DEVA NANDINY

Los siguientes días me los pasé deseando ver a Marcos. Cada vez que regresaban a mi cabeza las maravillosas imágenes que había vivido en su coche, instantáneamente se mojaban mis braguitas. Para una chica de mi edad, estar con un hombre hecho y derecho como él, me hacía sentir toda una mujer.

Necesitaba volver a saber de él cuanto antes. Marcos me había prometido que nos volveríamos a ver, esta vez en un sitio más tranquilo. Estar con él en su coche había sido muy morboso, sin embargo, cuando me imaginaba desnuda en una cama follando a su lado, irremediablemente tenía que acariciarme.

Incluso, recuerdo que una mañana tuve que mentirle a Sor Felicia, la hermana que era nuestra profesora de literatura, pidiéndole permiso para ir al baño en medio de una clase para masturbarme, alegando que me había venido el periodo de forma imprevista.

Alguna tarde entre semana quedaba con mi novio. Alex venía con su coche a recogerme, a la puerta del colegio, ya que se había sacado el carnet unas semanas antes. Una tarde después de haberlo engañado con Marcos, estuvimos por el centro tomando algo, y un poco después nos marchamos buscando algo de intimidad a un lugar retirado muy conocido en mi localidad, donde van a buscar refugio algunas parejas dentro de sus coches.

Nada más parar el motor comenzamos a besarnos. Pude sentir casi al instante, la mano de mi novio acariciando mis voluminosos pechos. El estar allí con Alex en el coche, me hacía recordar lo que había vivido dentro del automóvil de Marcos. Fantaseando, que no eran las manos de mi chico las que me tocaban, ni tampoco sus labios los que me besaban.

Recuerdo que me tiré como una posesa sobre la polla de mi novio, tenía necesidad de hacerle una mamada. Buscando con ello alcanzar las mismas sensaciones que cuando se la había chupado a Marcos. Sin embargo, no era lo mismo. Totalmente desilusionada me di cuenta de inmediato.

Pese a que mi novio tenía dos años más que yo, ahora lo veía casi como a un niño. No se trataba solo de que la verga de mi chico fuera más delgada, eran otras cosas casi tan importantes: la voz grave y masculina de Marcos, la forma de mirarme tan directa, de hablarme sin ningún tipo de galantería, la manera de tocarme…

Alex era un chico demasiado educado que me trataba en la cama con excesiva delicadeza, siendo amable y romántico incluso a la hora de acostarse conmigo. «¿Por qué muchos hombres piensan que todas las mujeres queremos ser tratadas de la misma manera cuando tenemos sexo?». Nunca me han gustado las escenas pomposas ni románticas.

Esa tarde fue muy importante para mí, ese día comprendí que, si quería volver a disfrutar de la misma manera a como lo que había hecho con Marcos, no iba a poder ser nunca con mi novio. De alguna forma asumí la infidelidad como un mal necesario, para tener acceso a mi propia forma de disfrutar el sexo.

Recuerdo que cuando me subí encima de él y comencé a follármelo, estaba deseando que se corriera cuanto antes, la clase de sexo que él me ofrecía, me aburría considerablemente. Jamás me ha intestado sentirme la princesita de un cuento.

—Creo que voy a comenzar a tomar la píldora, tengo miedo a que me dejes embarazada, —le comenté cuando fue a llevarme a casa, antes de despedirnos en el coche.

—Está bien que seas responsable, pero ya sabes que yo siempre uso preservativo y además hago la marcha atrás para asegurarme, —respondió Alex, lógicamente sin conocer que precisamente él no era la causa por la que había comenzado un par de días antes, a tomar la píldora anticonceptiva.

Estaba tan deseosa de ver a mi amante, que recuerdo que una tarde, incluso me pasé por las oficinas de papá, para ver si con algo de suerte podría ver a Marcos.

—Buenas tardes, Olivia. Tu padre no está, ha tenido que salir a ver a un cliente, —me indicó nada más salir del ascensor Claudio, uno de los pasantes.

—Ah, vale. Voy un momento al baño —dije con la intención de pasearme por el pasillo y echar un vistazo.

—Olivia, —escuché la voz de Marcos a mi espalda.

Entonces me giré y vi la puerta de su despacho abierta. Entré con cautela, sabía que estaba en el sitio más peligroso para verlo, ya que casi todos los que allí trabajaban, me conocían desde que era pequeña.

—Pasa y cierra la puerta, —me dijo de forma autoritaria sentado en la mesa de su escritorio.

Yo obedecí. Estaba nerviosa, casi podía sentir los latidos de mi corazón, notaba además la boca seca.

—He venido a ver a papá, pero ya me ha dicho Claudio que no está, —me justifiqué. Pues por nada del mundo quería que desconfiara que venía por verlo a él.

