ECONOMISTA

27

Al día siguiente Claudia fue a trabajar con otro ánimo a la Consejería, había sido una semana tranquila, donde solo habían hecho un viaje para comer en un pequeño pueblo. Basilio estaba muy cohibido delante de Claudia y desde el encuentro que habían tenido en el hostal era como que había cambiado las tornas entre ellos.

Ahora Claudia se sentía poderosa delante de él y no le dio la más mínima opción a organizar la agenda de la semana. Era ella la que parecía la jefa y Basilio decía a todo que sí como un perrito faldero y sumiso. El resto de funcionarios de la Consejería estaba muy extrañado ante el comportamiento tan raro de Basilio, ya no se movía por el edifico con esa soltura y prepotencia que le caracterizaba.

A media mañana Claudia recibió una llamada telefónica de Mariola.

―Hola, acuérdate que esta tarde tenemos partido…
―Sí, no se me había olvidado, tranquila ―dijo Claudia.
―Al final, ¿qué vamos a hacer el sábado?, ¿hablaste algo con tu marido?
―Este sábado salimos tú y yo… solas…
―Mmmmm, estupendo… ¿y para el que viene quedamos con David?
―De momento esta tarde hablamos lo de este finde, a ver dónde vamos a cenar y qué hacemos… y ya veremos qué hacemos el fin de semana que viene…
―Prepárate para una noche salvaje… quiero que salgamos a tope, déjate de gilipolleces de líneas rojas ni esas mierdas…
―Jajajaja, ya veremos, esta tarde nos vemos que tengo trabajo, adiós guapa…
―Un beso, Claudia.

Cuando colgó se quedó pensando en Mariola, las últimas veces que había salido con ella había terminado teniendo unas buenas sesiones de sexo, o bien entre ellas o bien con algún tío que se habían encontrado. Le esperaba una noche de sábado bastante intensa. Cualquier cosa podía pasar cuando salía de fiesta con Mariola.

Estaba cansada del día anterior, había sido una sesión de sexo demasiado intensa la que había tenido con su marido, con una doble penetración inesperada, pero que le había proporcionado un orgasmo mágico. Cuando iba a volver a sus tareas decidió que no tenía ganas de seguir trabajando, había hecho demasiadas horas de más desde que habían empezado la campaña electoral.

Apagó el ordenador y se puso la cazadora de cuero que tenía sobre la silla. Todos se quedaron mirando como esa rubia bajita y en vaqueros se dirigía decidida al despacho de Basilio. Apenas eran las doce de la mañana. Tocó con los nudillos en la puerta antes de entrar.

―Toc toc, ¿se puede?
―Dime, Claudia.
―Me voy a ir ya, tengo todo el trabajo hecho y quiero hacer algún recado, mañana nos vemos y ya perfilamos la agenda de la semana que viene.
―Ehhhh, sí claro, sin problemas, tenemos que ponernos las pilas que ya quedan poco más de tres semanas para las elecciones.
―Hasta mañana…

Antes de ir a casa se pasó por el colegio de sus hijas, los jueves sobre la una solía estar Germán en el despacho del AMPA por si iba algún padre. Claudia era la presidenta, pero desde que había empezado la campaña había delegado casi todas las tareas en el pobre Germán. Cuando Claudia entró en el despacho él se sorprendió bastante de verla allí. A ella le gustaba lo educado y trabajador que era Germán y se sintió muy decepcionada cuando todos los intentos que había tenido de jugar con él habían quedado en nada.

Se sentó a su lado y estuvieron repasando varios asuntos de la asociación, Claudia intentó provocarle un poco, le apoyó la mano en el muslo como solía hacer con Don Pedro y Germán se puso muy tenso, demasiado, iba escribiendo cosas en el ordenador y Claudia asentía como si le prestara atención, pero en realidad estaba jugando otra vez con él. Al final Germán retiró la silla hacia atrás y se puso de pie, excusándose con rapidez.

―Tengo que irme un momento antes de que salgan los niños del cole, ¿te importa terminar a ti esto?
―No, sin problemas.

Y como alma que lleva el diablo salió del despacho del AMPA. Claudia se recostó en la silla y no pudo evitar reírse, Germán era un buen hombre y padre de familia, al contrario que su jefe, que se merecía una buena lección por todo lo que le había hecho pasar. “Mañana se va a enterar”, se dijo Claudia para sí misma.

Por la tarde quedó para jugar un partido con su amiga Mariola, cuando terminaron y mientras estaban estirando un poco, a pie de pista, pasó María, la monitora que le daba las clases a Claudia, iba con un carro de pelotas y se dirigía a la pista de al lado.

―Hola, Claudia, mañana te veo en clase, ¿no?
―Sí, sí, mañana nos vemos.
―Perfecto.

