pasármelo bien. No quería historias raras ni aguantar a gente con problemas. Ya tenía yo los míos que no quería resucitar. ¿Había huido de unos problemas para tener otros? Evidentemente que no.

El problema es que aquella tarde se confirmó la helada. Los goterones de nieve de mi buhardilla se fueron transformando en carámbanos. Los coches resbalaban por las calles y andar era casi imposible. La universidad mandó un correo electrónico suspendiendo las clases hasta que protección civil y el servicio nacional de meteorología dictaminasen que se podían retomar.

El lunes por la mañana apuré en la cama. Era sorprendente poder andar en calzoncillos por la habitación mientras fuera estaba todo congelado. En mi ciudad no abundan las calefacciones centralizadas. Nuestro invierno, más húmedo que frío, se solía solventar con calefactores individuales por habitaciones o bombas de calor en los aparatos de aire acondicionado. Yo, como el piso de mis padres era de los años 90, sí disfrutaba de una bomba de calor centralizada en mi casa, de modo que climatizaba la casa a unos más que aceptables 20 grados, pero aún así yo solía usar chándal y sudadera para estar cómodo en casa.

Ya en la residencia estudiando había a medias disfrutado y sufrido una calefacción centralizada con unos dormitorios caldeados y un pasillo helador. Pero nunca con temperaturas tan extremas. Ahora yo observaba en calzoncillos desde mi ventana el paisaje helado de un a ciudad del este de Bélgica sabiendo que aquella capa de hielo llegaba desde Polonia y el Báltico hasta el Mar del Norte y Burdeos.

Me puse a organizar los apuntes que había recopilado ya pero apenas tenía nada en los 10 días largos que llevaba allí, así que a media mañana me puse a hacer fotos de la nieve, lo que se veía desde mi ventana, y mandándosela a mis amigos. La excusa me sirvió para hablar con Alba.

-¡Que guay!- respondió a mi foto.
-Bueno, bonito de ver pero me va a tocar estar encerrado en la residencia.

Aprovechó para preguntarme por todo. Le conté un poco sobre como era la residencia y la facultad. Alucinó con los baños mixtos refiriéndome que era capaz de bañarse en su dormitorio con esponjas y una cuba antes que la viera todo el mundo.

-A lo mejor te salen admiradores europeos. Aquí los hay muy altos y muy rubios- le respondí pero creo que no le hizo mucha gracia mi comentario por como cambió de tema.

Me preguntó por la Semana Santa pero aunque tenía comprado los billetes le dije que no sabía. Quería llegar por sorpresa. Me despedí de ella contento de tener contacto y bajé a prepararme algo de comer. Tenía que gastar la comida fresca antes de empezar a vivir de mis latas y conservas. Me puse unas calzones y una camiseta y me bajé a la cocina.

Había movimiento por los pasillos y en la cocina. La gente socializaba para evitar el aislamiento por el confinamiento obligatorio. De hecho aquella noche de forma espontánea el salón se llenó de gente en grupos charlando y bebiendo cerveza. No era una fiesta como la del fin de semana pero era el antídoto contra el encierro. Incluso parecía que la fiesta había provocado un cambio en la gente. Se hablaban más. Estaban más distendidos. Más confiados. Y hasta en las duchas se notaba pues no era raro ver a chicas desnudas de cintura para arriba sólo con sus bragas puestas y a muchos tíos pasearse en bolas. No sé que habría pasado para ese cambio, si era una evolución natural por los días juntos o era consecuencia de la fiesta, pues en realidad yo había estado casi todo el tiempo en mi habitación con Heike.

Por la tarde había estado con Astrid haciendo ejercicio en mi dormitorio, más cómodo que el suyo por ser más amplio por la perdida progresiva de altura del techo y además tenía una viga que nos servía para hacer ejercicio. No hubo más comentarios sobre los “sonidos” que venían de las habitaciones y parecíamos mantener una relación afable de compañeros. Aunque ver su barriguita agitada por la respiración cuando se ejercitaba era algo difícil de sobrellevar y más si en mi mente algo calenturienta relacionaba esa agitación con los gemidos que provenían de su dormitorio. En ocasiones me lamentaba de mi falta de arranque pero después de la discusión con Mireia no quería meter la pata. Tenía una amiga y debía conservarla.

Tras tomar unas cuantas cervezas con compañeros en el salón me retiré a mi dormitorio más por costumbre que por sueño. Allí vi los mensajes que me habían mandado Pablo, Viqui y Sol como comentario a mis fotos. En realidad tenía una mezcla se sensaciones perdido entre cierta nostalgia y ganas por retomar ya mi nueva vida, cierto aprecio por parte de lo perdido y lo diferente que estaba siendo mi experiencia Erasmus a lo que me imaginaba.

