C.VELARDE

0. VERDADES A MEDIAS

JORGE SOTO

Jueves 22 de septiembre

23:50 hrs.

Cuando volví abrir los ojos por poco me da un infarto cuando me di cuenta que ya eran las 11:50 de la noche.

—¿Livia? —pregunté asustado, ya era tardísimo, y la posibilidad de que mi novia no hubiera vuelto al apartamento me agobió. Para mí ella solamente era una niña inexperta a la cual tenía que cuidar siempre, aun si estaba luchando para conseguir su empoderamiento. Encendí la lámpara de mi buró y volví a preguntar en voz alta—, ¿ya estás aquí, cielo?

—Estoy aquí, bebé —respondió ella desde nuestra pequeña sala de estar, que estaba literalmente pegada con la cocina.

Resoplé aliviado. Saberla en casa y escuchar su voz me reconfortó. Miré a mi costado y Bacteria ya no estaba conmigo. Salté de la cama y fui hasta mi prometida.

—Hola —me dijo cuando la encontré tendida en el sofá, con los zapatos en el suelo, el gato sobre su pecho y un montón de bolsas desperdigadas en derredor. Se la veía fatigada.

—¿A qué hora llegaste, princesita? —le pregunté sin sonar controlador, poniéndome de rodillas junto a ella para tocar sus manos.

—Hace rato, bebé, pero te vi tan tranquilo durmiendo que no fui capaz de despertarte.

—Lo hubieras hecho, Livy. Perdona, me quedé dormido.

Livia sonrió, la ayudé a sentarse y me dio un pico en la boca, poniendo sus manos sobre mi cara en forma de cono.

—Te traje unos panqueques para que cenes, bebé —me anunció. 

—¿Tú ya cenaste? —le pregunté, esperando una respuesta real. Recordé la foto que subió Valentino a instagram y de nuevo me atacaron los celos.

—Un café descafeinado —contestó, bostezando.

Aguardé unos segundos para ver si me añadía algo sobre el musculitos, pero no dijo nada. Así que indagué:

—¿Cómo… te fue, Livy?

—Bien —respondió escuetamente, mientras desataba su pelo y éste se repartía por toda su espalda, hasta que las puntas tocaron la espalda baja donde iniciaban sus prominentes caderas—; mira todo lo que compré. También traje unos zapatos y una corbata bonita para ti.

—No te hubieras molestado, Livy. —La ayudé a deshacerse de su saco hasta que quedó con su blusita rosa que le remarcaba sus grandes cumbres de carne—. Apenas ajustamos con nuestros ahorros tu nuevo guardarropa.

—Ya bien lo dijiste, bebé “nuestros ahorros” —sonó comprensiva, sonriéndome y rosándome mis labios con su lengua—. No me iba a sentir cómoda gastando el dinero que nos falta sin comprarte nada a ti. Aguarda, cielo, que ahora te sirvo la cena.

—No, no, Livy, no tengo hambre —la retuve conmigo cuando hizo amago de dirigirse a la cocina.

El gato saltó con maullidos y fue así como pude sentarme en el borde del sillón (apenas lo pude hacer porque sus enormes caderas abarcaban toda la superficie), y acariciarle las mejillas. Eran cálidas y suaves, como toda ella.

—Livia, tenemos que hablar —le dije sin estar convencido de que conversar de aquello era lo que quería de verdad.

Por desgracia mi pecho no era una bodega que pudiera almacenar tantas angustias por mucho tiempo, por eso quise darles salida. Parte del éxito en las parejas es la comunicación, y estuve seguro que si no hablábamos esa noche de lo que me aquejaba, más tarde que temprano este malentendido nos ocasionaría daños irreparables.

Ni ella tenía por qué padecer mis bruscos cambios de humor gracias a mis absurdas teorías, ni yo de pensar cosas malas de mi novia sin obtener una explicación.

—Me asustas, pecosín. Incluso  estás muy pálido.

Y vaya si tenía motivos para estarlo. Lo cierto es que a estas alturas estaba seguro de que si yo no daba la iniciativa, Livia jamás me lo contaría. A lo mejor no era porque me estuviera ocultando nada grave, pero sí era demasiado vergonzoso que no era capaz de compartir sus pesares conmigo. Así que comencé por el principio, confiando en que, en el transcurso de la conversación, ella misma se sincerara con lo que había ocurrido esa noche en el centro comercial. 

—¿Entonces? —me instó, enarcando una ceja.

—Se trata de lo que te quería hablar hoy en la cafetería —comencé después de un largo suspiro. No me parecía normal que yo estuviera más nervioso que ella—. Escuché todo, Livia, ayer, en los baños.

