C.VELARDE

11. NUEVAS SENSACIONES

LIVIA ALDAMA

Días antes.

Martes 13 de septiembre

21:35 hrs.

No recuerdo haber sentido nunca esa clase de hormigueo en el interior de mi vulva fuera de mi lecho marital (si se podía llamar así al lugar sagrado donde compartía intimidad con mi amado Jorge); ni de haber experimentado ese fuego ardiente y desmedido que se anida en tus entrañas y se proyecta por todo tu cuerpo cuando estás apunto de hacer el amor con el hombre que amas.

De hecho, no recuerdo haber sentido jamás esa sensación explosiva y caliente ni siquiera mirando una escena erótica, o leyendo un libro como los que me había regalado mi novio últimamente con la intención de que experimentara nuevas sensaciones en el ámbito sexual.

Para mi mala fortuna, no recuerdo haber sentido jamás esa sensación ni siquiera con Jorge, que era el chico del que estaba perdidamente enamorada. Y esto último fue lo que más me asustó.

Lo que ocurrió esa noche en La Sede fue extremadamente inesperado para mí. No sabía cómo procesarlo ni mucho menos digerirlo. Incluso cavilé sobre si sería correcto contárselo a Jorge o quedarme callada. Mi pecosín era muy aprensivo, y las preocupaciones le ocasionaban migraña. Y yo no quería ser la responsable de que la pasara mal por mi culpa.

¿Qué se hacía en estos casos?

“Livia, respira hondo, por favor, respira hondo y ya no pienses en eso. A ti no te afecta. De hecho no te puede afectar” me dije por enésima vez cuando mi novio y yo terminamos de hacer el amor.

Vi a mi hermoso pelirrojo dormido como un bebé de dos años, satisfecho, mientras yo me remolinaba en la cama pensando en lo… otro.

Jorge y yo habíamos salido juntos de La Sede ese martes un poco después de las siete de la tarde, como todos los días, y lo hicimos tan aprisa que olvidé mi bolso en mi cubículo, en el departamento de prensa, donde yo era una simple redactora de notas.

Nuestra urgencia para salir del edificio se debía a que Jorge quería alcanzar la función de cine de una película de acción que ansiaba ver pues aquella era su última semana en cartelera.

Teníamos un menesteroso auto amarillo de segunda mano (al que apodábamos pollito) que compramos entre los dos para podernos desplazar en una metrópoli caótica y siempre estresante como lo es Monterrey, en el que nos fuimos disparados hasta el cine con el tiempo exacto.

Y fue justo cuando volvíamos al apartamento, casi dos horas después, que me di cuenta que había olvidado mi bolso en la oficina, cuando quise ver la hora en mi teléfono y no lo hallé por ningún lado. Angustiada, se lo comuniqué a Jorge.

—Tranquila, Livy —me dijo mi novio con la paciencia y parsimonia que un hombre enamorado siempre tiene para su mujer—, no pasará nada si tu bolso se queda allí hasta mañana.

—¡Ahí tengo mi teléfono, bebé! —le dije—, Además, allí está también mi cartera. No tengo mucho dinero, y tampoco es que desconfíe del personal que hace el aseo, pero me sentiría mejor si tuviera mi bolso conmigo.

—Pero Livy, ¿has visto la hora que es?, casi son las 10:00 de la  noche.

—Tan poco es tan tarde, bebé —dije a Jorge haciendo el puchero de niña buena al que él nunca decía que no—. Anda, sólo entraré por el bolso y regreso pronto. Te prometo que cuando sea rica te compensaré comprándote la moto tanto quieres.

Jorge se echó a reír.

—Lo dirás de broma, Livia, pero a lo mejor pronto me das ese regalo.

—Para eso debo tener un mejor puesto, cariño, y, a como van las cosas, dudo que pase pronto.