Ya me había dejado claro el día que estuvimos juntos en su coche, antes de dejarme en casa, que si quería ser su amante debía de ser muy discreta.

—Ven, acércate.

Estaba guapísimo con su traje oscuro, me fui hasta allí deseosa de sentir el calor de su cuerpo. Estaba loca por él. Cuando me tuvo de frente a su lado, me agarró por el culo, y apretándome contra su cuerpo comenzó a besarme.

—¿Me echabas de menos a mí, o venías a buscar esto? —Me preguntó cogiendo una de mis manos y colocándola encima del paquete que se adivinaba bajo sus pantalones.

—La dos cosas, —respondí sonriendo. Bajando al mismo tiempo con total descaro su bragueta, y metiendo mi mano dentro.

—¿Dónde te gustaría tenerla ahora?

—Aquí, —señalé, subiendo mi faldita un segundo, y apuntando directamente hacia mi sexo.

—¿Estás cachonda? —Quiso saber

Yo moví de forma afirmativa la cabeza.

—¿Tienes tus braguitas mojadas?

Metí de nuevo la mano que me quedaba libre debajo de la falda de mi uniforme, y acariciando la tela de mi ropa interior, comprobé que efectivamente mis bragas estaban mojadas.

—Sí, —respondí mostrándole los dedos brillantes y húmedos con los que me había tocado.

—¿Te dejarías follar aquí mismo contra la mesa como una buena perrita?

Volví a mover la cabeza de modo afirmativo mirándolo directamente a los ojos.

—¿No te daría miedo que tu papá entrase de repente a mi despacho, y te pillara con las braguitas bajadas y con mi verga metida? Así descubriría la putita que tiene en casa, —comentó riéndose.

—Está con un cliente, por lo tanto, sé que no a entrar, —respondí comenzando a masturbarlo.

—¿Has hecho lo que te pedí? ¿Comenzaste ya a tomar la píldora?

—Sí, ya la llevo tomando hace unos días, —contesté con la sonrisa de una niña obediente.

—Ahora quiero que te marches, y que me prometas que no volverás a intentar verme. Te aseguro, que en cuanto pueda iré a buscarte al colegio, tengo muchas ganas de meter mi verga en tu coño. Pero quiero que me asegures que vas a ser discreta.

Yo saqué la mano de su bragueta algo desilusionada, sabía que estar en su despacho era muy peligroso, pero había pensado que tal vez podría excitarlo tanto, que terminaría accediendo a llevarme a otro sitio. Sin embargo, si quería ser la amante de Marcos, estaba claro que tenía que aceptar sus reglas. Agaché la cabeza y sin atreverme a mirarlo a la cara, expresé.

—Lo siento, te prometo que a partir de ahora esperaré a que seas tú el que vengas a recogerme.

—Muy bien, así me gusta. Ahora dame un beso antes de irte, —me dijo en un tono que me sonó totalmente paternalista.

Yo acerqué mi boca a la suya y nos dimos un último y corto beso de despedida. Luego me di la vuelta, entonces dándome un azote en el culo, me dijo:

—Anda, vete para casa que, seguro que tienes que hacer los deberes, —comentó riéndose justo cuando yo salía por la puerta.

Cuando salí a la calle iba tan cachonda que sentía placer incluso al notar el roce de mis piernas cuando caminaba. Mis braguitas estaban totalmente empapadas. Cuando llegué por fin a mi casa media hora más tarde, ni tan siquiera pasé por la cocina a recoger la merienda como hacía todas las tardes. Subí directamente a mi habitación tirando los libros encima de la cama, me saqué las bragas con urgencia, como si me quemaran, y apoyando mi espalda contra la puerta manteniéndome de pies, comencé a masturbarme.

Marcos volvió a buscarme una tarde a la salida del instituto. Cuando vi su coche no pude evitar que mi respiración se agitara. Su presencia me hacía sentir ansiosa, comportándome como la chiquilla que era, no pude evitar ponerme a correr hasta llegar a su coche. Él ni siquiera se bajó, algo que sería siempre así durante todos los meses que duró nuestra relación.

Estaba tan necesitada de verlo, que nada más sentarme en el asiento, instintivamente acerqué mi boca con la intención de darle un beso en los labios. Sin embargo, él me retiró de un suave empujón echándome hacia un lado.

—¿Estás loca? —Preguntó dándome de malas formas la bienvenida.

—Lo siento. Llevo muchos días sin saber de ti, —alegué intentando disculparme.

—Tenemos que ser cuidadosos, Olivia. Ya te lo dije el otro día en mi despacho. Sé que eres una cría, pero no puedes comportarte como una puta niñata. Me gustas mucho, pero recuerda que soy un hombre casado, y lo que es peor, soy amigo y socio de tu padre ¿Qué crees que diría él, si supiera lo nuestro?

