JUAN LUIS HENARES

Lloran. Mi compañera, en un postrero intento por eludir lo inevitable, se aferra a mi mano; a su lado las chicas me acarician el rostro. El encargado se acerca y las rodea con el brazo; al fin me liberan. Coloca la tapa del féretro y la oscuridad se apodera de mi. Estoy tranquila, es una escena que he vivido en muchas oportunidades. Repaso, desordenadas acuden fechas y lugares diversos: Paris 1789, Barcelona 2030, Roma 476, Hiroshima 1945, Moscú 2097, Guanahani 1492, La Habana 1959, San Petersburgo 1917, Hastings 1066, Bieluk 2632, Madrid 1936, Buenos Aires 2129, Atenas 399 a. de C., New York 2001, Washington 2053, Jerusalén 33, Berlín 1989, Menta 2457…

De pronto el calor y el olor a carne quemada se apoderan de mí, cierro los ojos.

Despierto. Desnuda camino entre los árboles y percibo el sonido de las olas al golpear la costa. Aprovecho que la espesa vegetación me resguarda y sigilosa observo un bello dinosaurio —con su largo cuello inclinado— beber el agua del mar.

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