Mariola le pegó un repaso de arriba a abajo a esa tremenda rubia, llevaba unas mallas que le hacían unas piernas y un culo espectacular.

―¡Qué hija de puta! ―susurró entre dientes, con un volumen justo para que Claudia pudiera escucharla.
―¿Vamos a tomar algo? ―le dijo Claudia.
―No puedo, hoy tengo un poco de prisa… me voy ya a la ducha….
―Espera, que voy contigo…

Mientras se desnudaban estuvieron haciendo planes para la salida del sábado. De momento, Claudia no quiso contarle nada del encuentro que había tenido con Basilio el viernes anterior en el hostal. Ya tendría tiempo de relatarle lo sucedido el sábado cuando llevaran un par de copas encima. Claudia se tapó con la toalla, pero Mariola se fue andando sin ropa hasta la zona de las duchas, exhibiendo su culo para que su amiga se lo viera bien.

―¡Qué ganas tengo de que llegue el sábado! ¡Ni te imaginas cómo me tienes! ―dijo Mariola colgando la toalla en la puerta de su ducha y mostrándole su depilado coño a Claudia.
―Anda, entra ya a ducharte…
―¿Está buena, eh? ―le preguntó Mariola apoyándose en la puerta de Claudia.
―¿Quién?
―La chica esa que te da clases, María, joder, no sé qué me pasa últimamente con las tías, yo creo que me estoy cambiando de acera, jajajaja.
―Pues puede ser, jajaja.
―¡¡Es que vaya cuerpazo que tiene!! ¿Te imaginas como debe ser en la cama?
―Jajajaja, pues no, no lo había pensado…
―Pues yo sí, no te digo más que el otro día hasta soñé con ella, ¿tú crees que será lesbiana?
―Creo que no, me parece que tiene novio…
―¡Qué pena, si no lo mismo le hubiera tirado la caña a ver qué pasaba!
―Jajajajaja…
―Aunque bueno, tú también estás casada, la esperanza es lo último que se pierde…
―Venga, vete a duchar, ¿no tenías prisa?
―¿Qué pasa? ¿Te pone nerviosa verme así desnuda?, a mí me encanta verte así en la ducha, me pones demasiado cerda, 

ufffff


―¡Que te vayas ya a duchar, jajajaja!
―Te vas a enterar tú el sábado ―dijo Mariola girándose para que Claudia viera su cuerpo―. Voy a hacer que me comas el culo durante horas ―le susurró pasándose la lengua por los labios.

Luego Claudia la empujó hacia fuera cerrando la puerta de su ducha.

El viernes por la mañana Claudia llegó puntual al trabajo, como siempre. A primera hora de la mañana tenía reunión con Basilio para planificar la agenda de la semana que viene. Luego ya vendría la campaña electoral y ahí ya no dependían tanto de ellos, sino que tendrían que asistir a los actos que les mandaran desde la cúpula del partido.

Sobre las nueve llegó Basilio a su despacho y en cuanto Claudia le vio se fue hacia allí, cerró la puerta, sacó el ordenador portátil y una pequeña carpeta. Se sentó al lado de Basilio, sorprendiéndole bastante, pues siempre se solía poner enfrente de él y cruzó las piernas de forma descarada.

Llevaba una falda hasta las rodillas de color negra, pero con una buena abertura en el centro que hacía que se le vieran las piernas, además se había puesto unas botas altas, que sabía que eran una de las debilidades de su jefe. Antes de entrar en su despacho se desabrochó un botón de la camisa azul a cuadros, para que se le viera un poquito el sujetador cuando él se asomara a su escote.

Ese cruce de piernas hizo que Basilio dejara de hablar de repente, se quedó unos segundos en silencio y luego volvió a retomar la conversación. Al final decidieron asistir a tres comidas durante la semana y poco más.

―Ha sido una reunión rápida, ya tenemos todo preparado para la semana que viene ―dijo Claudia poniendo una mano disimuladamente en el muslo de Basilio mientras este escribía en un folio.

Enseguida pudo notar la reacción de él, poniéndose en guardia como había hecho Germán el día anterior. Basilio no sabía cómo interpretar lo que estaba pasando allí y siguió escribiendo a la vez que Claudia miraba lo que ponía en el papel.

―Eso es, y el jueves a las doce y cuarto salimos… tenemos comida a las dos, ya me encargo yo de llamar a Modou y quedar con él los tres días de la semana….

Claudia sonrió y le quitó la mano del muslo.

―Pues ya está todo, ¿no? ―dijo volviendo a cruzar las piernas delante de su jefe.
―Eh, sí, sí… ―contestó Basilio poniéndose rojo de vergüenza y mirando hacia abajo sin poderlo remediar.
―¿Le gustan?, son de piel, me las he puesto muy poco…
―¿Perdona? ―dijo Basilio.
―Sí, las botas, le preguntaba qué si le gustan, son bonitas, ¿verdad? ―le provocó Claudia moviendo la pierna delante de él.
―Sí, claro, se nota que son buenas…
―A mí me encantan, ¡son comodísimas! ―dijo Claudia subiéndose y bajándose dos veces la cremallera delante de sus narices.