Como tenía el sueño cambiado y había perdido la disciplina de despertarme a las 7 de la mañana no conseguía dormirme, así que decidí bajar de nuevo al salón. Seguía habiendo gente aunque habían quitado la música y hablaban en pequeños grupos. Me acerqué al grupo en el que Yusef hablaba con varias chicas. Algunas las conocía de vista y había visto algo más que sus caras en el baño. Me presentó a Amelie, una chica de color con una carita preciosa con grandes labios gruesos y a Alice Li, una chica oriental de pómulos marcados y labios gruesos. Yo era el más joven de los cuatro por lo que decían aunque no nos contamos la edad. Conformábamos un grupo variopinto donde yo era el único estudiante de Humanidades. Aún así la charla fue amena, aunque tengo que decir que me costó acordarme de sus nombres.

Más tarde caí en la cuenta de que Georges ya me las había presentado en el baño y me ruboricé por mi despiste. Bueno, y algo más, pues recordé los pechos de Amelie haciendo que por un momento perdiera el hilo de la conversación en francés. Admite que me costaba acostumbrarme a la libertad que se disfrutaba en la residencia.

De todos modos me volví al dormitorio intentando no dormirme tan tarde para empezar a recuperar un ritmo más normal de ciclo circadiano. Me despedí de ellos que siguieron en animada conversación entre risas animados por la cerveza consumida. Cuando subía la escalera tuve una extraña sensación. La risa de Yusef. ¿Era él el que había estado con Astrid y vi salir de espaldas de su dormitorio?

El problema es que no había tantas cosas que hacer. Y el aburrimiento empezaba a hacer mella el segundo día de confinamiento. Yo me pasé media mañana jugando a las cartas en el salón con Yusef, Georges y un checo alto y muy delgado que se bebía las latas de cerveza como si fuese agua.

Me pegué una buena siesta y después me puse a hacer ejercicio sólo pues no había encontrado a Astrid en su habitación. Mientras estaba colgado de la viga en calzoncillos aprovechando la soledad llamaron a la puerta. Respondí mientras bajaba de una dominada y entró la sueca.

-¡Anda! Ya estás entrenando. Me cambio y vengo.- dijo sin inmutarse por verme en calzoncillos.

¿Qué hacía? ¿Me ponía una camiseta cuando ya estaba sudado? No pegaba mucho estar en ropa interior y al menos me puse unas calzonas para no andar marcando paquete. Astrid apareció a los pocos minutos con sus culottes y uno de sus sujetadores deportivos. Todo parecía normal entre nosotros y no hubo ningún comentario aunque no pude evitar dirigir mi mirada varias veces a su culo disimuladamente.

Desde luego era una persona muy segura de sí misma. Dirigía sus pasos con firmeza y, en ese sentido, era bueno tenerla de vecina. Aunque tuve la tentación de preguntarle con quien había estado el fin de semana en el dormitorio me pareció meterme demasiado en su intimidad. Cuando terminamos nos sentamos en el suelo a charlar mientras le ofrecía una botella de agua.

-¿Y en tu país cuando vienen estas olas de frío como lo hacéis?- quise saber.
-Allí es muy raro que te encierres. Las ciudades están preparadas- me explicó- pero si aun así te viene una nevada muy intensa pues como aquí. Haces acopio de comida y bebida y a resistir.
-¿Te pasó en la universidad?
-Claro.
-¿Y estabas en una residencia como aquí?
-No. En Suecia el gobierno tiene pisos para estudiantes. Pagas muy poco y si no tienes dinero puedes solicitar un crédito especial que vas pagando después cuando empieces a trabajar.
-Ahn. ¿Y tú tenías piso para ti sola?
-No, jajaja. Son compartidos. Yo cogí uno con mi pareja.
-¿Tienes pareja?- pregunté extrañado.
-Nikolas y yo estamos juntos desde el instituto y fuimos a la misma universidad.
-Pero…pero tú aquí has estado con otra gente…
-Claro.

Pues no tan claro. Yo no lo entendía. Tenía novio y reconocía abiertamente que estaba con otros tíos. Me estaba perdiendo.

-Nikolas y yo tenemos una relación abierta. Podemos estar con otras personas.
-¿No tiene celos? Bueno, o tú de él…
-Noooo. Estamos juntos. Nos queremos, pero podemos tener sexo con otra gente.
-Ufff. A mí me costaría. No es posesión. Es no sé, respeto. No sé como llamarlo.
-Pero no nos engañamos- me explicó- Cuando yo estoy con otra persona se lo cuento. Y él a mí.
-Pero vosotros…entre vosotros, también…
-Jajajajaja. Que sí. Que tenemos sexo. ¿Nunca has tenido una relación así?
-Yo creo que en España somos más tradicionales en ese sentido. Aunque tuve una amiga con la que sólo quedaba para eso. Pero no teníamos una relación.
-Eso es una forma de relación.
-No en la forma que yo lo entiendo. No había compromiso.
-¿Compromiso? Yo eso no me lo planteo.
-¿Entonces qué tienes con Nikolas?