No volví a intentar disculparme de nuevo por haberme comportado de modo tan impetuoso. Aceptando disciplinadamente la reprimenda.

—¿Dónde vamos? —Pregunté deseando que arrancara el coche cuanto antes. Exteriorizando estar algo enojada.

—Me gustan los morritos que pones cuando te enfadas, —me indicó sonriendo, comenzando a tocarme los labios con sus dedos. Yo al sentirlos, comencé a besárselos y a lamérselos. Imitando con ese sensual gesto, que le estaba haciendo una felación. Luego, metió ambos dedos dentro de mi boca. Mi lengua no dejó en ningún momento de chupárselos.

—Enséñame las braguitas que traes al colegio, —me comentó.

Sin atreverme a mirarlo a la cara, levanté hacia arriba la falda de mi uniforme, mostrándole mis bragas, orgullosa. Por suerte, llevaba unos días que había cambiado el estilo de mi ropa interior, comenzado a imitar el que llevaba mi madre, siendo de un solo color, negras o rojas preferentemente con encaje. Me resultaban mucho más sexis, que las que yo acostumbraba a llevar hasta entonces.

«Si ya era una mujer para follar con hombres casados, tendría que vestir en consonancia», había razonado.

—¡Quítate eso! —Ordenó al mismo tiempo que ponía el motor del coche en marcha, saliendo de allí a toda prisa.

En ese instante levanté el culo del asiento y me saqué las bragas quedándome con ellas en la mano, sintiéndome ridícula, y sin llegar a entenderlo.

Marcos accionó el botón de su lado para bajar el cristal de mi ventanilla.

—Pareces una puta con esas bragas con encaje, —comentó con cierto desagrado.

Yo me quedé perpleja, totalmente desilusionada. Quería parecer toda una mujer, eliminando así cualquier resto de mi adolescencia o juventud. Lo había hecho por él.

—¡Vamos! Tíralas por la ventanilla.

Yo lo miré desconcertada, me costaba comprender que prefiriera verme con mis braguitas blancas con topitos rosas, tal y como me había visto la vez anterior.

—¡He dicho que las tires! No quiero volver a verte con ese tipo de bragas ¿Me has entendido?

Casi estuve a punto de echarme a llorar, sin embargo, aguanté el chaparrón totalmente dolida en mi amor propio. En ese momento pensé en mi novio, estaba segura de que Alex nunca me hablaría de ese modo.

Asomé mi mano por la ventanilla y sentí la humedad del aire sobre mi brazo, justo antes de arrojar mis nuevas bragas de encaje negras a la calle.

—¿Te has tocado esta mañana? —Me preguntó de repente como si no hubiera pasado nada.

La pregunta me dejó nuevamente descolocada, no entendía para nada el juego de Marcos. Miré al suelo avergonzada. Sin duda, él era un hombre demasiado complejo para una chica con tan poca experiencia como yo.

—Sí —respondí con un hilo de voz apenas audible.

—Cuéntame cómo lo hiciste.

—¡Jo! —Protesté—. Me da vergüenza.

—¡Vamos coño! —Exclamó—. Quiero saber cómo te tocas

—Me hice un dedo esta mañana en la cama, cuando me desperté para ir al instituto, —respondí tragando saliva.

—¿Te bajaste las braguitas? —Preguntó mirándome un segundo a los ojos.

—No, metí mi mano debajo de ellas.

—¿Te metes algún objeto en el coño?

—Los dedos, a veces también uso el mango de un cepillo para el pelo —me sinceré, sintiéndome cada vez más incómoda.

—Tócate ahora para mí, quiero ver como lo haces,

Jamás me hubiera esperado algo así. Sin embargo, no me atrevía a recriminarle nada. Temía que, si me veía dudar pararía el coche y me mandaría bajar. No volviendo nunca más a ir a recogerme al colegio.

Hice el amago de quitarme la falda del uniforme, pero él me detuvo con un gesto de su mano.

—¡No te quites la falda! —Exclamó—. Quiero ver cómo te masturbas con el uniforme de tu colegio puesto. Estás preciosa así vestida de colegiala.

Abrí mis piernas y levanté mi faldita, mostrando totalmente mi rubio chochito. Después apoyé completamente mi espalda contra el asiento, llevando unas de mis manos hasta mi sexo. Me sorprendió notarlo tan húmedo. Marcos ni siquiera me había besado, y yo ya estaba totalmente excitada.

—¿Cuéntame cómo tienes el chochito? Estoy conduciendo y no puedo observarte con detalle, tendrás que explicármelo. ¿Entiendes?

—Sí. Creo que sí, —respondí algo dubitativa—. Está mojado.

—¿Qué es lo que está mojado, Olivia? Te recuerdo, que no puedo mirar.

—Mi conejito, —contesté elevando el tono, intentando no exteriorizar mi bochorno—. Tengo el conejo húmedo. Me acabo de meter dos dedos, —le informé.