Livia frunció el ceño al no conseguir situarse a lo que le estaba describiendo. Así que volví a tomar aire y la puse en antecedentes, tratando de modular mi voz a algo suave y parsimonioso para que ella no interpretara mis palabras como reproches.

—Ayer te compré unos chocolates porque te había notado angustiada desde la noche anterior, pequeña, (mismos que continúan guardados en mi portafolio). Entonces subí a tu área de cubículos pero Jovita me dijo que estabas en los baños con Leila. Lo siento, Livy, pero fui allí porque quería darte una sorpresa cuando salieras, pero, puesto que eran las únicas que estaban allí dentro, las escuché hablar… sobre algo de ti y Valentino.

Livia extendió los ojos, parpadeó un par de veces y tragó saliva, inquieta.

—¿Me estuviste espiando, Jorge? —sonaba un tanto desencantada.

—No, no, Livia: tú sabes que yo no soy de esos. Te digo que quise darte una sorpresa y escuché todo por casualidad.

—Bueno… —titubeó, acariciándose el mentón, nerviosa—, pero ¿qué fue exactamente lo que escuchaste?

Y le conté absolutamente todo: casi fui capaz de reproducirle diálogo por diálogo la conversación que había mantenido con Leila como si de una obra de teatro se tratara, desde su angustia y vergüenza de mirar a Valentino a la cara por algo que había pasado entre ellos dos, hasta su vacilación respecto a si tenía que contármelo o no.

—… pero la verdad es que no sé exactamente qué fue eso… que ocurrió entre tú y Valentino que te… tenía tan así, Livy… tan apesadumbrada y un tanto distraída.

A Livia solo le costó un par de segundos responder, con la seriedad pintada en la cara.

—¿Te acuerdas que el martes después de que fuimos al cine te pedí que me llevaras de nuevo a La Sede porque olvidé mi bolso con mi celular?

—Sí, cielo —evoqué aquellos eventos con extrañeza—, eran casi las diez de la noche y te dije que ya era tarde para que fuésemos por tu bolso, que a lo mejor el guardia no te dejaría entrar y que lo mejor sería esperar hasta el día siguiente, que no creí que se te fuera a perder. Pero tú insististe en ir a tu escritorio por el bolso, y yo te esperé en el auto afuera del edificio. Y, por cierto, tardaste algo, ¿eh?

Livia se mordió el labio inferior, y no fue capaz de mirarme a la cara cuando me respondió:

—Pues eso, Jorge, que subí a mi cubículo por mi bolso y escuché unos ruidos raros procedentes del despacho de mi jefe…

—¿Y…? —estaba nervioso por lo que sea que me fuese a revelar.

—Y pues nada… que vi la puerta entreabierta y la curiosidad me ganó. La verdad es que no pensé que estuviera nadie allí, aunque me resultaran raros esos… sonidos; ya ves que Valentino es el primero que sale incluso minutos antes de la siete.

—¿Y tú fuiste a su oficina al escuchar ruidos raros, Livia? ¡Joder, mujer, que podría haber sido un asaltante! —me horroricé.

—Ya sé, ya sé, no me regañes… bebé, no sé qué me ocurrió en la cabeza ni en qué demonios estaba pensando cuando me asomé y lo vi a él… A Valentino… mirando una película porno, como esas que ves tú.

Los ojos se me abrieron como plato y un soplo muy helado anidó en mi panza.

—¿Qué? —dije en automático.

—Bueno, en realidad Valentino estaba de frente con su computadora delante de él, no vi exactamente las imágenes, pero por los gemidos… sexuales que se escuchaban, concluí que estaba viendo algo así. Y pues nada, cariño, que me salí corriendo antes de que me sorprendiera espiándolo, porque casi puedo jurar que miró hacia la puerta cuando advirtió mi sombra.

Cavilé un instante sobre lo que me estaba diciendo, y no pude más que decir:

—Pero Livy, ¿por qué no me lo dijiste? Con razón cuando volviste al auto estabas tan intranquila y tan descolorida, aunque tú adjudicaste tu actitud a que te habías puesto nerviosa por andar sola entre los largos pasillos de La Sede.

Livia resopló y por fin me observó: aún la notaba nerviosa.

—No te conté nada porque me dio vergüenza, Jorge: sabes lo que opino de los hombres que ven pornografía. Además, la verdad es que juzgué que no valía la pena mortificarte por mis tonteras.

—¿Tonteras? —dije incrédulo—, no fueron tonteras, cielo. Conociéndote como te conozco, Livy, sé que algo así fue muy fuerte para ti, aun si sólo descubriste a Valentino viendo porno.