Astrid se quedó pensativa un momento. Y tras meditar respondió:

-¿Amor? No me imagino ahora no estar con él. Es mi mejor amigo. Nos lo contamos todo. Nos ayudamos. Nos damos apoyo.
-Yo tuve algo así y lo perdí.-confesé.
-¿Por qué?
-Engañé.
-Le mentiste.
-Tuve sexo con otras personas a sus espaldas. Para nosotros la exclusividad es importante.
-¿Y rompisteis por eso?
-No. Por la falta de sinceridad.
-¿Ves?- contestó- El problema no es la exclusividad, es el engaño.
-Pero es que yo la imagino con otro y me muero.
-¿La imaginas o la imaginabas?- preguntó.
-Aún la imagino…
-Pero eso es enfermizo.
-¡No! No voy a matar a nadie, ni a pelearme ni nada de eso. No soy Otelo. Pero me duele. ¿Tú no temes que Nikolas se enamorara de alguien con quien se acueste? ¿O tú misma?
-Eso podría pasar sin necesidad de liarte con nadie.
-¿Y por qué decides acostarte con alguien? ¿Atracción física?
-No sólo eso. No sé. Estoy a gusto, me apetece. Surge. No sabría decirte.
-Ahora estamos a gusto…-dije sin pensar.
-¿Me quieres decir algo? Jajajajajaja

Me puse colorado como un tomate. ¿Me estaba proponiendo? ¿O era yo? Joder, ¿qué le decía? Su sonrisa llenaba su cara marcando sus pómulos. Pero no sé si por mi inacción o porque realmente no le apetecía se levantó y me dijo:

-Me voy a dar una ducha. ¿Nos vemos luego?
-Sí, sí, claro- respondí atontado mirando su culo al irse.

Intentando comprender lo que acababa de ocurrir me quedé sentado en el suelo pero saliendo de nuevo el Luis sin confianza del instituto deseché la idea de que Astrid estuviera dispuesta a tener sexo conmigo. Sólo había sido un giro en una conversación en que mi mente quizá me había llevado a entender algo diferente. Si se había tirado a un tiarrón como Georges y a un tío alto también como Yusef ¿qué iba a ver en mí?

Me fui a ducharme y tan ensimismado estaba pensando en lo que me acababa de pasar que ni me fijé en los culos y tetas, y hasta algún chochete que se me cruzó por delante en las duchas donde ya me daba igual que me vieran abrir la puerta de las duchas en bolas para coger el albornoz.

La cuestión es que tras la cena el salón se animaba cada día más. Entre otros motivos porque tras dos días de encierro la mayoría de la gente se enganchaba a la cerveza desde temprano. Y aunque algún valiente salía a la calle los resbalones, más que el frío, causaban un regreso rápido. Y en cuanto anochecía la temperatura caía tan en picado que a mi parecer no había necesidad de sufrir tanta inclemencia.

De hecho, no sólo el alcohol acompañaba las reuniones sino que el salón empezó a llenarse de un humillo con cierto olor vegetal muy reconocible provocando algún ojo colorado risas flojas. Ese ambiente la segunda noche hizo que las conversaciones variaran. Y aunque yo no fumé pues tenía un muy mal recuerdo de la última vez que lo había hecho el estado de ánimo se iba contagiando.

No sé si fue por ese motivo o porque había reflexionado Mireia, que estaba compartiendo un porro bien cargado con una Anika y dos chavales magrebíes que no recordaba se me acercó en son de paz.