—Muy bien Olivia, lo estás haciendo genial. Estás consiguiendo excitarme sin tan siquiera tener que observarte. Ahora reina, quiero que te saques los dedos del coñito y te los metas en la boca, luego tendrás que decirme a que saben.

Sumisamente, me saqué los deditos de mi sexo y me lo llevé lentamente a la boca.

—Están saladitos. Saben a mi chochito, —le informé sin dejar de chuparlos.

—¿Te gusta Olivia? ¿Te gusta el sabor de tu coño?

—Sí, creo que sí, saben a sexo, —le respondí.

—Muy bien cariño, eres la mejor. Ahora vuelve a metértelos en el coñito y continúa tocándote.

De nuevo fui una buena chica e hice lo que me pidió. Al tocar mi sexo comprobé que aún estaba más húmedo que la vez anterior. Empecé a follarme con ellos.

—¡Ah…! —Me gusta mucho tocarme para ti, —confesé

—Me gusta que seas muy puta, Olivia. Cuéntame lo zorra que eres.

—Soy muy putita, estoy deseando hacerlo contigo, —traté de seguirle el juego cada vez más excitada.

—Muy bien, me estás poniendo muy cachondo. ¿Has estado alguna vez con alguna amiga?

—Una vez me besé en los baños del cine con Mayte, y hace unos meses, Sandra y yo nos besamos en mi habitación, incluso ella llegó a tocarme los pechos, creo que le gusto.

—¿Te gustó sentir sus manos en tus tetas?

—Sí, —afirmé ruborizada.

—¿Te hubiera gustado llegar un poco más lejos con ella? —Preguntó en un tono tranquilo y relajado.

—No lo sé, puede…

—¿Eres la más puta de todas tus amigas?

—Tú me pones muy puta, Marcos —comenté sin dejar de tocarme—. ¿Te gusta que sea la más zorra de todas?

—Olivia eres una chica muy especial, además de ser preciosa, sin duda eres una chica muy caliente.

—Gracias, —respondí detrás de una complaciente sonrisa.

—Luego tengo una reunión con tu padre. Si te digo la verdad se me pone dura solo de pensarlo. Por eso he querido que sea precisamente hoy, después de estar con la zorra de su hija negociaré con él las pagas de beneficios, —manifestó acariciando a la vez uno de mis desnudos muslos.

Poco a poco su mano fue acercándose hasta mi sexo, al notarlo retiré la mía para dejarle toquetearme mientras conducía.

—Que perrita te pones, cacho de puta. Estás que te derrites por dentro. Se ve que no tienes bastante con la polla de tu novio ¿Te deja con ganas el cornudo de Alex? —Interpeló cada vez siendo más soez en sus comentarios.

No contesté, no me gustaba que me hablará de ese modo de mi novio. Sin embargo, por nada del mundo quería que dejara de tocarme.

—¿Has follado alguna vez con dos hombres a la vez? —Me preguntó abandonando mi sexo y volviendo a sujetar el volante con ambas manos.

—¡No! —respondí aterrada—. No soy de esas…

—¿Te gustaría?

—¡Por supuesto que no! —Exclamé indignada dejando incluso de tocarme por unos segundos.

—Tengo un amigo que estudió conmigo, es de mi edad, y creo que entre los dos podríamos hacerte pasar un buen rato. ¿Si quieres lo llamo? Vamos, sigue. No pares de acariciarte, —me ordenó.

Obedeciendo al instante volví a llevar mi mano derecha hasta mi coño, para comenzar de nuevo a masturbarme.

—¿Lo habéis hecho alguna vez juntos con alguna mujer? —Pregunté intrigada.

—¿Te refieres si hemos hecho un trío con alguna guarrilla como tú?

—Sí, —respondí.

—Claro, reina. Lo hemos pasado muy bien. Imagínate, lo que sería para una chica tan cachonda como tú, sentir cuatro manos tocándote por todas partes. Tener dos hombres sin dejar de besarte, o disfrutar de una polla en tu boca, mientras la otra no deja de follarte ese lindo coñito que tienes ¿No te parece excitante? ¿No me irás a decir que te asustan esas cosas?

—No me asusta. Sin embargo, creo que eso no es para mí. Lo siento, —me disculpé.

—Sé que ahora piensas así, pero quiero que lo analices. Prométeme que esta noche cuando te estés masturbando en tu cama, te imaginaras que estás conmigo y con otro hombre. ¿Me prometes que lo harás?

Solo imaginármelo me parecía obsceno. Me gustaba Marcos y no tenía intención de acostarme con más hombres que él, además de mi novio.

—Te lo prometo, —respondí unos segundos más tarde sin estar totalmente persuadida.