—Eso tú no lo sabes, Livy. De algo debe de valerme ser el cuñado de Aníbal Abascal —me recordó—, que es uno de los dirigentes principales de La Sede y, estoy seguro, el futuro presidente municipal de Monterrey.

—Sabes bien que ese hombre nunca me ha dado buena espina, así que no, Jorge, te prohíbo terminantemente que Aníbal Abascal se involucre con mi ascenso.

—Pero Livy…

—Por favor, mi pecosín. Escucho rumores sobre él y la verdad es que miedo me da.

—¡Es mi cuñado!

—Y también tu jefe y el hombre que, según tú mismo me lo has dicho, ha mantenido sedada a tu hermana durante años. A lo mejor tengo una mala impresión de él porque no lo he tratado personalmente, por el asunto ese de que tu hermana no me quiere y no podemos asistir juntos a tus reuniones familiares. Pero de ser cierto eso de que Aníbal es bastante… mezquino, no me explico cómo es que lo defiendes, pero bueno. El caso es que no, gracias. Ya veré cómo me las arreglo yo sola para defender mi derecho de causa. 

Jorge accedió a llevarme al edificio de La Sede y me esperó afuera. Comuniqué al vigilante mi propósito para ingresar a la edificación, después de identificarme y enseñarle mis credenciales que me acreditaban como parte de la plantilla laborante del lugar, y me dejó pasar. Cuánto odiaba que, después de cinco años, el vigilante nocturno no se acordara de mi cara. 

Los cubículos del departamento de prensa estaban en el tercer piso, (lamentaba que el cubículo de mi novio estuviera en el primero y no pudiera mirarlo durante el día como quería).

Los pasillos se exhibían silenciosos y semioscuros, y de noche me parecían mucho más anchos y largos de como los recordaba. Mis zapatos de suela de goma no hacían ruido al caminar, y eso me asustaba. El silencio me producía vértigo. Veía sombras por mis cuatro puntos cardinales y figuras fantasmagóricas que sólo eran capaces de reproducirse en mi mente. Por un momento estuve tentada a regresarme corriendo por donde había entrado y pedirle a Jorge que me acompañara. Pero no. Me dije que por una vez en mi vida tenía que hacer algo por mí misma. Era una jugada sencilla: sólo iría a mi cubículo a recoger mi bolso y me largaría.

Me metí en el ascensor y después me encontré con dos hileras de cubículos, unos en el lateral derecho y otros en el izquierdo, así como un amplio pasillo en el centro por donde se podía acceder a ellos. Caminé rápido hacia el cubículo ocho, que era el mío, y justo cuando me disponía a recoger el bolso rosa que estaba justo en la superficie de mi escritorio, me detuve en seco y miré hacia el fondo: y es que de pronto me paralizó el nítido sonido de unos jadeos masculinos procedentes de la oficina de mi jefe.

“Por Dios.”

La puerta de la oficina de Valentino Russo estaba semiabierta. Mi corazón retumbó con ahínco y la respiración se me condensó a medida que aquellos resuellos varoniles se hacían más graves y rasposos allá dentro. ¿Estaría Catalina con él? ¿Estarían haciendo… aquello que yo me imaginaba? De ser así, ¿entonces por qué a ella no la escuchaba?

Es hora que no logro comprender por qué hice lo que hice si yo era tan miedosa: me refiero al hecho de tragar saliva y acercarme a hurtadillas para saber lo que estaba ocurriendo allí dentro.

La verdad es que no sé exactamente qué era lo que pretendía hallar, pero sin duda ninguna de mis especulaciones se acercó siquiera a lo que en realidad me encontré en el interior.

Valentino Russo no estaba en su escritorio, situado al fondo de la gran oficina, sino en el sillón lateral que yacía apenas a algunos cinco pasos de la entrada, por lo que mi vista hacia él era perfecta. Delante de mi jefe lucía una mesita sobre la que estaba posicionada su iPad, donde, por lo que escuché después, deduje que estaba teniendo videollamada con una mujer.