-¿Qué tal Luis?- me saludo en castellano.
-¿Otra vez me vas a mandar a la mierda?- respondí seco.
-Vale. Touché- respondió haciendo un gesto de rendirse.
-Es que no entiendo porqué me respondiste así.
-Admito que tengo algunos prejuicios, pero es que la gente como tú…
-¿Cómo yo?- pregunté.
-Sí, que visten así pijos como tú y muestran su nacionalidad española suelen ser tan fascistas…
-Pero chiquilla- contesté- ¿yo te he dado motivos? ¿Un estilo de vestir y saber que no entiendo tu nacionalismo me convierte en algo tan terrible?
-Lo sé. Tendría que haber hablado contigo antes de prejuzgarte. Y sé que tu vecina de habitación te había explicado qué hacer por la mierda esta de ola de frío…pero claro ¿cómo saber si no eres un machista fascista de los que llevan banderitas de España y se creen superiores a las tías?
-Joder, que cacao tienes nena- añadí encogiéndome de hombros- Pues te voy a decir dos cosas. La primera es que antes de juzgarme tendrías que conocerme. Y la segunda es que estoy muy orgulloso tanto de mi bandera de España como de mis orígenes del Sur. Y no sé como actúa un machista de esos que tú dices pero no me gusta nada que me califiquen de nada sin motivos.
-Vale, vale- dijo evidentemente colocada por la droga- Voy a tener que darte la razón. ¿Nos relajamos?
-¿Y si nos tomamos una cerveza y nos conocemos mejor? Al menos puedes decidir si merece la pena tratarme o no. Porque yo a la tía que me grita cuando quiero ayudar no la quiero tratar.

Me observó con los ojos entrecerrado pensando y me respondió:

-Venga esa birra…

Fui a la cocina a por dos cervezas y nos sentamos en el salón en una esquina, ella sentada con las piernas cruzadas bajo su culo en un sofá y yo en el suelo. Nos hablamos contándonos nuestra vida y costumbres. Ella empezó a mezclar el catalán y el castellano pero sólo cuando no la entendía le rogaba que me repitiera lo que había dicho.

Me explicó que se había criado en un pueblecito muy pequeño cerca del lago Bañolas. Su pueblo según ella me dijo eran cuatro calles alrededor de la iglesia, que ella no había pisado nunca, y una serie de masías dispersadas alrededor. Había ido a una escuela rural y en la época de instituto al que había en a localidad más cercana. Cuando empezó la carrera se había ido a la Universidad de Gerona y allí, en su facultad, había entablado contacto con gente que tenía aspiraciones similares, políticas, sociales y estéticas. Tanto que en verano se iban juntos de acampada durante casi todo el verano a una especie de comuna cerca de su pueblo.

Por como me describía las cosas que hacían y proponían éramos dos personas muy diferentes. Ella se había criado en un ambiente mucho más cerrado que el mío y con un grupo que desde ideas muy próximas al anarquismo defendían la violencia contra el Estado para conseguir sus objetivos. Yo le expliqué que nunca me había implicado políticamente aunque tenía mis ideas. Ella era todo lo contrario, atacaba la religión, el matrimonio, la propiedad y hasta la familia.

Aunque parezca mentira siendo tan distintos como éramos, y evidentemente guardándome lo que pensaba de algunas cosas que decía, acabamos riéndonos y llegando al acuerdo de intentar llevarnos bien. Aunque yo creo que los porros que se fumó y las cuatro cervezas que cayeron hicieron bastante.

Sentado en el rincón con Mireia perdí la noción del tiempo y se me llenó la vejiga por lo que me fui a mear- Al atravesar el salón me percaté de que el personal andaba bastante perjudicado. Yo había leído y hasta visto vídeos más o menos reales de supuestas fiestas universitarias, pero lo había considerado una exageración o un relato interesado. Pero en el trayecto hasta el pasillo vi a dos chicas desnudas de cintura para arriba contoneándose y rozándose mucho entre ellas mientras varios compañeros las rodeaban sobándose el paquete. Una pareja se enrollaba en un sofá. Algo que no entendí habiendo dormitorios.

Tras dejar el depósito listo para el siguiente llenado me fijé que detrás del sofá donde Mireia estaba tal y como yo la había dejado Anika se enrollaba con uno de los chavales magrebíes mientras el otro observaba. Me extrañó que no se retirara. Yo sé cuando estorbo.

Me senté donde estaba antes y se lo comenté a la catalana. Ella se encogió de hombros y me respondió:

-El sexo forma parte de los estímulos que recibe el cuerpo, como la comida o la sensación de frío.
-Pero creo que el alcohol y las drogas colaboran- añadí.
-Claro. Porque eliminan las barreras que la sociedad nos impone. Todo forma parte de un complejo heteropatriarcal de dominio de la mujer.
-Cuando me hablas así me pierdo, demasiado profundo para pensarlo mientras me tomo tanta cerveza.
-El género es una imposición del hombre sobre la mujer en la que se le atribuyen funciones como la maternidad y la crianza de los hijos.- explicó.
-Bueno, el sexo tiene que ver. Yo tengo churra y tú tienes chocho…
-Pero eso no significa que me tenga que someter a esta mierda de falocracia.
-Ni yo lo pretendo. Pero hay cosas que vienen dadas por la naturaleza.
-El sexo es más libre de como tú lo dices. Yo no tengo género.
-Pero tienes sexo- insistí.
-Pero es fluido. Puedo ejercer como me apetezca. Soy dueña de mi cuerpo.
-Eso no lo dudo. Pero eso significa que ¿te lías con tías?
-Tíos, tías…siempre un mundo binario. Amo, esclavo, burgués, obrero…deja que fluya y que sólo haya personas…-respondió con los ojos muy colorados y llorosos quizá por el abuso de la marihuana.
-Entiendo que entonces eres ¿bisexual? ¿queer?
-Soy persona, dotada de órganos sensores. Sólo soy dueña de mi vida y de mi cuerpo y hago con ellos lo que quiero.
-En eso tienen que ver los piercings que llevas supongo…
-Ajá. Y tatuajes.
-¿Cuántos tienes?
-Piercings los que me ves en la cara y dos más…