—No te veo muy convencida. Me decepcionas, Olivia. Supuse que eras de esa clase de mujeres que tanto me gustan. ¿Quieres que te acerque a tu casa? Tal vez tú y yo no estemos en la misma onda. No pasa nada, te dejo en tu casita y nos olvidamos de todo.

—¡No! —Exclamé aterrada—. ¿Cómo son las mujeres que te gustan?

—¡Putas! Me gusta que sean muy putas. Y tú Olivia, no eres más que una chiquilla asustada.

—Puedo ser todo lo que puta que tú quieras, me gustas mucho ¿Opinas que, si no fuera una zorrita estaría aquí masturbándome delante de un amigo de papá? —Pregunté intentando convencerle.

Entonces dio un giro y salió de la carretera, pasando frente a una gasolinera. Pensé que iba a repostar y automáticamente me bajé la falda. Escuché su risa.

Aparcó el coche en un pequeño aparcamiento.

—Vamos, —me apremió.

Yo lo seguí, llegamos a un pequeño motel de carretera en el que ni siquiera me pidieron el carnet. Entramos directamente a la habitación, ya que Marcos había hecho anteriormente la reserva.

—He tenido que sobornar esta mañana al recepcionista, —me comentó riéndose.

La habitación era más modesta incluso de lo que el motel aparentaba ser por fuera. Una cama, dos mesillas y un pequeño armario. En un rincón un pequeño baño con una ducha tapada con una cortina al fondo.

—Quítate la camisa, pero déjate los zapatos y la falda, —me advirtió sin tan siquiera tocarme.

Comencé a desabrocharme la camisa avergonzada, todo me parecía demasiado frío, ya que estaba acostumbrada a que fuera mi novio el que me desnudara.

Sin embargo, Marcos me había traído para follarme a un sucio motel de carretera, y ni tan siquiera se había molestado en acariciarme, o en besarme. Me estaba pidiendo simplemente que comenzara a prepararme para ser jodida como una perra por él.

Sin duda me trataba como a una vulgar ramera. Ni tan siquiera me atreví a protestar, ya que no me quería enojarlo. No obstante, pese a estar tan excitada no me sentía cómoda de estar allí con él de esa forma. Estuve a punto de echarme a llorar y pedirle que me llevara a casa. Sin embargo, me desabotoné dócilmente por completo mi blanca camisa del colegio. Justo en ese momento fue cuando mis grandes senos saltaron para afuera quedando totalmente expuestos.

—Tienes unas tetazas preciosas, —me comentó mirándome de modo goloso.

—¿Te gustan? —Pregunté intentando poner una ridícula pose de modelo, pretendiendo con ello disimular mi sonrojo.

Entonces él las agarró cogiendo una en cada mano, y comenzó a palparlas sin dejar de mirarlas con auténtica glotonería. Un poco más tarde, se las llevó por fin a la boca y comenzó a besarlas. En ese momento noté como pasaba su lengua por mis sensibles pezones, que se pusieron en el acto duros como piedras.

—Son maravillosas, —volvió a piropearlas.

En ese instante su boca pasó de mis pechos a mi cuello, que comenzó a besármelo, haciéndome estremecer de gusto. Se tiró unos minutos recreándose con él.

A continuación, noté como sus labios absorbían los míos, dando comienzo a nuestros primeros besos, que enseguida fueron elevando su intensidad.

Un segundo más tarde pillándome por sorpresa, me agarró fuertemente por mi corta melena, y de forma enérgica, me lanzó violentamente contra la cama. Jamás hubiera pensado que un hombre tan educado y reconocido socialmente como Marcos, se excitara tratando de esa manera a una mujer. Sin embargo, todo ese arrebato en lugar de molestarme, mi subconsciente lo transformaba en un elevado ímpetu o deseo de poseerme.

Caí boca abajo sobre la gastada colcha granate de la cama. Sentí como desde atrás levantaba mi falda escolar. Justo en ese momento recordé que ya no llevaba bragas, por lo tanto, mi culo quedó totalmente exhibido y expuesto.

—¡Joder, nena! —Exclamó gozoso—. Esto sí que no me lo esperaba. Menudo culazo tienes…

Un instante después pude notar como sus manazas comenzaron a estrujar mis nalgas, dándome a continuación un fuerte cachete. Azote contra mi culo que me pilló totalmente desprevenida.

—¡Ah…! —Gemí al sentir tanta vehemencia contra mi culo. Sintiéndome dividida entre el placer y dolor causado por el fuerte manotazo contra mis partes traseras.

De forma soez separó mis nalgas, abriendo mi culo obscenamente dejando mi ano a la vista. No pude evitar sentir cierta vergüenza. Nadie jamás hasta ese momento, se había asomado a la zona más íntima de mi cuerpo.

—¿Te han jodido ya el culo? —Preguntó ordinariamente acercando un dedo hasta mi ano.

—¡No! —Exclamé asustada. Ya que solo la idea de ser penetrada por el culo, me aterraba.

