ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Sentado sobre la hierba, a la orilla del río, protegido del sol de mayo por la sombra de los álamos que acompañan el discurrir de la corriente, fijo mi mirada en ninguna parte y escucho hablar al agua, que ríe entre las piedras que le hacen saltar, que baila en los remansos donde se ensancha su caudal y que, cantarina, serpentea siempre cuesta abajo, sin esfuerzo, solo dejándose ir, sin preguntas, sin saber adónde va, sin tener conocimiento de ese mar donde van a morir todas las aguas.

De repente, frente a mi, sin saber por qué, cómo ni de dónde, nace una leve brisa que mueve la hierba, que caracolea entre las verdes hebras y, creciendo, alimentándose de sí misma, provoca el vaivén de los arbustos que viven junto al río, y pasa junto a mí, sin dejar de crecer, y se eleva, llegando hasta las copas de los álamos, excitando sus hojas bicolores que, con el movimiento, parecen hablar y contar la misma historia que llevan contando desde que el viento aprendió a llegar hasta ellas.

Me quedo pensando de dónde habrá salido ese viento que parecía no existir, de dónde habrán nacido sus ganas de soplar, de elevarse, de corretear entre hojas y ramas. Y tal vez por el evocador influjo de este viento repentino, o quizás por el romántico y perpetuo discurrir lento del agua de este río de caudal pequeño, o debido a la terca y celosa soledad que me acompaña desde que tú ya no estás, me acuerdo de los besos que ya di, de ese mareo previo, del cosquilleo en el estómago, de ese elevarse al sentir otros labios en mis labios, de esa felicidad que, como pompas de jabón que se elevan y explotan, nace con cada beso. Y pienso que, tal vez, las ganas de besar sean como el viento, repentinas, caprichosas, impredecibles.

Ahora, entre las ramas de los árboles que crecen a mi espalda, ha nacido un coro de pajarillos que, por su euforia, no se sabe si discuten o si se buscan. Y yo, que nada tengo que hacer este domingo por la mañana más que divagar, me acuerdo de los besos que no di, de los labios que me hubiera gustado besar y que ya forman parte de un pasado sin mí. ¿Qué fue de aquellos besos que no di? Serán quizás como hojas secas barridas por los vientos del tiempo, amontonadas en alguna esquina apartada de todos los caminos, donde la desidia y el olvido irán machucándolas y haciéndolas desaparecer en diminutos pedacitos incapaces de recordar la hoja que fueron.

Y al igual que el río sigue fluyendo cuesta abajo, sin preguntas y sin descanso, de la misma manera que esa brisa que nace de la nada, sube, corretea, juega entre las ramas y viene a morir al suelo para volver a nacer después, fantaseo con la idea de que las ganas de besar que habitaban en mi, que afloraron en los besos que di y también en los que no di, volverán a nacer, a morir en las mismas ganas, acabando como hojas secas que el tiempo y el viento barrerán, o a morir en otros labios, acabando en pompas de jabón.

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