Supuse que uno en el ombligo como Marta aunque no imaginaba donde tendría el otro.

-…y tengo dos tatuajes.-completó.
-Pues no se te ven- dije- deben ser pequeños.
-Que va, es por la ropa.-explicó- mira…

Sin esperármelo Mireia se quitó la camiseta que llevaba quedándose desnuda de cintura para arriba. Era muy delgada. Con las costillas muy marcadas y dos pechos planos algo caídos para su edad. Bajo las tetas y casi hasta el ombligo me enseñó una especia de “mandala” budista. Al observarlo me fijé que tenía un piercing atravesando uno de sus pezones. Después se dio la vuelta enseñándome un dragón en el hombro.

-Están chulos- respondí aparentando normalidad- pero muy oriental. No sé me esperaba una Virgen de Montserrat o algo así…

Por primera vez Mireia pilló una de mis bromas tomándola con agrado. Se giró hacia mí riéndose y me explicó que le gustaban las filosofías orientales, más centradas en la relación entre lo humano y lo natural que con la existencia de dioses.

-Oye, y ¿el otro piercing?
-Ese es más difícil de ver- respondió- porque este se me ve en la playa o ahora- explicó sujetándose la teta para que se viera bien el trozo de metal que atravesaba su pezón.

Al levantar el brazo comprobé que no se depilaba, algo que ya había visto en varias chicas de la residencia. Entonces se levantó con rapidez diciendo:

-Merda, em pixo…(Mierda, me meo)
-Voy contigo.

Entramos al baño cada uno en un retrete y pude escuchar su chorro y sus gemidos de alivio mientras me decía:

-Per poc m’ho faig a sobre (Por poco me lo hago encima)

Yo había terminado antes que ella y la esperava fuera del retrete lavándome las manos cuando salió ella. Con las prisas se había dejado la camiseta en el salón por lo que seguia con el torso desnudo. Entonces comprobando que seguia bastante col·locada se me acercó y me dijo:

-Mira, el altre piercing…

Se bajó una especie de pantalones bombachos que se le ajustaban con un elástico bastante ancho en las caderas y se abrió con la mano las bragas. Sólo pude ver un pubis velludo muy negro y tupido, y asomando al fondo una pequeña argolla.

-¿Dónde tienes eso puesto?- pregunté mientras se tapaba.
-En la pipa…
-Joder, y ¿no molesta eso ahi?
-¿Que dius? Et mors del gust…
-Si se me engancha me muero, jajajaja.
-No m’ha passat mai (No me ha pasado nunca)

Mientras recogíamos su camiseta me explico que la argolla estimulaba su clítoris cuando tenia relaciones e intensificaba las sensaciones especialmente con sexo oral. Yo lejos de calentarme por la situación eludí cualquier idea de comerle el chocho con semejante pelambrera y más, recien meada.

No estuvimos mucho más tiempo pues afortunadamente me entró sueño, así que tras recoger su camiseta nos fuimos cada uno a nuestro dormitorio. Anika ya no estaba en el salón y las dos chicas que bailaban semidesnudas se estaban enrollando con dos tíos en el mismo sofá mientras los otros tíos seguían bebiendo cerveza como si tal cosa.

Por la mañana y con algo de resaca intenté procesar toda la información recibida el día anterior. Primero con Astrid y después con Mireia. Me di cuenta de dos cosas sobre mí mismo. La primera, lo distinto que era el ambiente habitual donde yo me movía en mi ciudad de otros mundos. Y la segunda, lo adaptable que yo era a todas esas situaciones.