«¿Cómo iba a saber yo ese día, que precisamente otro amigo de papá, sería el encargado de estrenármelo pocos meses más tarde?».

—Tu novio debe de ser maricón, con este culazo que tienes… —Comentó propinándome otro fuerte azote en la otra nalga.

Marcos se levantó, momento que yo aproveché para girarme. Vi como comenzaba a desnudarse. Primero se aflojó la corbata, se desabotonó la camisa con toda la calma del mundo, cogiendo a continuación una percha del armario para colgar la prenda de forma impoluta. Me fijé en cómo se quitaba los zapatos, y después colgó en otra percha con sumo cuidado, para no arrugarlos, los pantalones de su traje.

—¿Quieres ver lo que tengo aquí debajo? —Preguntó agarrando de modo grotesco el enorme bulto que se adivinaba bajo sus calzoncillos.

No dudé un instante en levantarme de la cama y acercarme hasta él, sin poder reprimirme ni un solo segundo en comenzar a palpar el paquete de su entrepierna. A continuación, me hinqué de rodillas y comencé a besar sobre sus calzoncillos esa preciosa erección.

—¡Cógela! —Me incitó—. Sé que estás deseando sentirla en tus manos.

Sin apartar la vista del paquete que se asomaba debajo de su ropa interior, agarré el elástico de sus calzoncillos y tiré de ellos hacia abajo. Un segundo después, su gruesa polla saltó como si tuviera un muelle a pocos centímetros de mi cara.

Me quedé perpleja, a pesar de haberla tenido en mi boca días antes, no pude reprimir un gesto de admiración. Entonces la agarré del tronco y comencé a masturbarlo un instante antes de llevármela a la boca, para comenzar a besarla. Luego, pasé mi lengua por todo su glande, tal y como siempre me decía que le gustaba que le hiciera mi novio, abriendo la boca a continuación, para intentar engullirla.

—¡Vamos tragona, métetela toda! ¡Despacio, puta viciosa! —Exclamaba movido por su alto grado de excitación.

Me costaba meterme la mitad, pero aun así, luchaba intentando que desapareciera entera dentro de mi boca. Sabía que precisamente eso era lo que Marcos esperaba de mí.

A pesar de mis buenas intenciones, él me agarró de la cabeza obligándome a llegar un poco más abajo. Creí que me ahogaba. Minutos más tarde, cuando por fin me la sacó de la boca, comprobé que tenía mis tetas mojadas de mis propias babas.

—Eres preciosa, —dijo ayudándome a levantar—. Ahora échate, te voy a comer este lindo coño de putita que tienes, —me anunció.

No me hice esperar y me tiré sobre la cama abriéndome de piernas. La imagen de ver a un hombre como Marcos con la cabeza enterrada entre mis muslos, me excitó enormemente. Incluso recuerdo que durante días me masturbé recordando precisamente esa imagen.

—Estás empapada, eres como una fuente, —comentó con sus labios casi pegados a mi sexo.

Sus obscenas palabras consiguieron en parte ruborizarme.

—¡Sí…! ¡Ah…! —No pude evitar contenerme al sentir el primer contacto de su lengua recorriendo toda mi rajita.

Al mismo tiempo dos de sus dedos se abrían paso, abriéndome el coño. La sensación de sentirme dilatada, incrementó aún más la sensación tan placentera que estaba experimentando.

Estar tan excitada, junto al buen hacer y la experiencia de Marcos, hicieron que no tardara mucho tiempo en sentir la llegada de un brutal orgasmo.

—¡Me corro, me corro! —Grité sin ningún tipo de pudor.

Mi cuerpo se estiró completamente, y un instante después comencé a sentir fuertes espasmos recorriendo mis piernas, como si estuviera sometida a intensas descargas eléctricas. Marcos se mantuvo pacientemente hasta que la última palpitación abandonó mi cuerpo.

—¿Te ha gustado, zorrita? —Preguntó todavía con la cabeza incrustada entre mis piernas.

Era obvio que me había gustado. Sin embargo, es curioso que los hombres tengan los años que tengan, necesitan que las mujeres les manifestemos que son buenos amantes, sin duda eso revitaliza su ego masculino.

—Me ha encantado, —respondí como si le estuviera colgando una medalla.

Leí en su rostro una sonrisa satisfecha. Agarrándome de la mano, me ayudó tirando de mí para incorporarme.

—Ponte a cuatro patas. Voy a follarte, —me indicó directamente.

Estaba deseando sentirla dentro de mi sexo, sin embargo, debido a su enorme grosor me infundía algo de respeto.

Obedecí y me puse ofrecida como una perra. Marcos al verme con el culo en pompa, me propinó otro par de fuertes azotes. Mis nalgas debieron enrojecer en ese momento, dada la violencia con la que me había atizado.