—Ya sé, pero, en serio, bebé… para mí fue algo bastante incómodo.

—¿Entonces sólo… era eso, Livy?

—Por Dios, sí, ¿por qué?

Se me hizo un nudo en la garganta y por poco me levanto para estrellarme un vaso en la cabeza. ¿Cómo pude ser tan estúpido para pensar que Livia podría… estarme…? No cabe duda que me había hecho una película en la cabeza, en vano. ¡Joder!

¡Pendejo! ¡Pendejo!

—Al principio pensé que Valentino me había visto. ¿Te imaginas lo que supuso para mí tener que encontrarme con mi jefe al día siguiente después de haberlo encontrado en semejante situación? Por fortuna ni ayer ni ahora me dijo nada al respecto; me habría muerto de la vergüenza si lo hubiera hecho.

—¿Estás segura que Valentino no te ha… dicho nada o insinuado algo al respecto?

—Completamente, pecosín. Tan es así, que hoy nos ha encomendado a Leila y a mí un par de notas de prensa adicionales para nada más y nada menos que la cadena CNN en español, sobre el proceso de los comicios internos dentro del partido Alianza por México. ¿Te das cuenta, Jorge? —Al fin la notaba animada—. Esta vez ha mandado al carajo a Catalina y nos ha dado nuestro lugar a Leila y a mí, que somos las que llevamos más tiempo.

—Pues felicidades… —murmuré, sin saber muy bien cómo asumir y destripar esta nueva información. No obstante, le lancé sin querer la siguiente bomba—: Seguro por eso las invitó esta noche a tomar un café en la plaza, ¿cierto?

A Livia se le brotaron los ojos como si una serpiente constrictora la estuviese asfixiando.

—Y luego dices que… no andas de novio espía —me acusó entre broma y nerviosismo. 

Tragué saliva y me ruboricé. De todos modos esto no me resolvía mis dudas de por qué Livia había estado viendo esas páginas de pollas enormes en internet.

—Te juro que me enteré por casualidad —mentí.

—Bueno, tan poco es para tanto —comentó, frunciendo los labios.

—Sí, seguro. Pero, la verdad es que esperé que me lo contaras, que Valentino… las acompañaría.

—La verdad es que no le di importancia al tema —respondió encogiéndose de hombros—. Además todo fue de improviso. No sé qué asunto tenga mi jefe con Leila, pero al parecer la semana pasada mi amiga redactó mal una nota que entregó al diario “El Informante de Monterrey” y Valentino quería que ella se quedara con él después de la hora de salida en la oficina para corregirlo. Y pues nada, ella le comunicó que tenía planes conmigo para renovar mi guardarropa, y cuando íbamos de salida nuestro jefe nos encontró en el ascensor y se ofreció a llevarnos a la plaza con la condición de que al final, Leila pudiera aclarar esos puntos con él.

Su versión, aunque parecía elocuente, no se parecía en nada a la que Leila le había dado a Fede.

—¿O sea que Valentino se quedó esperándolas todo ese tiempo en algún lugar de la Plaza Andares mientras compraban ropa, a fin de que Leila se desocupara y pudiera hablar con ella? —Decir mi teoría en voz alta me hizo ver lo absurdo de todo.

Valentino no era la clase de tipos que se quedan esperando sentados a que un par de chicas hagan sus compras. No, no.

—Pues sí —respondió Livia. Me extrañó la serenidad con que me contaba todo—. Incluso él aprovechó para comprarse un par de trajes y relojes finos (ya vez que su pasatiempo favorito es gastarse en burradas su dinero) y después se quedó en un starbucks haciendo unas llamadas con Aníbal Abascal, que todavía está en la capital. El caso es que cuando terminamos las compras Leila se comunicó con él y nos invitó un café en el sitio en el que estaba. Y mientras tanto Leila y él estuvieron comentando sobre ese asunto que te digo.  Cuando terminaron, nos dio instrucciones nuevas sobre las notas de prensa que tenemos que redactar la próxima semana y nos despedimos. Volvimos en Uber, pues el auto de Leila está en el taller. Valentino se ofreció a traernos a cada una a casa, pero ahí sí que nos rehusamos. Ya me parecía incorrecto y un abuso.

Tragué saliva. Aunque todo tenía coherencia, y Livia ni siquiera había titubeado en su explicación, todo me seguía pareciendo muy raro.

—Es guapo ¿no? —le pregunté sin más, acariciando sus mejillas—… Valentino.