Evidentemente yo no compartía con Astrid la posibilidad de tener una relación de ese tipo. Para mí era muy fácil tenerla con Mamen, como la había tenido con Heike, con la que no me importaría repetir. Pero con Claudia yo era consciente que eso no habría podido ser y de ahí mi permanente sentimiento de culpabilidad con ella. En cuanto a Mireia, el resultado de mis pensamientos realmente también fue singular. Tan aparentemente cercanos al compartir nacionalidad y sin embargo tan alejados en todo lo demás. Ella quería un mundo donde no existían cosas que para mí siempre habían sido importantes: las instituciones. Ya fuese la familia, un equipo de fútbol, una afición o una religión, yo me sentía siempre parte de algo. Y siempre me sentía más cómodo sujeto a unas normas aceptadas. El tenerlas me servía para no equivocarme, ya fuesen reglas legales o morales.

Todos mis problemas habían venido siempre cuando yo había contravenido mis propias reglas como eran el respeto por los demás, la sinceridad, el trato justo, la no discriminación. Cada vez que yo había sobrepasado esas líneas había acabado mal. De modo que Mireia en el fondo me estaba sirviendo mucho para reafirmarme en mis principios y saber además que si los seguía rectamente conseguiría la felicidad que había perdido precisamente por saltármelos.

Pero ahora mi problema era otro. El encierro se hacía cada más tedioso y se notaba en la gente. Así que cuando bajé a los baños me encontré en las puertas un cartel en inglés y francés que convocaba esa noche a todos los residentes a una gran fiesta para sobrellevar el confinamiento. Los partes meteorológicos no mejoraban hasta el fin de semana, y aunque ya se podría salir a la calle el transporte iba a seguir interrumpido por lo que las clases no regresarían hasta el lunes siguiente.

Yo por mi parte al mediodía rompí el encierro atreviéndome a dar un paseo. El día era el más luminoso que había vivido desde mi llegada, con un cielo azul raso y un sol blanco que se reflejaba en el hielo y la nieve sorprendentemente casi dañando la vista. El problema es que la temperatura apenas alcanzaba los 3 grados bajo 0. Además había que pasar separados de los edificios por si te caía un carámbano desde algún alero.

Pero caminar por la calle seguía siendo muy dificultoso y regresé a la residencia para comer algo. Eso sí hice muchas fotos del paisaje invernal que envié a mis amigos para que alucinaran. Aunque alguno más alucinaría con lo que recordaba de la noche anterior incluido la facilidad con la que Mireia, evidentemente colocada, me enseñó su cuerpo.

En el paseo del mediodía había conseguido llegar a un supermercado para comprar fruta fresca y algo más de cerveza pues estábamos consumiendo a una velocidad mayor de la que yo presupuse antes.

La tarde repitió la rutina de ejercicios con Astrid con la que no hubo ni charla especial ni insinuación de ningún tipo, de modo que rebajó las expectativas que yo me había creado el día anterior. Pero cuando bajé a ducharme sí noté cierto ambiente festivo. Parecía una tontería, pero la simple convocatoria con los carteles en el baño, salón y cocinas había animado al personal. Efectivamente a la hora de la cena estaba prácticamente toda la residencia en el salón picoteando y bebiendo. Incluso ya me llegaba algún tufillo a porros.

La música sonó como en el fin de semana y las chicas, algunas se habían puesto vestidos o faldas como si fueran a salir de marcha. El ambiente era festivo y el alcohol se consumía bastante rápido. Incluso ya había parejas besándose y los típicos bailes sexis de chicas que nunca supe interpretar si formaban parte de alguna relación bisexual o un plan para calentar a los tíos.

El calor era tan sofocante a pesar del frío exterior que muchos tíos andaban sin camiseta, incluido yo mismo. En medio de aquel ambiente alguien gritó:

-Sucking challenge¡¡¡¡

¿Había oído bien? ¿Concurso de mamadas?

Aquello parecía demasiado una película de fraternidades norteamericanas. Pero no era broma, iban en serio. Tres chicas, dos de ellas con las tetas al aire daban saltitos en medio del salón. Las conocía a las tres, las dos chicas que la noche anterior bailaban sensualmente entre besitos mutuos, y ¡Anika! A la polaca le iba la marcha.

Varios candidatos se ofrecían para el juego dándose fuertes golpes en la espalda mientras el animador, un irlandés pelirrojo y pecoso, invitaba a más chicas al juego. Y efectivamente se sumaron dos más: Amelie y Alice Li. No parecía que nadie más fuera a secundar la convocatoria a pesar de que había al menos unas 10 chicas más allí.

Entonces de forma inesperada se me acercó Astrid preguntándome:

-¿No participas?
-No me gusta ir presumiendo por ahí de lo que tengo.
-Jajajaja. Pensaba que ibas a demostrarle a todos lo que yo oí la otra noche.

Envalentonado con el alcohol le dije:

-Si quieres comprobar lo que hay sólo tienes que decírmelo.
-Jajajaja. Pensaba participar en el juego pero si tú no vas…yo paso.