Yo separé un poco mis piernas cuando lo vi ponerse justo detrás de mí. Girando mi cabeza, observé como él agarraba su grueso cipote dispuesto a incrustármelo en el coño. Sentí que me rozaba el culo, después fue bajando hasta situar la punta, junto a la entrada de mi vagina.

—¡Ah…! Exclamé de gusto al sentir el calor de su glande.

—¡Qué vicio tienes, zorra! —Declaró justo cuando de un fuerte golpe de cadera, me la embutió entera.

—¡Sí…! ¡Cómo me gusta…!

Marcos me agarró entonces por las caderas, y comenzó a follarme. Jamás había sentido en el interior de mi coño un trozo de carne tan delicioso. Me sentía colmada, llena de hombre. Incluso pensé que me iba a partir el coño en dos.

—Disfruta guarra, te voy a convertir en la mejor de las putas.

Nunca pensé que me excitara tanto que me hablaran de esa forma. Cuanto más obscenas o soeces resultaban sus improperios hacia mí, más cachonda lograba ponerme. Incluso llegó un momento en que yo misma lo incitaba.

—¡Jódeme, jódeme más fuerte, cabrón!

Era la primera vez que me follaban sin preservativo, y la sensación, además de ser más morbosa era mucho más sensitiva.

Marcos me agarraba por mi corta melena, tirando fuertemente hacia atrás, haciéndome recular, como si fuera una yegua desbocada a la que el jinete trata imperiosamente de domar.

—¿Te folla así tu novio? —Preguntó.

No contesté, aunque lamenté en lo más profundo de mi ser, que Alex no fuera capaz de hacerme sentirme algo como aquello.

—¿Te jode de esta manera el cornudo de Alex? —Volvió a preguntarme totalmente exaltado.

—¡No! —Exclamé dividida entre la rabieta por insultar así a mi novio, y por estar a la vez cachonda como una perra.

Marcos aceleró sus embestidas. Todavía me parece estar escuchando el sonido de su pelvis chocando contra mi culo.

—¡Sigue por favor! —Gimoteé incontenidamente fuera de mí.

Nunca hasta ese día había sentido nada parecido. La follada que Marcos me estaba dando, no tenía nada que ver con las simples y rápidas sesiones de sexo que mantenía con mi novio.

Me mantenía agarrada por el pelo, era suya y él marcaba el ritmo de las fuertes embestidas. De vez en cuando con la mano que le quedaba libre me agarraba desde atrás los pechos, que colgaban y se movían impulsados por el impacto de sus agresivas acometidas.

Nunca me había sentido tan hembra, penetrada en una cópula por un animal salvaje.

—¡Me gusta…! ¡Me gusta mucho como me follas! ¡Me voy a correr…! ¡Dame más, quiero más polla, la quiero toda para mí! ¡Me corro…!

Fue un momento mágico, el orgasmo fue tan intenso que era como si mi propia mente escapara de mi cuerpo. Sentí como mi espalda se arqueó como la de una gata, mi respiración se agitó, mis piernas temblaban. Estoy segura de que, si no hubiera estado ensartada por esa barra de hierro que tenía clavada dentro de mi coño, me hubiera dejado caer totalmente agotada y exhausta contra el colchón.

A pesar de haberme corrido, seguía con ganas de mucho más. Hubiera estado con el cipote de Marcos incrustado en mi sexo toda la tarde. Mi desaforado chochito no se había quedado relajado después de correrse, como si me pasaba después de hacerlo con Alex, seguía totalmente caliente pidiendo más guerra. Percibiendo e intuyendo la llegada de un nuevo orgasmo.

—¡Ah…! ¡Me corro otra vez! ¡Sí…! ¡Me gusta ser tu puta! —Gritaba eufórica entre jadeos.

Para una mujer como yo, cuando un hombre como Marcos logra hacerla encadenar una serie de orgasmos seguidos, es muy difícil saber dónde comienza uno nuevo, y donde termina el anterior.

—¿Se han corrido alguna vez dentro de tu chocho? ¿Quieres mi leche? —Me interpeló.

—¡La quiero mi amor, quiero toda tu lefa dentro de mí! —Respondí deseosa

—¡Toma, zorrita! —Exclamó justo antes de comenzar a correrse.

Justo en ese instante sentí por primera vez en mi vida un cálido torrente de semen caliente golpeando con fuerza las paredes interiores de mi sexo. Sin duda esa es una de las sensaciones más placenteras que una mujer puede sentir, cuando ha sido bien follada.

Marcos se quedó unos segundos dentro de mí, hasta que su polla comenzó a perder parte de la dura consistencia que había llegado a tener. Luego, abandonó mi vagina del mismo modo que la había asaltado un rato antes, de un rápido movimiento de cadera.

Me di cuenta por el espejo del pequeño armario, como observaba nervioso el reloj de su muñeca.