Mi jefe siempre portaba trajes finos, elegantes y con estilo, y aquella vez no fue la excepción. Lucía un chaleco y pantalones grisáceos, de tonos eléctricos, que se adherían perfectamente a su cuerpo, combinando muy bien con la camisa de raso negra abotonada hasta su pecho que intuía una monumental musculatura, con la corbata morada torcida hacia el lateral derecho, y el saco a juego acomodado en su costado. Valentino Russo estaba sentado a sus anchas en el sofá de piel, con sus pantalones puestos. Lo único que me llamó la atención fue… esa cosa grande y gruesa que sacudía con sus dos manos y que estaba a la altura de su bragueta, sobresaliendo en medio de su cremallera desabrochada.

El aire se me fue, y el corazón comenzó a temblarme. Leila siempre lo comparó como el típico macho semental “moja bragas” cuya voz gruesa, áspera, ronca y seductora, era capaz de provocarte los mejores orgasmos con sólo susurrarte cosas en el oído.

En mi opinión ella exageraba: o tal vez no tanto.

Hay rostros, como el de mi adorado Jorge, que te inspiran confianza, comodidad y hasta diversión. Hay otros, como el de Valentino Russo, que te intimidan por la estructura de sus facciones tan rígidas y pronunciadas. Jorge, a simplemente vista, se le notaba que era un chico muy dulce, cariñoso, sensible y servicial. Valentino proyectaba virilidad, dominio y barbarie.

Mi jefe era un hombre de piel bronceada, cabeza rapada, de cuerpo hercúleo, brazos fuertes y bíceps que parecían querer reventar sus camisas de lo ajustadas que le quedaban. Había rumores de que tenía tatuajes en uno de sus anchos brazos. Además, sus piernas parecían potentes robles, y sus nalgas eran duras y redondas (a juzgar por cómo lucía los pantalones que usaba en el diario). Sin duda poseía la facha de un impresionante luchador profesional tanto por su aspecto fornido, como por su gran altura y por su penetrante mirada salvaje.

Y ahora él estaba allí, en una situación en la que jamás imaginé encontrarlo.

Encima fijé más la vista hacia adentro, y sólo tuvieron que pasar un par de segundos para darme cuenta de que eso que sostenía con sus grandes manos era… ¡su pene! ¡Un enorme y grueso pene!

“Por Dios Santo” exclamé en mi fuero interno.

¿C…óm…o era posible…?

Mis dudas se disiparon cuando Valentino Russo liberó ese colosal miembro para acomodar su Ipad sobre la mesa utilizando sus dos manos.

Por lo que pude deducir, se lo estaba enseñando a la mujer de la pantalla en una especie de sexting, (misma que por la posición del aparato yo no podía ver) en tanto ella le mostraba sus pechos.

No sé por qué me quedé paralizada allí, mirando ese gordo y largo falo que no era el de mi novio, (estoy consciente que tuve que haber salido corriendo enseguida) pero seguro mi estadía en ese lugar fue por la impresión que tuve al repasar con mis incrédulos ojos las obscenas vistas de su tamaño.

¿Era posible?

Tíldeseme de ingenua o estúpida, pero yo jamás había visto un pene que no fuera el de Jorge: de hecho yo tenía la absurda idea de que la apariencia y tamaño del sexo masculino sólo variaba en el color, según la tez de piel, no en el grosor y longitud.

Y aunque ya consideraba el pene de mi novio como algo normal y agradable a la vista por su forma y color: ahora… que veía el de Valentino, no sólo lo encontraba diferente, sino hasta extraño.

El miembro de Jorge era de color sonrosado, del tamaño de las zanahorias de tamaño promedio que solía comprar para los caldos. El de Valentino era cobrizo, y parecía más un enorme y gordo plátano macho que una zanahoria… De hecho, poniendo mayor cuidado, en su longitud descubrí que tenía relieves que más bien resultaron ser venas inflamadas que decoraban su miembro por todos lados.