—¿Tú crees? —posó sus pequeños dedos en mis labios y los acarició.

—Eso dicen todas.

—A lo mejor —murmuró con una sonrisa—, aunque yo no soy todas. Yo soy yo, Livia, tu Livia.

Inconforme con su respuesta, lo intenté de nuevo:

—Además de atractivo es musculoso, seductor, con dinero y… pues eso… muy guaperitas, ¿no? 

—A lo mejor —comentó con un tono de indiferencia. Me pregunté si sus respuestas eran sinceras o lo hacía para no dañar mi autoestima—. La verdad es que no soy de las que les pone atención a los hombres que no son tú.

Volví a tragar saliva, pero insistí:

—¿Ni siquiera lo miras a él, Livia, que lo tienes todo el tiempo en el departamento de prensa? Valentino… es muy guapo.

—No es mi tipo.

—¿En serio?

—Totalmente.

Pensé en qué más decirle para hacerla confesar que al menos le gustaba.

—¿No te impresionan sus músculos? Es un tipo muy fuerte, Livia. Todas las chicas de La Sede lo tienen como un “macho alfa” —empleé las palabras que la misma Leila había usado para describirlo cuando las descubrí conversando de él en los baños.

Livia se echó a reír, pero yo sabía que era una risa nerviosa. La conocía tanto…

—Un tipo así me aplastaría en la intimidad —dijo.

Por poco me atraganto con mi propia saliva cuando le escuché decir aquello. Supuse que podría haber respondido con otra cosa: pero no, ella había decidido emplear “algo sexual” para zanjar el tema. Suspiré agobiado. El simple hecho de que Livy se imaginara lo que sería… tener a Valentino encima de ella en una situación… tan íntima, me provocó una dolorosa punzada en la panza.

—Vaya… qué fuerte —comenté entre sonrisas estúpidas e  indignación.

—Tranquilo, bebé, que sólo era una bromita. Mejor ya no hablemos sobre él, ¿quieres?, que ya te dije que no es mi tipo, si eso es lo que te preocupa. Además… para pervertidos que prefieren ver porno en lugar de respetar a su mujer ya tengo bastante contigo.

—Oye… que tampoco es tan así —fingí un puchero y una voz de bebé caprichoso.

—Pues entonces deja de decirme que Valentino es guapo, musculoso y seductor, bebé, que mira que terminaré poniéndome celosa.

—Por Dios, Livy —medio sonreí, mientras ella se carcajeaba.

Aunque había ciertas cosas que no me aclaraban algunos comentarios que Leila había hecho sobre Valentino y “su envidia” hacia Livia por haber estado en esa situación, me tuve que contentar con su justificación. Livia no tenía razones para mentirme.

Así que decidí confiar en ella esa noche. Tampoco dije nada sobre el historial de internet. Primero, porque no quería que pensara que la estaba “controlando” o “espiando” como ella decía. Y segundo, porque no quería respirar por la herida. Todavía no me reponía de la vergüenza de saber que ahora Livia era capaz de identificar y comparar entre pollas enormes… y mi polla.

Cuando nos quedamos en silencio, Livia se quedó observándome durante un largo rato, lo que produjo que mis mejillas se encendieran de la pena y mis ojos evitaran su mirada.

—¿Qué pasa, Livy? —le pregunté con una media sonrisa.

Ella también me sonrió, figurándose sus hoyuelos traviesos en las mejillas. Sus brillantes ojos chocolates inspeccionaron mi boca, y luego vi sus gruesos labios sonrosados fruncirse para después relamérselos con su lengua.

—Bésame, Jorge —me ordenó de manera determinante. No era una pregunta—. Quiero que me beses… y que me acaricies.

Su voz fue suave, sutilmente provocadora. Y yo no pude oponerme a sus órdenes. Su belleza me subyuga. Apenas advirtió mis inquietos parpadeos, rodeó mi cuello con sus manos y me atrajo hacia ella. Cuando menos acordé ya estaba encima de ella, con mis rodillas separadas encajadas en los laterales del sillón.

De su boca escapó un jadeo mientras su lengua saboreaba mis labios. Luego serpenteó la lengua por toda mi boca y la metió, reptando dentro como una serpiente que busca alcanzarte la garganta.

—Livia… —me asombré cuando sacó su lengua y yo desplacé mis manos sobre su cintura y caderas, para finalmente acariciar su pantalón de vestir—… estás mojadísima… lo estás tanto que la humedad traspasa la tela.

Joder. ¿Se había puesto cachonda después de haber hablado de Valentino, (o más bien de haber estado tomándose un café esa noche con él?, ¿o acaso el motivo para estar tan cachonda se debía simplemente a que le apetecía hacer el amor conmigo?