—¡Vamos, vístete! Tengo prisa, llego tarde a la reunión con los socios del bufete, y todavía tengo que acercarte a casa.

Ni siquiera me permitió darme una ducha, estaba sudada y con mi coño lleno de su semen. Me bajé la falda, cogí mi camisa y comencé a vestirme.

Hubiera matado por quedarme en la cama un rato entre sus brazos besándonos, haciéndonos confidencias entre risas y caricias. Sin embargo, él ya había conseguido lo que había venido a buscar de mí, y ahora solo le importaba la reunión con mi padre y con los demás socios.

Me sentí utilizada, pero no me importó demasiado. Ahora opino, que quizá se comportó de ese modo tan insensible, pensando que sería la mejor forma, para que una chica tan joven y con tan poca experiencia como yo, supiera distinguir el sexo de las relaciones afectivas.

Cuando entré por fin en mi casa, tenía miedo de que mi madre pudiera notar algo de lo que había hecho poco rato antes.

«¿Cómo se lo tomarían mis padres, si supieran que su dulce y perfecta hijita, había estado jodiendo toda la tarde con un hombre casado?» Pensé, nada más cruzar la puerta de casa, al tiempo que podía sentir como la corrida de Marcos salía desde mi rajita, resbalando por el interior de mis muslos.

—¿Has estado corriendo? Tienes las mejillas sonrosadas, —me preguntó mi madre, que inoportunamente me la crucé por las escaleras, cuando me disponía a ir hasta mi dormitorio.

—Es que tengo calor, —respondí incapaz de mirarla a la cara.

Claudia siempre ha sido esa clase de mujeres observadoras que muy pocas cosas escapan a sus ojos.

—Olivia, gira un momento la cabeza, —me exigió con voz autoritaria

—¿Qué pasa? —Dije obedeciendo, temiéndome lo peor.

—Dile a tu novio que no sea tan efusivo contigo. Tienes un chupetón en el cuello. Debes cuidar más esas cosas, —comentó con tono serio, a modo de regañina.

—Voy a mi habitación, he de hacer los deberes, —alegué huyendo de su lado.

Cuando entré a mi habitación me desnudé como hacía habitualmente, odiaba el uniforme de colegio, y siempre estaba deseando quitármelo en cuanto entraba en casa.

Cuando fui a colgar la falda en el armario, comprobé con estupor que en la parte de atrás había una gran mancha oscura, producida por la copiosa corrida de Marcos que, al no llevar bragas, se había ido saliendo de mi coño al ir sentada en el coche. Sin duda había sido una suerte que mi madre no se hubiera enterado.

Mi relación con Marcos se prolongó durante bastantes meses. Primero me iba a buscar de forma esporádica, cuando él podía. Sin embargo, al poco tiempo reservó una tarde completa a la semana para estar conmigo, luego fueron dos e incluso más.

Al final, ese hombre tan distante que me folló esa tarde en aquel destartalado y cutre motel de carretera, se convirtió en un hombre atento, que terminó alquilando un apartamento para que nuestros encuentros fueran más íntimos, privados y sobre todo confortables. Siempre trayéndome buenos regalos intentando tenerme contenta.

No obstante, a medida que los encuentros se fueron haciendo más frecuentes, mi interés por el socio de mi padre fue decayendo, y como siempre suele pasar en estos casos, cuanto más apatía e indiferencia mostraba yo por él, más afecto y devoción sentía Marcos por mí.

Al final nuestra relación entró en un camino bastante tortuoso. Enamorándose locamente de mí, llegó incluso a sentir celos de mi novio, o por algunos de mis amigos cuando salía de fiesta. Incluso llegó un punto, en el que no paraba de hacerme perturbadas propuestas, pidiéndome incluso que me escapara con él.

Debido a su fuerte encoñamiento, llegó un momento que tuve que poner fin a nuestra relación de amantes. No fue nada fácil, Durante un tiempo me acechaba a la salida del colegio, hasta que yo misma lo llegué amenazar con contárselo todo a mi padre, o a su propia esposa. Él sabía de sobra que yo era capaz de eso, y de mucho más.

No lo culpo, sé que no lo pasó nada bien durante las semanas que precedieron al final de nuestra relación. Sin embargo, creo que desde esa experiencia le cogí manía y animadversión a todos los hombres demasiado reiterativos en cualquier tipo de propuesta.

En esos momentos yo ya estaba iniciando una relación con un nuevo amante, también casado, que contaré en el siguiente capítulo.

Siempre Recordaré a Marcos con cariño, ya que fue el primer hombre maduro que compartió conmigo toda su experiencia, cuando yo era una jovencita, y que seguramente contribuyó en gran medida a despertar mi gran apetito sexual. Por lo tanto, siempre le estaré enormemente agradecida.

Continuará

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