El pene de mi novio era delgado y recto, como una vela de parafina, y siempre lo había considerado grande… hasta ahora. El de valentino, en cambio, era mucho más grueso y largo. Además, tenía una curvatura que apuntaba hacia el cielo, parecido a una enorme serpiente que está punto de atacar.

Lo más extraño no fue la inferioridad del miembro de Jorge en comparación del de mi jefe, que podría ser casi el doble de largo y grueso, sino la forma que tenía la punta. El miembro de mi novio finalizaba con lo que, según había aprendido en el colegio de monjas, era el prepucio, mismo que cuando el pene se ponía erecto ese cuerito se tensaba.

No obstante, el falo de Valentino Russo, en lugar de lucir ese cuerito que cubre la punta, le sobresalía una hinchada cabeza en forma de hongo que destacaba por su color moratado y su enormidad, ¿qué diablos era eso, por Dios?

 Aunque me pareció totalmente diferente al tipo de pene que yo conocía, ahora reconozco que esa noche la estética de esa cabeza (que después pude llamar glande) era visiblemente… atrayente.

Un torrente sanguíneo bastante caliente ascendió hasta mis mejillas y después descendió hasta anidarse en mi palpitante entrepierna, cuyo cosquilleo me hizo estremecer de arriba abajo. 

De pronto, la prominente mano izquierda de mi jefe rodeó toda la circunferencia de su descomunal pene y comenzó a masajearlo muy despacio de arriba hacia abajo, sacudiéndolo, meneándolo de un lado a otro mientras le decía algo a la chica del video que, francamente, no entendí. Yo estaba distraía observando lo que hacía con su virilidad, intentando en vano, que mis músculos y sentido común reaccionaran y me obligaran a salir huyendo de allí.

No sé si fue por la distancia o producto de mis alucinaciones, pero juro que después de los primeros frotamientos su miembro se hinchó aún más.

“Madre mía.”

De un momento a otro aquél hombre se echó hacia atrás, apoyó su cabeza en el respaldo y empujó su pelvis hacia adelante, sobresaliendo aún más esa barra de carne que me dejó sin aliento.

Cuando menos acordé el aire me faltaba, una electricidad abrasadora se proyectó por todo mi cuerpo y, lo peor; sentí mi vulva palpitante, tras lo cual, en un par de segundos se desbordó desde mis entrañas un intenso flujo de agua muy caliente que inundó mis bragas, como si me hubiera orinado.

“Ay… Diooos…”

 El picor y cosquilleo que sentía en mi vulva fue tal que hasta tuve enormes deseos de meter mis dedos en mis pliegues, así como lo hacía Jorge a veces, aunque con torpeza. Y me asusté. No era normal haberme humedecido mirando el comportamiento descarado de un irreverente hombre que se estaba masturbando en su oficina cuando creía que no lo veía nadie.

Mi cuerpo no respondía a ninguna orden, solo tenía esos insanos deseos que me estaban exigiendo bajarme el pantalón ahí mismo para introducirme los dedos. No sé si fue mi jadeo o un acto reflejo de mi jefe lo que hizo sacudirse su miembro con intensidad al mismo tiempo que giraba su cabeza clavándose justo en la abertura de la puerta, por donde yo estaba mirando a hurtadillas.

“Me vio” fue lo primero que pensé, sintiéndome aterrada. Acto seguido, salí de transe, me dirigí a mi cubículo, tomé mi bolso y me fui corriendo por el pasillo, sintiendo cómo el charco que se había acumulado en mis bragas estilaba entre mis muslos y mis piernas. Ni siquiera tomé el ascensor y tampoco le dije nada al vigilante cuando salí del edificio. Cuando llegué al auto, me metí enseguida, esperando que no se notara tanto la humedad en mi pantalón. Jorge me preguntó el porqué de mi tardanza, así que yo le inventé cualquier excusa y me quedé en silencio durante todo el trayecto a casa.

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