—Ufff, Livy… hueles riquísimo.

Ella respondió con un gemido. Mis dedos continuaron frotando su húmeda tela hasta que el calor de sus fluidos me encendió ¡Joder!

—Hazme el amor, cariño —me ordenó con un gruñido ávido.

—Encantado, mi cielo, encantado. Vamos a la habitación.

—No, Jorge, quiero hacerlo aquí, en el sofá.

No puse pegas. La verdad es que sentir su humedad en mis dedos me puso demasiado cachondo. Me quité la camisa, me desaté el pantalón y la ayudé a ella a desprenderse de su blusa hasta que quedó en sostén.

El magnetismo que me unía a sus tetas (aún si todavía no estaban al descubierto) me hacía perder la razón. Eran tan hermosas y grandes, sus pezones tan duros y calientes, y sus aureolas tan redondas y anchas, que no podía concebir pasar un día entero sin amasarlas y comérmelas con la boca.

 Le desabroché su pantalón de vestir, y ella levantó su pelvis para permitirme sacárselo por debajo de las nalgas y después por las pantorrillas.

La contemplé embobado con su ropa interior de encajes negros, y mi polla reaccionó poniéndose dura al mirar sus enormes pechos que luchaban por escapar de su apretado sostén. Besé su cuello, y así fui descendiendo a su clavícula, hasta llegar poco a poco a sus pechos, donde me detuve. Allí me recreé mientras palpaba su vulva por arriba de sus bragas, que obviamente estaban empapadas. No es una exageración si digo que estilaban de fluidos sexuales.

—Joder… cariño… mira cómo estas de inundada…

—Méteme… los dedos… cariño —me hizo aquella insólita petición.

—¿Segura?

—¡Sí… anda, méteme tus dedos!

Tragué saliva. Me sentía calientísimo de verla así, desbordada, cachonda, entregada. Ella sola se levantó las copas de su sostén hasta que sus turgentes y enormes montañas de carne saltaron. Mi pene palpitó cuando cogí el elástico de sus bragas y se las comencé a deslizar, con dificultad, por las piernas, hasta que finalmente quedó a la vista su encharcada vagina. El fino vello castaño que le cubría su bonita rajita también estaba impregnado de fluidos vaginales.

—Méteme… los dedos, mi amor… por favor… —me suplicó otra vez en medio de jadeos.

Me chupé los dedos índice y medio antes de enterrárselos poco a poco en su vulva, y me di cuenta de que no habría hecho falta de remojarlos, pues su coño estaba completamente empapado y caliente. Mis dedos entraron con la facilidad con que entra una serpiente en el interior de una manguera aceitada.

—¡Por Dios! —bramó, contrayendo sus pliegues carnosos cuando sintió mis dedos dentro, los cuáles se apretaron al tiempo que ella se estrechó.

Joder, ¡estaba tan estrechita que me imaginé mi pene siendo apretado por sus paredes acuosas!

—¿Te gusta, cielo?

—Ah, sí, sí, me gusta… —jadeaba, removiéndose sobre el sillón como serpiente de lava. 

Y empecé a meterlos y sacarlos de su coñito. Y ella me los apretaba con gusto, removiéndose, pujando de placer. Cuando menos acordé, mi lengua ya estaba lamiendo sus muslos, ascendiendo poco a poco sobre su piel color nácar hasta que al fin mi lengua llegó a la apertura de su rajita mojada. Sus finos vellos se erizaron cuando rozaron mi barbilla y dentro de poco con la punta de mi lengua abrí sus pliegues calientes y fluviales hasta introducirme despaciosamente dentro.

—¡No, no, no, bebé! —me pidió Livia poniendo sus manos en mi cabeza, intentando apartarme de su coño—, ¡eso no… no! ¡Me da… vergüenzaaa…ayyy, que bien… se sienteee!

No tenía experiencia chupando coños, entre otras cosas, porque Livy nunca me lo permitía. No obstante,  intenté maniobrar mi lengua dentro de ella según mi instinto animal me lo permitió. Fue tan delicioso la experiencia de sentir mi lengua dentro de su ardiente concha que a medida que pasaban los segundos me volví más y más adicto a su puchita.

—Jorge… Jorgeee.

No me había dado cuenta de lo sonrosados, carnosos y gruesos que eran sus labios vaginales hasta esa noche en que me los estaba comiendo, chupando y absorbiendo. Al ser la primera vez que mi prometida sentía una sensación como esa, era natural que se estremeciera, jadeara y se removiera sobre el sillón como si un electrizante fuego la estuviera consumiendo por dentro.

