PENÉLOPE

Todo ocurrió un día que llegamos de dar un paseo mi marido Eduardo, Alberto, un amigo de ambos que pasaba unos días en casa y yo . Cuando llegamos, teníamos pensado volver a salir para tomar un helado en cualquier sitio, pero entonces llamaron a Eduardo y le encargaron algo super rápido del trabajo…

— «Lo siento pero tengo que cumplir con mi deber»

Me enfadé un poco, pero al final lo acepté porque siempre está más dedicado al trabajo, así que nos bajamos y pensé en lavar el coche.

Me fui a cambiarme de ropa, y me puse una blusa de tirantes color azul y un pequeño short deportivo. Me puse a pasar la aspiradora al coche, en eso vino Alberto, me observaba callado. 

Entonces le propuse que me ayudara con la tarea, acepto y mientras yo seguía con la aspiradora, el iba por el otro lado limpiando el salpicadero, mientras hablábamos de dónde ir cuando acabáramos, de cosas sin importancia y acabamos jugando con el agua, nos reímos mucho, porque me empezó a mojar intencionadamente.

Estábamos a punto de acabar con la limpieza, cuando decidí entrar en el coche y encender el aire acondicionado por el calor que sentía, lo que no esperaba es que Alberto me acompañara. Me senté en la parte de atrás, y el se sentó a mi lado, entonces me di cuenta de que nuestros rostros deseaban encontrarse, él se acercó mucho al mío y me dio un beso en la boca, yo con un poco de temor le correspondí.

Yo trate de hacerlo entrar en razón, pero cada vez que abría la boca, el me la cerraba con un nuevo beso y me callaba, poco a poco fue el quien me convenció de forma muy sensual, me mordía los labios, besos con lengua…

Empezó a tocarme los pechos, me los acariciaba por encima de la blusa, y note como comenzaba a mojarme, esos ricos besos y esos toques en mis tetas me prendieron mucho y daba unos pequeños gemidos ahogados para no hacer mucho ruido.

Lo cierto es que me calentó de tal forma que me entregué, le baje el cierre de su pantalón y metí mi mano para buscar su polla que ya tenía una buena erección, la toqué por debajo del pantalón, y rápidamente la liberé del pantalón que la aprisionaba, su polla tenía un tamaño de 18 cms de largo mas o menos y no muy gruesa, lo normal, la cogí fuerte con mi mano, y casi de inmediato me la metí en la boca.

Mientras la tenía dentro, le acariciaba con la lengua cada centímetro de su glande, muy despacio y lentamente subía y bajaba, recorriendo su tronco con mi lengua, dándole una suculenta mamada.


No se si era por el momento de adrenalina, que Alberto presionó mi cabeza hacia su polla, metiéndola hasta el fondo de mi garganta, temblaba como si fuese a correrse, pero rápidamente le presioné la base de su polla y me la saque de la boca, le miré y vi que el miraba el techo del coche con los ojos casi en blanco, bajo su cara para mirarme y me besó.

Con sus manos ágiles, me quito la blusa y el sujetador, sus manos enseguida se apoderaron de nuevo de mis pechos, apretándolos mucho más, como si me los fuera a quitar, me dolía, pero me excitaba a la vez, de repente sus manos empezaron a recorrer mi cuerpo paralizándome por completo, me estaba entregando a él sin remisión, sentía como la humedad de entre mis piernas aumentaba y como mi tanga iba absorbiendo mis fluidos, entonces noté su mano en mi vientre, bajando hacia abajo y apretándome con los dedos mi sexo antes de meterse por debajo de mi short.


Decidió meterme dos dedos en la vagina, que también hacían las delicias a mi clítoris, haciéndome gemir en silencio y deseando algo más. De nuevo volví a introducir en mi boca su gran miembro, tenía un sabor delicioso, me encantaba devorarla, hasta que tuviera su descarga, yo le ofrecía mi boca para que la llenara  con lo que tanto me gusta. 

El sabor de su semen, la sensación de poder, de tenerle y de sentir las explosiones dentro de mi boca, de ese néctar caliente que sale disparado a mi interior, quería que me llenara y me alimentara de él, mis manos sobre sus testículos metiéndolos en mi boca despacio y con suavidad, su polla con un vaivén delicioso entre mis manos y mi boca, la succión de su glande por mis labios y cuando sabía que iba a acabar, mis manos se dirigieron a su pecho por debajo de su camisa arañándole el pecho, mi boca subía y bajaba sin más ayuda que mis labios sobre su polla, calentándolo más y más, excitándole tanto que empezó a eyacular dentro de mí boca, tuve que tragarme de un tirón las primeras descargas de su polla, un acto que me fascina.