Ese sonido que hizo, acompañado por el gesto de Claudia le volvió loco a Basilio que no pudo evitar tener una erección instantánea. No podía dejar de mirar las botas y los muslos de Claudia. La falda parecía que cada vez se abría más delante de sus narices.

―¡Son muy bonitas!
―¡Y se ajustan como un guante!, pruebe cómo desliza y mire cómo encaja el pie a la perfección…

Basilio se quedó sorprendido, no entendía nada de lo que estaba pasando, Claudia sentada frente a él, con las piernas cruzadas y la falda abierta, le estaba pidiendo que le bajara la cremallera de sus botas. La erección que tenía iba a reventar sus pantalones.

―Pruebe, para que vea que no le miento…
―No, da igual… me lo creo…
―¿De verdad que no quiere?
―No, es que… es que aquí…

Claudia no dejaba de provocarle, bajando y subiendo constantemente la cremallera de las botas y Basilio hipnotizado no podía dejar de mirar ese movimiento.

―¡Mmmmmm, son divinas! ―dijo Claudia cerrando los ojos y mordiéndose los labios.

Entonces Basilio ya no pudo resistirlo más y estiró la mano, agarrando el metal de la hebilla y tirando lo más despacio posible de la cremallera hacia abajo. Poco a poco se fue descubriendo el gemelo de Claudia y notó como su jefe estaba disfrutando de aquello, casi más, que si estuvieran echando un polvo.

Cuando terminó todo el recorrido hacia abajo Basilio retomó el camino de vuelta subiendo la cremallera casi a cámara lenta.

―¡¡Son perfectas!! ―dijo Basilio ensimismado―. ¿Puedo repetir?
―Claro, hágalo otra vez… no se quede con las ganas ―dijo Claudia apoyando una pierna sobre su muslo y casi abriéndose de piernas delante de él.

Con la mirada perdida debajo de su falda Basilio fue tirando otra vez de la cremallera hacia abajo y una vez que lo hizo acaricio a Claudia por la parte de atrás del gemelo.

―¡Huelen a cuero que es una gozada! ―dijo Claudia en una clara invitación.

Basilio apoyó la mano en la parte de abajo y tiró con suavidad para sacar la bota del pie de Claudia. Una vez que la tuvo en sus manos se quedó mirando el pie de ella, cubierto tan solo por una fina media y después la bota que tenía sujeta. Pasó los dedos por el lateral, comprobando el tacto que tenía y la polla le palpitaba ya directamente bajo el pantalón.

―Sí, se nota que es cuero bueno ―dijo con voz temblorosa.
―Se nota más en el olor que tienen ―le retó Claudia sabiendo que él estaba deseando hacerlo.

Se acercó despacio la bota a su cara, disfrutando sin prisas de ese momento, había olvidado por completo que estaba en su despacho de la Consejería. Ahora todo su mundo estaba en ese objeto que tenía en la mano. Pegó la bota a su nariz y aspiró con fuerza, haciendo que el olor a cuero se le metiera hasta lo más profundo de su cerebro.

―¿Qué le parece?

Pero Basilio no contestó, volviendo a aspirar, esta vez con los ojos cerrados concentrando todos sus sentidos en ese olor. Abrió la cremallera y metió la cara directamente por dentro, donde Claudia había tenido su pie. Eso todavía le excitó más.

―Puede chuparla si quiere ―le dijo Claudia con voz de zorra.

Esta vez, Basilio ni se lo pensó y comenzó a recorrer la bota pasando su lengua por el cuero negro, hasta que llegó al tacón, entonces hizo algo que Claudia no se esperaba y fue meterse el fino tacón en la boca y chuparlo hasta el fondo un par de veces.

Claudia estiró el pie y se lo puso en el paquete. Basilio volvió a temblar y ella movió el pie frotándose contra su polla con cuatro o cinco sacudidas hasta que su jefe estalló en una ridícula corrida sin dejar de chupar el tacón, mientras se miraban fijamente a los ojos.

Casi tuvo que arrancarle la bota de las manos, Basilio parecía en trance y Claudia con toda la tranquilidad del mundo se la puso. Salió del despacho dejando al pobre Basilio con los pantalones mojados y una buena corrida empapando su calzón. Luego desde su silla, orgullosa y sonriente, estuvo atenta para ver cuando Basilio salía de su despacho para ir a limpiarse a los baños.

Le iba a ser difícil taparse semejante mancha en los pantalones cuando pasara delante del resto de trabajadores de la Consejería.

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