Continué inspeccionando dentro de su coñito y el sabor almibarado y saladito de su sexo quedó impregnado en mi paladar. Me embriagué hasta los tuétanos de su exquisito aroma, mientras mis manos intentaban encontrarse con sus colosales senos para estrujarlos con gusto.

—¡Jorge! ¡Por Dios! ¡Jorgeee! —gritaba—. ¡Ya no sigas, por favor… me vengo… me vengo!

Pero a medida que me exigía parar, sus manos enterraban mi cabeza con más fuerza dentro de su vagina, ahí en medio de sus piernas.

—¡Que ricooo… bebé… ahhh, síii… me gustaaa… sigueee!

El sonido del chapoteo de mi lengua entre sus flujos vaginales me estaba enloqueciendo. Con mi polla aplastada contra el sofá, no me quedó más remedio que hacer movimientos de apareamiento para que la fricción contra el tapiz al  menos me hiciera correrme. 

Y seguí con mi comida de coño como un perro hambriento, extasiándome con su aroma de mujer, empapándome la cara con los tibios fluidos de agua caliente que escapaban de su interior a medida que mi lengua juguetona serpenteaba dentro de sus carnes.

Y Livia gritaba. Y Livia jadeaba. Y Livia resoplaba de placer pidiéndome más, suplicándome no parar, convulsionando, mientras mis manos continuaban amasando sus grandes tetas provocando que ella se sacudiera de placer. De pronto sus muslos vibraron, sus hinchados labios vaginales comenzaron a palpitar; y cuando encontré el clítoris con mi lengua, lo comencé a masajear, hasta que ella estalló en un orgasmo que me empapó la cara completamente en medio de un grito que no pudo contener.

—¡Ahhh! ¡Pooor Diiiooosss papiii!

¿Papi? ¿Livia me había dicho “papi” por primera vez? No había nada más caliente y morboso que una mujer latinoamericana te dijese “papi”, pues la palabra denota abnegación total, una rendición a ti como hombre como si te dijera “mi amo y señor” “mi macho” “mi dueño y mi dios”

Joder.

Me incorporé con premura y vi que Livia tenía cerrado los ojos, disfrutando del orgasmo que acababa de tener: con su lengua recorría sus labios y con sus manos se acariciaba la punta de sus erectos pezones. Estaba cachondísima, y yo no podía esperar para penetrarla.

 Me incorporé y corrí de prisa al buró del cuarto para sacar un condón. En el camino de vuelta me lo puse con torpeza y me quedé paralizado al mirar lo que mi novia estaba haciendo: Livia tenía sus dedos dentro de su coñito, se los sacaba y se los metía, se frotaba su clítoris y luego se los volvía a introducir: ¡Carajo!¡Ella se estaba masturbando!, y semejante vista, produjo que, con apenas unas cuantas sobadas de polla, me corriera como un pendejo dentro del condón.

—¡NOOO! —grité como un perdedor. 

Livia reaccionó ante mi exclamación y con una sonrisa advirtió que me había corrido en el preservativo.

—Perdón, princesita, perdón… —dije, sintiéndome el peor de los novios, el más pelele y estúpido de todos. Acababa de perder la oportunidad de follarme a mi novia ahora que estaba en una erótica condición de ardentía y lascivia como nunca lo había estado—, es que… no pude aguantar… te veías tan… diabólicamente sexy.

—Descuida, cielo —me dijo, sentándose en el sofá, limpiándose sus mojados dedos con su propia blusa que habíamos dejado tirada en la alfombra—, no pasa nada.

—¿Cómo no? —murmuré, quitándome el condón que almacenaba una abundante corrida de leche. Livia miró con atención mi pene y recordé en seguida los descomunales tamaños que había visto en internet y me intimidé. Corrí al suelo por mi bóxer y me los puse—. Si esperamos un momento, Livy, prometo que se me pondrá dura y lo podríamos volver a intentar.

—No te preocupes, cielo —volvió a sonreír suspirando—, estoy cansada. Creo que podemos esperar hasta mañana.

Verla allí sentada, con su enorme culo sobre el sofá, las piernas separadas, enseñándome su coñito abultado, sus grandiosos senos suspendidos sobre su pecho, brillantes por el sudor y con las puntas de sus pezones hinchadas, me puse caliente otra vez, pero no se me paró.

Me sentí frustrado, carajo.

—Pero Livy… ni siquiera te penetré.

—Estoy bien, cariño… me encantó lo que me hiciste con… tus dedos.