Acto seguido me bajo el short y me pidió que me sentará encima de él, así lo hice, apoye las rodillas en parte del asiento, y me agarre en el respaldo. Sus manos bajaron hacia mis nalgas, apretando cada glúteo, su polla recorría por la abertura de mi vagina de arriba a abajo, metiéndola despacio, deslizándose en mi interior con mucha suavidad, llenándome hasta que no podía entrar más…

Ufff… no quería gemir, no podía expresar lo que estaba sintiendo al ser penetrada una y otra vez, mis movimientos lentos y suaves iban metiendo y sacando su polla de mi interior con tanta suavidad, con tanto placer para los dos que nos fundimos en un abrazo y un beso que pareció eterno.


Ese movimiento vertical de mi cuerpo paró para hacerlo horizontal, su polla casi no salía de mi interior, pero el roce de la raíz de su polla contra mi clítoris me estaba matando de placer, la tenía tan dentro de mí, la sentía tan bien que no quería que se marchara nunca, mis músculos la apretaban una y otra vez haciendo como si mi vagina la besara, era una sensación tan placentera que ninguno de los dos quería que acabara.

Yo me contenía a duras penas tapándome la boca con una de mis manos para que no nos descubriera Eduardo, y él enterrando su cabeza entre mis pechos, movimientos lentos de mi cadera de lado a lado, con sus manos apretando mis nalgas hacia él, intentando penetrar más en mí y entonces mi cuerpo subía y bajaba un poco para liberarla por un segundo, para una vez más secuestrarla dentro de mí y volver a besarla, volver a presionarla con mi vagina, sintiendo sus palpitaciones, sintiendo como me hacía explotar de placer al tenerla tan dentro, con mi clítoris continuamente excitado por aquellos pequeños roces.

No podía más, estaba tan al borde de un orgasmo que me preocupaba si sería capaz de mantenerlo dentro de mí, sin que ningún gemido, ni grito saliera al exterior y alertara a Eduardo, era incapaz de tener los ojos abiertos cuando sentía ese placer al intentar penetrarme aún más, sus manos ahora en mis caderas levantando su pelvis una y otra vez para penetrar en mí, estaba al borde del orgasmo cuando con sus fuertes manos me aparto de él, no sabía que pensar.

Pero entonces supe lo que quería, como si fuera una muñeca moldeaba mi cuerpo, lo llevaba donde él quería y lo que quería era ponerme a cuatro patas sobre el asiento, una rodilla en el asiento y otra estirada en el suelo con mis manos apoyadas en el respaldo que también habíamos echado hacia atrás, mi rostro pegado al cristal respirando y creando figuras de vaho.

Entonces noté una vez más su polla entrar sin previo aviso y con bastante fuerza hasta el fondo de mi vagina, entrando y saliendo primero de una forma pausada, pero luego más y más rápido, sus embebidas me empujaban contra el cristal que llenaba de vaho una y otra vez, que explotaba como una bomba de calor en mi vientre y se expandía por todo mi cuerpo, mis manos apretando mi boca para ahogar los gritos que sin remedio salían de mí.

Alberto seguía moviendo sus caderas con sus manos sobre las mías, siguiendo ese movimiento frenético y entonces soltó un grito de placer que por suerte fue pequeño y sentía como me llenaba con sus fluidos uniéndose a los míos.

Su polla navegaba ahora en el interior de mi vagina, seguía atravesando mi cuerpo y los gemidos de ambos se escapaban ya a nuestro control, sentía como en cada empujón ya más lento, pero mucho más profundo, salían por mi vagina los fluidos de los dos, resbalando por el interior de mis muslos, empujones y penetraciones que fueron apagándose al igual que nuestros gemidos.

Yo pensaba en seguir disfrutando, pero por desgracia o suerte ví a Eduardo como paseaba por el jardín, como buscando algo o buscándonos, obviamente nos separamos enseguida y, nos vestimos lo más rápido que pudimos y Alberto se marchó y yo decidí terminar de lavar el coche. 

Cuando entre en casa Eduardo no me dijo nada raro, solo me preguntó que dónde estaba y le dije que estaba lavando el coche y creo que no tuvo sospechas, una vez más está relación se mantuvo a salvo pero no sé que nos espera en nuestro demás encuentros.

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