Y sin dejarme responder tiró de mi mano llavándome hacia el centro mientras dijo en voz alta:

-¡Luis y yo nos apuntamos!

Menuda sorpresa. No me esperaba a Astrid entrar en ese tipo de juegos y hacerlo lanzándome un dardo tan evidente. ¿Jugaba o provocaba? ¿Qué quería? ¿Por qué la mente de las mujeres es tan complicada? Y si quería algo conmigo ¿por qué no pasábamos del juego y nos íbamos a un dormitorio?

Pero allí estaba yo apuntándome a un juego que no tenía ni idea de como funcionaba. Y precisamente eso empezó a explicar el irlandés.

-Los chicos se sentarán y no podrán tocar a las chicas. Ellas se pondrán de rodillas entre sus piernas y mamarán pero tampoco pueden tocar. Sólo con la boca- gritaba entre el júbilo de los asistentes apoyando el discurso.- Como hay más chicos que chicas haremos un sorteo en el que apuntaremos en papelitos el nombre de cada participante masculino y cada chica sacará un papelito para saber contra quien compite. Ganarán la chica que consiga que el chico se corra antes y el chico que llegue último sin correrse.
-¿Y qué gana el que quede último?- preguntó una voz detrás de mí.
-¿Te parece poco una mamada de una de estas preciosidades?- respondió el irlandés entre el aplauso general.

¿Sorteo? Todavía podía librarme. Mientras lo pensaba me di cuenta de otro detalle. Ninguno de los africanos se había apuntado al juego. Éramos todos blancos.

Las chicas empezaron a sacar papelitos. Iban tres y yo no había salido. Y Astrid tampoco. ¿Y si me tocaba con ella? Esa idea empezó a excitarme. El juego se podría volver contra ella. O no. ¿Y si yo no daba la talla? A lo mejor significaba que no conseguiría llevármela a la cama. No estaba obsesionado pero el jueguecito que se traía conmigo me ponía muy nervioso.

Como fuese, ensimismado en mis pensamientos oí mi nombre. Pero no era Astrid la que había sacado el papelito de la bolsa sino Amelie. Di el paso hasta ponerme a su lado. En realidad competíamos el uno contra el otro. No sabía como actuar. La chica se agarró a mi brazo sonriéndome. Estaba algo bebida y se le notaba. La última en sacar a su pareja fue Astrid, a la que le tocó un chaval muy alto y delgado. No sabría decir si checo, eslovaco o húngaro, pero de uno de estos países del este.

Hechas las parejas de “contrincantes” colocaron seis sillas en medio del salón mientras se formaba un gran corro. El irlandés se puso en medio explicando:

-Ahora los chicos mostrarán sus armas y se sentarán en las sillas.

Joder. No era fácil sacarse la churra allí en medio delante de tanta gente, pero mientras me lo pensaba el checo se había desnudado completamente y ya mostraba una erección con un nabo largo pero muy fino. Bastante cortado opté por abrir la cremallera de mi vaquero y sacarme las pelotas y la churra floja fuera. No era él único que la tenía en reposo pero me entró el temor de pensar que fuera a tener justo un gatillazo en ese momento y delante de Astrid.

Las chicas no podían tocar pero sí usar otras armas de seducción para acelerar el orgasmo como desnudarse o gemir. Amelie se quitó el top que llevaba tras arrodillarse entre mis piernas mostrando dos pequeñas tetas cónicas coronadas por dos grandes pezones como la nieve en la cumbre de una montaña pero en color inverso más oscuro sobre su piel ya oscura de por sí. Además me sonreía mirando de reojo mi polla quizá contrariada por el lamentable estado de decaimiento que mostraba a pesar del aparente morbo de la situación. Yo la observé intentando sonreír preocupado porque esos labios gruesos succionaran con facilidad el néctar de mis testículos en relativo poco tiempo.

Evité mirar sus labios observando de reojo a Astrid que también se había desnudado mostrando sus grandes pechos que evitaban con soltura la gravedad a pesar de su buen tamaño y redondez. Ya los había visto en las duchas pero por un intervalo de tiempo más breve.

Entonces el irlandés inició una cuenta atrás en la que teníamos que echar el cuerpo hacia adelante para facilitar la acción de las chicas y que sus cabezas no chocaran contra nuestros vientres.

A coro la gente que asistía al concurso fue contando hacia atrás…

-…four, three, two, ¡one!

En ese instante la cabeza de Amelie cayó en mi entrepierna buscando con sus labios mi churra y atrapándola. Sentía como succionaba esperando que se empalmara. Por fortuna para mí y a pesar de lo placentero que resultó el contacto de sus enormes labios sobre mi polla, ésta, cohibida, no terminaba de levantarse aunque se hinchaba levemente. Y es que no quería ver como esa cara bonita se afanaba en ponérmela dura entre succiones y pasadas de lengua.