—Pero Livy —insistí, muerto de la vergüenza.

Nunca me había pasado que me corriera sin penetrarla. 

—De veras, bebé. —Se puso en pie, completamente desnuda, miró de reojo mi entrepierna y me cogió de la mano—. Anda, al cuarto, nos duchamos y después a dormir. Mañana será otro día. En serio que estoy cansada, ni siquiera me apetece enseñarte hoy lo que me compré. Mejor mañana.

—Está bien, preciosa, como quieras.

Resignado, me dejé conducir al cuarto. Y el maldito gato nos siguió maullando.

Nos duchamos por separado y después nos pusimos los pijamas antes de tumbarnos en la cama. 

—Ha sido una gran noche —me dijo acariciando mi nariz.

Estábamos echados de lado, frente a frente. Mi pierna encima de las suyas, rodeándola, y mi mano libre estrujándole sus duras y redondas nalgas. Me parecía inaudito que tremenda mujer fuera mía, sólo mía.

—¿Te refieres a las compras?

—Sí, bebé, también, pero más bien me refería a nosotros, lo que pasó en la sala.

—Mentirosa.

—Es en serio, bebé. Estuviste fantástico.

—Me corrí antes de penetrarte —le recordé avergonzando.

—No fue tu culpa —me justificó, dándome un pico.

—En eso llevas razón, traviesa. Te estabas masturbando y esas vistas me erotizaron como nunca.

A través de las penumbras, vi que Livia cerraba la boca y meditaba en silencio algo en su mente.

—¿Te molestó?

—¿Cómo crees, cielo? Si por verte… así, fue que me corrí.

Se cubrió la cara con la cobija, en tanto se reía nerviosa, y me dijo:

—Qué vergüenza, Jorge.

—Nada de eso, mi vida. Me ha gustado que lo hicieras. Eso es parte de vivir tu sexualidad. Al fin lo estamos logrando.

—No me di… cuenta lo que estaba haciendo —me aseguró, enseñándome su cara de nuevo.

—¿Ya lo habías hecho antes, Livy?, el masturbarte.

—No, no, claro que no —se apresuró a aclararme—. Ni siquiera sabía que eso… era una masturbación femenina.

—¿Entonces… qué te motivó a hacerlo? ¿Será que te masturbaste porque ya no te gusta mi pene sin cabeza?

—¿Tu pene sin cabeza?

Livia se echó a reír por largo rato ante mi gracia. Puesto que mi glande no era capaz de salir de mi prepucio, en realidad mi pene parecía un “pene sin cabeza”. Y yo no le encontré la gracia por ningún lado.

—Anda, bobo, que no es por eso. Con cabeza o sin cabeza, amo tu pene —fue categórica—. Lo que pasó más bien fue por tu culpa.

—¿Por mi culpa?

—El otro día, pecosín, mientras me besabas los pechos… sentí que, a su vez, me restregabas tus dedos en… mi vulva, y me gustó la sensación. Por eso te pedí que lo hicieras de nuevo. Bueno, esta vez quise que me los metieras.

—¿Y te gustó?

—Te digo que sí bobo. Fue… algo… diferente.

—Mi pene se pondrá celoso si se entera que ahora te gustan más mis dedos que él.

Livia se echó a reír.

—No, no —su mano se posó en mi paquete y lo acarició, encima de mi bóxer. Resollé por el placentero contacto—, te digo que es diferente. Las penetraciones con tu pene son gloriosas; pero con tus dedos consigues recrearte acariciando sitios que, de otro modo… pues no conseguirías.

No entendí mucho a lo que se refería con eso de que “de otro modo… pues no conseguirías”, pero lo dejé pasar.

—Entiendo. Pero dime, Livy, ¿qué hay… de mi lengua? ¿Te gustó lo que te hice?

—¡Ufff, amooor… no sabes cuánto! Esa fue de mis partes favoritas. Aunque al principio me dio mucha vergüenza porque de nuevo sentí esa extraña sensación como si tuviera ganas de orinar. 

—Te corriste, ¿sabes, Livy?, por primera vez te corriste.

Oí que tragaba saliva, apenada, y me preguntó:

—¿Tú crees?

—¿No lo sentiste, Livy? Estoy seguro de que sí. De tu interior escapó un líquido caliente que mojó mi boca, tus muslos y el sofá.

Permaneció en silencio un par de segundos, y luego me comentó:

—Vaya… con razón… sentí tan bien… como si un fuego bastante intenso me quemara las entrañas y la entrepierna. Fue un hormigueo muy fuerte que me hizo escalofriar y temblar de arriba abajo.

—Ha sido maravilloso, princesita, ¡quiero que hagamos esto todas las noches!

Me besó con pasión antes de que se pusiera a bostezar.

—Bueno, Livy, antes de dormir tengo que ir al baño, que al parecer mi vejiga está a punto de reventar.

—Anda, pues, cochino, que mientras tanto yo iré por un vaso de agua a la cocina.

LIVIA ALDAMA

Viernes 23 de septiembre

00:27 hrs.

Cuando Jorge se hubo metido al baño corrí a la cocina para llamar a Leila. No me podía quedar con la angustia yo sola. Ella conocía mi secreto y tenía que acompañarme en mi pena. Recé para no… interrumpirla en un acto amatorio como la última vez. 

—¿Livia? —respondió mi amiga del otro lado de la bocina—, ¿todo bien?

—Se lo tuve que contar, Leila.

—¿El qué y a quién?

—Pues lo de Valentino… a Jorge.

Escuché un gemido de asombro.

—¿Pero tú eres tonta del culo o qué, Livia? ¿Sabes que tu Zanahorio podría pedirte que renuncies o, peor aún, hablar con su cuñado Aníbal para solicitarte que te cambien de departamento? Yo no sé que haría sin ti…

 —No, no, tranquilla, Leila, que Jorge no lo hará —le respondí intentando tranquilizarla. Eché un vistazo al cuarto y vi que mi novio aún estaba en el baño—. Él sabe que amo mi trabajo, que estoy luchando por mi ascenso y que, justo ahora que casi lo logro, no me puede hacer esto. Él jamás me haría algo así.

—Pero Livia, es que para tu Zanahorio debió de haber sido muy fuerte saber que tú…

—Jorge sólo sabe lo que tenía que saber.

Leila se quedó en silencio un momento mientras yo observaba todo el desastre que habíamos dejado Jorge y yo en el sillón: la ropa tirada, las bolsas con mis compras desperdigadas y, sobre todo… un enorme charco en la parte central del sofá. ¡Dios santo!, esta vez sí que me había corrido.

—A ver, Livy, ¿qué fue lo que le contaste a tu novio exactamente? —quiso saber mi amiga.

—Pues que descubrí a Valentino… viendo porno.

—¿Qué?

Escuché las resonantes carcajadas de mi amiga y eso me sacó de quicio. Odiaba que se burlara de mí.

—No se me ocurrió otra cosa, Leila, en verdad.

—¿Y te creyó?

—Creo que sí. Nunca le he dado motivos para… que dude de lo que le digo. Además… tenía que dejarlo tranquilo. No sé cómo, pero se enteró que Valentino estuvo con nosotras y la verdad es que no quería que se hiciera ideas raras en la cabeza. No merece padecer estas cosas.

Leila volvió a carcajearse como si lo que le contaba fuera un chiste risible. 

Fácil, Livia, seguro vio su Instagram y se enteró de que estaba con nosotras. Justo me acaba de aparecer la foto que subió nuestro jefecito y aparece mi bolso y tu teléfono.

—Ay, Dios —murmuré angustiada—, lo raro es que… no recuerdo que Jorge tenga agregado en Instagram a Valentino. Pero en fin. El caso es que sólo le dije una mentirita piadosa que no hace mal a nadie.

—¿Quién te viera, Livy? —me dijo, orgullosa de mis mendacidades—, ahora veo que eres más lista de lo que pensaba.

—No me siento orgullosa mintiéndole a mi novio. Pero no hay de otra, Leila. Como tú dices, crear un precedente de Valentino ante Jorge sería un error que me traería muchos problemas en el futuro.

—Buena jugada, mi niña.

—Bueno, pues ahora toca dejarte, que no tarda mi bebé en salir del baño.

—De acuerdo, querida. Entonces nos vemos mañana en la oficina. Y, por favor, piensa en lo que nos propuso Valentino. Nos hace falta el dinero, y lo sabes.

—No hay mucho que pensar, Leila, ya te dije que yo no accederé a eso.  Puedes hacerlo tú si quieres.

—Ya lo escuchaste: o las dos o ninguna. Piénsalo, Livy, por favor. No es nada malo lo que nos propone.

—Buenas noches, Leila —la corté, suspirando nerviosa.

Volví a la cama y me recosté con el amor de mi vida. Se quedó dormido en seguida mientras yo acariciaba sus hermosas mejillas.

—Te Joli —le susurré.

Mientras tanto, me quedé absorta en las tinieblas que se anidaban en mis pensamientos. Había muchas cosas en las qué tenía que reflexionar durante la noche. 

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