No quería mirarla y me fijé en lo que ocurría a mi alrededor. Alice Li, a mi derecha mamaba con fuertes succiones que resonaban la polla gorda pero no muy larga de mi vecino de silla. Y un poco más allá Astrid se tragaba con habilidad el palillo que le había tocado en suerte.

Ya no sabía si era mejor mirar o no. Pero Amelie ya tenía mi polla lo suficientemente morcillona como para obligarla a subir y bajar su cabeza para recorrerla aunque una vez que se le escapó pudo comprobar que aunque hinchada aún no estaba dura pues se cayó sobre mi muslo obligándola a girar el cuello para atraparla de nuevo. Iba con prisas y quizá por eso no estaba consiguiendo estimularme suficientemente.

La gente marcaba el ritmo con palmas dándome cuenta que animaban a una de las chicas que había visto bailar la noche anterior bajando y subiendo su cabeza para recorrer entera una polla de tamaño considerable aunque sin exagerar en el extremo contrario a Astrid. Pensé que ganaría esa chica pero de golpe un gemido masculino negando llamó mi atención. Giré mi cabeza y vi a Astrid levantando los brazos en señal de triunfo mientras el checo negaba con gemidos derramando su semen en el suelo entre las rodillas de la sueca. Mi amiga celebraba triunfante su victoria con un churretón de semen en el cuello. Se puso de pie buscando su top y se cubrió mientras la felicitaban.

Aquello provocó una reacción en cadena, pues la chica que mamaba con aquel ritmo en el otro extremo soltó con prisa la polla que se comía limpiándose la boca con la mano mientras el chaval se derramaba sin poderlo evitar.

Lo interesante es que estaba tan ocupado por lo pasaba a mi alrededor que casi me había olvidado de como la chica morena succionaba mi polla con aquellos labios haciendo un sonidito rítmico de succión aunque a un ritmo no muy alto. Al ver que dos chicas ya habían conseguido su objetivo empezó a hacerlo con más prisa, pero no profundizaba como a mi me gusta ni conseguía atrapar mi glande centrando sus chupadas y succiones en la parte del tronco superior, no tan sensible.

Otro más se corría a mi lado. Las chicas ahora ya mostraban cara de alivio cuando conseguían su objetivo. A Amelie la notaba apurada y esa prisa quizá estaba siendo mi mejor aliada. Aunque sus babas empapaban mis pelotas y la imagen de mi polla perdiéndose entre sus labios era muy excitante yo evitaba mirarla entreteniéndome con lo que ocurría a mi alrededor.

Y lo siguiente que ocurrió fue que Anika se apartaba bruscamente de la polla de un chico delgado y huesudo que expulsaba fuertes chorros alcanzando a la polaca que se apartó con prisa para que no la mancharan más pues un chorro lo acababa de escupir y los siguientes alcanzaban sus tetas embutidas en un vestido ajustado.

Yo había cumplido sobradamente. Entre la gente ya los gritos se confundían animando a los que quedaban. Aunque con los sexos cambiados pues los gritos graves animaban a las chicas mientras que las chicas nos animaban al otro chaval y a mí. La suerte se alió conmigo pues la otra chica, agobiada por no ser la última agarró las pelotas del chico siendo descalificada señalada por el público con tan mala suerte para el chaval que según ella se apartaba empezó a correrse negando con la cabeza como le había ocurrido al checo.

Amelie se retiró desconcertada en el lío en que acusaban a la otra chica de hacer trampas. Mientras el irlandés me proclamaba vencedor. Abochornado a la vez que orgulloso me levanté con presteza guardando mi polla babeada en el calzoncillo mientras el organizador del juego levantaba mi brazo y me colocaba al lado de Astrid proclamándonos campeones.

Vi a Amelie vestirse avergonzada mientras Alice Li la animaba. Quise acercarme a ella para levantándole el animo explicándole lo difícil que me había sido resistir pero casi me doy en la cabeza con el techo cuando me levantaron a hombros para proclamar mi victoria recibiendo palmadas y golpes de gente en quien no me había fijado hasta entonces en señal de felicitación.

Astrid me vino a abrazar pero antes la avisé de que tenía un pegotón de semen en el cuello. Se lo quitó con la mano limpiándose en su propia camiseta y me abrazó diciéndome:

-¿Ves? Ahora ya no soy la única de la residencia que sabe como eres…

Y crecido por la situación le respondí:

-Y tú tampoco lo sabes.

Pero no pudimos hablar más pues nos rodeaban para felicitarnos mientras nos traían dos tercios de cerveza para brindar.

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